"En este vivero pasaron el invierno de los siglos oscuros
los saberes antiguos, esperando mejores tiempos."
Casiodoro

Edición 1024 X 768

 

La Habana en fuga y la melodía de

EL HOMBRE Y LO DIVINO:
aliados del amanecer

Por Jesús Moreno Sanz

La Cuba secreta […] reaparecerá en formas impalpables tal vez,
pero duras y resistentes como la arena mojada

José Lezama Lima

 

1.1
Cuba y María Zambrano: un mutuo secreto

La obligada fuga de la vencida España republicana le llevó a Zambrano, tras una primera breve etapa por el sur de Francia y París, a México D. F., de donde de inmediato fue desplazada por los otros eximios exiliados españoles de la Casa de España y sus eminentes patrones mexicanos, Cossío Villegas y Alfonso Reyes, a la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, en Morelia. Allí fue el crepuscular tedio del que ni siquiera pudo salvarle el relámpago que supusieron –en muy breve fuga a la capital mexicana- sus conferencias, en junio de 1939, sobre Pensamiento y poesía en la vida española que dieron lugar a ese libro1 y maravillaron a unos cuantos intelectuales españoles como F. Giner, E. Imaz, E. Prados o Moreno Villa; a muchos eminentes mexicanos como el propio Alfonso Reyes, y sobre todo a Octavio Paz y su grupo Taller. La salvó sin embargo la llamada de Lezama y el imán en que se iban a convertir sus “islas de luz” que lo serán desde su vivencia de ellas como “catacumbas” en una trágica noche, la de la segunda guerra mundial. Comienza a vivir el destierro como un descenso hasta cada vez más profundas y lejanas moradas del exilio en los propios desenraizamiento, desposesión y diversas formas de muerte. Incipit fuga. La real, la simbólica y “poética”, recreadora de un espacio vital cada vez más imantado por una entrañada lejanía. Y eso es lo que significarán primero la Isla de Cuba, y enseguida, en el vaivén de ella a Puerto Rico entre 1940 y 1946, sus Islas, donde real y simbólicamente accederá a su “noche oscura” que se poblará de haces y lámparas ocultas en las catacumbas. Ínsulas extrañas y lámparas de fuego en medio de un mar anochecido, imán en negro, la cierta opus nigrum de los alquimistas, es La Habana para María Zambrano, Negro radiante con todas las concomitancias y expansiones simbólicas que vamos a recorrer.

En la Habana vienen a imantarse sus hasta ahora incompletos pasos hacia la Noche. El último preludio de lo que será su razón poética, que trata de descender a los más abisales lugares de la vida, lo ofrece en la crepuscular soledad llena de tedio y nostalgias de Morelia, y es ya un pas de deux que enlaza su danza la que tantos considerarán improbable confluencia de dos territorios separados, y que Zambrano hace confluir en idéntico abismo, en la misma Noche: San Juan de la Cruz y Nietzsche. Y con un esencial mediador filosófico, Spinoza, cuyo racionalismo de las pasiones y del orden y conexión del universo se diría que –en su diamantina luz- es puesto a cantar, órfica y pitagóricamente, las matemáticas del alma, desde sus más abisales entrañas.
La serie de correlaciones que HD 2 va a establecer entre filosofía, abisbamientos trágicos en la mística y resurrección personal y cultural no pueden comprenderse sin la singular relación poética que Zambrano establecerá con La Habana, y con el que será ya su más singular “par”: José Lezama Lima. La Habana y Lezama se convertirán entre 1940 y 1953 en el mismo polo de atracción adonde una y otra vez volverá de sus múltiples fugas. Imán irradiante pues, al igual que HD en su primera edición de 1955, que en el espacio de escritura donde resuelve esta opus nigrum radiante de las Islas-catacumbas donde halló su alquímico par. Expansiva alquimia que acrisoló las fuerzas nacientes de un amplio grupo de jóvenes poetas-pensadores, pintores y músicos, mas también de algunos aprendices de la filosofía pura, en los que Cuba comenzó a nacer en un sueño universal, y cuya irradiación persiste aún en la transhistórica sobrenaturaleza, en término capital de Lezama, y dicho también con él, avizorando las cúpulas de los nuevos actos nacientes que como rayos luminosos de la verdadera historia –en expresión de Zambrano- que entreveran y hacen fulgir la promesa poética de una invencible aurora por entre todas las tragedias de la historia. Y esta constelación de aurorales artífices tan nacientes al aire del vuelo que les ofreció el nuevo modo de Zambrano de ver el pensamiento y su relación con la poesía, la música y la pintura, fue ella misma, el aire de su recepción de la voz de la pensadora, crisol en el que la propia Zambrano descubrió su propio secreto, su Isla secreta. Cuba se convirtió en su propio secreto, su patria prenatal, y por ello, el espacio mismo donde las lámparas de fuego iluminaron las ínsulas extrañas del amanecer. Cuba, el secreto de María Zambrano. María Zambrano, a su vez, parte impulsiva indeleble ya del secreto de una Cuba naciente.
Pero si la primera edición de este libro se concibió desde el exilio, las catacumbas y la luz en la noche de Cuba, aunque por partes se fuese escribiendo en Roma y París, y al fin se delimitase y acabase en La Habana, la irradiación de ésta se proyecta también en los dos capítulos añadidos en la segunda edición de 1973. Como muestra la correspondencia de Zambrano con sus amigos cubanos, Cuba y ellos mismos siguieron siendo la estela de la llamita de la resurrección –como le dice a Vitier en carta de 9 de marzo de 1979 3–que es el fondo en que arden esos dos capítulos finales de HD, guiados por la doble faz del abandono (“El libro de Job y el pájaro”) y la resurrección (“Los templos y la muerte en la antigua Grecia”). En esa carta, Zambrano compendia, con su llamita de la resurrección, el crisol en que se alquimizó lo que ella ofreció a Cuba y lo que ésta le donó:
…así lo que yo les daba era lo que en mí ardía, la llamita de la resurrección, ya que no hubiera ardido en mí con tanta inocencia sí ustedes no la hubieran abrigado, abrigando la mía por abrigar ya en el fondo de su ser individual y de su historia o modo de vivirla, la historia prometida, la única cierta, la única que pudo arrancarnos del paraíso preparado ya para ello.

Se condensa aquí, de una parte, el sentido de todo el pensar zambraniano, acrisolado en Cuba, sobre la crisis occidental, el tiempo, la historia, y el surgir del propio símbolo de la aurora en la concepción de HD entre 1946 y 1953; del ya que atraviesa el todavía no que conmociona al mejor pensamiento de esa tan oscura época, y del que en tan piadosa ironía se hará eco y envés de esperanza el pensar dimanado de aquel libro. Pero, a su vez, estos “ya” resurrectos miden la intensa dialógica que se establece entre esa esperanza auroral y los nuevos actos nacientes de Lezama, en que se inscribe el pensamiento poético que surge en Cuba entre 1937 y 1959, y que en un “ya” indeleble se prolonga esperanzadora, trágica, mística e inconteniblemente hasta la hora actual. La huella, la estela y las ruinas, no menos que las tinieblas creadoras, siguen siendo categorías vitales para la permanente llamita de resurrección que parecer guiar al mejor pensamiento poético cubano hasta ahora mismo. Huella, estela, ruinas, tinieblas creadoras de Zambrano, y aun la música de su voz en La Habana, las seguiremos encontrando, no sólo en aquellos miembros del grupo Orígenes que más cerca estuvieron de ella entre 1940 y 1953, sino incluso en bien actuales autores en la huella, la estela y también las ruinas de ese grupo, como muestran E. Sainz o J. L. Arcos, no menos que el contemplador de ruinas –así lo hace en su poesía, y en prosa “Un paréntesis de ruinas”, fragmento de su libro La fiesta vigilada 4– A. J. Ponte, se diría que el hilo vigilante que mantiene alerta la mirada sobre las dos tendencias del propio grupo Orígenes: la “celebratoria” y “ritual” de Lezama, Cintio Vitier o Fina García Marruz y la del tan trágico antagonista de Lezama, Virgilio Piñera, o de L. García Vega, como ha mostrado el propio Ponte en El libro perdido de los Origenistas 5

Zambrano fue para Cuba una “lucecita” y al par una “voz” de una singular filosofía del envés de la idea, del origen, de las raíces, de la posibilidad de penetración en el misterio de la realidad, como sintetizará Cintio Vitier en su Poética (1961) 6, en una “fidelidad” al materialismo poético del imposible como, a su vez, interpreta este autor a Lezama en su “Introducción a la obra de José Lezama Lima” (1971) 7, todo ello de raigambre zambraniana o de claras confluencias con ella, como ha puesto de manifiesto E. Sainz en “La obra inicial de María Zambrano en José Lezama Lima y Cintio Vitier” 8. Así, Cuba fue el secreto de María Zambrano, y la memoria-pensamiento de ésta sigue cifrando un esperanzador secreto para Cuba, y en el que están inscritos cuatro de los temas mayores que atraviesan el pensamiento poético cubano desde Zenea (1832-1871) y Luisa Pérez (1835-1922), pasando por Martí y Casal, el grupo Orígenes y hasta la actualidad y que parecen ofrecerse en los siguientes pares: la intemperie y el desamparo, la entrañada lejanía y las ruinas, lo imposible irrenunciable y lo desconocido, y el sacrificio y la resurrección. Cuatro pares de temas, cuyo simple enunciado ya previene de su raigambre místico-gnóstica; y, para un mínimamente atento lector de Nietzsche, de una rara consonancia de cuatro sustantivas parejas temáticas de lo más destilado del pensamiento de éste. Cuatro parejas esenciales que cifran el nacimiento de la razón poética zambraniana en Cuba y a través de HD, los dos lugares aliados del amanecer –en expresión de Lezama– que hicieron propiamente renacer a Zambrano en el seno más profundo de su exilio. La isla oculta, claro imán de sus mendigos, al decir del joven Cintio Vitier9, produjo en la entonces y por mucho tiempo “mendiga” María Zambrano el imán irradiante de su razón poética que, ella misma, cifra, confluye con y abre los más sustantivos y originales temas del pensamiento poético cubano al futuro, esa que Lezama denominó tradición por futuridad. Es también posible calificar a Cuba con la expresión de Paul Celan, Isla-estrella, y en el reino de la imagen lezamiana, y en las consonancias estelares y telúricas del propio Lezama, y también en el mundo intermedio de Zambrano.

La huella, la estela, las ruinas, la tiniebla creadora de –en palabras de Lezama– una esquina de Alejandría, me impulsó a mí mismo, en una conferencia sobre Lezama que al alimón di con María Zambrano en mayo de 1985 en Madrid, a finalizarla diciendo: “Usted y yo tenemos una cita en Alejandría”. Como se aclarará en este libro esa cita no era otra que el más recóndito secreto de María Zambrano, el impulso que le llevó a dar un paso atrás por la cultura occidental cristiana, y al fin nihilista, y hacer confluir su experiencia por los entresijos que iluminan tres movimientos que co-incidieron en la Alejandría histórica y configuran la Alejandría mítica que Lezama “esquina” en La Habana –y donde tal vez esté el misterio tan intrincado y revelador de las relaciones ente Cemí y Oppiano Licario en Paradiso–: el gnosticismo, el hermetismo y la mística. Pero, como deja ver el escrito en La Habana de Zambrano, “La Escuela de Alejandría” 10, la confluencia alejandrina, en su misma imposibilidad filosófica para hallar un lugar para el hombre en la pura luz deja ver el rostro que la filosofía pone para morir, y las pasiones que ha debido consumir en su voluntad de pensamiento. Y como en todos estos primeros años cuarenta entre La Habana y Puerto Rico, la figura de Plotino y sus Eneadas imantan el pensar zambraniano hacia ese reino de luz que, al fin, con las transmutaciones y radicales conversiones operadas a favor de una pura teoría, que se identificará “con la vida del sujeto como tal, hacer de aquel que mira algo idéntico a lo mirado, a salvo en el mundo de la identidad” 11. Aun no se implica ahí explícitamente ningún tema “gnóstico” ni “hermético”, aunque sí “místico”, pues en esa órbita mística ve a Plotino. En esa órbita circulará ya el pensamiento de Zambrano, en una espiral de descensos que le llevará a su distinción de lo divino y del abismo originario de lo sagrado. Y ahí ya sí tanto sus conocimiento como su propia experiencia más abismada se adentrarán en territorios, al par que místicos, gnósticos y herméticos. Y ahí es donde la naciente razón poética de estos años muestra el diálogo con el reino de la imagen, esa otra forma de razón poética de Lezama. Y en ambos casos se produce un paso atrás, un hacerse cargo de las tan iluminadas sombras dejadas atrás, olvidadas, tapiadas, por la razón idealista y racionalista, de gnosticismos, hermetismos y mística. En ambos autores, ese paso atrás busca ser impulsor del futuro, el deslizamiento hacia fuentes experienciales que consideran lo dos aún celan algo inédito y salvador de la condición humana que tantos nudos y desquiciamientos de la experiencia parece mostrar en, según la pensadora, tan suicida contemporaneidad. Se diría que lo que potencia ésta en Cuba es un pensamiento poético arraigado en las más claras fuentes de sabiduría, por debajo y más allá de los límites impuestos por los escisores transcursos de la filosofía y la poesía occidentales. Con lo que viene a potenciar ella el imán irradiante mismo del pensamiento poético cubano: José Martí ese cubano hombre universal que en sí mismo y en su escritura parece cifrar el secreto de Cuba, mucho más allá de tan amplias y tantas veces espurias utilizaciones políticas. Así lo comprenderá la pensadora española en sus últimos meses en la Isla, en su escrito “Martí camino de su muerte” 12, que viene a ofrecer ya poderosas razones místicas y gnósticas de por qué Cuba era su secreto en la misma consonancia en que entra a explicar el itinerario espiritual de Martí, entre la ineludible acción política, fielmente liberadora, y la contemplación mística. Zambrano, en sus quehaceres filosóficos, sus múltiples conferencias, cursos y escritos, potencia en La Habana el pensamiento de Martí, tan visionario, tan revelador, habitante del don y de la disponibilidad, de la simpatía universal, por él mismo del gozo, la estética y la moral de Emerson, y en tan singular fusión de pensamiento, poesía y una “religión natural” que reitera los más cordiales movimientos de la que Ibn Arabï denominó religión del amor.

En esta potenciación que Zambrano hace del pensamiento de Martí está en juego el esencial movimiento de trascendencia e inmanencia que se acrisola en estos años cubanos en la escritura de la pensadora, y que se correlaciona con sabidurías que se fusionaron al más puro filosofar, como sucede en el sufismo y en el taoísmo, o en Boehme, en un “modelo místico” de pensar la propia experiencia que tan vamos a encontrar en uno de los máximos impulsores filosóficos de Zambrano, Max Scheler y el tan trágico final de su El puesto del hombre en el cosmos. Ese mismo hilo conductor nos hará ver las prolongaciones “románticas” que se hallan tanto en Martí como en Zambrano o Lezama. La cuestión es la del Dios en devenir y de –dicho con el título de M. Frank 13– El Dios venidero. Dios está naciendo, citará Zambrano reiteradamente el verso de su otro par poético, Emilio Prados; y todo HD es el recorrido por ese parto de lo divino mismo en conspiración con el hombre.
Asumo como esencial tarea explicar el por qué y cómo de unas palabras que tratan de –dicho en los términos que Cioran tomó de Zambrano- zafarse de las trabas del lenguaje. Ello algo nos explicará de los modos cada vez más “herméticos” –así suele calificarse como crítica, tan verazmente si se lo quiere explicar ahondando en el significado preciso de “hermetismo”, comenzando por el dios Hermes y sus acepciones “alejandrinas” y finalizando por el movimiento filosófico de la contemporaneidad llamado así, o más precisamente, “hermesismo” 14– de la propia Zambrano y aún más de Lezama. Y del tan gnóstico, hermético y místico lenguaje del Zaratustra y de tantos poemas de Nietzsche, dos de los cuales (“Gloria y eternidad” y “El lamento de Ariadna”) tal vez nos ofrezcan claves para comprender este empeño en Nietzsche, en Zambrano y en Lezama de hallar un lenguaje auroral y propicio al abandono y a los tránsitos de un tipo de hombre que se acompase al Dios naciente, venidero, y, en la modernidad, en el “exilio”, “eclipsado, “ausente”, cifrando el esencial tema de “la ausencia” en HD.
Tal vez nos ocurra con estas búsquedas de un lenguaje nuevo y naciente lo que le sucedía a José Cemí en Paradiso con Oppiano Licario, cuyas apariciones como inesperado huésped le agrandaban y le iluminaban la casa, añadiéndole una sorpresa, una nueva dimensión y un sentido imprevisible para lo ya sabido y previsto. Algo de esto ocurre cuando uno se adentra en los entresijos y aventuras por las Islas Afortunadas de Nietzsche y el barco-lenguaje con que quiere llegar a ellas arrostrando cuantos peligros sean necesarios. Inesperados huéspedes son también esos barcos en que navegan el océano sin riberas –en palabras coránicas– Zambrano y Lezama, tan cerca uno de otro, y habiendo partido del mismo puerto que fue la “Isla de luz” y desde sus mismos jardines invisibles hacia la Noche estelar del propio corazón, que es en cada corazón humano “otra”, singular, personalísima, que requiere del propio barco, único, solo. Y aquí nos salta uno de los centros que habrá de imantar todo este libro: la cuestión esencialmente “mística”, o con la que se debate toda mística, de si el “éxtasis logrado” conduce a la indeterminación y el anegamiento en el seno divino, o por el contrario lleva al pleno nacimiento de la máxima singularidad y determinación.

En definitiva, aquí se cifrará uno de los temas mayores de la posible aportación de Zambrano al pensamiento contemporáneo y sus posibilidades de futuro, que, de momento, sólo cifraré en la reiterada ironía que, como un soniquete zumbón, le lanzaba Lezama a Zambrano: “María , que se te pierde el sujeto”. Hemos de corroborar si se le perdió el sujeto a las penumbrosas razones de la pensadora española, o saca a éste de los reduccionismos conciencialistas e idealistas y lo lleva a un territorio o fino papel,/ el viento, herido viento de esta muerte/ mágica, una y despedida. /Un pájaro y otro ya no tiemblan”.

Así también me adentro en la espesura que vamos a recorrer por encontrar la pradera y el claro del bosque a que, a dúo, Lezama y Zambrano nos convidan, y lo hago, al igual que también dicen los versos anteriores de ese mismo poema de Lezama:

en mitad de cien caminos/mi memoria prepara su sorpresa: gamo en el cielo, rocío, llamarada../Sin sentir que me llaman/ penetro en la pradera despacioso, ufano en nuevo laberinto derretido../Allí se ven, ilustres restos, /cien cabezas, cornetas, mil funciones/ abren su cielo, su girasol callando./ Extraña la sorpresa en este cielo, /donde sin querer vuelven pisadas/y suenan las voces en su centro henchido.

* El presente texto es un acápite del primer capítulo del libro El logos oscuro: tragedia, mística y filosofía en María Zambrano (4 volúmenes), Editorial Verbum, Madrid, 2008.

 

 

Volver a la Portada

 

Directora
Ivette Fuentes de la Paz
Asesor
Monseñor Rodolfo Loiz
Edición
Ángeles Ulloa
Ilustraciones
Portada/Fotos : Mauricio Hernández
Interiores/Fotos: Chinolope
y Archivo Familiar José Lezama Lima (Cortesía Ernesto Bustillo
)

 

Publicación del Centro de Estudios de la Arquidiócesis de la Habana

Se prohibe la reproducción total o parcial de los materiales aparecidos en esta revista sin autorización del consejo editorial

Consejo Editorial
Doribal Enríquez/ Ricardo Manso/
Luis Enrique Ramos

Mecacopista
Doribal Enríquez

Composición y realización
Ana Margarita González Menocal