"En este vivero pasaron el invierno de los siglos oscuros
los saberes antiguos, esperando mejores tiempos."
Casiodoro

Edición 1024 X 768


Existir, y otear la trascendencia
Por David Carrillo Prieto


El hombre es aspiración ilimitada de verdad y de infinito, proyecto dinámico y siempre cuesta arriba. La misteriosa e insaciable sed que surge en su interior le lanza a desafiar los laberintos que le limitan y a conquistar la felicidad plena. Entre dos horizontes: la inmanencia de su condición biológica y natural, que le vincula al espacio, el tiempo y las circunstancias de su presente, y la trascendencia de su ser personal y su destino, que le permite vislumbrar la dimensión de lo eterno y de lo pleno, fluye, existe el hombre y se interroga por la razón de ser del misterio de la vida.

El tema de la verdad es una cuestión abierta para cada ser humano. Buscarla es una actividad que le compromete y afecta en su totalidad, que le hace crecer en dignidad, libertad y autenticidad. Nadie puede sustituir la responsabilidad individual que entraña el encontrar el sentido de la existencia y nadie puede imponer a otros sus verdades y criterios. En el santuario interior de la conciencia se fraguan los signos que ofrecen la historia, la experiencia personal y los datos de la razón, y surge la propia visión del mundo y de la vida.

Aventurarse en buscar la verdad supone “riesgo, posibilidad de fracaso, esperanza de éxito, y lo que es su síntesis, una fe que es apuesta” 1. La postura que se adopta finalmente ante esta cuestión fundamental, puede ser liberadora o frustrante para el hombre, en la medida que le abre al diálogo y la comunión con sus semejantes y con el Creador o, por el contrario, la hermetiza definitivamente en el vacío y la soledad más radical.

Un cielo vacío sobre nuestras cabezas

La época de la Ilustración, con sus valores humanos y positivos –y también con muchos cantos de sirenas-, que hicieron posible la transformación del tejido social, proponía la razón como criterio absoluto, suficiente, para comprender la esencia de la vida. Por medio de ella, el hombre podría penetrar hasta los más intrincados secretos de un universo que se concebía como el supremo andamiaje mecánico, alzarse como su centro autosuficiente, y prescindir definitivamente de una divinidad que pudiera poner cotos a su libertad. La Revolución Francesa, por su parte, devino en paradigma de un nuevo orden social, perfecto, al entronizar –también con la guillotina- los derechos del ciudadano y los valores angulares de la nueva sociedad democrática: la libertad, la igualdad y la fraternidad. Las escuelas de pensamiento de la época se movían, para intentar responder a los interrogantes humanos, entre el fundamento todo a partir de un Absoluto: el Espíritu o Razón Universal que evoluciona dialécticamente dentro de la historia impulsándola hacia su síntesis plena; y otras tendencias, surgidas posteriormente, que presentaban como causa final de todos los dinamismos de la vida, la fuerza ciega de la materia en evolución, la irreprimible energía sexual y procreativa, o bien las leyes de la economía y de la dinámica social.

Se imponía una vuelta al hombre concreto e individual, suprimiendo las lejanías de la abstracción y los absolutos que enmascaraban su realidad. Entendernos desde la propia experiencia vital y las profundas e íntimas aspiraciones, y llegar después, por inducción, al sentido o sinsentido de la vida en general. Se estructuró, entonces, una corriente de pensamiento que consideraba primordial y decisivo las vivencias subjetivas, internas de la persona; y desde esta óptica analizaba la vida, el cosmos, la historia y la religión. La filosofía existencialista comenzó a dar sus primeros pasos en los finales del siglo XIX y, hasta hoy, su influencia ha sido sustancial en la cultura y el pensamiento de Occidente.

El hombre del existencialismo aparece desprovisto de todo atributo definitorio, en su desnuda realidad: un ser finito, frágil en su misma esencia, vulnerable, abandonado en el mundo, obligado a elegir, desde una libertad incondicionada y sin marco alguno de referencia, su propio destino, su lugar dentro de un mundo que se percibe sórdido y caótico. El humanismo existencialista analiza toda la problemática del hombre a partir de una experiencia común que se toma como punto de partida: la angustia, la náusea, la frustración, o bien la esperanza que le alienta o su condición de peregrino por las sendas de la historia.

Entre los pioneros de este movimiento está el danés Sören Kierkegaard. Fue educado en la austeridad, rigidez y visión del hombre propios de la confesión luterana, y al observar la frivolidad de la sociedad de su tiempo, llegó a la conclusión de que era necesario sacudir las conciencias, adormecidas por la vida próspera y divertida de la Europa de la época, despertar al hombre de su letargo espiritual y enfrentarlo, cara a cara, con la verdad radical de la existencia; pues, según el pensador, hasta el cristiano europeo, en su devenir histórico, se había “aburguesado”, convirtiéndose en una doctrina cómoda, de mero cumplimiento, de domingo, y perdiendo aquello que le es esencial: su inquietud medular, su fuerza transformante y su proyección social.

Y si algo cierto tenía la existencia, para el filosofo, era la angustia vital del que se descubre, por naturaleza, orientado a vivir una relación fructífera y plenificante con el mundo, consigo mismo y con Dios y constata, finalmente, la imposibilidad de poder llevarla a cabo. Con relación al mundo, las reales expectativas del hombre quedan frustradas por el juego del azar y por las posibilidades insospechadas de un destino que es incierto; consigo mismo experimenta la desesperación, al no encontrar la plena satisfacción de su sed interior, pues toda meta alcanzada no hace más que colocarle frente a un desafío mayor. La experiencia de Dios, por su parte, la contempla llena de contradicciones y privada totalmente de garantías. Las aspiraciones humanas, por tanto, son consideradas en su aspecto más negativo y amenazador, como dardos que se vuelven contra el hombre y le reafirman en su condición precaria y peligrosa, al no vislumbrar, dentro del horizonte de la historia, su feliz realización.

El alemán Martin Heideeger, autor de El ser y el tiempo, continúa insistiendo en el carácter problemático e indeterminado de la vida, en el sentido de todo un caudal de posibilidades que laten en el interior del hombre, y que, finalmente, se invalidan. El hombre contemplado por el filósofo lanza, desde la noche del tiempo, la pregunta fundamental, sin encontrar un interlocutor que le ofrezca la respuesta. Solo él, un ser-ahí, es capaz de formularla y respondérsela. Es la interrogante sobre el sentido de la vida, que convierte la existencia en trascendencia –impulso hacia delante, camino hacia el mundo- y le mantiene permanentemente en estado de apertura y de futuro por conquistar; pero lo imposible de la utopía le hace caer hacia atrás, en su propia vaciedad. Heideeger describe para la experiencia humana, un movimiento circular y negativo, un eterno retorno desde el umbral de aquello se aspira, hacia la nihilidad de su fatal destino: Sísifo que carga con la pesada piedra, que son sus propias limitaciones, en un camino cuesta arriba, y vuelve a caer, casi al alcanzar la cima, en el punto inicial de la partida.
La conclusión a la que arriba el filósofo alemán le lleva a asumir una actitud estoica de adhesión a la propia realidad efectiva y de aceptación de lo que es inevitable: la nada que, continuamente, está asechándole, acompañándole y que, finalmente, le aniquila. La libertad verdadera comenzaría con la aprobación consciente de esta oscura verdad.

Jean Paul Sartre, filósofo y literato francés, devino en piedra angular del pensamiento existencialista contemporáneo y en fuente de inspiración para numerosos cambios y movimientos socioculturales que tuvieron lugar a partir de la década del ´60 del pasado siglo. Influenció, a su vez, estética y temáticamente, en la literatura y el teatro con novelas como La náusea y obras dramatúrgicas como La ramera respetuosa. El pensamiento sartreano sitúa su punto de partida en la observación del hombre de la post-guerra: escéptico, pesimista, decepcionado de todo, que ha sufrido en carne propia los horrores de la injusticia y de la masacre y ha sido testigo presencial del sufrimiento de los más inocentes –que son siempre las primeras víctimas de una conflagración. La meditación de esta página negra de la historia lleva a Sastre a considerar la existencia como una cuerda floja que se alza sobre el abismo infinito de la nada; a admitir la presencia de la nada en la médula del ser, como un gusano que le correo, interna y gradualmente. La conciencia advierte esta realidad e inicia un proceso de búsqueda, con vistas a saciar la sed de valor y complemento, camino que, según el filósofo, descentraría al hombre al proyectarse éste fuera de sí, en lo que no es, y no es realidad efectiva.

La ausencia de una esencia que fundamente la existencia humana, el rechazo de Dios, por considerarse un concepto inexplicable, aun suponiendo su necesidad, y lo absurdo de todo cuanto existe, hace del hombre un ser condenado a ser libre, a cuidar de sí y del mundo, a elegir un proyecto de vida entre propuestas igualmente válidas y equivalentes, y a afrontar las consecuencias de dicha elección. Éste sería el único acto humano realmente auténtico. El ejercicio de esta libertad sin condiciones anularía o disolvería toda necesidad utópica, porque haría al hombre autoafirmarse en el instante de vida que se le ofrece y a prescindir de cualquier aspiración de sentido.

“Sartre llevaba en sí todas las contradicciones del siglo en que le tocó vivir” 2, al igual que muchos de los existenciales, en los que se percibe una sincera voluntad de arrojar luz sobre el hombre concreto e individual y denunciar los contravalores y aspectos más negativos de la sociedad. Ellos pretenden, a su vez, entrar a fondo en el mundo del mal y describirlo, para luego apostar, a partir de una rotunda negación de la Trascendencia, a favor de lo que entienden como un proyecto humano personalizante y auténtico, donde late un humanismo de intención que pretende combatir por el bien y la justicia, y que enfrenta al hombre con su propia contingencia y con la necesidad de hacer una elección responsable de vida. Paradójicamente invita a “amar la vida más que el significado de la misma” 3.

Por otra parte, definir al hombre como una pasión inútil, considerar su existencia como un desatino que desemboca en la nada, priva a la vida de un cimiento sólido y estable, así como de la posibilidad de elaborar una ética concreta, viable y enraizada en la dimensión trascendente de la persona. Pretender hacer del ser humano un superhombre, absoluto en sí mismo, sin necesidad de fundamento, orientación o sentido, no le conduce a la plenitud y la realización, sino al abismo de la frustración y el vacío. De ahí que se hace necesario un diálogo, respetuoso y sincero, con las propuestas del mensaje cristiano, que concibe al hombre según el plan del Creador y revela la verdadera naturaleza del Dios de Jesucristo: un Padre de Amor que respeta profundamente la libertad del hombre, se pone siempre al lado de las víctimas de la historia y propone una meta feliz, nunca el absurdo, para el camino de su vida.

Ecce Homo


“Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Díceles Pilato: Aquí tenéis al hombre” (Jn 19,5)

En nombre de la supuesta emancipación del hombre y del progreso de la civilización, los humanista ateos pretendían eliminar la idea de Dios del ámbito humano, dado el carácter inaccesible de su misterio, la supuesta tiranía de sus designios o por considerársele una creación de nuestra imaginería, capaz de sublimar, en la luz etérea de la divinidad, todas nuestras necesidades insatisfechas. El cristianismo, en cambio, nos enfrenta, cara a cara con la novedad de un Dios humanizado que conoce del polvo del mundo, las injusticias de los hombres y la radical soledad de la existencia, y deviene en paradigma de lo que el hombre es, y de aquello que está llamado a ser.

La vida y la muerte de Jesús lo hermanan, definitivamente, con los individuos más anónimos y marginados de la historia. No hay nada en él que recuerde los atributos de un filósofo, de un asceta o de un sabio: su pobreza es física y real, sus amigos no le alcanzan a comprende y el fracaso se cierne sobre su obra. Su muerte carece del matiz épico que rodea la de los héroes legendarios: sufre una ejecución propia de esclavos, junto a dos bandidos, en la desnudez más vergonzosa y cubierto de improperios.

En la noche de Getsemaní, Jesús bebe, hasta la saciedad, el cáliz del drama humano, identificándose en un modo superlativo con las grietas de la humanidad. De la mano de los evangelistas, que intentaron retratar, hasta donde lo permiten las palabras, la vivencia interior de su Maestro, podemos contemplar este momento, crucial y definitorio en su vida, que nos llevará a relativizar todos los conceptos que, hasta entonces, se tenían de la divinidad.

La cercanía de la Pasión pudo ser previamente advertida por Jesús. Su alma estaba inundada de una “tristeza mortal” (Jn 12,27a, el miedo humano y natural ante la muerte sacudió y agitó los cimientos más sólidos de su existencia, una profunda turbación le hacía sentirse perdido e incapaz de afrontar el terrible obstáculo que se le avecinaba, todo esto unido a la intensa sensación de la ausencia y el silencio de Dios. “Todo hombre, en determinadas hors de su destino, en el silencio de la noche, ha conocido la indiferencia de la materia ciega y sorda. La materia aplasta a Cristo. Experimenta entonces en su carne esa ausencia infinita. El Creador se ha retirado y la creación no es más que un fondo de mar estéril” 4. No obstante, Jesús asume libremente su hora, no con la resignación fría y estoica de quien se sabe, inevitablemente, presa de la muerte y el absurdo, sino acompañado, guiado, iluminado por la fe, difícil pero firme, de quien ha sido fiel a la propia vocación y, al borde del abismo, es capaz de esperar contra todo pronóstico, creer contra toda duda y arrojarse totalmente en las manos de su Padre.

Aquí hubiera terminado la historia, y Jesús de Nazaret habría quedado para la posteridad como un visionario que creía que la fuerza del amor podría transformar el mundo; como un héroe de la bondad y la mansedumbre, que eligió el camino de la no-violencia y fue capaz de morir por ser fiel a sus ideas. Recibiría, ciertamente, el homenaje de muchos que recordarían su hazaña, pero el tiempo iría borrando su memoria de la conciencia colectiva. Sin embargo, la buena noticia y la gran actualidad del mensaje cristiano están fuertemente cimentadas sobre el sepulcro vacío de Jesús, sobre la novedad absoluta que es su Resurrección. La luz de pascua irrumpió, totalmente, en el horizonte humano, reafirmando y asegurando la realización del profundo y esencial anhelo de los hombres: la victoria final sobre la muerte, el mal y toda realidad alienante. La vida dejó de ser el fenómeno absurdo, efímero y constantemente amenazado por el riesgo de la pérdida, para convertirse en una peregrinación, una ruta, grávida de esperanza, hacia la plenitud. “Con la resurrección (…) se pone fin a nuestra miserable filosofía de rampantes; estamos hechos para penetrar en cuerpo y alma en la eternidad, para gozar de Dios, para devorarle como hermoso fruto de nuestro destino” 5.

Vivir en el misterio

El pensamiento existencialista puede permanecer cerrado, reducido a los estrechos círculos de la inmanencia o, por el contrario, intentar leer la realidad del hombre y su historia a la luz de la trascendencia, que se dibuja, como posibilidad y certeza, en sus horizontes. En efecto, si la radical insatisfacción humana alcanza profundidades inefables, “ese abismo infinito no puede ser llenado mas que por un objeto infinito e inmutable, es decir, por Dios mismo” 6. De ahí que muchos autores del existencialismo lleguen a admitir la presencia del Absoluto como referencia determinante para la vida humana.

Kart Barth, filósofo y teólogo protestante, acentúa, en un principio, la infinita diferencia cualitativa entre el horizonte de Dios y el medio humano, que haría imposible el acceso a la Trascendencia solamente por la vía de la comprensión racional o del esfuerzo moral del hombre. La existencia en toda su complejidad, en cambio, prepara a la persona a vivir una experiencia que él nombra la crisis de salvación. Es el momento de pleno reconocimiento, por parte de ésta, de la propia nihilidad y vaciedad, y la posterior apertura a la gracia salvadoras, a la inserción de la eternidad divina en el tiempo humano. La fe entraría a desempeñar el rol fundamental de hacer posible este giro vital, desde la oscuridad del hombre viejo, limitado y caduco, hasta el Hombre Nuevo, que es “ser, saber y querer e Dios” 7.

El francés Gabriel Marcel, de confesión católica, e importante exponente del personalismo, introduce la categoría de Misterio aplicándola a la persona y a la Trascendencia. Hasta entonces, se había intentado abordar el tema como un problema concerniente sólo a la razón filosófica, cuyo método consiste en armonizar y conciliar sintéticamente un conjunto de datos, mediante análisis y demostraciones. “Un misterio, en cambio, es un problema que usurpa los datos propios, que los invade y por ello los supera” 8.
Vivir en el Misterio implica, para el hombre, dejarse penetrar, invadir y transformar por “la fonte que mana y corre aunque es de noche”, recordando a san Juan de la Cruz. Dicho proceder, sin excluir la razón, involucra y afecta todas las dimensiones humanas. Ya no se trata, solamente, de arribar a conclusiones lógicas o certezas racionales; el Misterio se revela, sobre todo, como el Tú necesario para nuestra radical soledad, el principio y el sentido de nuestro ser.

“¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el hijo de Adán para que de él te cuides?” (Sal 8,5), se pregunta el autor sagrado, y en la Historia de la Salvación, Dios reveló su propósito original: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra…” (Gn 1,26). Las primeras páginas del Génesis, envueltas en poesía, y ricas en imágenes simbólicas, nos levan a descubrir dónde radica la verdadera grandeza del hombre. Somos la obra predilecta del Creador, quien ha moldeado en la materia vital un ser que enriqueció con sus mismos atributos divinos: inteligencia, libertad, bondad y belleza. El Autor de la vida se dirige, finalmente, al soberano de la creación, como a un amigo, le confía la misión de administrar y hacer fructífera la obra que brotó de sus manos, y le invita a recorrer un camino de Salvación que conduce al encuentro, cara a cara, con Él. Por eso la persona es fin en sí misma. Su digitad y libertad intrínsecas impiden que sea sojuzgada en nombre de cualquier sistema, ideología o credo: “El sábado se hizo para el hombre”.

“Cada hombre no es solamente él; también es el punto único y especial, en todo caso importante y curioso, donde, de una vez y nunca más, se cruzan los fenómenos del mundo de una manera singular. Por eso la historia de cada hombre (…) es admirable y digna de toda atención. En cada uno se ha encarnado el espíritu, en cada uno sufre una criatura, en cada uno es crucificado un salvador” 9.

A partir de una nueva comprensión de la libertad, iluminada por la fe y la razón, que reconoce un fundamento último en la existencia y lleva a la persona a disponer de sí para hacer una elección de vida, siempre en orden a su autorrealización, la vida del hombre entraña un dinamismo continuo y una humanización progresiva. La vivencia del amor, que es sobre todo servicio y oblación, le asemeja a Dios; el trabajo le hace desplegar sus talentos y posibilidades, colaborando así en la obra creadora, humanizándola. En las ambigüedades propias de la existencia puede legar a descubrir la señal que invita a dar un giro certero en la ruta de la vida; y hasta en la experiencia del pecado y del mal, el mysterium iniquitatis, con sus adversas consecuencias, puede acoger la ayuda de la gracia, que sobreabunda siempre, de un modo inefable (Cf. Rom 5,20b).

Caminar por la vida, guiado por la fe, nunca excluye o aminora la responsabilidad del hombre frente a los desafíos que le presenta la vida diaria, la posibilidad de constatar fracasos y retrocesos junto a la experiencia de logros y realizaciones y los momentos de tentación y crisis; pero la conciencia de saberse amado y acompañado por Dios, arroja luz sobre las contradicciones de su historia, y constituye la motivación esencial para perseverar y ser fiel a la opción fundamental. El creyente comparte las mismas situaciones que vive todo hombre, pero puede vislumbrar u “hacia dónde”, otear un horizonte que constituye su meta y le hace relativizar, por su carácter transitorio, tanto las emboscadas como las comodidades del camino.

Ante la angustia que parece hacer nido en nuestro mundo, ante los derroteros de una cultura de la desesperanza y del pesimismo, el cristianismo tiene una palabra de vida. Sus propuestas van dirigidas al ser humano concreto, que es persona única, irrepetible y querida profundamente por Dios. A todo hombre, aunque su existencia pueda parecer parezca inútil, perdida o contradictoria, se le ofrece “un gran amor que puede sostenerle y una revelación, que no es una carga, sino que son alas” 10, la posibilidad de encontrar el sentido de la vida. Conocer la amistad incondicional del Dios vivo es avizorar un sendero de libertad y plenitud, por el cual poder avanzar sin detenerse; es acoge, junto con San Agustín, la luz que, desde siempre, se nos entregó, aunque tantas veces preferimos las tinieblas:

Tarde te he conocido, hermosura siempre antigua y siempre nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no lo estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti y siento hambre y sed, me tocaste y abraséme en tu paz 11.


 

Notas:
1.L. Goldmann. Citado por Llanso Joaquín. De la nada al infinito. Narcea S.A. de Ediciones. Madrid, p. 213.
2. Mons. Carlos Manuel De Céspedes. Jean Paul Sastre, veinte años después. Palabra Nueva, no. 90. p.48.
3. F. Dostoievski. Los hermanos Karamasov. Citado por “Existencialismo”. Enciclopedia Microsoft Encarta (R)/99
4. Mauriac. Citado por Martin Descalzo J. L. Vida y Misterio de Jesús de Nazaret. Ediciones Sígueme. Salamanca, 1998. Tomo III. P. 214.
5. Bruckberger. Citado por o. cit. P. 368.
6. Blaise Pascal. Citado por Joaquín LLanso. Ob. Citd. P. 163.
7. N. Abbagnano. Historia de la Filosofía. Estudios. Instituto del Libro. La Habana, 1967. Tomo III. P. 517.
8. Op. Cit. P. 518.
9. Hesse Hermann. Demian, El libro de bolsillo. Alianza Editorial. Madrid, 1996. p. 10.
10. Cf El cristianismo está lleno de dimensiones aún no reveladas. Entrevista al Papa Benedicto XVI. Palabra Nueva no. 145. p. 41.
11. San Agustín. Las Confesiones. Obras Completas II. BAC. Madrid, MCMXCI. P. 424.


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