"En este vivero pasaron el invierno de los siglos oscuros
los saberes antiguos, esperando mejores tiempos."
Casiodoro

Edición 1024 X 768

 

De las lluvias del río Nilo a las aguas del Jordán.

Transmutaciones del mulo y el Narciso

 

Por Juan Enrique Guerrero.

 

“Somos un marinero que hemos perdido el barco en una oscura tormenta y nos refugiamos en islas para contar los siglos en todas direcciones, para soñar con
todos los puertos posibles y sin asirse a ninguno de ellos, sosegar el alma en la rivera de lo intemporal, para contar una aventura infinita, ignorados y con largas soledades aprendidas”

P. Marciano García
“Mensajes desde la luz y el amor a Juan Enrique Guerrero”
Proemio al libro La siega del anciano en el profundo
(Itinerario de un alma enconversión)
Homenaje a San Juan de la Cruz.

 

Introducción al naufragio

El signo profundo de toda poesía viva es la pura armonía entre lo que se quiere – voluntad, deseo de forma– la necesidad –esa moción, movimiento inconsciente de su realización en una expresión– y la capacidad –genio, talento, ingenio– para cristalizarla, consciente o inconscientemente de su trascendencia, para ser comprendido o no por su tiempo.

He aquí donde se realiza la unidad sustancial entre poesía –poema– poeta. Sobre José Lezama Lima se ha escrito mucho y muy profundamente. Este ensayo no va a añadir nada nuevo ni renovador en cuanto a conceptos, análisis estilístico; paradójicamente no pretendo con – cursar, tan sólo hacerse sentir en un con– curso desde la dimensión de un poema que puede verse como ensayo o no, pero que se presenta como ensayo para testimoniar una vivencia personal que se hiciera o se hace intransferible si el estilo con que ha de expresarse se ciñera tan sólo a definiciones, conceptos, demostraciones estilísticas ya magistralmente hechas por otros y que sería lo que constituiría un ensayo en el sentido esquemático de esta palabra.

Hay poemas de Lezama1 en donde se encuentran nociones fundamentales, en gran parte incomunicables por la vía de definiciones y conceptos y que sólo sentidas, intuidas, vividas y re- metaforizadas, otra vez, pueden damos una visión artística, una “fantasía sensible exacta”, como diría Goethe, de lo que es vivir su poesía, sus poemas, más que conocerlos. Por otra parte, no me propongo tocar cuestiones eruditas que, como he dicho, grandes figuras de nuestra cultura han hecho insuperablemente. Me propongo, evocar, sugerir, hacer sentir una posible evaluación transfiguradora de la poesía a partir de la Poética Lezamiana y de su sentido de la imagen y la metáfora. Ahora bien: la obra de Lezama no hay que comprenderla, ni explicarla, es resistencia pura, hay que sentirla para intuirla y para que ceda su secreto a la fantasía transfiguradora; esto no se logra sólo con imaginación, ni con cultura sobre su obra, se logra, y repito a Goethe, con Fantasía sensible exacta y añado a esta otra, que explicaré más adelante, la “Fantasía cataléptica”.

Prescindir de lo intuitivo, de la intuición creadora transfigurante, de lo metafórico como medio o aguja para tejer un ensayo inconsútil sobre un poeta de dimensión insondable, es desconocer la esencia de toda reflexión artística. Sólo un poema o poemas íntimamente sentido, como un espejo de sí mismo, nos muda en otro Jano, e1 mítico personaje, el más antiguo rey del Lacio, que habiendo acogido a Saturno, arrojado del cielo, el dios agradecido lo dotó de una mágica sagacidad, a tal punto que, siempre estaba presente a sus pupilas lo porvenir, como lo pasado; esa doble facultad lo hizo representar con dos caras.

Acoger a Lezama, su poesía, su arrojada resistencia, nos dota de sagacidades insospechadas, transfiguradoras de la poesía a partir de la suya. Hay que animar, vivificar con la propia intuición y fantasía creadora, la viviente identidad, unidad de algunos de sus poemas y sólo así, después de vivenciarlos con estos modos, crear y pedagogizar esa otra poesía subyacente, soterrada, susceptible de evolución y desarrollo, para alimento rejuvenecedor de nuestros semejantes, afines o no tan afines, pero no desemejantes. Un poema no se piensa ni se calcula, se contempla así, música, poesía, plástica, estatuaria, arquitectura; sintiéndolas en su devenir, deviniendo en uno mismo, sólo así se descubre la otra cara del Jano que podemos ser, ese otro rostro tras la máscara de la propia cara.

Somos siempre algo que sueña realizarse y cuando nos encontramos en las ensoñaciones de otro que ya se realizó, nuestras posibilidades y probabilidades dan un vuelco a nuestros propios sueños, y a los sueños de ese otro, y despertamos y lo despertamos también, otra vez, ante los dormidos. Así comienza otra evolución sub-specie eternitatis. He aquí lo que este ensayo se ha propuesto, sin cálculos discursivos, análisis estilísticos ni complicaciones teoréticas, sino haciendo sentir la arrojada resistencia, la otra cara de Narciso que en pleamar fugó sin alas, no tanto para morir bajo las lluvias del Río Nilo, como para resucitar en las aguas del Jordán; y del Mulo, el otro rostro que, con seguro paso en el abismo, busca la escala en la noche oscura a pesar de su ceguera, el vidrio y el agua de sus ojos para renacer con otro itinerario, no como Ave Fénix, Unicornio o Pegaso con alas de cera, sino fundido a la ancianidad de un Narciso purificado con la siega final en el profundo centro, con San Juan de la Cruz .

“Muerte de Narciso” y “Rapsodia para el Mulo” conforman esa “Bóveda de mil claves” de la que habla Goethe en uno de sus poemas, porque en ellos están encajadas con fuerza unas en otras, pero hay que develarlas desencajándolas, y hacerlas fluir con otro compás, al ritmo de lo idéntico infinito para que brote a torrentes, de todas las imágenes sustanciales, la alegría o la melancolía de otra poesía, de otros poemas, de otro poeta, para que todo afán, toda porfía, sea paz eterna en el seno de Dios nuestro Señor:


cuando en lo infinito
a compás eternamente fluye
la bóveda de mil claves
las encaja con fuerza unas en otras.
Brota a torrentes de todas las cosas
la alegría de vivir,
de la estrella más pequeña
como de la más grande,
y todo afán, toda porfía,
es paz eterna en el seno de
Dios nuestro Señor (Goethe). 2

Una lógica arcana, y trascendente vivifica estos dos poemas a tal punto de configurar esa bóveda de mil claves fuente y punto de partida para una evolución transfiguradora de la poesía universal. Estos dos poemas, y otros también, son vasos comunicantes de un mismo manto freático, los cuales, si se saben asumir, subsumir sus infinitas virtualidades, nos dan esa evolución a partir de la poética de Lezama Lima y esto es lo que me propongo hacer sentir, y si se quiere, demostrar con poemas vivos.

Teoría y Práctica para una posible evolución transfiguradora de la poesía a partir de la poética de José Lezama Lima

Ahora bien: Antes de entrar en materia viva y ejemplificadora hemos de aclarar que no es escoger a Lezama como modelo, como a ningún otro poeta, no es glosarlo, imitarlo, ni hacer variaciones sobre sus temas, imágenes o metáforas. Siéntase bien esto: es sentir lo que dejó de decir o por decir con lo dicho, de metaforizar con lo metaforizado y así ponerlo en evolución, desarrollo. Esto mismo, y dicho sea de paso, sucede con José Martí y San Juan de la Cruz, si se viven profundamente los versos de muchas de sus estrofas, es como tomar la semilla de un fruto ya maduro: para volverla a plantar en otro surco, o mejor, una de las ramas con yemas de sus árboles poéticos y adherirla al propio corazón, y que no sea tan solo un injerto sino algo más, tal vez, un toconal de olivos formado de renuevos de la parte del tronco que quedó unida a la raíz cuando desapareció el árbol, o empezó a desconocerse, un tocón de sus yugos y estrellas de su oscura noche y escala e injertarlo en la propia; estrella y yugo en la propia escala y noche. Todo esto no dará imitación alguna, ni copia o calco, si se sabe hacer, dará por consecuencia, a lo sumo, otro hijo, que ya de por sí engendraban, sin saberlo, en los sueños de sus musas. Así pues...
Respirada ya su letra y devorado su espíritu: surge del fondo con ímpetu, no de onda de cazador, sino de honda fuente, surtidor del propio yo lírico, el propio ego trasmutante transfigurando la fuente, la fumarola.

Que no imita del Narciso el espejismo poético, ni del Mulo ese frenético galopar, que en el abismo la piedra sangra lo mismo, pero es distinto el profético sentenciar, no tan hermético mi salmodiar con su ritmo...

Orquestar con sus maneras la muy propia melodía, contrapunto, fuga y guía, con su metro, otra aventura con disímil tesitura de mi entraña Filomena; que si análoga es su quena con mi flauta y con mi pífano, ¡Melopea de mi flema que analogo con mi tímpano, desigual toca mi címbalo transfigurando sus temas...

Nacimiento de azucena contra muerte de Narciso, que del Nilo es el granizo que contemplo en la mi almena. Del Jordán el agua plena sin el abismo plomizo, y del grande Paradiso del dador y su sistema, Paraíso de la cena que enamora sin hechizo de Narciso perdidizo sin cuidados de azucena...

Estas estrofas están tomadas del libro De las Lluvias del Río Nilo a las aguas del Jordán (Capítulo I Pentacóntoro Transmutante. Pág. 1.) Es la introducción donde se explica en imágenes, cosa imposible de hacer con maneras discursivas, la misión, el objetivo que expongo en este ensayo relacionado con una evolución, a partir del estilo, la estética Lezamiana, la alquimia de su verba, de la poesía.

Escolios para la oscuridad del Nilo y el Narciso, del Mulo y el abismo 3

Es un poema de ritmo discursivo que desemboca en otro largo poema metrificado que condensa las esencias del anterior para luego abrirse sucesivamente a una especie de cántico, pero esta vez, en liras clásicas que concretan las esencias de los anteriores, y todo para hacer sentir como es posible esa Evolución de la Poesía, como en la poesía de Lezama está condensada una especie de Magma Primigenia con la cual o a partir de la cual, puede evolucionar, desarrollarse otro cosmos con otros mundos configurando otro sistema o escuela poética, y como, luego de un desnudo verso libre un tanto discursivo, se puede ceñir esta desnudez o bien con la túnica de la suprema forma de la poesía lírica, la lira del siglo xvi o bien con el peplo de la redondilla, o bien con el manto de los endecasílabos y dodecasílabos. Esto es abrir “El compás al máximo” (frase de Lezama) o sea extender, tensar el arco iris del nadir al cenit lanzando a la vez, simultáneamente, las siete flechas de la alianza final consumadora.


Lezama con algunos
de sus amigos.

Así el Nilo es para el alma figura del tiempo y el espacio. Sus aguas son las telas de afecciones que la envuelven y que bañan el ánimo; así ese “tiempo dorado” teje el desasosiego a sus labios y hace que su voz aparezca como espuma y vaniloquio, por eso muestra su perfección, se “esconde y se divierte su celo”.

Por eso se apresura su fría mirada buscando otras aguas. Así la frente se le abre y busca el grito que la ayude a la fuga, que la despierte del dormir, el fuego que le caliente la llama fría y le arranque los alfileres de la lengua. Así también el Narciso y el espejo, figuras de la vanidad y el egoísmo, máscara para su falsa belleza reflejada en el espejo engañoso de las criaturas y las cosas de este mundo.

Así sus sueños son como grifos que le devoran y van enflaqueciendo, sueños frívolos de Apolo y Orfeo que la destierran del aire de aquella almena, donde esparcías los cabellos del Divino Amado y suspendía todos sus sentidos. Por eso esconde en las posibles imágenes su grito inflado y trata de divertir su dolor con el celo por la vivencia metafórica, por eso busca algo que arrastre a las nubes su ánimo en busca del aliento que le dio vida en un tiempo y la desentrañó de las aguas y crecidas turbias de los rápidos y cascadas engañosas del Nilo, figura del tiempo de este mundo.

Así el ánimo es un mulo terco por sus ofuscadas razones, figura de la soberbia que camina lenta sobre la tierra “piedra que sangra”, él ánimo que camina en el abismo de sí mismo dentro del abismo de la natura caída.

¡Qué seguro paso el de este mulo! ¿Ironía de una misión que no siente? Destino sobre la tierra, la piel rajada de su vida, el fango en que se han convertido sus alas por la ceguera del Narciso fugándose en la pleamar, por eso el vidrio y el agua en los ojos, figuras de la visión deformada recorriendo las Historias de este Mundo, posando en las oscuridades de sus reinos fugitivos. Así busca el ánimo otras aguas en el espacio que media entre la visión oscura que tiene de las cosas y la abierta caverna de sus sentidos ciegos caminando por el laberinto de sus afecciones, de la carroña de su ave anciana. Así quiere el mulo del ánimo salvar sus alas, apuntalar su cuerpo en el abismo, apuntalar el cielo con la mano, tener el túnel de su caracol sobre la palma de la mano, figura de las cavernas de sus sentidos ciegos y oscuros. Por eso sigue con su paso en el abismo y le brincan los ojos buscando el semillero de la niñez, el limbo de la niñez con el Dios de amor secuestrados. Así siempre al borde de la tierra y de sí mismo con su “carga de plomo necesaria” ineludible como Sísifo cayendo una y otra vez por el sonido de su voz inflada en el abismo. Pero el ánimo siente que Dios le faja para bien, le fija a un centro, le faja y fija un centro en el profundo para su ciega anciana, faja “que le impide la dispersión” de la carga en la entraña, carga de memoria y corazón que le pesa en el corazón y la memoria, carga de piedras de un camino que ya pisó, que le han puesto un nombre, carga que lleva segura y:que con ella fajado por Dios ha de entrar en otro abismo que le libere donde habrá otro espejo que le cure su reflejo. Cruz que no cuelga, que se carga.

“La faja de Dios sigue sirviendo”, le apretará el gesto hasta que haga su muerte inofensiva. Pero, aún va “cayendo, terrible vertical trenzada de luminosos puntos ciegos”. Los dos abismos forman su cruz, los dos ríos se entre cruzan formando una cruz; el ánimo y el ánima han puesto en cruz los dos abismos frente al espejo de una fuente y de unos ojos que la miran, bajo “su árbol de sombra”, ojos que le miran dentro de otro árbol de luz. En el cuello del ánimo, las voces que nadan a otras aguas, pero es necesario “pasar del vacío al haz del abismo” a través de la noche oscura de una oscura selva. Así “paso es el paso, cajas de agua y plomo, fajado por Dios el mulo” el ánimo duerme temblando.

El Narciso del ánima cruje su reflejo, rompe los espejos. Sentados los dos frente a los ríos, encajándose en él tiempo, en el espacio tejido a los labios, al corazón y a la razón; con las telas de la memoria sin romper, herrado el entendimiento, queriendo descalzar al ánimo para e1 ingrávido ascenso al otro abismo que es de luz, frente al otro espejo y semejanza del Divino rostro amante... Sentados los dos Narciso y Mulo frente al Nilo y al Jordán.


Así todo ha de entenderse en sentido místico, escatológico que prepara la siega en el profundo del alma anciana y el anciano ánimo a las puertas del adviento. Así todo el discurso poético y el discurrir del verso. Aprieto y angustia por las crecidas del Nilo, por los colores cambiantes del Nilo, por sus cascadas que en la memoria han creado el hábito de tejer el tiempo, de dorar las castañas en el fuego del Nilo. ¡Oh! Morir a las cascadas del Río Nilo, nacer a las aguas del Jordán. ¡Qué otro abismo devore al poeta y engulla la fantasía! Porque la muerte, el paso, es un bailarín sobre las espumas, un violinista ante un espejo sin azogue, una plañidera que teje la danza con aguas macabras; pero la muerte en el delta es una momia inofensiva flotando sobre las aguas del Jordán... y así el homenaje al Poeta Maestro que auguró al ánimo y al ánima de otro poeta, cuando sus primicias, el ritmo de una anciana siega en el profundo de sentencias con músicas al centro…



Gaztelu y Juan Enrique Guerrero.

He aquí la transfiguración del sentido original de “Muerte de Narciso” punto de partida para el desarrollo en verso de las esencias trasmutadas. El lector ha de tener el original de Lezama y compararlo con este otro poema para sentir lo que es transfigurar, lo que doy a entender por “transmutaciones del Mulo y el Narciso” porque los dos poemas, sus sentidos transfigurados a lo divino los fundo en una sola visión substancial. Ahora, todo lo anterior, sus esencias, pasan a orquestarse en verso (endecasílabos) y luego en liras, de las cuales sólo transcribo algunas. Las ideas están entrelazadas con imágenes de la “Noche oscura” de San Juan de La Cruz que son parte de ese proceso de transfiguración y medio de alcanzarlo.

Que otras aguas van llenando la memoria
de bienes y consuelos. Qué divinos
los momentos que en la noche yo adivino
como instantes que disfraza escapatoria.
¿Los pasos de un ciego? ¡Una aventura!
¿El rastro de un cojo, una herejía?
las huellas de un tullido en la sombría
selva que es camino hacia la oscura
noche que en abismo es claraoscura
luna que nos lleva a la gran vía.

Aquellos invitados al festín.
¿Qué rumian, que mastican o devoran?
¿El tiempo se les fue? ¡Quedó la hora!
Que apura o que detiene al que es afín,
que aquellos que vetaron Benjamín,
buscando están manjar que les azora.
¿Qué desteta del ciego la cojera,
y del cojo la ceguera?, ¡es el bordón!
qué se injerta cuando atado el corazón
al mulo desatando la anteojera
descubre en el Narciso la quimera
de verse ante el espejo con razón
del Nilo. ¿Qué desteje tejedora
del alma en el pajar que busca aguja?
Qué encuentra; pincha lengua
que le embruja
licuando hilo de arena que desdora
del Nilo la corriente dilatora,
qué impide ir al Jordán que sobrepuja
y encuentra del Jordán vivo el torrente
que en aguas del Río Nilo al alma roba.
Del árbol del manzano, hinchada soga,
do cuelga la razón que nunca entiende
razón del corazón, que entre los dientes
rechina, cruje, canta, gruñe y llora.
Saliendo ya de un siglo envejecido,
portando en alegóricas nostalgias
las cargas, y a la carga con neuralgias
de meses y años grises reprimidos.


Que nunca es tarde, ah, si lo escondido
por miedo o por prudencia y vocación,
rompiendo está el rompido corazón
que bulle en confesión con atrevido,
del viejo testimonio comprimido
que sale de archivado en el rincón.
El alma que ya sabe lo que quiere
intenta explicación de lo inmediato,
entiende no entendiendo, a cada rato,
explica no explicando, lo que puede.
Sublima transmutando fuego y nieve,
andando y desandándose Da Capo.
Del Nilo destejer dorado anhelo,
del mulo transmutándose en el alma,
Narciso en azucena suba al cielo.
Camina el caracol sobre la mano,
dejando va su rastro inconsecuente
guiando irá a la arena ánimo anciano.
Hincado está en la lengua el alfiler,
que es frívola palabra en las papilas,
la voz que fue neófita pupila
sintiendo está el ocaso anochecer,
buscando en el camino amanecer
en aguas del Jordán con nueva pila.
Saliendo del abismo a la trasvida
la oreja al caracol y del torrente
escucha aquel murmullo que convida
a Epígono a lavarse en santa fuente.
Las aguas cristalinas, miran fijos;
el ánima que pródiga del hijo
desanda del Río Nilo sus torrentes.
Jordán lleva fajado abierta fuente,
la frente que cerrada al prodigarse
y el cálamo llevó al agua corriente
al filo del relámpago que crispa,
abismos en el Nilo que espejean,
oscuros que destellan y se enristran
con luces que entreabren con la chispa
las aguas estancadas que serpean.
Crecida que ahoga, ciega y medusea,
las aguas del azul al negro vuelven,
los viejos aluviones menudean.
Faraónica fanfarria; la esfinge
oráculo que un ibis siempre esconde
allá donde el osíris nunca finge,
ni el delta como escollo me restringe
bogar en agua que si me responde.
La sana oscuridad que purifica
la enferma oscuridad que más nos ciega;
la noche positiva santifica,
la noche de este mundo nos anega
en fango la raíz, del ala ciega,
que en el profundo centro mortifica.
El paño de la lira dignifica
las lágrimas que llora el prodigado;
si cuerdas desafinan, malogrado
el tono, el timbre cuerdo rectifica,
locura de cejilla cuando agita.
Pulsar de lira, tono-desgarrado;
tañer de uñas, plectro encapotado
por tiempo de tiniebla y muchas cintas.
Buscando estoy sonar verso, claudica
a veces sin saber que ha claudicado,
cojea en el camino equivocado,
serpea al surtidor de agua bendita.
El arco del violín la muerte agita,
el viejo bailarín macabro danza
al son del loto, y limo hace la chanza
por cálamo respira, el agua avisa
que el alma sumergida profetiza
el límite en que muerte no le alcanza.
El plectro la tonada paraliza,
las cuerdas que se parten en el centro
restallan como látigos, y siento
la música volviéndose cenizas.
La música que escrita con la tiza
al viejo pizarrón del enjaulado,
el aula que le tuvo aprisionado
fue jaula de liberto y de pesquisa.
Un modo al ventarrón de hacerlo brisa,
maneras de orear al confinado.
Un nuevo amanecer, alma divisa
los viejos nubarrones, su pasado
en lluvia se tornaron, y han regado
el fruto hieratizado en la comisa
del templo sepultado, la noticia
le dice al alma que ha resucitado
y todo queda así justificado,
dolor, error y culpa primigenia,
el animo en el verso se la ingenia
soñando que nació predestinado
¿será falso el sentir? Pero ha logrado
lacrar su propio sello, santo y seña.

A continuación la transfiguración en liras de las imágenes y metáforas anteriormente orquestadas en endecasílabos y a su vez anunciadas en los “Escolios” en cuanto al sentido transmutante. Si nos fijamos en lo que pudiéramos llamar “la técnica”, palabra de la que gusto poco, veríamos como lo que se busca es la “Melodía infinita” (Wagner), un flujo de “músicas calladas” incesante, continuo, afín al movimiento melódico de una: gran sinfonía.
Hay afinidad con las maneras en que se desarrolla en la música una melodía, se desenvuelve una frase, un motivo, hasta convertirlo en un gran tema fluyente, que vuelve sobre sí mismo, retrocede y salta otra vez modulando, en nuestro baso, las metáforas con otros sentidos en multívocas imágenes verbales, cuyas cadencias métricas hacen sentir el flujo (ritmós) que le da vida a una sucesión de sonidos (melodía) en el arte de la composición musical. Por otra parte, y dicho sea de paso, en nuestro poemario, las imágenes Lezamianas más significativas aparecen dibujadas, reflejadas en “viñetas” hechas por el joven pintor “Manuel Rivas” el cual, desde que conoció la obra de Lezama a través de mi libro, sintió la necesidad de llevar a plumillas las metáforas de mayor plasticidad de nuestro poeta. Cada poema transfigurado tiene en su respectiva página una viñeta significativa y la imagen reflejada en cada viñeta es también motivación, soporte de las transfiguraciones de cada poema. Así, virtualmente se funden poesía-música y plástica en este poemario, ideal de los poetas mélicos de la antigua Grecia y del mismo Wagner con su teoría del “Arte Total”.

En las liras elegidas a continuación, como he dicho, están “orquestadas” con otros sentidos, las imágenes que se manejan con otras formas en los poemas anteriores, esta vez con el ritmo de la lira clásica, forma perdida para el oído poético en la actualidad. Transcribimos sólo fragmentos para dar una suscinta visión de lo que quiero demostrar porque, toda la obra es una unidad fluyente y para asumirla con provecho y darse más cuenta de lo que me propongo hay que leerla toda de principio a fin, aunque, como en un río, donde quiera que se beban sus aguas al correr (páginas) se sentirá el sentido, la finalidad de su fluencia, así como la meta de su derrotero. Las imágenes “en negrita” que aparecen en las liras son los motivos (musicales) tomados de Lezama, los cuales se desarrollan más allá del sentido original que él les dio en el contexto de su poema. Fijémonos en las virtualidades de esas frases (en negrita) cómo pueden transfigurarse, develando algo más de lo que ocultan o han dejado de decir, mediante la muda de sentido, continuándolas, llevándolas por otros causes imaginativos, conceptuales si se quiere, a otras ideas-imágenes que buscan sobrenaturalidad cristiana.

La Bóveda de mil claves
Transfiguraciones temáticas de la rapsodia y Muerte del Mulo y el Narciso

“Preámbulo a las transmutaciones”
(trébol de cuatro hojas)

Las aguas son del Nilo
Lezama faraónico ciñendo
el cauce con un hilo
de oro, y el atuendo
de Lima, en la rapsodia está mi engendro.
El imperio posible
de imágenes, la era maginaria
de un reino imprevisible,
oblicua la diaria
labor imponderable y futuraria.
Migrar a Paradiso
de opiano tansmutando y de Licario,
expectación y hechizo
epígono gregario,
sedente contemplando el milenario.

Un mágico glosario,
el sueño en dimensión fabulatriz;
con fábula, escenario,
y musa emperatriz,
oráculo soplando al aprendiz.
“Breve historia de Dánae, Narciso
y el mulo”

“¿La perfección que muere?”
el pie, la lengua, el ojo incandescente;
de todos estos seres
se burla la corriente,
que teje hija de Acristo inconsecuente…
... “¿La seda que borraba
la perfección que muere de rodillas?”
el cuerpo le empinaba
en la fermosa villa
ante la mutación que inmóvil brilla.../
Y así también el mulo
que va con el Narciso entrelazando
pincel con disimulo,
abismos conversando,
poeta con pintor van sopesando.


José Lezama Lima.

Del Mulo y del Narciso,
abismos con estanques encantados,
mudando en otro hechizo,
mutando evaporado,
perfil del agua en piedra al estampado.

.../ Removiendo del Nilo.
humores que flotan en las crecidas,
al fin encuentro el hilo
del alma entretejida
con telas del narciso envejecidas.

“Una raíz que queda,
que no deja tener gozo cumplido”
o Juan, cuando es que pueda
salir del ancho Nilo,
con aguas destejidas hilo a hilo.

Las aguas del Jordán
tragándose del Nilo las corrientes,
el limo del afán,
cascadas estridentes
que embisten las arrugas de la frente.

Jordán con el Cedrón,
unir las aguas en un mismo lecho,
lavar del corazón,
del Nilo los desechos,
del mundo y el Narciso contrahechos .

Cambiando los colores
el curso del río Nilo le confunde
al ánimo dolores,
y el ala se le hunde
en medio de la aguada incertidumbre.
Las lluvias que lo avivan,
los lagos y deshielos, los pantanos,
figuras que reaniman
el cálamo en la mano,
que es reino en la creciente de mi arcano.
De1 Nilo en las crecidas,
el mulo trasmutándose, el Narciso
del alma arrepentida
entrando en el bautizo,
que en aguas del Jordán el Paraíso.

“Transfiguración de Narciso”

Flor que llegó a narciso.
Narciso que no llega a flor.
Y el mulo herrado con los pasos sangrantes sobre la piedra cicatrizada.
El agua en el vidrio y en los ojos, conforma al monigote, al esperpento, al estafermo...
Flor en ojal del bufón.
Huella de Narciso con cascos de mulo.
Vanidad del bufón que acuesta el rastro en las aguas muertas, en la huella bufonesca y mudable de la herradura.
Camina el bufón el laberinto. Repasa el recoveco.
Vericuetos de herraduras y estrambote del destino bufonesco.
Descorre en los rincones bufonada y despropósito.
Oh la nieve de los años dejó intacta la huella primavera.
Escuda la hojarasca el casco, la mano traspasando el abismo del casco. Se acuesta en la herradura.
Rostro en la herradura.

Trajeado como un tablero de ajedrez, peón en el abismo, caballo en el laberinto, rey del vacío, torre boca abajo en pos del alma reina en jaque del atajo... y mate a la razón, y coz al corazón herrado y errante.

Sobre el casco acuesta, no el rostro, bambalinas acuesta, candilejas apagadas la noche en que oscureció la huella intermitente la nieve hilando el pámpano, el rey mago, el arbolito al cabello del ángel caído.

Así destroza el arlequín su payasada anciana.
Así muestra tibia carcajada y llanto boca abajo que nadie ve. Así enjuga en la herradura su rostro.
Así acuesta su vida, su circo y su zoológico.
Doncel de la carpa el bufón de invernadero.
Bufonas sus razones buscando el silogismo pendenciero, el apotegma en controversia con su alma empecatada. Así el bufón del corazón sin bufonadas, que a más de la mitad del camino de la vida, acuesta el rostro, rompe con la mano, pulpa y médula del casco trabado en la garganta de su propio abismo.
Bufón que no llegó a Narciso.
Narciso que llegó a bufón con la mula fósil de la memoria cicatrizando sobre la esponja sangrante, sobre la piedra hecha polvo de vidrio en los ojos.
Así acuesta el monigote, purga el esperpento, sana a su bufón oculto que rostro acuesta en la vieja huella.

“Arquitectura del mulo deudor de
la rapsodia”

Sin comer las semilla del loto.
Como la flor del aguapé, isla flotante junto al nenúfar agua chiquita que se; adentra en las lagunas.
Del foro al foso. De la cocuyera al faro; y sobre el arquitrabe el pájaro casuístico y verboso de cilicios metafóricos, purificando en la archivolta las molduras...
Hacia la fuente autóctona entre gárgolas barrocas.
Exorcizando en las cornisas el viejo castellano.
Críptico el cincel sobre el dolmen de oro.
La lira cuál laja horizontal sobre siete cuerdas verticales; piedra larga hincada como un menhir oblicuo sobre el suelo indígena.
Metempsicosis de un cuerpo a otro, de un tiempo a otro. Ollares cual triforios, ventanas de tres huecos resoplando. Orfebre ordenamiento el ímpetu creador
con la propia esencia.
El ojo del buey en la caverna.
El ojo del buey mudo salvando a la razón.../

“Mutación del ánimo Narciso”

Se esconde y se divierte de sí mismo.
En sí mismo la frente se le abría y se cerraba al pórtico del tiempo en que versaba.
La garza era irreal y ya le despuntaba lo deforme sugestivo.
Su lengua prendida con alfileres guardaba silencio.
La soledad coloreaba su máscara futura de deforme.
Qué aire no miente. Qué brisa no conforma la belleza informe y despeinada.
Que vida no se arrastra de la nube al terrón por la belleza, del surco al nimbo tras la hermosura.

“¿La seda en el estanque?”
del limo y el sargazo, lana pura;
y que protuberante
figura que se fuga
en círculos que a imagen hace arrugas.
“¿Inmóvil calendario?”
que fluye en el marmóreo del relieve
zodíaco del osario
incaico, sol de nieve,
sonando el cañonazo de las nueve.

“¿Faisanes ya no advierten”
orgía saturnista y comelata,
satumo se divierte
con mano en alpargata
“el pulso desdoblado” de hojalata.

“¿Se esconde y se divierte?”
el duende en el dibujo descoyunta
el hueso que le vierte
de aguja aguda punta
que teje y le desteje la pregunta.
¿Lengua alfilereada?”
la fuga nunca ayuda a su silencio
de tan coloreada
la máscara, sentencio:
¡qué troque el rostro al agua en el incendio!

“¿Qué olvida y desentraña?”
el hueco corazón al pedernal
la tela de una araña,
la red original
ensarta pegajosa al virginal.

“¿Aliento del que olvida?”
respira y más se entraña con el viento
del que a espejo convida
mirarse con el tiempo
en prisma del maestro a contratiempo.

“¿Ni sierpe ni carámbanos?”
mojada no es mi pluma porque es lápiz,
que en borrador al zángano
arroja sobre el tapiz,
colmena de mi arroz destila el sake.
“La frente se le abría”
pedazos de osamenta,
gordo el gesto, con la mirada fría
echando cebo al cesto
de lo que fue belleza, ruina y resto.

“Del Narciso al mulo, pendiendo
en el abismo los espectros”

“¿Antorchas como peces?”
y peces como lunas japonesas,
las manchas del sol crecen,
y el ojo que regresa
de cara al novilunio se embelesa.

“¿Los ojos recorriendo?”
de las aguas, el círculo infinito,
figura diluyendo
sopores de hito en hito,
Narciso se ha embebido en su maldito.

“¿El fango de alas ciegas,
con inmutables ojos recorriendo?”
raíces de mi vega
me salvan ascendiendo
con musa que me ha ido trascendiendo.

“No oculto mi tendón
el triunfo ya en lo oscuro” está muy claro
se agita la razón,
transfunde el canto raro,
injerta melopea en su sembrado.

“Meditación primera”

Transmutación de imágenes, contrametáforas, cada motivo o frase es como un embrión, una crisálida por parir, otra Ave Fénix u otra mariposa y Ave Fénix. Aquí la fantasía, más que volar, se sumerge con aleteo abisal para volverse madrépora o gigantesco pulpo de ventosas subsionantes de todo el plancton suspendido en los poéticos mares Lezamianos. Un pequeño motivo, imagen, una palabra, da pie, mueve, impulsa, despierta un no sé qué de indefinidos meandros metaf6ricos, de simbólicos atajos conformando infinitos caminos verbales por donde entrar o salir sin descanso, sin fatigas del propio verbo, es como tocar la médula, el sésamo de las imágenes posibles e


Gaztelu y Lezama.

imposibles, de las eras, más que imaginariamente míticas, reales, pero en una sola, la sobrenatural que nos conduzca al canto de los ángeles, a la Soledad Sonora de los valles solitarios, nemorosos. Se necesita, no una especie particular de imaginación, sino de fantasía creadora, co-creadora (que es la potencia íntima, en acto, que mezcla, fusiona, transfigura lo imaginado, las imágenes de todo) y es la que nos hace sentir cada momento de un poema, y por ende, de una sinfonía o pintura bajo la especie de una eternidad, o sea, como presente de las cosas pasadas y futuras y también como presente de las presentes (San Agustín), y de esta forma, glosando otra vez a Goethe digo: Sobre poesía sólo puede juzgar quien la haya vivido en sí mismo como una necesidad de música callada, de plástica velada, de verbo revelado en una sonora soledad, en suma, no es hablar de ella después de hecha, es hacerla y callar y que ella sea la suma hacedora de cualquier explicación al respecto. Porque es inútil explicar en este ensayo lo posible de una técnica de expresión nacida de la alquimia Lezamiana, porque no hay tal técnica para construir misterios, a lo sumo, colores de su estética (sensibilidad, emociones) que conforman ciertas acuarelas o frescos personales, pero nada más. Quién vea en los poemas con que trato de demostrar o mejor hacer sentir lo que discurriendo no puedo hacer, una copia, una imitación, no ha sentido nada de lo que he dicho, porque no es para entender, inteligir, y así no vale la pena escribir más. Son otros modos de ensayo y de estudio sobre Lezama los que propongo, sugiero, los que han de lograr lo que aquí evoco con poesía, poemas. Sólo siendo o haciéndose un ave rara puede hacerse esto, y sin complejos egocéntricos o egoexcéntricos, aunque lo parezca, sino siendo sincero, sencillo y con ideas simples elevadas, llevadas al verso.

 

“Meditación segunda”

La poesía de un poema, como la música de una sinfonía o la plástica de una pintura es trascendente a toda conceptualización, pero no a la intuición creadora movida por la fantasía, que es la facultad que sobreacoge, que se percata sensiblemente y puede transfigurar las imágenes, verbales o no, una vez sobreacogida (la poesía en el poema) para ungir con ella su propio sacerdocio poético, plástico o musical.
“De las lluvias del Río Nilo a las Aguas del Jordán” es una plasmación viva, en un gran poemario, de una teoría, es una tesis fenoménica que muestra en poemas como, en la poesía de Lezama yacen las virtualidades que pueden fecundar una evolución, si se posee fuerza imaginativa e ímpetu fantasioso. Muchos de los poemas de Lezama han quedado con esencias poéticas que reclaman realizarse, con potencialidades que una intuición transfiguradora puede poner en acto por medio de una “Sensible fantasía exacta” (Goethe) o una “Sensible fantasía cataléptica al modo de los estoicos.
Magma gigantesca de imágenes hay en Lezama para futuras poéticas, fumarolas de impulso para la propia expresión transmutadora. Si la poesía de San Juan de la Cruz nos crea un templo en el oído, la de Lezama nos pone una esfinge en las .pupilas cuyos enigmas pueden desentrañarse y transfigurarse en ese templo. Lo que hay es que epifanizar la intuición, cuando la intuición se epifaniza nace la transfiguración de cualquier, estilo o estética a partir de un modelo o arquetipo que mueve a esta peculiar intuición a epifanizarse haciéndola transfigurante, transfiguradora. Esto es lo que se siente cuando se lee a Dante, San Juan de la Cruz, José Martí y Lezama Lima y esto es lo que nos permite, osadamente, dar fundamento a la evolución que propongo.
Y he aquí que nos encontramos con la fantasía cataléptica –la idea sobrecogedora, percatadora– es decir, sobreacogida, percatada el alma, inflamada por esa “callada música” de imágenes hechas metáforas verbales, se ve arrastrada, asumida, ungida en el ápice de su fantasía, el ojo del alma transfigura sus visiones y 1as del semejante. Por eso, insisto, la poesía de Dante, San Juan, Martí y Lezama pueden ser una vía novísima para una evolución transfigurante que mostraría un camino franco, libre, abierto a esos poetas despistados o mejor azoradamente inquietos, ¿por la originalidad?, por encontrar en sí mismos al Espíritu Santo. Pienso, siento, como cristiano-católico, por tanto, ante la duda o aporías de muchos, sugiero una euporeía o senda segura que es la de la música callada que hay que saber descubrir y...

“Qué es la música callada”

Paul Valery esclareció este aspecto de manera profunda cuando expresó en su “Prefacio” al Cementerio Marino lo siguiente: “Pero la poesía exige o sugiere un universo muy distinto: universo de relaciones recíprocas, análogo al universo de los sonidos, en el que nace y se mueve el pensamiento musical” 4 (esto es decisivo para encontrar esa senda o euporeía evolutiva y para que se realice la catarsis o purificación de la fantasía exacta a fin de quedar plenamente ungida para las transfiguraciones, luego prosigue Valery: “En este universo poético, la resonancia puede más que la causalidad, y la forma, lejos de desvanecerse en su efecto, viene a ser como reexigida por este” 5 (engendrada y parida sería más exacto). La idea reivindica la voz. (Por eso hay modos de llevar a la dimensión de cántico un entramado poético (poema) sin métrica, la voz del poema se transfigura en canto orquestando sus esencias preferentemente en la lira, forma suprema de la más alta lírica). Más adelante prosigue Valery: “...los pensamientos enunciados o sugeridos por un texto de poema no son en absoluto el objeto único y capital del discurso, sino medios que contribuyen por igual, con los sonidos, las cadencias, el número, los adornos a provocar, a mantener una cierta tensión o exaltación, a engendrar en nosotros un mundo o un modo de existencia totalmente armónico.” 6 ¿No nos recuerda todo esto a Bach-Beethoven-Wagner? Hay poemas en que se siente que ha quedado algo por parir o por engendrar en su textura y eso es lo que nos resuena es la callada música que exige otro desarrollo polifónico, contrapuntístico ceñido a una forma métrica idónea o a otra fluencia libre, pero ceñida a una cadencia. Para esto es vital-sentir-escuchando. Como suena un poema, si suena, como cadencia, si es música callada, o se acerca a esa prosa arrítmica de muchos versos blancos (libres) que nos dejan en blanco y negro el corazón y nos mueven a orquestarlos, respondiéndoles, para darles calor de vida o muerte. La “reasunción indefinida o mejor infinita, que no gustaba a Paul Valery, es otro de los elementos vitales que en potencia debe tener todo poema y a su vez el poeta, la facultad de reasumir, otra vez, las metáforas a la manera de Bach con sus fugas y de Beethoven con sus sinfonías y cuartetos o de Wagner con su música infinita de motivos entrelazados. Por eso, todo poema como cuerpo y su poesía como espíritu, deben tener potencia transformativa, es decir esencias que puedan llevarse a otro acto poético, esencias germinadoras susceptibles de transmutarse, sustancia viva también susceptible de transubstanciarse. Cuántos poemas proyectan una sombra luminosa que se desliza por el muro de la memoria y se convierte en peldaño para escalar nuevas epifanías y nuestra ceguera o impotencia no es capaz de ese ascenso por falta de ejercicio imaginativo. Un símbolo de Lezama, San Juan, Dante, Martí, puede cristalizar, catalizar nuevas vivencias y desencadenar un proceso metafórico en movimiento perpetuo, como el circular de las constelaciones en espiral infinita. La fantasía es una sensación asténica (Aristóteles) Asthenos, espectral y cazadora de espectros y las imágenes posibles que da, a veces, una sola metáfora, que es a su vez el cuerpo que le: da vida y que la pone en movimiento perpetuo ante 1a fantasía transformadora, es lo que precisa el ojo del alma, el oído del espíritu y todo trascendiendo el significado y el significante, cabalgando tan sólo, sabiendo cabalgar sobre esa “Música callada” que es algo inconceptualizable al cual pudiéramos responder como San Agustín: cuando me lo preguntan no lo sé. Y sin embargo todo consiste en esa armonía fonemática, a veces imperceptible de las ideas hechas imágenes, con una sintaxis de vocablos que quieren apresar, mediante la razón, las corazonadas de la misma o del corazón las razones que no entiende. Por otra parte, hay que evitar esos poemas no susceptibles de regeneración, de palingenesia, de trasmigración, porque sino se convierten en una mariposa clavada con un alfiler en la urna de cristal de un poemario, en un poema-momia.

“En cuanto a Muerte de Narciso y Rapsodia para el Mulo”

Se necesita de un qué sé yo o un no sé qué de iluminaciones verbales que hagan ver, de repente, las costuras inconsútiles de esas dos mágicas madejas poemáticas. Trama hilada de múltiples hilos de vocablos conductores, conducentes, que se ovillan, fluyen, refluyen. Hay que desovillar en la rueca de la intuición los dos poemas para retejerlos en una unidad con otras puntadas, volverlos al caos primigenio, descoyuntarlas, desarticular sus músicas para con ellas hacer otro cosmos, otras galaxias, y es esto lo que nos hemos propuesto demostrar en la práctica en “De las lluvias del Río Nilo a las aguas del Jordán”.

Ahora bien: Qué hacer frente a un Hércules de la Metáfora, un Aquiles de la verba, pues tomar con alciónica audacia los caminos de Odiseo hacia el abismo donde el Mulo “su misión no siente .../donde las ancianas aves que en el cuello muestran corona tras corona .../Seguir con su paso en el abismo .../y luego remontarse al Nilo donde .../Dánae teje el tiempo dorado .../y los chillidos frustrados en la nieve, donde …/si atraviesa el espejo hierven las aguas que agitan el oído .../. Aquí pudiera detenerse este ensayo, paralizarse, pues todo está evocado, hecho sentir; no obstante, un ensayo, como género literario, es indefinible, y este es afín a la poesía lírica por lo que tiene de emocional, de salvífico, recordemos el proemio para los perplejos al inicio, somos un náufrago que trata de poner en orden “restos inhábiles” pero fértiles, buscando el camino más corto, el atajo para una plenitud de significado. Este ensayo, que trata de apresar “resacas”, es al modo de Penélope, un tejer y destejer en espera de hacerse de una postura tal que pueda el sol reverberarle con frutos.

Una vez metabolizada la materia mítica del Mulo y el Narciso, la poesía rotunda de sus poemas impertérritos, qué nos queda por decir: ¿Trasplantar sin pérdidas sustantivas? Transmutar con ganancias objetivas.
De la muerte de Narciso a la resurrección de su imagen purificada en el Jordán y acogida por “la Gran Consoladora”, la Iglesia. Del Mulo de paso lento y ojos vidriosos hasta el alado corcel apocalíptico cuyo cuerno apunta al recóndito infinito desde la finita tierra. Un mar de imágenes transmutadas, de metáforas transfigurantes que palpitan en el cosmos de estos dos poemas es la materia con que demuestro aquello que presentía Lezama al decirme: “Ud. quiere unir la poesía y la música como en el número pitagórico está el ritmo y la sentencia”. Pero, ¿cuál es la verdad interior de estos dos poemas, qué tienen para ser punto de partida de otra evolución de las especies poéticas.

 

La intuición de los modos del tiempo poético y del espacio de un poema.

Recordemos a San Agustín en sus Confesiones XI.20.26. “Los modos del tiempo son momentos de la eternidad, momentos de absoluta presencia. Presente de las cosas pasadas, presente de las cosas presentes, presente de las cosas futuras. Y en cuanto a los otros momentos no presentes, existen en mi presente”.7 Ahora, recordemos a Lezama cuando apelaba a la posibilidad infinita de fundir todos los tiempos y espacios en un poema o en poemas que virtualmente son miembros de un solo cuerpo. Su “Sistema Poético del Mundo” es esto. Dice su hermana Eloisa en el estudio que hace de su obra y que sirve de Introducción a su novela Paradiso que en una ocasión le dijo: “...que tenía mucho más que decir que todo lo que había dicho...”8 Creo que lo que quedó por decir yace virtualmente, en potencia, en todo lo que ha dicho y ese es el punto de partida, de arranque para una evolución del sistema. En su obra se siente la fuerza misma de querer decir otras cosas que en ella misma está implícita pero con otros modos de imágenes posibles para un desarrollo fecundo de la Poética Universal que hay en lo cubano y de la poética trascendental o mística que hay en lo cristiano-católico. Este fenómeno espiritual se siente también cuando se entra en “ungimiento” con la poesía de San Juan de la Cruz. Lezama, tal vez, no sé, nunca tuvo plena conciencia de que su poesía-poemas, eran una oculta plegaria que, desde un ángulo profano, natural, no sacro, ni sobrenatural, buscaba, aspiraba a esa unión de la que habla Henri Bremond en su obra Plegaria y Poesía 9, así pues, su “Muerte de Narciso” y “Rapsodia para el Mulo” son genitoras de capacidades para evolucionar a poemas y poesía originales, salmódicas y místicas. Entrañarse en su estilo y luego, extrañarse. En el entrañamiento-extrañado está el secreto. “Todo tendrá que ser reconstruido de nuevo –dice Lezama- y los viejos mitos al reaparecer de nuevo, nos ofrecerán sus conjuros y sus enigmas con un rostro desconocido. La ficción de los mitos son nuevos mitos, con nuevos causares y terrores”.10 Nuestro objetivo no son los mitos en sí mismos, sino realidades reveladas, sobrenaturales que: conduzcan a la “Gran conciliadora” (La Iglesia), que de las lluvias y la esfinge Lezamiana trascienden a “la Siega del Anciano” en el profundo centro. Es un itinerario de conversión hacia la gran confluencia. “La sosegada, la casa grande, la añoranza de todos los refugios, la que nos quiere recomenzar y definir mejor sin el mismo naipe y el distinto dado rebotando, la misma siempre, de igual día o igual noche, la casa sosegada de los tiempos plenos, la que salva el ala en la jaula y la jaula en la bodega salvándonos de todos los cansancios”.11

En torno al cansancio poético y los nuevos terrores.

Al respecto nos dice Dámaso Alonso: “Son estos fenómenos que se dan en todas las épocas en que, agotadas una técnica y una imaginería, los poetas sienten el no mitigable prurito de la variación”.12 Esto pasa por igual con la música y la plástica, pero fijémonos bien, más que cansancio o aterrada fatiga mítica, no será por falta de continua ejercitación de la fantasía, por no saber frotar “la lámpara de Aladino” para conjurar al genio y que nos dé una respuesta. Quien no desentrañe los símbolos Lezamianos no puede descifrar para conjurar una transfiguración y este quehacer es enemigo de la pereza imaginativa.

Las tradiciones, los estilos, las estéticas, se suman unas a otras, se apilan, se superponen o yuxtaponen, para dar origen a una montaña donde como en la minería, hay que poseer el arte de saber oradar sus entrañas para sacar diamantes y desfosilizarlos. No hay que desvincularse de nada, como en el Romanticismo, rompiendo con la tradición Greco-Latina latente en la Edad Media, al decir de Dámaso Alonso. Hay reservas de oro y plata, y de bronce en todas partes. Transmutar es la cuestión y luego transfigurar. La originalidad, y ya lo hace sentir la propia palabra, está en los orígenes, en la técnica de los orígenes. Por qué se ha perdido e1 oído rítmico para la lira, la terzina dantesca, el endecasílabo heroico, pensemos en eso, creo que es cuestión de Filosofía Musical, sabiduría para escuchar la música de las ideas en la callada palabra y aquí vuelvo a recordar a Paul Valery cuando nos dice: “... Nada me ha asombrado tanto en los poetas ni me ha causado tanto pesar como la poca búsqueda en las composiciones.” 13 (Fíjense que dice composiciones, término que sugiere la música) y prosigue: “En los líricos más ilustres no encuentro sino desarrollos puramente lineales (homofonía en música no polifomá, contrapunto), es decir, que proceden paulatinamente sin más organización sucesiva que la que ofrece un rastro de pólvora recorrido por una llama ...” 14 Son obras mixtas: óperas y no sonatas o sinfonías (es significativa esta expresión para nosotros) “... En el mundo lírico, cada momento debe consumar una alianza indefinible entre lo sensible y lo significativo” 15 (entiéndase sonido e idea, el elemento no-verbal que existe, paradójicamente implícito en el aspecto verbal de un poema) “... No existe un tiempo para el fondo y otro para la forma (…) Si el sentido y el sonido (o el fondo y la forma) pueden disociarse fácilmente, el poema se descompone...” 16 y añado, y lo he probado, cuando no se procura una fluencia continua, sobre todo en los versos libres, de imágenes, con una cadencia o cadencias conc1usivas y suspensivas o ambas a la vez, como en la frase musical, el poema sofoca a la poesía. Cuando la forma y el fondo (sentido y flujo sonoro) están estrechamente en maridaje, desposorio o en consanguinidad metafórica, las esencias pueden llevarse a diversos metros y el poema con su poesía se transfigura indefinidamente como la luz del sol a través de las gotas de rocío, un inesperado arco-iris surge de una sola luz multiplicando setenta veces siete los colores primarios.

Por otra parte, no es cuestión de renovar ni desandar, es tener sentido evolutivo, de desarrollo, no es problema de “Neos” o de “ismos”, es cuestión de hechura imaginativa, de horma intuitiva, de volverse hechura de una evolución a partir de, y hacia; tampoco es volverse un ensayador; es quizás lo que apunta Dámaso Alonso en su obra Ensayo sobre poesía Española (Capítulo 1), donde al hablar de la “poesía arábigo andaluza y gongorina, nos dice: “Abensaid sabía bien el valor de esa técnica” 17 (Se refiere a dignificar, llevar a la piedra de toque el metal y acendrarlo); y prosigue Dámaso refiriéndose a Abisaid: “En esta casida - nos dice al citar los versos de una de ellas - hay muchas cosas que ya fueron dichas por otros poetas anteriores, pero que el autor ha completado, embellecido, sacado a la luz, dignificado después que estuvieran oscurecidas, que al probar un metal es como se ve si está falto o sobrado de peso”. 18

Creo que huelgan los comentarios sobre lo que, hasta el momento, me he propuesto hacer sentir al lector. Por otra parte, hemos de dejar bien claro que la afinidad de expresiones, coincidencias de ideas, no prueba ni quiere decir una verdadera dependencia.

He aquí que, a tenor de lo dicho, me viene a la mente el manido tópico de las in-fluencias, pues ¿qué se ha querido decir, hasta ahora, con ese vocablo diluyente y ambiguo? Porque lo que fluye dentro de un poeta que, supuestamente, ha bebido en las fuentes de otro, no es ese otro, es la fluencia de la propia intuición, tal vez con la fluencia de la ajena; entonces no sería in-fluencia, sino con-fluencia de corrientes, de dos aguas, una dormida que ha despertado al contacto con 1a otra y otra despierta o también dormida (la propia) que va a metabolizarse o a metabolizar en esa corriente. Es un flujo y reflujo, pleamar y bajamar de oleajes, de oleadas fluyentes, co-fluyentes.

Algo más sobre la imagen.

Imagen, según Dámaso Alonso es: “la relación poética establecida entre elementos reales o irreales cuando unos y otros están expresos” 19 Por ejemplo, “los dientes eran menudas perlas”. Metáfora son las palabras que designan los elementos irreales de la “imagen” cuando los reales quedan tácitos (las perlas).20

No me detendré en esto, ya que no es objetivo de este trabajo, pero enfatizo en la gradación sutil que puede establecerse, sentirse, teniendo en cuenta estas conceptuaciones, en las combinaciones polifónicas de la poesía de Lezama Lima en lo que tienen de afín los vocablos con las voces en la música, substrato o médula de lo que San Juan de la Cruz llama “Música Callada”. Digo esto porque se pueden entrecruzar: el plano en que se mueve el estilo fugado en música, cuya naturaleza es puramente sonora –los sonidos a intervalos o distancias regulares unos de otros que van conformando motivos, frases para cristalizar un tema– y el plano verbal cuya sustancia son los vocablos, palabras, que también a intervalos regulares (sintaxis) conforman imágenes, metáforas. De todo esto he inferido cómo la forma de la fuga musical o de un estilo, está implícita, virtualmente, tal vez consciente o no en la “Tehné” de la poesía de Lezama, lo cual nos pone de manifiesto una posible técnica a través de la cual pueden ponerse en movimiento las propias intuiciones poemáticas, asunto que he tratado de hacer sentir y demostrar en los ejemplos sacados de mi libro De las lluvias del Río Nilo a las Aguas del Jordán.

Algunas consideraciones preconclusivas y otro poema.

Hay poemas, poetas, en los que se siente que ha quedado algo sin gestar. Una intuición vital puede reoriginar un estilo a partir de la raíz o las raíces que le dieron origen, a partir de una íntima y propia necesidad de expresión original. Así también se puede revitalizar un metro, forma o género, resucitarlo por una irresistible necesidad volitiva de expresión profunda, concentrada, transfiguradora, que viene a ser la virtud (fuerza) reoriginante. Vuelvo, pues, a San Agustín: “En ti es, oh alma mía, en dónde mido los tiempos. Esperas, atiendes y recuerdas; para que aquello que esperas pase por lo que atiende y vaya a parar en lo que recuerda. En ti existen la expectación de los futuros y una larga memoria de lo pasado”. 21

Conclusiones al naufragio.

En lo poético, no es el entendimiento lo principal, ni la memoria, sino cierto estado de espíritu confuso y tempestuoso, en que la mente funcione de mero auxiliar, poniendo y quitando, hasta que quepa en música, lo que viene de fuera de ella (José Martí). Hasta que vuelva la música a sus orígenes en el verbo. Hasta que se le devuelva la música a la callada verba, no olvidemos que, paradójicamente, a toda nueva generación hay que descubrirle el mediterráneo de la poesía, la música y la plástica y enseñarles cómo convertir la vida mortal que tienen estas artes en vida eterna, así como los escritores místicos asumen el lenguaje del humano amor y lo transfiguran para expresar sus emociones intraducibles a la débil música del lenguaje de los mortales, así nosotros. Esta es nuestra confesión poética de amor divino, nuestra forma de expresión. No tenemos otra.

Notas:

1 Por razones de espacio, no se transcriben los poemas de Lezama que sería lo ideal para la comparación o cotejo de lo que aquí expongo. No obstante, remito al lector a la “Poesía Completa” Instituto del Libro 1970 donde están los respectivos poemas que he mencionado para una más exacta y vital vivencia de lo que me he propuesto hacer sentir en este ensayo. Las referencias se basan en los textos “Muerte de Narciso”, “¡Ah, que tú escapes!”, “Una oscura pradera me convida”, “La esposa y la balanza” y “Rapsodia para el mulo”. Así también remito al lector y pongo un ejemplar a su disposición de mi libro inédito e impreso: De las lluvias del Río Nilo a las Aguas del Jordán (Homenaje a José Lezama Lima) para un estudio comparativo de las transfiguraciones. Es indispensable tener una visión completa de este libro y sus poemas, no tan fragmentaria como aquí transcribo, para poder darse cuenta de lo aquí propuesto y demostrado en él.
2 Citado en Oswald Spengler: “Introducción” a Decadencia de occidente, tomo 1 P. 6
3 Sustancia de los escolios del Poemairo “Las lluvias” de mi libro libro citado, pp. 10-14
4 Paul Valéry: “Introducción” al Cementerio marino, Madrid, Ediciones Gallimard, 1933 p. 19
5 Pau Valéry: Op.cit. p. 20
6 Idem. P.27
7 San Agustín: “Confesiones”, XI, 20.26, Buenos Aires, Ediciones Landa, 1951.
8 Eloisa Lezama Lima: “Introducción” a Paradiso, Madrid, Ediciones Cátedra S.A.
9 Véase Henri Brémond: Plegaria y Poesía, Colección La Vida del Espíritu, Buenos Aires, Editorial Nova, en particular el Capítulo X “La inspiración y los estados místicos”, p.93.
10 José Lezama Lima: “Mitos y cansancio clásico” en La expresión americana, La Habana, Instituto Nacional de Cultura, 1957.
11 Juan Enrique Guerrero: De las lluvias del Río Nilo a las aguas del Jordán, Capítulo V.
12 Dámaso Alonso: Poesía española. Ensayo de métodos y límites estilísticos, Madrid, Biblioteca Románica Hispánica, Editoria Gredos, 1950. p. 250-251
13 Paul Valéry: “Introducción” al Cementerio Marino, Op.cit. p.19
14 Ibid p. 20
15 Ibidem p. 27
16 Ibidem
17 Dámaso Alonso: Ensayo sobre poesía española, Madrid, Editorial Gredos, 1949.
18 Ibidem
19 Dámaso Alonos: Ensayo sobre poesía española, edic.cit.
20 Véase Ensayo sobre poesía… Op.cit.
21 San Agustín: Op.cit.


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