"En este vivero pasaron el invierno de los siglos oscuros
los saberes antiguos, esperando mejores tiempos."
Casiodoro

Edición 1024 X 768

 

Periodismo y Poesía,
un diálogo entre José Lezama Lima y Luis Amado Blanco

 

Luis Amado-Blanco (Riveras de Pravia, Asturias, 1903-Roma, 1975), escritor de resonancias unamunianas y de presencia en las reuniones del Grupo Orígenes, recibe en 1950 el Premio Justo de Lara, creado por El Encanto, para el mejor artículo periodístico publicado en el año. Carta de bandera es el título del texto premiado, donde el autor, con aire coloquial y sin histrionismos declamatorios, aboga por un civismo íntimo, esencial, que reúna a la familia en torno a la Patria, no honrada en la externidad de los símbolos, sino en la cálida sobremesa del hogar, en una solemnidad que se vuelva poema de la cotidianidad. José Lezama Lima, capta la metáfora del autor y pone a dialogar la matriz poética del artículo de Amado-Blanco con los análogos de periodismo y poesía, que se anudan en los anclajes del tiempo y del espacio Así, en hermosa definición del autor de Tratados en La Habana -otra fronda de crónicas al paso-, José Lezama Lima, resume: el poeta parece como el periodista o relator de lo irreal ponderable, como el periodista se nos presenta, en la serena región de los arquetipos, como el poeta de lo irreal, inmediato y puro.

Adis Barrio.

Texto leído por José Lezama Lima en ocasión de la entrega a Luis Amado-Blanco
del Premio Justo de Lara el 27 de marzo de 1951.

 


Es un claro asombro como, diversificándose, la página de periódico puede conllevar los más inopinados recursos del poema. Tanto la potencia vigilante, como los ínfimos recursos de concentración y despliegue, –o aquel inesperado que resuelve con ingrávido sello–, pasan por igual al poema que cuenta con lejanos y legendarios espectadores; como el artículo de periódico que siente los ojos que lo espuman de inmediato, que lo pinchan y arremolinan. Pues un periodista, ya sea el sombrío contrapunto de imágenes de Jack London o el trascendental hecho escueto de Jonh Reed, parece estar como sumergido en los infinitos recursos de una conversación con variaciones y desarrollos fugados, y que, de pronto, el brote de un hecho cualquiera, conduce la corriente de aquellas mutaciones verbales hasta el momentáneo relieve que despiertan, antes que la propia brevedad de su tiempo los opaque y los hunda. Esos mismos dotes de lenta acumulación e invisible adquisición de su forma, en la poesía parece que se apoyan en el silencio, y aún si ese poema se nutriese de una facultad conversacional, nos llegaría en pausas e insinuaciones. Penetra el periodista en una mansión donde los murmullos y los gritos, la sordina y los crescendos de la materia opinable, desean ser descifrados, pues como esos insectos de efímera fábula el hombre contemporáneo parece dividir el tiempo en la chisporroteante actualidad de cada día. Penetra también el poeta en esa espejeante mansión de la diversidad, pero su discurso tendrá que reencontrarlo en la reminiscencia o lo inefable con las más inauditas precisiones. Pero ambos tendrán siempre que partir del ahora en el tiempo y del aquí en el espacio. Cuando uno de los grandes poetas de nuestra época nos dice que su verso, pasa sin pasar, meciendo su ausencia, se le despertó viendo a su criada atravesar el patio, nos revela las más graciosas e impensadas tangencias. Así el poeta parece como el periodista o relator de lo irreal ponderable, como el periodista se nos presenta, en la serena región de los arquetipos, como el poeta de lo irreal, inmediato y puro.



En la foto aparece Lezama Lima entregando
el Premio a Luis Amado Blanco.

Aludíamos a esa potencia vigilante, multiplicada de ojos como la cola de Juno o ciertos emblemas del Apocalipsis, productora de esas tensiones donde se cifra nuestra época. Estas tensiones han elaborado la arribada de la novedad como categoría estética. He ahí otro acercamiento del periodista e intelectual mostrado por nuestros días. La novedad es la momentánea destreza de la presentación y no la esperada lentitud de la factura, la búsqueda de la sensación inmediata y su cabrilleante refracción, las fascinantes sorpresas engen-dradas por las bruscas concentraciones del tiempo, el ejercicio de operar sobre las más increíbles y bruscas situaciones de la niebla y la espuma, parecen acercar como un signo de nuestro momento las obras hechas para la eternidad, con las que surgieron para cumplimentar las sucesión de las lunas. Pero así como el escritor se decide por la forma y arquetipo de ese instante, buscando tal vez una estructura que intente sobrevivirle, el periodista jubilosamente adentrado en el deporte de ese instante, prefiere rendirlo en su más servicial adamismo, en las más imantadas y nobles formas de la sencillez. En ese culto de la inmediata novedad Picasso y Delanuy han inundado sus cuadros con cintillos de indiferentes o afanosas noticias, y Tristán Tzara y Gertrudis Stein han extraído palabras al azar, tijereteadas de los periódicos para confeccionar sus juveniles y sanguíneos poemas. Más en la lejanía, pero mucho más cercano en el otro tiempo, se percibe a Walt Whitman y su enorme lápiz de corrector de pruebas. Así se une aquel furor o éxtasis, que los griegos valoraban para traspasar lo inmediato y unir lo novedoso con lo secular, con una calidad de testimonio, con la que se da fe de que la fugacidad ha sido entrevista. Furor o éxtasis para ir más allá de lo inmediato y testimonio para su acto puro. Búsqueda de lo secular trascendente, pero naciente sentido para la captación inmediata del añadido fragmento diario. Añade el periodista ese inquietante fragmento con el justo júbilo de sorprender que parte de sus noticias se deshacen por las arenas y las crónicas, y parte se reconstruye para lo histórico y perdurable.


Entresacado el artículo de Luis Amado-Blanco, le sorprendemos el terror de la casa vacía y la manera de llegarle la sobreabundancia de los símbolos. La casa vacía, la no coincidencia en la sobremesa gustosa, en torno de la doctrina del padre, de la exquisita perdurable variedad de la familia. La ausencia de conversación con el padre, colocando la bondad y el dogma en la subconciencia, destierra la marcha secular de los símbolos. Si la casa se habita de nuevo con un sentido eficaz, si se convierte en un misterio que persiste como un arca en el tiempo, vuelven los símbolos a su más claro nacimiento. Hagamos la resuelta escultura de la sobremesa y sus lindos regustos para que se fijen símbolos. A ese sentido crítico, mantenido en el cotidiano comentario de cultura, añade Luis Amado-Blanco, su afán de resolver en una metáfora, de hacer bailar los temas de una discontinua atmósfera de claras nieblas. Y siempre con el deseo de prolongar la metáfora por todo el comentario, de querer llenar con la metáfora la casa vacía. Con esa inquietud que muestra la metáfora, cuando no se dirige al poema y queda con la nostalgia de su propio cuerpo correspondiente. Es innegable que esa nostalgia puede ser premiada.


Me reprendo y eximo, y después consiento naturalmente porque el jurado haya decidido que sea yo el que estreche a Luis Amado-Blanco en el otorgamiento. Y verlo como llevará el Justo de Lara hasta su escudo y su recuerdo, donde parece situarse como divisa del dicho de Gómez Manrique: Cítara y Ultramar.

José Lezama Lima.

 

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Directora
Ivette Fuentes de la Paz
Asesor
Monseñor Rodolfo Loiz
Edición
Ángeles Ulloa
Ilustraciones
Portada/Fotos : Mauricio Hernández
Interiores/Fotos: Chinolope
y Archivo Familiar José Lezama Lima (Cortesía Ernesto Bustillo
)

 

Publicación del Centro de Estudios de la Arquidiócesis de la Habana

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