"En este vivero pasaron el invierno de los siglos oscuros
los saberes antiguos, esperando mejores tiempos."
Casiodoro

Edición 1024 X 768

Experiencia del CEAH : puente de diálogo y reconciliación nacional

Por Ivette Fuentes de la Paz.



Su Santidad el Papa Juan Pablo II, en su Carta de Fundación del Consejo Pontificio para la cultura, dijo que la “síntesis de la cultura y de la fe no es solamente una exigencia de la cultura sino también de la fe”. Basada en esta interrelación que se esencializa como síntesis de ambas, se apoya el quehacer pastoral de la cultura para de este modo el “cambio salvífico” que vive e inculca la Iglesia Católica se sitúe paralelamente a la labor educativa de las culturas.

Sobre estas condicionantes surge la configuración de los Centros Culturales Católicos como índice superlativo de un reencuentro entre el mensaje cristiano y las culturas, en una postura dialógica que permite la síntesis añorada además de su asimilación en el seno de la sociedad.

De este modo, el misterio de la Iglesia, vivido a plenitud en el propio campo de acción social del hombre, permite la asunción de las posturas existenciales que “viven” el Evangelio según las potencialidades del intelecto y libertad humanas.
La asociación laical, pues, como un desprendimiento y/o complemento de la propia Iglesia en su labor evangelizadora, adquiere una configuración particular al adoptar un servicio que proyecta la misión de la Iglesia en la comunidad, de tal modo que esta se edifica, por la impronta humana, como Cuerpo Social de Cristo.

La agrupación laical posee, de este modo, la doble dimensión que sustenta la ilación Iglesia-Sociedad, esto es, la dimensión neumatológica, que es el elemento divino, el que en correspondencia con el existencial del hombre garantiza su entidad institucional.

El Centro Cultural Católico, como asociación laical de servicio eclesial, se hace tránsito desde el conocimiento “pasivo” de los misterios de la fe a uno “activo” y así puente conciliatorio entre el ser dinámico del hombre dentro de la Iglesia y de la comunidad social. La fuerza dinámica de este puente está dada en la condición dialógica de la asociación para hacer de su misión de evangelización cultural la primera escala de reintegración de la fe y las culturas.

Las coyunturas de la modernidad y las particularidades de cada nación, hacen de esta vocación dialógica un ejercicio de plena participación en los dos ámbitos de fusión, o sea, el eclesial y el social humano. La tendencia impuesta por la alta tecnificación de la vida moderna impone un sello de pragmatismo que a veces adultera el componente espiritual del hombre hasta hacer confundir su temporalidad material, altamente comprometida y amenazada con esquemas socializados y politizados, con su ser cultural y, más aún, con su sentimiento de fe. Es esto de lo que hablara el Cardenal Paul Poupard acerca del carácter misionero de los Centros Culturales Católicos al enfrentarse al síndrome de una mentalidad “que no reniega de Dios, pero que afronta la vida como si Dios no existiera”. Ese “olvido de Dios” es la indiferencia que se proyecta, junto al ser factual del hombre, en su cultura, la que queda marcada así por un sello de “increencia”.

La función de los Centros Culturales Católicos se torna aún más compleja al tener una misión de compromiso laical proyectada fuera de sí y a veces introspectada, pues de hecho, aún a pesar de la identificación feísta del grupo con la Iglesia a la cual sirve, no siempre su dedicación apostólica o confesional se explicita claramente dado que su composición es altamente heterogénea, ya que por las particularidades locales sus límites han de tornarse elásticos en dependencia con el protagonismo de su función que es, como se ha dicho, la funcionalidad del diálogo.
De aquí que aquellos requisitos recogidos en la Exhortación Apostólica de Juan Pablo II, Christifideles laici, como criterios discrecionales que la autoridad de la Iglesia ha de tener en cuenta con respecto a las Asociaciones laicales, se readaptan para adecuar los fines del Centro y la de sus componentes a su condición mediadora entre la Iglesia y la Sociedad, acentuando siempre el requerimiento de compromiso de su presencia en el foro social como índice integrador del ser cultural en la comunidad.

Sobre estos presupuestos surge en 1990 el llamado entonces Centro Arquidiocesano de Estudios, respuesta inmediata al programa pastoral para la cultura trazado en el Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC) celebrado en Cuba en 1986 y que decidiera una acción más enérgica y audaz, consonante con la realidad de la nación; acción de una Iglesia “orante, encarnada y evangelizadora” ratificada luego en el Encuentro Conmemorativo (ECO) en 1996 luego de una década de perfilación y revitalización de su específica misión. Acogido a su seno y por el prestigio en ganancia ofrecido, se organizada el Centro de Estudios por la necesidad de un grupo de personas, de confrontar ideas y proyectos en un espacio alternativo a la oficialidad. Creyentes o no creyentes, ideológicamente comprometidas o no, establecían los puentes de entendimiento y empatía a partir de una misma carencia y, por tanto, vital necesidad de coexistencia intelectual en un espacio abierto, tolerante y sobre todo, respetuoso de criterios y sentimientos.

Los cambios operados dentro y fuera del país, aún dentro de una mayor flexibilidad constitucional, calificado el Estado cubano como laico y no ya plenamente “ateo” – aunque sí identificado en lo operante por el ateísmo científico de la doctrina marxista – leninista - se reconoce aún más – como lo reconociera el Santo Padre en su Mensaje a Encuentro de 1996 –la ayuda que la fe cristiana y, por ende, las iniciativas pastorales y evangelizadoras de la Iglesia, pueden aportar al bien social y a la educación espiritual del cubano.

Como bien destacara Su Eminencia el Cardenal Jaime Ortega Alamino en su intervención en el histórico encuentro ya referido, el ateísmo, que ya casi se había convertido en una forma de “religión oficial”, fue perdiendo en la última década que nos marca en formación, esas características para descubrir resquicios en el muro de separación de “creyentes y no creyentes”. Esperanza hallada en ese “mundo de la increencia” (como lo definiera el Cardenal Paul Poupard ) que ya va vislumbrando en ese vacío existencial, por la falta de fe, otra dimensión que, sabe, debe ser también vivida. Del “renegar de Dios” o el “afrontar la vida como si Dios no existiera”, síndrome de una mentalidad educada en lo ateo, se ve transitar a un hombre que, al menos, ya se percata de una grieta en su espiritualidad.

Es este el panorama de acción del Centro de Estudios, dentro del espíritu de la doctrina social de la Iglesia que propugna no un proyecto utópico para el hombre sino la posibilidad de humanizar al máximo la acción del hombre como persona libre y plenamente digna. Por esta opción de vida y posibilidad de alcance espiritual de la persona humana, por este espacio de diálogo y concertación de criterios, por la unicidad y multiplicidad que es escuchar con respeto el criterio ajeno y contrario como otra voz sólo desconocida e ignorada pero propia, “con todos y para el bien de todos” como reza, en un retomar martiano también la letra de la Constitución de la República, y por hacer que el sentimiento cristiano fundacional no quede al margen – como tantas veces lo ha sido un proyecto no estatal – del gran proyecto social de la nación cubana, por su función social y cultural y no por un “a pesar de su fe religiosa”, se ha sostenido el Centro de Estudios en estos años.

Ya para mayo de 1998, como parte de una renovación y reestructuración, con una renovación que le permitiera lograr con más eficacia sus objetivos y en consonancia a su vez con el compromiso de fe y evangelización que dejara en el ánimo de los cubanos la visita del Papa Juan Pablo II a nuestra Patria cuando exhortara, además, porque las iniciativas ya existentes en el campo de la cultura encontraran “apoyo y autoridad” y fueran acicate para un diálogo permanente con el “mundo de la cultura”, se constituye el grupo como Centro de Estudios de la Arquidiócesis de La Habana.

En sus palabras ante el Mundo de la Cultura en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, Su Santidad Juan Pablo II expresaba: “Los animo a proseguir en sus esfuerzos por encontrar una síntesis con la que todos los cubanos puedan identificarse; a buscar el modo de consolidar una identidad cubana armónica que pueda integrar en su seno sus múltiples tradiciones nacionales. La cultura cubana, si está abierta a la Verdad, afianzará su identidad nacional y la hará crecer en humanidad”. Imposible desoír el llamado imperioso y urgente que requiere, en tal sentido, buscar nuevas síntesis unificadoras – y muy dentro de ellas como secular componente la catolicidad de nuestro yo nacional - para lo cual es necesario dialogar sin prejuicios ni límites y abrir un espacio con todos los factores de la sociedad que aporten a tal misión, desde una postura científica que estructure los sistemas y métodos más adecuados.

El ánimo y el acicate que constituyó para todos los cubanos la visita del Papa y su exhortación apostólica, consolidó en gran medida el curso proseguido por el oya constituido Centro de Estudios. Sus aportes se hicieron más concretos y más participativos, en función de una inserción más impetuosa dentro de la Sociedad a la que por derecho pertenecemos “todos” para “el bien de todos”.

Desde el inicio, sus propósitos fundamentales fueron los de una reflexión teórica y científica acerca de los diferentes aspectos de la cultura y de la vida espiritual en la que estamos insertados y de la que somos, de una u otra manera, partícipes, en aras de un mejoramiento ulterior, priorizando las dimensiones inter y multidisciplinarias para poner los resultados a la disposición de todos. Para este objetivo primordial, el Centro trazó como estrategia la de un diálogo entre diversas corrientes de pensamiento y de creación con vistas a un mutuo enriquecimiento dentro de un clima de absoluto respeto al criterio y a la dignidad de todo interlocutor; la profundización en los valores humanísticos generales, en su relación con la existencia de los hombres para lograr el cultivo y mantenimiento de las tradiciones de pensamiento y de creación universales, especialmente aquellas que han nutrido las raíces de nuestra cultura; el seguimiento de las tendencias más recientes dentro de la cultura humanística para aquilatar sus posibilidades y significaciones para la contemporaneidad, así como la actualización en las diversas corrientes de pensamiento con el fin de su conocimiento en nuestro medio; y la reflexión acerca de los aportes de los mejores exponentes de la cultura que han vinculado, en diferentes épocas, a Cuba con otros países, especialmente aquellos que han unido en su quehacer personal problemáticas y/o vivencias de sus respectivas naciones.

Convenios de colaboración y ayuda, como el establecido por años con el Instituto de Misionología (Aachen) y actualmente con el ISIS de la Universidad Católica de Eichstätt, además de los contactos con universidades extranjeras a través del órgano publicitario del Centro que es la revista Vivarium, ha proyectado y así conocida y reconocida nuestra labor más allá de nuestras más inmediatas fronteras y han fomentado , en la diversidad de criterios u opiniones, una idea crecida de la función prioritariamente social del intelectual cubano y con más particularidad de los intelectuales integrantes del grupo y más aún, de su papel mediador y conciliador entre los fundamentos del Estado cubano y la participación de la Iglesia dentro de él.

La labor que iniciáramos hace algunos años y que en su intención grupal y servicial a Cristo abre en nuestro quehacer una arista a través de la cual la Iglesia local inserta su labor apostólica al “promover el encuentro con los no creyentes en el terreno privilegiado de la cultura” –tal y como diría el Cardenal Poupard-, condicionó nuestra labor de manera particularmente enfática y vigente en la realidad cubana actual.

Las dificultades inherentes a la acción dialógica con el universo cubano actual –”mundo de la increencia” como status gubernamental- soslaya cualquier incomprensión en la misión enaltecedora que es la promoción de la “penetración” de la fe en la cultura establecida a través de la “eficacia” que logre nuestro Centro para “abrir el evangelio” a todos.
Comprender el papel del Centro de Estudio dentro de la Sociedad cubana actual debe partir del criterio establecido del deslinde – marcado en la Constitución de la República de Cuba (artículo 8) entre Iglesia y Estado. Esta peculiaridad está inmersa en toda su letra y aún a pesar de que otros artículos expresan la proscripción a todo acto de discriminación, incluida la religiosa (art. 55); libertad de prensa , palabra y expresión (art.53) ; derecho de igualdad sin distinción de credo (art.43); el hecho de que sea el Partido Comunista de Cuba, “vanguardia organizada de la nación cubana, (..) la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado, que organiza y orienta los esfuerzos comunes hacia los altos fines de la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad comunista” (art. 5), hace que el ejercicio de todos los derechos constitucionales a los católicos como ciudadanos del país sea supeditado, constitucionalmente, a los intereses de la ideología comunista dirigente y, por tanto, relegado, cuestión que el respeto y consideración positivamente recogidos en nuestra Carta Magna no pueden subsanar.

Es esta la base de entendimiento de aquel llamado de la Iglesia Católica el el Primer Encuentro Nacional Eclesial de vivir la encarnación, como inserción en la realidad del país, como un elemento fundamental de la fe, sustento de ese “derecho – deber” al que exhortaba la Iglesia de participar en el desarrollo de nuestra comunidad civil, “a la que pertenecemos desde la propia identidad de nuestra fe y en razón de nuestra identidad humano, de nuestros orígenes patrio y de nuestra comunión de destino con todo el pueblo” (ENEC, “Fe y Sociedad”, p 123).

La misión del Centro de Estudios, como puente de acción Iglesia – Estado no es pues, la consideración de un espacio excluyente de la sociedad sino una alternativa propia de la sociedad cubana actual. Como forma de “sociedad civil” tiene el precepto de fidelidad a la Iglesia, no como cuerpo otro del país sino como elemento integrante de un único cuerpo civil y social. Como mismo no puede ser excluido el componente católico de la estructura social del país por su integridad en lo nacional, tampoco puede excluirse ninguna de sus iniciativas estructurales – ya sean normativas, educacionales o culturales – de la sociedad civil cubana. En este aspecto, es bueno destacar que el interés del CEAH y así de la Iglesia Católica en Cuba proyectada en él, no es el de constituír una “ciudad letrada” (al decir del escritor Angel Rama) como microestructura particular sino, en todo caso, una estructura de esa “ciudad letrada, moderna y civilizada, en sus mejores acepciones, a la que debe aspira toda acción cultural e intelectual en Cuba. Si bien esta estructura en constante renovación y acción, como toda obra humana, se sustenta en una aspiración perfectible en pro del “mejoramiento humano”, y así adquiere un cariz también “utópico” no quiere esto decir que se perfile, en este mejor diseñar de una deseada estructura civil, una entelequia ajena a la realidad que la sostine, sino, por lo contrario, expresa la intención sintetizadora de las mejores experiencias, dentro y fuera de la Iglesia, plenas del espíritu evangelizador y sintetizador de la tradición cubana en pos de su identidad. La vocación del Centro, en su misión no oficiante pero sí representante de la acción pastoral eclesial de la cultura y la fe católica, es la de satisfacer las más íntimas aspiraciones y deseos del cubano – intelectual – de hoy desde la óptica académico – cultural, y así acoger a todo aquel que busca, a través de la cultura llegar al centro del “alma religiosa” del cubano, para dar así una respuesta más al gran proyecto ético cívico que ha de ser nuestra nación.

Cualquier esfuerzo se hace acicate de una misión que se convierte en espacio para la verdad y la esperanza a la que aspiran los intelectuales cubanos que, al margen de la extrema oficialidad y de la dimensión parcializada de la cultura, quieren escapar al ostracismo o, en términos más en voga, al “insilio” a veces autoimpuesto por ignorancia de otros parajes íntimos y auténticamente humanos, y poner su espíritu y su intelecto en función de un “camino de salvación”, individual y colectivo.

El espacio intermedio en que figura nuestro grupo como asociación laical de características altamente específicas y en función servicial a la Iglesia Católica en Cuba, se empeña en configurar la vocación dialógica de esta en el seno de la sociedad, de manera que este “gran puente”, invisible a veces, sea el cauce natural por donde la intelectualidad cubana de hoy transite hasta hallar esa cultura espiritual inherente a nuestra cubanidad, y cuya carencia es síntoma circunstancial de una desvalorización humana.

La labor del Centro, tanto en sus funciones específicas intelectuales y académicas, como –y por ello- en su misión de servicio a la Iglesia, se hace punto focal y estratégico, toda vez que debe salvar prejuicios, miedos, ignorancias y reticencias, fruto de algo más de 40 años de una actitud impositiva para el ocultamiento de la verdad del Evangelio y de una ruptura violenta entre la fe cristiana y la cultura cubana, cuya unidad siempre las ha hecho –como recordara nuestro Arzobispo Cardenal Jaime Ortega en sus palabras ante el “mundo de la cultura” –”bien articuladas entre sí”, extrañamiento que al romper esa unidad cala y destruye los fundamentos de la nacionalidad.

Es aquí que se entiende que la vocación dialógica como postura requerida en la labor de nuestro Centro, es un paso indispensable en el proceso de reconciliación nacional. Reconciliación de la fe y las culturas, reconciliación del cubano con su ser raigal, no dividido sino integrado al gran espíritu de la nación que es, como insuflo de Dios, parte de su proyecto divino.


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