Puentes cordiales



La guardia, Carabias.

 

El catastrofismo en la literatura
dieciochesca cubana

Amauri Gutiérrez Coto

I


Dentro de la historiografía colonial cubana, el siglo xix se ha robado los mayores empeños investigativos. Aquellos que miramos atrás, somos vistos casi como arqueólogos. Temas como el devenir de las ideas, la economía y la Iglesia Católica llegan a la imprenta recién en la última década con obras de enorme valor para iluminar esa etapa oscura que arranca con el siglo xvi y llega al xviii.
El canon de la literatura dieciochesca está aún muy lejos de alcanzar una definición clara como ocurre con nuestro siglo xix. Los estudios decimonónicos son mucho más exhaustivos que los dieciochescos. Todo lo relacionado con esta última centuria, conocida por la historiografía mundial como el Siglo de las Luces, se considera “medieval” por buena parte de los historiadores en Cuba. No obstante, recientes investigaciones han echado por tierra este manejado cliché. Véanse, por solo citar un ejemplo, los libros consagrados a la industria azucarera de Mercedes García.1 En cambio, algunos autores hablan de la “flaqueza de la cultura colonial a fines del xviii y en las primeras décadas del xix”2 y se cuestionan la objetividad del dato histórico de Arrate, cegado en su pasión por su terruño natal.


El primer empeño por rescatar la lírica del siglo xviii fue la Colección de poesías. Arregladas por un aficionado a las musas (1833) de José Severino Boloña y, en su nota introductoria, reconoce: “he deseado salvar del olvido [....] Yo he creído que mi prensa al resucitar recuerdos, da materiales á la historia de las letras sobre algunos años atrás de esta época”.3 Gracias a este empeño y a la publicación de Fray José Rodríguez Ucares (Alias El Capacho) – Vejamen hecho a la Universidad (1822), Poesías (1823), Segunda parte de las poesías curiosas... (1823) y Tercera parte de las poesías curiosas... (1823) – conocemos buena parte de la poesía del siglo xviii. Este repertorio de las propias obras impresas por la familia Boloña y su conciencia de la pertinencia de las mismas para las letras cubanas, nos permite contar hoy con semejantes joyas.


Quizás el artículo más completo sobre el tema hasta el momento sea de Carlos Manuel Trelles.4 Ni siquiera los textos claves han sido fijados o rescatados de manera completa. A pesar de ello, es preciso elogiar empeños precedentes como el tomo primero de la Antología de la poesía cubana (1965) de José Lezama Lima, La Literatura en el Papel Periódico de la Havana (1990) de Roberto Friol, Cintio Vitier y Fina García Marruz, o Flor Oculta de la Poesía Cubana (1978) de estos dos últimos autores. No obstante, queda mucho camino por recorrer, incluso dentro del propio Papel Periódico de la Havana (1790-1805), pues la selección anterior se hizo sobre la colección de la Biblioteca Nacional José Martí y una ojeada a la Revista Bimestre Cubana por Fermín Peraza, indica muchas piezas hasta ahora inexploradas.


Por otro lado, una breve mirada al Catálogo Colectivo de Fondos Raros y Valiosos de la Red Digital de Bibliotecas de España, arroja como resultado un sinnúmero de impresos, muchos de ellos ausentes de la Bibliografía Cubana de los Siglos xvii y xviii (1927) de Trelles. Ha de consultarse además la Bibliografía. Impresores cubanos e imprentas en el siglo xviii, de Pérez Beato, que se encuentra inédita en la Colección de Manuscritos de la Biblioteca Nacional José Martí en la revista El curioso americano (1892-1939), también de Pérez Beato, que rescata mucho de lo mejor de nuestro siglo xviii, o la Revista histórica, crítica o bibliográfica de la literatura cubana (1916-1917) de José Augusto Escoto.


La mención de dos zonas más de lo poético pueden rematar la idea de la necesidad de estudiar el periodo dieciochesco literario cubano: la poesía de tema político que se publicaba como suelto, en muchas ocasiones con otro lugar de edición para burlar la censura, y que hoy duerme en las causas penales de nuestro Archivo Nacional, o los cubanos que ganaron los concursos literarios de la Real Academia Española de la Lengua y otros que no lo lograron pero aparecen incluidos en las colecciones de versos publicadas al calor de tales eventos.


La poesía dieciochesca es un buen ejemplo de la necesidad urgente de la búsqueda de archivo, contrario a lo que algunos pueden creer. Pertenezco a una generación de críticos e investigadores literarios más ocupados de la exégesis del texto en sí mismo que de los procesos derivados de la historicidad del hecho mismo. La reevaluación del estructuralismo como reacción a los excesos del Quinquenio Gris ha situado a los estudios literarios al margen del historicismo. Tal parece que los corpus ya han sido definidos y establecidos, al menos en la literatura colonial. Una de las consecuencias de esa circunstancia histórica ha sido la devaluación de esos procedimientos tradicionales de la investigación literaria. Los presentes hallazgos echan por tierra muchos de estos criterios actuales que se siguen en la práctica.


La medular definición de lo cubano posee toda una tradición de exégesis y reflexión. Los períodos de intensas “migraciones” exacerban esa imposibilidad de apresar su concepto como quien pretende atrapar un poco de arena que se escapa irremediablemente entre las hendijas de los dedos. Aquello que para los “origenistas” fue un concepto abordado desde una perspectiva metafísica, para otros se antoja como una exigencia pragmática. Esta necesidad de agrupar “lo nuestro” condujo a Emilio Cueto a la siguiente conclusión:


Curiosamente (y con frustración) el adjetivo ‘cubano’ no ha sido aplicado de forma consistente y uniforme por todas las disciplinas o escritores. El arte, por ejemplo, incluye entre las pinturas cubanas no sólo las que fueron pintadas por artistas cubanos sino aquellas producidas por extranjeros radicados en Cuba o que estuvieron temporalmente y pintaron paisajes de la Isla. De este modo, es el contenido lo que determina la cubanía de su trabajo. Y así, las pinturas del inglés James Sawkins (1806-1979), el francés Federico Mialhe (1810-1881), el español Leonardo Baragaño (1822-?), el holandés Henri Cleenewerk (1835-1901) y el alemán Adolf Hoeffler (1825-1898) se han incluido siempre en exhibiciones de pintura cubana. Loló de la Torriente ha llamado a Víctor Landaluce (1828-1889) un vasco español que atacó violentamente a patriotas cubanos ‘el pintor más cubano de su época’ .5

Para complicar más este ambiguo panorama de la aplicación del término, ese criterio seguido por la historiografía de la plástica decimonónica no se ha seguido en la primera mitad del siglo xx e, incluso en la segunda, este adjetivo se impregnó de una profunda subjetividad política. De lo anterior, se deduce fácilmente que no es preciso negarle el adjetivo “cubano” a un poema porque su autor no haya nacido en Cuba. En ciertas ocasiones, al aplicarlo a la literatura colonial se hace una distinción entre los viajeros, aquellos autores que residieron en la Isla solo de paso y los que lo hacen de manera estable por varios años. En los dos poetas de tema catastrofista de los que nos ocupamos aquí, se cumple uno u otro requisito. Miguel Joseph Serrano era nacido en Santiago de Cuba y Juan Álvarez de Miranda residió por más de una década en la mayor de las Antillas aunque no conozcamos hasta el momento su verdadero origen. Para complicar más la cuestión de la definición de lo cubano dieciochesco, hallamos autores españoles canónicos que escriben textos literarios de tema cubano.

A este grupo de textos escritos en Cuba o presumiblemente cubanos, se suma otro conjunto de poemas compilados de autores españoles del siglo xviii que versificaron sobre la toma de La Habana por los ingleses. Me refiero a Nicolás Fernández de Moratín,6 Juan de Iriarte7 y Vicente García de la Huerta8. Igualmente, dónde quedarían los versos compuestos por los ingleses durante la ocupación de La Habana escritos lo mismo dentro de nuestros límites geográficos que en Gran Bretaña. Todo lo anterior permitirá dar a la imprenta una antología de la década del sesenta del siglo xviii que redefinirá el canon literario del período y abrirá nuevas líneas de investigación desde el punto de vista editorial y temático. Esto sin olvidar a los cubanos que escriben sobre asuntos peninsulares. Recordemos por ejemplo al ignorado: Don Antonio de Alarcón y Ocaña, Corregidor y Justicia mayor y Capitán a guerra de la ciudad de Jaén y después de la de Granada y Superintendente de ella; celebrose su discreción y conducta en un poema impreso en Jaén con motivo de las demostraciones plausibles que ejecutó dicha ciudad en la coronación de nuestro católico Rey Don Luis.19

No prima en la poesía dieciochesca tampoco un criterio lingüístico pues hallamos juntos textos en latín, inglés o español. ¿Forma este conjunto parte del panorama literario cubano del siglo xviii? ¿Debe ser ignorado? ¿Dónde puede ser aplicado propiamente el adjetivo “cubano” y dónde se debe acompañar del sustantivo “tema”? Desconocer estos cuestionamientos del conjunto del que se dispone, supondría una simplificación de la problemática. El criterio sostenido aquí es el de la exclusión.


La poesía del siglo xviii cubano se podría dividir en cuatro etapas esenciales. La primera va desde principios de siglo hasta la entrada en Cuba de la imprenta. Una segunda iría desde el arribo de Habré, nuestro primer impresor, hasta la toma de La Habana por los ingleses en 1762. Este hecho histórico suscitó tres o cuatro poemas de notable extensión en los cuales la palabra “patria” se cargó de un nuevo significado, si bien no cercano aún al independentismo hispanoamericano de los albores del xix, pero sí próximo a un “terruño” de connotaciones más afectivas. Hacia finales del xviii, el poeta nacido en la Península Itálica Francisco María Columbini, noble de cuna y militar de carrera, se vio obligado a colocarle a su poema Las Glorias de La Habana las siguientes notas justificando el uso del término, el cual al parecer ya se le tenía por subversivo:


El amor de la Patria (dice un Autor Anónimo) no es otra cosa que el amor y respeto á las Leyes, y al soberano que nos gobierna, ó lo que es lo mismo, el amor a los hombres con quienes vivimos. Se entiende por amor al Príncipe el zelo en executar sus órdenes, el cuidado en cumplir bien y fielmente los cargos y el empleo que confia... En una palabra el contribuir generosamente á la gloria y al interés del Estado.


Sería un error (continúa) creer que nuestra Patria se limita a los muros que nos cercan, y no se extiende mas allá del Pueblo de nuestro nacimiento. La Patria es toda la Nacion que reconoce á un mismo Gefe Nuestra Patria es toda la España... (añado) Toda la América y todo Pais sujeto á S. Mag.; y todos sus Vasallos y Súbditos indistintamente, que tienen el honor de servirle y vivir en sus Dominios, son unos verdaderos Compatriotas.10

Complementa con la necesaria cita de las autoridades latinas propias del más puro neoclasicismo literario:


Todo el amor que tenemos á nosotros mismos, á nuestira Familia, y nuestros Amigos, se reune en el amor de nuestra Patria, la que encierra en sí nuestra felicidad, y de nuestros Parientes y amigos. Cari sunt Parentes, cari Liveri, Propinqui, Familiares, sed omnes omnium charitates Patria uan complexa est. (Cicer. Lib. I. de Of.)11

A pesar de los empeños del autor por subrayar que no intenta subvertir el orden social establecido, el amor a la “patria” se pone por encima de los intereses personales: “Camilo inmediatamente que vió á su Patria en peligro, se olvida de los agravios que había recibido, corre á defenderla, y la salva”.12 Aparece ya el término despojado de todo sentido localista, propio de la lírica de la toma de La Habana, para hacerlo equivalente al Estado y la Monarquía a la cual pertenece el individuo. Hay, entre la situación del “italiano en ciernes” y la del criollo, una manera análoga de percibir “lo peninsular” y el recelo que provoca su exaltación de “lo patriótico”. Si la voz “criollo” aparece ya en la poesía desde el poema de Alonso de Escobedo, “patria” llega a la poesía con los versos escritos al calor de la toma de La Habana por los ingleses.


El tercer momento podría ubicarse desde esta última fecha hasta la aparición del Papel Periódico de la Havana, y el cuarto iría desde ahí hasta el inicio del siglo xix. Otros autores, como Enrique Saínz,13 limitan lo dieciochesco al inicio de la primera publicación seriada que se conserva. No se debe obviar el hecho de que lo dieciochesco no se dio de la misma manera en todas las regiones del país y que el imaginario escrito conservado es, en lo fundamental, habanero. De lo cual se deduce fácilmente que, muchas veces, se entiende por siglo xviii a un fenómeno estrictamente local.


Hace ya varios años abrí una carpeta en la cual coleccionaba composiciones poéticas coloniales anteriores al siglo xix y no compiladas en los repertorios más conocidos. La finalidad era reunirlas en volumen que rescatara lo mejor de la versificación colonial cubana que va desde el Espejo de Paciencia (1608) hasta la aparición de los “tres manueles” a finales del siglo xviii y principios del xix. Con el paso de los años, me percaté de que se trata de una obra cuyos extensos límites no aprobaría ninguna editorial y, siguiendo el consejo oportuno de la Dra. Ana Cairo, me concreté en el período del cual tenía los hallazgos más sorprendentes y redefinidores de la imagen que se tiene de la “cultura inmaterial” de nuestro siglo xviii. Me refiero a la década del 60,14 que coincide con una explosión de la “cultura material” lo cual apuntan tanto historiadores de hoy15 como contemporáneos al suceso. Arrate, por su parte, nos dice al respecto:


De modo que apenas es visto el nuevo ropaje, cuando ya es imitado en la especialidad del corte, en el buen gusto del color y en la nobleza del género, no escaseándose para el vestuario los lienzos y encajes más finos, las guarniciones y galones más ricos, los tisúes y telas de más precio, ni los tejidos de seda de obra más primorosa y de tintes más delicados. Y no sólo se toca este costoso esmero en el ornato exterior de las personas, sí también en la compostura interior de las casas, en donde proporcionalmente son las alhajas y muebles muy exquisitos, pudiendo decirse sin ponderación que en cuanto al porte y esplendor de los vecinos, no iguala a la Habana, México ni Lima [...] porque el aseo y atavío del caballero o rico excita o mueve al plebeyo y pobre oficial a la imitación y tal vez a la competencia. [...] así en el fausto y pompo del vestuario como en el primoroso adorno de las casas, de la delicadeza y abundancia de los manjares, licores y dulces en los convites, visitas y funciones públicas, en que se solicita con emulación lo más exquisito y costoso.16

Y, sin más reparos, añade a lo anterior el Obispo Morell de Santa Cruz lo siguiente acerca de la vida material de La Habana:


No admira tanto el número crecido de vecindario, quanto el ornato costoso de los trages. Los Nobles y Empleados se distinguen en el fausto más brillante. Los Pleveyos sin reserva de color ni condición procuran imitarles.17

Este último momento va signado por la toma y ocupación de La Habana por los ingleses considerada por muchos como uno de los hechos históricos más destacados de la Cuba colonial. Respecto a este último suceso, se conocen los siguientes poemas: Dolorosa métrica esprecion del Sitio, y entrega de la Havana, dirigida a N. C. Monarca de S’. Dn. Carlos Tercero (sic) q’. Gue. por Beatriz de Jústiz y Zayas, Relacion y diario de la prisión y destierro del Ilustrísimo Señor Don Pedro Morelll de Santa Cruz por P. Diego de Campos, En regocijo de haberse libertado La Habana del poder de los ingleses, que fue tomada por ellos el día 6 de junio de 1762, por medio de la capitulación verificada el 2 de julio de 1763 escrita por J. C. y recogida por José Severino Boloña, Carta testamentaria de la M. N. L. ciudad de La Habana con su última voluntad y Décimas dél año 1762 acerca de la entrega de La Habana á los ingleses hasta su restauracion, en que fue Gobernador D. Sebastián Peñalver y el Conde de Albemarle, ambas anónimas y salvadas gracias a Bachiller y Morales.18 Por sólo citar un ejemplo de la repercusión de la poesía en los destinos políticos y sociales de la Cuba dieciochesca, la historiografía española más reciente le atribuye a Dolorosa métrica esprecion del Sitio la responsabilidad de cambiar la resignación de la Corona española frente a la pérdida de La Habana por los ingleses y la apertura de un juicio sumarísimo para delimitar las culpas de los implicados. La poesía motivó trasformaciones en la esfera política.19


A la lista anterior, habría que añadir dos textos capitales: La Guirnalda de La Habana20 y En elogio de Don Luis de Velasco, capitan de navio, que murió gloriosamente defendiendo el Castillo del Morro en La Habana, y en honor de la Corona de España. El primero es un texto anónimo compuesto por las tropas inglesas para ser cantado al ritmo de la melodía Boyn tema cubano conocido, que fue impreso en Sevilla aproximadamente en 1763. Está compuesto por un soneto y dos poemas en latín. La pieza la adquirió este año el investigador, bibliógrafo y coleccionista cubano Emilio Cueto, residente en Washington D.C., en Antiques Book procedente de una librería especializada en Argentina. No aparece repertoriada en ninguna de las bibliografías cubanas escritas hasta el momento.


Buena parte de los impresos de los siglos xvi al xviii en la Península Ibérica y en el Nuevo Mundo eran “pliegos sueltos” cuya finalidad semejaba mucho a la del cartel actual. Se ponía en la puerta de las iglesias o los conventos, en los tablones de las universidades o los edificios públicos. Se daba así testimonio de actos culturales y políticos. El “suelto” forma parte de lo que hoy día conocemos como efímera de papel. Es decir, aquellas publicaciones que están destinadas a ser usadas y desechadas posteriormente como invitaciones, boletas de sorteos y los carteles mismos. Por ello, se trata de piezas verdaderamente raras.


Precisamente, las únicas dos piezas de esta tipología de impreso hechas en Cuba y que se conocen hasta la fecha también son propiedad de Emilio Cueto. Una está dedicada al Conde de Ricla y otra a Alejandro O’Reilly, ambas de 1764, las cuales tampoco han sido registradas con anterioridad en ninguna de las bibliografías cubanas. Se adquirieron a través del anticuario neoyorquino H. P. Kraus hace unos veinte años. Habían sido propiedad de un tal Giuseppe de la Somaglia quien fuera probablemente un militar de la parte de la Península Itálica al servicio de la Corona española. Se trata de dos textos que se compusieron para un homenaje que la Real y Pontificia Universidad de La Habana le dedicó a los dos políticos.

Las novedades de la década no terminan aquí. Las más significativas son, sin duda, las relativas al catastrofismo. Me refiero a Tragica descripion, que bosquexa la momentanea lamentable defolacion de la mui noble, y mui leal ciudad de Santiago de la Isla de Cuba, Caufada por el horrendo Terremoto acaecido â las once, y cinquenta y mas minutos de la noche del Miercoles once de Junio de mil fetecientos fefenta, y feis por Miguel Joseph Serrano quien fuera sacerdote jesuíta y Poètica Relazion Christiana, y Moral, con Exemplares de las Divinas, y Humanas Letras, sobre los Extragos que en la Ciudad de la Havana, y sus Partidos, hizo la Expantosa, Formidable Tormenta de Biento, y Agua que se levantò, el Dia Quinze del Mes de Octubre, de Este presente año, de Mill Setezientos, Sesenta y Ocho por Juan Álvarez de Miranda quien fuera Teniente de Infantería y llegó destacado a la Isla de Cuba desde la Florida a causa de su delicada salud.


Ambos autores están ausentes del Diccionario de Literatura Cubana y le han dado a nuestras letras las obras más extensas del siglo xviii cubano. El primero fue impreso en México y sólo conozco tres ejemplares del mismo: University of California (Berkeley, Bancroft Library), Harvard University (Houghton Library) y Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional de México.


Gracias a la gentileza de esta última institución y a la ayuda de los amigos, he logrado una copia completa del mismo. Según Trelles, hubo una reedición del mismo en 1827 en La Habana pero este ejemplar no ha sido ubicado en ninguna de las bibliotecas consultadas.


Está compuesto el primero por 64 décimas y el segundo por 66 octavas reales y un soneto. Álvarez de lírica del catastrofismo. Hasta la aparición de Poètica Relazion Christiana, y Moral en la revista La Siempreviva en fecha reciente nunca se había hablado en nuestra historiografía literaria del desastre natural como tópico durante esta etapa.21 Conecta este punto de manera directa y estrecha a la literatura hecha en Cuba con la ilustrada de la España peninsular e, incluso, con los motivos iluministas franceses como es el paradigmático Cándido de Voltaire.


No obstante, en Cuba a lo largo del siglo xviii hubo varios intentos de registrar las catástrofes sufridas, según lo indica Trelles. Hallamos las siguientes referencias bibliográficas: Real Cedula aprobando las providencias para aliviar los daños que ocasionaron los terremotos en santiago de Cuba desde el 14 de diciembre de 1757, Relación de los estragos y ruinas lamentables que ha ocasionado un violento terremoto en la ciudad de cuba, caezido el día onze de junio á las doze y onze minutos de la noche de este año de 1766, el cual fue un suelto informativo de dos páginas impreso en México, Relación exacta de los estragos que causó en La Habana, su puerto y jurisdicción y partido un uracán furioso que se declaró el 15 de octubre de 1768 a las dos de la tarde, de Juan J. Eligio de la Puente, Reconocimiento hecho por nos D. B. y D. P. Beaumont, Ingenieros extraordinarios de S. M. encargados de la dirección de las nuevas obras por la destrucción general causada por los repetidos terremotos que empezaron el 11 de este mes de junio de 1766 de Beltrán y Pedro Beaumont, Comunicación sobre los estragos producidos en Santiago de Cuba por el huracán de Agosto de 1772, por cupo motivo concedía permiso para introducir víveres de las colonias inmediatas, del Marqués de Torre, Real Orden aprobando que se hubiera socorrido con víveres a la ciudad de Cuba por los estragos que hizo el huracán de 1772, Estado que comprende las desgracias que causó el huracán el dia 15 de octubre en la Ciudad de la Havana, su jurisdicción, y bahia, desde las dos y media hasta las tres y media Miranda hace la única crítica a la esclavitud conocida de la literatura dieciochesca. Abre en nuestras letras la recurrente temática del huracán y a su vez el poema de Serrano inaugura la de la tarde, el cual era un suelto informativo orlado del suceso impreso en Madrid en la imprenta de Francisco Xavier García. Es decir, encontramos reales órdenes, informes de daños, evaluaciones de especialistas en reconstrucción e impresos noticiosos, todos dando cuenta de diversos fenómenos catastróficos del siglo xviii. Por todo ello, el hallazgo de estos dos textos poéticos no resulta un hecho aislado y apartado de toda tradición. Incluso, en la página 13 del poema del Padre Serrano, se menciona a Don Marthias de Boza que fue además autor de la Relación del formidable Terremoto acaecido en la ciudad de Santiago de Cuba en el mes de junio de 1766 el cual fue impreso en México ese mismo año.


Si bien el neoclasicismo llega a la mayor de las Antillas de la mano y por la voluntad del Obispo Espada, al menos en arquitectura y pintura, y no como resultado de un “gusto popular”, la Ilustración llegó a la literatura de manera espontánea y actualizada durante el siglo xviii. La reforma episcopal anterior fue impuesta desde el poder con cierta resistencia de algunos sectores de la sociedad. Hubo un enfrentamiento entre el “gusto del poder” y el “general”. La preeminencia de la Iglesia Católica en el área de la cultura de la etapa hizo esa imposición más enérgica y de un mayor alcance. El “gusto literario” precedió a otros de la cultura material, estuvo más cercano a la producción de sus contemporáneos. Véase, por ejemplo, el barroquismo de la Casa de los Marqueses de San Felipe y Santiago de Bejucal de la Plaza de San Francisco en La Habana Vieja que es de finales del siglo xviii. Mientras ya la poesía ilustrada formaba parte intrínseca del “gusto”, los sectores dominantes se aferraban al rebuscamiento y contraste de lo barroco. Por tanto, hubo un desfase interartístico relativo a lo barroco o lo neoclásico como sinónimo de lo ilustrado.

Si bien en la historiografía literaria hay un consenso acerca del neoclasicismo de la poesía dieciochesca en Cuba, en los dos poemas catastrofistas que estudiamos hay algunos aspectos que nos hablan de una evidente alternancia entre lo barroco y lo neoclásico. Por una parte, la temática de los desastres naturales es un tópico neoclásico puro. Pero, por otro lado, la pobreza de referencias a la antigüedad greco-latina contrasta con la abundancia de referencias bíblicas. Eso trasluce una hibridez estilística en términos de corrientes artísticas y literarias. Hallamos reunidos un tema neoclásico y un imaginario eminentemente barroco. Tal parece que el imperativo cotidiano de la catástrofe, se impone al “gusto generalizado”. Detrás de esta aparente contradicción, no hay novedad alguna. Recuérdese como el mismísimo Obispo Espada, paladín del capricho ilustrado, peleó por una de las mansiones barrocas más representativas de esa corriente arquitectónica en La Habana para que fuera su palacio episcopal (1802-1804). La abandonó muy a su pesar, en medio de un pleito y arrancando los detalles de marquetería recargada que le añadió en sus años de residencia por despecho con su arrendador el Coronel Juan Fajardo Covarrubias.22 La elocuencia de semejante incidente muestra otra vez cómo lo barroco y lo neoclásico aparecen en una atípica simultaneidad en la cultura cubana, durante el xviii y las primeras décadas del xix. He aquí un argumento más para extender la periodización del tránsito de siglo hasta de la década del treinta decimonónico que se une al de la fecha de introducción de la imprenta mecánica, seguido por instituciones tan prestigiosas como la Biblioteca Nacional de España en términos del impreso.

Por supuesto, ya a finales de los treinta y de manera simultánea, se da un fenómeno literario típico del xix que típico del xix que es el romanticismo. El concepto de “tránsito de siglo” nos evita caer en el maniqueísmo del señor con un silbato que en un instante marca el fin de una etapa y el inicio otra. La hibridez de corrientes artísticas nos conduce a hablar mejor de un “gusto del refinamiento” del cual es posible aislar por la crítica y la historiografía de la cultura los elementos identificadores que se presentan en promiscuidad. El paradigma literario no puede ser aislado de las otras manifestaciones interartísticas. Si el siglo xix significó en sentido estricto una nacionalización de los imaginarios, el xviii supuso una criollización de los discursos al adaptarlos a la idea de “gusto refinado” que se tenía entonces. Hay un consenso en la historiografía literaria de la literatura hispanoamericana colonial en lo siguiente:


En el siglo xviii se verá la presencia de varios estilos que pasarán sucesivamente y que se entrelazarán en una superposición que no guarda limitación cronológica. El proceso está integrado sobre la base del barroco que se extiende en la primera mitad del mismo, se continúa con el rococó y a finales del período surgirá el neoclasicismo, para ir pronosticando los primeros procesos del prerromanticismo.23


Desde los poemas manuscritos dados a conocer por Bachiller y Morales en 1883, no se daba a conocer un poema de nuestra literatura predecimonónica de semejante significación hasta el actual hallazgo de los poemas de Juan Álvarez de Miranda y Miguel Joseph Serrano que son los más extensos del siglo xviii cubano. Ambos sitúan a la producción literaria nacional en un contexto típicamente dieciochesco pues el catastrofismo como temática rigió buena parte de la escritura en la Metrópoli colonial.


barroco que se extiende en la primera mitad del mismo, se continúa con el rococó y a finales del período surgirá el neoclasicismo, para ir pronosticando los primeros procesos del prerromanticismo.23
Desde los poemas manuscritos dados a conocer por Bachiller y Morales en 1883, no se daba a conocer un poema de nuestra literatura predecimonónica de semejante significación hasta el actual hallazgo de los poemas de Juan Álvarez de Miranda y Miguel Joseph Serrano que son los más extensos del siglo xviii cubano. Ambos sitúan a la producción literaria nacional en un contexto típicamente dieciochesco pues el catastrofismo como temática rigió buena parte de la escritura en la Metrópoli colonial.

Página siguiente

 

Volver a la Portada