"En este vivero pasaron el invierno de los siglos oscuros
los saberes antiguos, esperando mejores tiempos."
Casiodoro

Edición 1024 X 768

 

José Lezama Lima
hacia una místicas poética.

Por Ivet Fuentes

 

M uchas son las aristas de posible influencia que podemos descubrir en la obra poética de José Lezama Lima dentro de la literatura iberoamericana, apoyadas en el primer e insoslayable presupuesto de un pensamiento que se hace sostén de la palabra común por el idioma. Cultura e idiosincrasia marcan las consonancias de una lengua que se vuelca con igual sustancia en originales e irrepetibles signos. Mas, siguiendo el propio especular del poeta, podemos decir que hay comunidades más fuertes que el idioma; y aún laberintos tan sólo avistados por la identificación espiritual. La empatía actúa como el “gran puente” por el que transita la mejor tradición española.
La relación se establece no supeditada ni supeditante, sino en la unívoca geometría de una conversación en tono mayor. Si bien es cierto que San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús son patriarcas del lenguaje y el pensamiento en Lezama y fuentes nutrientes de su discurso asimiladas de manera directa y no tangencial, pensamos que se refuerzan aún más –y así se enriquecen– en la penetración de voces más cercanas, conformadas ellas mismas bajo iguales égidas. Así lo que fuera afinidad intelectual, se vuelve necesidad del espíritu, confirmación de un camino ya escogido, pero ahora vivenciado por los signos de la cercanía y la amistad. La influencia de los pensamientos poéticos de María Zambrano y de Juan Ramón Jiménez fue clave en la sedimentación de una poética que ya decididamente habitaba el espacio de su época y que satisfizo la vastedad de su intelecto

Por este carácter analógico que sincroniza obras y pensamientos poéticos de disímiles momentos de la historia literaria española, se descubre un parentesco esencial entre ellos que los conduce, en una ilación directa, hasta la obra de José Lezama Lima. El rango de la “luminosidad” –que en estas poéticas da tono a una Filosofía de la luz- extiende su irradiación hasta la poesía de Lezama y da forma a su idea de la “insularidad”. Para ello se hace necesario el ahondamiento en asuntos de la mística poética de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz, tan importantes como son las funciones de la luz, el quietismo y el éxtasis como vías de comunión con Dios y, a través del estudio de las gradaciones lumínicas (luz intelectiva y luz sobrenatural), llegar a la trascendencia de la noche mistérica como viaje del conocimiento por la iluminación, asuntos que calan en la obra lezamiana para sustanciar tales ideas.

Por esta misma vía llegamos a inquietudes semejantes planteadas en la obra de María Zambrano y de Juan Ramón Jiménez, en la recurrencia a la luz como sentido epifánico de la realidad. La vía iluminativa de la poesía se alza frente a la vía intelectiva y vuelve a ser camino hacia el conocimiento. Estos elementos procuran en la poética lezamiana, la idea de una “mística poética” como nueva arista poseedora de originales matices dentro de la literatura cubana.

A través de los “puentes cordiales” que establecen las afinidades espiritual e intelectiva de la poesía, en influencias y confluencias, se develan las claves de sintonía, “diálogo entre culturas”, las que se refuerzan no de manera tangencial sino directa, vívida y nutriente, a través del cultivo orgánico de lo asimilable como elementos genésicos de nuestra literatura. Es la sympatheia que procura la letra hecha ya “cuerpo-presencia”. La luz, sus razones, su eticidad como “sol del alma”, develan los misterios de la “noche oscura” que como impulso fecundante anima las consonancias de una cubanidad y una hispanidad que confluyen en el pulso del idioma. Nuevamente la poesía vuelve a ser cifra secreta de la “amistosa compañía”.

Lo relacional que es la cadena de interinfluencias –”vapores aspirados” las llamaría Lezama Lima– que convergen en una obra literaria dada, tiene mucho que ver con esta “amistosa compañía” que es el ruedo de voces –presencia fecundante de la lectura y la creación– que se perpetúan en el poeta. En este orfeón que es el coro de simpatías, aparece junto a la unio sympathetica (unión simpatética) –mencionada por Henri Corbin como centro catalizador en la vida del místico– la devotio sympathetica (devoción simpatética), estado que bien puede comprender más que la propia palabra para justificar un ruedo fervoroso de empatías y simpatías que se hacen cuerpo-presencia en lo creado.

Tales interconexiones –que serán “resonancias” poéticas y formas de los “enlaces ocultos” en Lezama– se vuelven los puentes cordiales por donde transita un caudal de conocimiento y que sólo por un estado de unión y devoción entrañado como “místico”, por su conducción hasta la unicidad de tales diversos componentes de saber en uno nuevo y abarcador, es logrado.

La luminosidad clarifica los resquicios más vedados e invisibles y ofrece un panorama donde el espacio es más que una epidérmica geografía para mostrar la verdadera “morada” del espíritu de una nación, la esencialidad de una “ínsula indistinta en el cosmos” que encarna un nuevo mito. La fuerte luz de la calidad insular sólo puede ser vista en el viaje a la nocturnidad, fases graduales que muestran la escala para ascender a lo esencial cubano.
No es necesario partir de un método comparatístico propiamente dicho, sino que, a partir de analogías –esa “estatura espiritual, presidida por un mínimo de semejanza” que para el poeta cubano Gastón Baquero, explica la elaboración previa entre lector y autor y que se hace colaboración “participante” del hecho poético–, se pueden encontrar las correspondencias más directas con la literatura española en función de los más claros avisos, y que en el caso de Lezama Lima propiciaron, por lectura crecida y deseada de estos autores junto a la vivencia que reforzara su conocimiento, el hallazgo de las más íntimas consonancias con su poesía.

La luz, en la poética lezamiana, es reveladora de los cimientos profundos que sostienen una espiritualidad. Tal y como fuera en el Génesis, será para él sustancia generatriz de todo lo creado. Ella permite una unión mística que en Lezama se proyecta a la sustancia primordial como poiesis, la que transita –como explica el investigador Ramón Xirau– de la metáfora a la imagen, de esta a su transposición histórica en las “eras imaginarias”, y que culmina en la Sobreabundancia.1

Con la profundidad de sus intuiciones, María Zambrano captó en Lezama ese sentido apologético con que el poeta encara la existencia para apropiarse de ella, completa y abarcadoramente. “La materia en que has trabajado –le dice al poeta– siempre es substancia, materia viviente…”2 Y a la par que le califica como “teólogo”, le comenta sobre ello:

Que en otro tiempo, ¡ay!, en aquellos lo hubieras sido; que toda tu obra anda en busca de definiciones de Dios y de lo divino en sus modos humanos. Que tu poesía anda persiguiéndose a sí misma, quiero decir su propia substancia -la eterna substancia de poesía de la cual fueron hechos los Dioses y que tu pensamiento en un trabajo paralelo anda en busca de definiciones, ese fruto del eros intelectual o de la muerte imantada.3

La búsqueda de la añorada “piedra filosofal” alquímica, se corresponde en Lezama con la persecución del ser esencial poético, de esa condición unívoca que reúne la diversidad en la unidad, tal y como expresa en uno de sus ensayos: “El esse sustancialis, la suprema esencia en al gloria de los bienaventurados, sólo puede ser vislumbrada por el ser causal, dueño de la vivencia oblicua y el súbito, de las relaciones entre lo incondicionado y lo causal.”4 Esta diversidad en lo semejante, es lo que con gran tino advierte Jesús Moreno Sanz en el ensayo de Lezama “Confluencias” –quizás el más sublime, profundo y de mayor arrobamiento místico del autor– por lo que dice el filósofo español:

Es lo que lleva a Lezama en Confluencias a declarar la coincidencia de la planta. Del animal y del ángel, tan intermediadoramente con esa misma retórica prearistotélica, con el propio salvar las apariencias de Platón, con el diapasón en que funde al unidad Clemente de Alejandría en lo que él denomina comunidad natural con el cielo (émphytos Koimonía), y prendido (kataleptikós) del propio logos de la cosa misma, sea flor o gesto moral.5

La visión de la simpatía entre todas las cosas, no es más que esa condición de “orden” que condiciona en el filósofo su búsqueda del Uno indual y en el poeta procura el deseado “equivalente verbal” único con que es interpretado. Es la añoranza mística de llegar a la unidad, que sería lo divino, más allá de su inmanencia, es decir, de su percepción por los sentidos. Por la metáfora católica –ya sabemos– podemos llegar a esa unión con Dios en la fórmula Hombre-Cristo. Pero, sabemos también, que sólo será un “entrevisto”, pues, como diría Lezama, “era tan sólo una relación momentánea, entrevista, entre la criatura y la divinidad”.6
En el éxtasis místico se alcanza el momento glorioso de la unión con Dios. Pero es sólo una momentánea fulguración. La metáfora sustituye causales, polos por nombres que hacen semejante una ecuación. Este complejo proceso, participativo también en la poeisis, se capta en las reflexiones de Lezama sobre el hecho poético: “La semejanza en la imagen, o la totalidad del espejo, confluían en la identidad.(…) La persistencia en la identidad, porque la identidad es posible en su prolongación, que es la extensión.”7 Todo nos lleva a entender que ese “conocimiento de salvación” de la metáfora del conocimiento estriba en la calidad hipertélica, “extensionable” y por ello audible, del Verbo –causa primera de la Creación– que alcanza, por su hundimiento en los orígenes, la identidad, más allá del espejo de sus apariencias y semejanzas.
Nos acercamos a un plano donde, a más de converger posturas de pensamiento, formas de expresión y dispersas hermenéuticas, se funden éstas en un pensamiento que busca un paradigma enunciativo, superadas las voces distintivas de tan diversas miras. Es aquello que María Zambrano prodigaba en la búsqueda de un saber “que no se encierra en sí mismo”, “que se busca a sí mismo en comunidad”, “primer saber” que puede ser –como esperaba– una fusión (interconexión) entre Filosofía, Poesía y Religión, “miradas de nuevo por una mirada unitaria”8, espacio que conlleva una sabiduría más aleatoria, compacta, fraterna, y que es encontrada en una “conciencia poética” que es “la que primeramente va revelando este mundo hermético sagrado, la que va marcando las formas del pacto.”9
El pacto, irremediablemente, conduce a un saber místico (un “primer saber” que serían los “saberes de la luz” o “religión de la luz” zambraniana), saber que deriva de una experiencia “mística” por su polo atrayente y conductual, pero que se va matizando de tal modo que aún comunicado con lo Divino, acepta, como metáfora, una sustitución por semejanza en pos siempre, de una identidad en lo Unitario. Es así que para muchos estudiosos, entre ellos Jacques Maritain y Henri Brémond, propugnador de la “poesía pura”, se entrecruzan los caminos del misticismo y de la poesía mística, y de ésta en su definición más absoluta.
La aprehensión intuitiva de la realidad, a través de la iluminación adquirida en un instante poético, sienta analogías con la mística. Pero no conducen esta argumentaciones a catalogar a José Lezama Lima de “poeta místico” por esa intención tan suya de buscar –como serían tales poetas– una “secreta escala” hacia sus absolutos poéticos –tal y como expresara Fina García Marruz sobre los acercamientos y alejamientos entre poesía, ya sea mística o no10– sino la de justificar, si acaso fuera esto posible, que el hecho poético es asumido para el poeta cubano como una “mística poética”, lo que, innegablemente, sacraliza el proceso mismo de creación, tal y como se ha venido entendiendo hasta el momento.
La propia fundamentación de su sistema poético en la imago como “segunda naturaleza”, esto es, como espacio nuevamente reconstruido a partir del “súbito” y del “incondicionado poético”, entre otros elementos de apoyatura, constituye de por sí la “secreta escala” que hace buscar el “esse sustancialis” más allá del propio signo de la evidencia, o sea, la semejanza, para entronizarlo en lo idéntico, en una imagen de la poesía que se hace Uno Indual por la vocación unitiva de conjuntar lo diverso en unidad. Pero no es cualquier poeta el hacedor de tal milagro; el propio Lezama conoce que sólo podrán alcanzar esa “piedra de Dios” los “dichosos efímeros” que pueden “contemplar el movimiento como imagen de la eternidad”.11 Esa gran sapiencia del poeta, que fue capaz de predecir la imagen de lo eterno en el vuelo de la flecha, la advierte Zambrano, por lo que dice de Lezama Lima, como “otro efímero”, que “la fe substancia brotó en él de la nada. Y de la nada no se da a conocer a los mortales. Llama desde lo ignoto y se insinúa desde la muerte, del silencio, del olvido, de ciertos vacíos que bostezan y en todo lo yerto casi visible”.12

Como los místicos, este guardián de la luz que es el poeta, que sustancia con su vida la creación, será –asevera Fina García Marruz– como “los ciudadanos perfectos de la civita Dei”13-aquellos “dichosos efímeros” que –dirá Cintio Vitier– “no obstante haber vislumbrado la eternidad todavía son mortales”.14 Y es precisamente esa vecindad entre el místico y el resto de los hombres establecida por la lengua (“a su regreso de la ciudad de Dios –comenta Vitier– no les queda otro remedio que hablar la lengua de los hombres”15), la más propia de todos los poetas. Obligada “estructura de pensamiento” asumida por la palabra, código de expresión y comunicación que pervive en la distancia que alcanza la profundidad del “logos spermatikós” y su amplitud metafórica. ¿Quién más profundo bajará a los infiernos, a interpretar el logos recóndito y a traernos, renovada, su luz?

De la condición mística de otra obra poética, la de José Ángel Valente, se ha dicho que tal acontece porque el poema deja de ser el “lugar de un decir” para ser el “lugar de un parecer”, una “inmersión en la lengua para alcanzar el ‘punto cero’, la nada, el vacío, el silencio, para borrarse”.16 Tal podría decirse de Lezama Lima, pues lejos de ser su obra un doctrinario o muestrario de un fervor religioso como comúnmente puede observarse en los poetas místicos, sí se advierte ese estado de predisposición “reverencial” a un Absoluto a partir de la palabra, del lenguaje, con el que se alcanzan “las eternidades” (diría Juan Ramón Jiménez), no sólo por un estado de contemplación poética, sino por un pleno conocimiento de que por la poesía será hallada la Unidad del mundo (su ser, su ánima) por la imagen alcanzada, “tocada” y develada por la Luz.

La vocación unitiva que impele a Lezama a asumir el Mundo, en un arrobo místico que serían las nupcias –comunión total– con el Absoluto en la mística, es la unidad que se encuentra por la conjugación de la palabra. De tal modo se encuentra en él “lo inefable” (por el Verbo), y aquella luminosidad de los poetas místicos, proseguida en lo prístino del verso juanramoniano y la cualidad auroral de Zambrano, como el coro que sostiene su avatar.

El “camino del vértigo verbal” que compensa la espera en la quietud y el desasimiento de las pasiones, antes de alcanzar la unio sympathetica, se traduce en Lezama en la “rauda cetrería de metáforas” (como calificara su poesía Ángel Gaztelu) que señalan la marcha por el “desfiladero”, como “paso seguro del mulo en el abismo”, en certero equilibrio al vadear los linderos de la gloria. Difícil condición la de ser intérprete de ese “inefable”, que nos permitirá ver el movimiento –tan invisible– como “imagen de la eternidad”. Verlo –quizás– en los avisos de una palabra poética que antes de mostrarnos esa imagen, nos señala la profusión de sus anteriores –confusas-metáforas, como parábola de un “enemigo”, “invisible rumor”.

Refiriéndose a San Juan de la Cruz, dijo María Zambrano que “el místico no quiere conocer sino que quiere ser”17, en lo que avistamos una postura de idéntica entrega que en el poeta cubano, al ser su palabra el Dador de fe y ser. Ha escrito el ensayista cubano Reynaldo González que “Lezama no es quien va a la literatura, quien la visita. Es el sumergido en la literatura, quien no puede alejarse de ella”18, lo que refuerza la carga confesional de la apología zambraniana sobre Lezama: “Sabía desde el principio que si la poesía sigue las leyes de la arquitectura se hará sierva de ella en vez de enseñorearla, señorío irrenunciable para el poeta que sabe que no se le dará nunca más que en su propio reino”.19

Para el místico, la realidad es un desgajamiento y manifestación de Dios, y su vida es alcanzarle, comunión que para la poesía mística es el “matrimonio espiritual” como signo de expresión. La poesía busca también la fuente original para volver a nombrar el mundo de acuerdo a esa condición demiúrgica del poeta. Ese momento en que la poesía tiene toda la posibilidad de nacimiento, para nacer como un nuevo mito o cosmogonía en que el Hombre-Hacedor transmuta su palabra en creación, es para Lezama: “... el momento para lanzar la sustancia de lo inexistente y que la sentencia poética fuese la encargada de apoderarse de la nueva sustancia”20
La fórmula se continúa en la acción humana de llegar hasta la sustancia inexistente, por invisible, y establecer así la relación con el logos primero. Por eso prosigue Lezama: “Si por el aliento el cuerpo toca en un punto con lo invisible, al lograr la sustancia de lo inexistente su expresión en la sentencia poética, parece como si por los ojos nos colgáramos de un punto.”21

Pero –ya sabemos– antes del silencio y la contemplación, antes del sosiego, acude aún el “vértigo verbal” que acusa la dinámica de creación, y que así señala el drama de los sentidos, que es la forma clara del Anima Mundi, tan avistada por la poesía mística (no sólo cristiana sino por igual la islámica) y que con tanta fuerza se advierte en Lezama a partir de la observación de la nítida asociación de su imaginario.

En particular la alegoría del “agua ígnea”, que también llamara la atención a María Zambrano y que la relaciona con el “mar de llamas” en el que se inmerge el Hombre verdadero, junto con los dioses22, aparece reflejada, con gran viveza, entre otras tantas referencias, en el ensayo “Confluencias”, ya anteriormente citado:

Una antigua leyenda de la India nos recuerda la existencia de un río, cuya afluencia no se puede precisar. Al final su caudal se vuelve circular y comienza a hervir (…) Es el Puraná, todo lo arrastra, siempre parece estar confundido, carece de análogo y de aproximaciones. Sin embargo, es el río que va hasta las puertas del Paraíso”.23

Es el “mar de llamas” que conducirá al Paraíso. Análoga imagen que integra un ruedo de simbolismos místicos, que no fortuitamente sostiene “el gran puente” que va de la profusión de imágenes hasta la contemplación del movimiento de la flecha lanzada a la eternidad: “En medio de las aguas congeladas o hirvientes, / un puente, un gran puente que no se le ve, / pero que anda sobre su propia obra manuscrita…”24 Símbolos, signos todos de un mismo despertar por la palabra, o del nombre que surgiera de lo arbóreo, de lo más natural, para ir completando un camino, para ayudar a transitar el camino como imagen de la eternidad.
Mística poética que es resguardar la profusión viva de las cosas por la metáfora, la diversidad del mundo de vuelta a una sola palabra, como lo fuera en el comienzo. Mística que impele a buscar el Absoluto creador en los “signos no descifrables” como “símbolos de la pervivencia” que son. Así se pronuncia el poeta:
Con el recuerdo de la casa, el río, las plantaciones, el toro, en el alfabeto nos encontramos con las cinco letras aportadas por la poesía (...) Es la ofrenda de la poesía, cinco letras desconocidas, errante análogo de lo estelar con lo telúrico, de la nube entrando en el espejo. Eran las letras que están en el fondo y saltan como peces cuando bebemos agua en el cuenco de la mano.25

La mística poética se confiesa, en José Lezama Lima, en su manera de asumir la poesía como existencia, convertida la propia praxis literaria en una razón de fe. Es esta la dimensión ética que peculiariza su obra, si no bastara, para indicarlo, la grandeza de la misma en su apreciación estética. Por la poesía ha concebido un proyecto de vida que le emparientan, en vocación y resolución, al concepto de poiesis, más allá del moderno de poesía, y así a su esencia cosmogónica.

La “amistosa compañía” ha resultado ser la “compañía insuperable/ la conversación en una esquina de Alejandría”. La intención ha sido única: contemplar “el movimiento como imagen de la eternidad”. Por regalarnos esa imagen, ha hecho un culto a la poesía –devenido una mística poética– y ha sido un “guardián” de su efímera posibilidad.

Como mismo María Zambrano acertara en San Juan de la Cruz, el milagro de no necesitar la muerte para “traspasar ciertos linderos”, vemos a José Lezama Lima sumergido en el potens de su Verbo. Su propio sacrificio le permitió mirar “ola tras ola, manto dominado” y ver, al fin, “mi Paraíso y tu Verbo, el encarnado”. Por la Poesía “el hombre se irá tornando en rostro del amado”. Pues finalmente, “Toda poiesis es un acto de participación en esa desmesura, una participación del hombre en el espíritu universal, en el Espíritu Santo, en la madre universal”26.

Notas:
1 Véase Ramón Xirau: Poesía y conocimiento. Dos poetas y lo sagrado. México, El Colegio Nacional, 1993. p.70
2 María Zambrano: Carta VI, 8 de noviembre de 1953, Op.cit. p. 105
3 Ibid p.104
4 José Lezama Lima: “A partir de la poesía” Op.cit. p.29.
5 Jesús Moreno Sanz: “El fuego secreto. Entrecruces, correspondencias y vías concluyentes entre Lezama Lima y María Zambrano y otras ocurrencias latinoamericanas” (Parte II, Volumen I) en Op.cit. p. 287
6 José Lezama Lima: “A partir de la poesía” Op.cit. p. 16
7 Idem p. 17
8 María Zambrano: “Poema y sistema” (1944), recogido en La Razón en la sombra…Op.cit. p. 24
9 María Zambrano: El hombre y lo divino. Op.cit. p. 199.
10 Véase Fina García Marruz: “De la palabra y el silencio. (En el cuatricentenario de San Juan de la Cruz), en San Juan de la Cruz, Ediciones Vigía, La Habana, 1991.
11 José Lezama Lima: “Confluencias” Op.cit. p. 456
12 María Zambrano: “José Lezama Lima: hombre verdadero”. Op.cit. p.217
13 Fina García Marruz: “De la palabra y el silencio…”
Op.cit. p. 57
14 Cintio Vitier: “San Juan de la Cruz” en San Juan de la Cruz… Op.cit p. 75
15 Ibidem
16 Ismael E-Outmani: “La poesía de José Ángel Valente o la mística sin el místico”, versión digital en http // www.ucm. Es / info / especulo / numero 31 / valente p.1 Sobre este tema, consúltese el artículo de Amauri Gutiérrez Coto: “Valente y Lezama: la reconstrucción de una mística” en Revista Vivarium (La Habana) XXVII, febrero 2009. pp.40-43.
17 María Zambrano: “San Juan de la Cruz, de la noche oscura a la más clara mística” en La razón en la sombra… Op.cit. p. 413.
18 Reynaldo González: El ingenuo culpable. La Habana, Editorial Letras cubanas, 1988. p.11
19 María Zambrano: “Hombre verdadero…” Op.cit. p. 221.
20 José Lezama Lima: “La dignidad de la poesía” en Tratados en La Habana. Op.cit. p.396
21 José Lezama Lima: Ibid. p.395
22 Véase su artículo “Hombre verdadero…”. Op.cit. p. 223
23 José Lezama Lima: “Confuencias” Op.cit. p.456
24 José Lezama Lima: “Un puente, un gran puente” (Enemigo rumor) en Poesía completa. Op.cit. p. 93
25 Ibid p. 453
26 José Lezama Lima: “La dignidad de la poesía” Op.cit. p.457

 

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