"En este vivero pasaron el invierno de los siglos oscuros
los saberes antiguos, esperando mejores tiempos."
Casiodoro

Edición 1024 X 768 32 bit

EDITORIAL


Este ha sido un año sumamente especial. Largo tiempo ha sido la figura de José Lezama Lima –controvertida y carismática– encomiada o lastimada, altisonada o herida,silenciada o blasonada. Nunca se ha sabido bien por qué un escritor que nunca renunció a los enlaces raigales con su lugar –su María Zambrano, la avizora amiga, dijo que Lezama era de La Habana, como Sócrates de Atenas y Santo Tomás de Aquino– fue tantos años esquivado y discriminado del altar de los grandes, y replegado a grupos de iniciados en las artes amables de la poesía oculta. Años en que los propios cultores y admiradores de su escritura fueron también enviados a un insilio obligado y a un ostracismo, como seguidores –percutores– de un poeta maldito. No sé por qué siempre se me ha antojado José Lezama Lima, persona marcado por el mismo fatum que el gran Maestro José Martí, ese que les hace ser mencionados hasta la saciedad y seguir siendo desconocidos, que es lo mismo que ser apropiados por ejércitos de oportunistas intelectuales o políticos de mala ocasión, que creen satisfacer sus demandas y necesidades circunstanciales hasta dejarles como aquella República penosa y desvariada de Jorge Mañach: “desustanciados”. Pero Lezama es algo más que tema para estudiosos, o material de discusión para exigentes investigadores.
Lezama, que saltó las barreras de su ostracismo, no sólo de su espacio sino de su tiempo, que ha merecido, como exquisito patrimonio, ser figura de altísima valía de nuestra Patria (en la acepción “medioeval” de patria, espacio íntimo donde se aloja el alma), convoca el espíritu de un pueblo, porque caló en las entrañas de su más profundo ser.

Y por eso este año especial, porque no debemos arrastrar los dolores que dejan heridas aún abiertas, donde aún horadan y anidan los hedores de la incomprensión, sino agradecer que voces con poder de ejecutar acciones felices, hayan dejado ocupar el espacio de privilegio y primacía que el poeta ocupa desde hace tantísimos años, desde aquellos tiempos en que fuera marginado a las pocas visitas de amigos comprometidos con la lealtad al poeta, sin importarle los criterios invisibles de su proscripción.

Pero Lezama dio la más alta lección de dignidad y eticidad. En la temprana fecha de 1939, en el primer número de Espuela de Plata, decía: “Mientras el hormiguero se agita – realidad, arte social, arte puro, pueblo, marfil y torre – pregunta, responde, el Perugino se nos acerca silenciosamente, y nos da la mejor solución: Prepara la sopa, mientras tanto voy a pintar un ángel más”. No hace falta más. Abstraído de los aguijonazos, se refugiaba en lo más grande del hombre, que es su misión. La hojarasca inmisericorde lo hirió, pero no impidió que prosiguiera con su obra, esa que nos legó.

Vivarium se complace en ofrecer a los lectores esta entrega especial, gracias a la cortesía de tantos amigos, pero muy en especial a su sobrino-nieto Ernesto Bustillo, que buscó entre montones de manuscritos algunas cartas inéditas que evidencian, más allá de los desmanes cotidianos y los entresijos de familia, la voluntad férrea de un hombre que fue abatido por el destino pero que supo mantener un espacio sagrado, al lado de la madre, de la ciudad, de la Bahía de La Habana, de su Habana, haciendo de ellas un Paradiso construido en una esquina de Alejandría.

La imagen descubierta, como siempre lo es, de José Lezama Lima, se deja seducir por la exégesis de estudiosos y admiradores, ensayistas y poetas. Los profesores españoles Pedro Aullón de Haro, Jesús Moreno Sanz, Carmen Ruiz Barrionuevo y Remedios Mataix, junto al mexicano David Ramírez y a los cubanos Carlos M. Luis, Juan Enrique Guerrero e Ivette Fuentes, fijan su mirada en aspectos intrínsecos a su obra textual, en prosa y verso. Ernesto Bustillo argumenta sobre asuntos que han ocupado y preocupado, bajo la mirada cómplice de quien comparte una herencia familiar, y así nos la ofrece como Jocelyn, destello íntimo que se desprende de las cartas de Lezama a sus hermanas Eloisa y Rosa. La ensayista Adis Barrio nos redescubre un texto casi olvidado, y que fuera el discurso leído por Lezama Lima en ocasión de la entrega a Luis Amado-Blanco del Premio “Justo de Lara” el 27 de marzo de 1951. Completan esta edición los poemas de Manuel Gayol Mecías, nuestro “más cercano amigo” que en la lejanía se mantiene aún al lado de la revista de la que fuera miembro directivo, en justo homenaje al poeta de quien celebramos el centenario de su nacimiento, un 19 de diciembre más.

Queda a todos recordar a José Lezama Lima, saber que su mítico hermetismo y su enjundiosa metáfora, es el resguardo que ofrece la profusión del bosque a la luz oculta en sus “claros”, en sus oasis de paz. Queda a todos responder a la pregunta, angustiosa queja de su soledad: “¿Oye alguien mi canción? ¿Oye alguien mi canción?” Sólo pedimos que se la escuche. Para ello, sólo hemos acrecentado el eco de su voz.

El Editor

Volver a la Portada

Directora
Ivette Fuentes de la Paz
Asesor
Monseñor Rodolfo Loiz
Edición
Ángeles Ulloa
Ilustraciones
Portada/Fotos : Mauricio Hernández
Interiores/Fotos: Chinolope
y Archivo Familiar José Lezama Lima (Cortesía Ernesto Bustillo)


Publicación del Centro de Estudios de la Arquidiócesis de la Habana

Se prohibe la reproducción total o parcial de los materiales aparecidos en esta revista sin autorización del consejo editorial


Consejo Editorial
Doribal Enríquez/ Ricardo Manso/
Luis Enrique Ramos
Mecacopista
Doribal Enríquez
Composición y realización
Ana Margarita González Menocal