Puentes cordiales


 

 

José María Heredia y las letras españolas: diálogo y ruptura

Roberto Méndez

C uando en 1823, el joven Domingo Del Monte convocó en El Revisor Político y Literario de La Habana a una suscripción para una hipotética edición de la poesía de José María Heredia, comenzaba a llamar la atención sobre una figura que ha resultado ser eminentemente fundacional para la poesía y la literatura cubana en general. Su afirmación esencial: que el joven recién llegado de México era “quizá el primero que dedicándose desde una temprana edad al estudio de los clásicos, hizo resonar la lira cubana con acentos delicados y nobles”1 resultaba, por lo menos, aventurada, en la medida en que ignoraba las lentas acumulaciones de la escritura poética en la Isla, desde el legendario Espejo de paciencia – aunque de este no se tendría noticia hasta 1836, cuando fuera descubierto por José Antonio Echeverría- pasando por Zequeira y Rubalcaba, hasta los propios días en que el aviso se publicaba, en los que, supuestamente, la prensa cubana se hallaba invadida por “multitud de poetastros adocenados”2.Resultaba muy atrevido para el novel crítico, no sólo legislar sobre el “buen gusto” poético, sino atribuirse el anuncio del nacimiento de la poesía en la Isla a partir del quehacer de un joven de veinte años, que no había producido aún sus textos fundamentales.


Tras esta voluntad provocadora se ocultaban a la vez un proyecto y una utopía. Del Monte estaba empeñado en la creación de una literatura nacional, diferente de la española, conocía el escaso alcance de sus propias producciones y necesitaba un mito fundacional. Estaba poniendo en juego lo que Cintio Vitier ha llamado su “utilitarismo refinado y de largo alcance” que veía la poesía como “agente civilizador”3. Esa misma voluntad lo llevó, ya editados los poemas de Heredia en New York dos años después, a difundir las elogiosas opiniones de Alberto Lista y Andrés Bello. Así mismo, es él quien se decide a animar la pluma de José Antonio Saco en la polémica contra Ramón de La Sagra, en la que el naturalista ibérico, no muy versado en las bellas letras, rechazaba ciertos detalles que consideraba de mal gusto en la poesía del joven. Guiado por las normas académicas neoclásicas y por el respecto irrestricto a los modelos españoles, el científico objeta aquello que le parece inadecuado y que es, en realidad, lo original y distinto de esta poesía. Las circunstancias políticas hacen el resto. Como afirma Fina García Marruz, “más que un problema de crítica literaria, era el problema cubano”4 el que se estaba discutiendo.


A Heredia se le ataca o se le defiende no por su valor intrínseco, sino como imagen de algo invisible: la Cuba naciente. Aquellos que impulsaban una nación cimentada en el poder económico e intelectual de la élite criolla, consideraban como asunto propio la defensa de un poeta que, no sólo había dado a la luz textos de indudable valor,
sino que representaba lo diverso respecto a la “inteligencia” colonial.


El linaje de Heredia es el fundacional: es el intelectual formado en los usos y modos de expresión del mundo colonial, al que toca ayudar al advenimiento de las nacientes repúblicas y expresar lo nacional con un lenguaje que habían comenzado a forjar otros. Así como en la ejecutoria de Bolívar no hay modo de borrar la huella napoleónica e inclusive la tradición militar hispana, en Heredia se mezclan las voces desde la naciente épica virreinal hasta el clasicismo ilustrado y liberal que marcó el fin del siglo XVIII en América y fue la escuela de los próceres de la independencia. Como afirma Martí: “Heredia tiene un solo semejante en literatura, que es Bolívar. Olmedo, que cantó a Bolívar mejor que Heredia, no es el primer poeta americano. El primer poeta de América es Heredia. Sólo él ha puesto en sus versos la sublimidad, pompa y fuego de su naturaleza. El es volcánico como sus entrañas, y sereno como sus alturas.”5


La poesía escrita hasta entonces en Cuba, en sus más variados balbuceos, que no excluían algunas piezas excepcionales como la “Oda a la piña” de Zequeira, su cuasi surrealista “Ronda”, o esa curiosa joya que es el soneto “A Nise bordando un ramillete” de Rubalcaba, había sido, en último caso, tributaria de la literatura española, en la misma medida en que tenía por modelo fundamental a las letras metropolitanas y no existía una conciencia de una escritura diversa de ellas en su genealogía y espíritu. En Heredia se va a producir la ruptura, pero de un modo singular: el autor del “Himno del desterrado”, formado a base no sólo de modelos clásicos grecolatinos sino de lo mejor de las letras españolas, llega a formular en lo político una escisión de la metrópoli, hará explícita su voluntad de forjar una literatura nacional, se abrirá al conocimiento cosmopolita de los poetas ingleses, franceses, italianos, pero jamás va a romper los nexos con la tradición literaria hispánica, de la que se siente deudor y con la que dialoga en sus versos, con fortísimos nexos intertextuales.


Entre sus primeros balbuceos poéticos, encontramos la oda “Mis deseos”, escrita alrededor de los catorce años, donde rechaza la gloria de las armas, los honores, las riquezas, las ciencias, para preferir la vida retirada, la sabia moderación y la amistad, fiel reflejo del tópico beatus ille. Más allá del escaso vuelo del lenguaje, revela, además de la huella de Horacio, la lectura atenta de Fray Luis de León:


Yo, pues, tan sólo quiero
En pacífica calma
Gozar de los placeres
Con moderación sabia,
Y pasar una vida
Oculta e ignorada:
Teniendo un buen amigo,
Nada más deseara.6

Compárese el poema con el arquetípico “Vida retirada” del fraile agustino, para comprender que se trata de una intencionada imitación, una especie de ejercicio de aprendizaje, no sólo a nivel temático sino también en tono y lenguaje. Algo semejante sucede también con sonetos como “La envidia” y “La avaricia”; el segundo, sobre todo: “De mortal inquietud atormentado/ De angustia y sobresalto siempre lleno,/Nunca, Fabio, con ánimo sereno/ Del más corto placer has disfrutado”7 asume el tono sentencioso y aleccionador de otra composición del Siglo de Oro que se ha convertido en arquetípica: la “Epístola moral a Fabio”, además de revelar recientes lecturas de las silvas “A la riqueza” de Francisco de Rioja.

Su poema amoroso “La despedida”, dedicado a Julia, no logra desprenderse de un lenguaje demasiado elemental, aunque cuando, en un arrebato, promete venerar las cartas que la amada escriba:”Aquí, diré, tendida/ Tuvo su blanca mano;/Y en mi delirio insano,/La carta besaré”8 puede recordarnos el :”¿Do está la blanca mano delicada,/llena de vencimientos y despojos/ que de mí mis sentidos le ofrecían?9 de la “Egloga primera” de Garcilaso o el : “¿Es esto sueño, o ciertamente toco/ la blanca mano...”10 de la “Segunda”.
Para Heredia, imitar es acercarse a los grandes escritores del pasado, medirse con ellos, aprender su métier y, de algún modo, incorporar su mundo: no sólo asume sus modos de expresión, sino también sus géneros y temas. Su corta vida se ensancha en las de ellos y sus pequeños conflictos desembocan en el mar de las grandes catástrofes vitales y literarias de los hombres de letras. Más tarde, ya madura su voz, esta voluntad de imitación va a prolongarse en traducciones, versiones, homenajes, en los que el escritor dialoga con voces de todas las épocas y contextos, como expresión de una vocación universal, derivada de la convicción de la unidad absoluta de los discursos literarios.


Pocos autores en la literatura cubana tuvieron una preparación tan lúcida y sistemática para el ejercicio poético, lo que puede explicar, más allá del indudable talento, ciertos rasgos de su obra como la fluidez y naturalidad con que puede expresarse en endecasílabos, la soltura en el manejo de varios moldes estróficos, desde el clásico soneto hasta las hirsutas silvas, más la concepción, subyacente en toda su obra, de que el arte poética no es sólo inspiración, arrebato, sino también construcción, artesanía, lo que, por otra parte, ocasiona que amplias zonas de su labor, de débil aliento, se nos muestren con la frialdad de los textos elaborados sólo a fuerza de oficio.


De los versos amatorios que él reunió en el cuadernillo de adolescencia “Obras poéticas” puede decirse que tienen en común la influencia de la poesía bucólica del siglo XVIII, alimentada por la parafernalia neoclásica. Heredia ha leído a Teócrito y Anacreonte y desde luego a Garcilaso, pero acá la huella fundamental parece ser la de Esteban Manuel de Villegas -del que tal vez Heredia conociera las “Eróticas” que en su tiempo se leían en secreto en las academias, pues el común de las gentes las tenía por licenciosas- así como de las églogas de Meléndez Valdés y sus epígonos. En estos poemas, ubicados en un paisaje escenográfico, con profusión de Cupidos y parejas de palomas, más que en la elevación y elaboración del lenguaje, se complacen en la imitación, sumamente convencional y fría, de tópicos clásicos como la herida del pastor, la mirada que por un instante le dedica la amada imposible, quejas por la mudanza de la doncella o la adoración del billete salido de las manos adoradas.


De este conjunto se levantan algunas excepciones felices: el soneto “La ausencia” que retoma el tópico de la efímera vida de las flores, tiene una elegante fluidez, una rara seguridad que recuerda los modelos del Siglo de Oro español, especialmente el Francisco de Rioja de las silvas “Al jazmín” y “A la rosa”,11 aunque no puede descartarse el que Heredia conociera otros textos clásicos sobre este motivo como el soneto “La rosa” de Francisco López de Zárate (1580-1658) -que ganó tal fama a su autor que en vida le llamaban “El Caballero de la Rosa”- y, desde luego, el soneto “A las flores” que Calderón incluyó en su comedia El príncipe constante. De todas estas voces toma el adolescente para preguntarse con tono filosófico:

¿Viste, Deliso, cuánto decayera
De la rosa el verdor y lozanía,
Cuando ya al occidente dirigía
El padre de los astros su carrera?
¿Viste el clavel que tan hermoso fuera,
Tras los rigores de la noche fría,
Cómo a la pura luz del nuevo día
Mustio, marchito y triste amaneciera?12

En cuanto al texto “A DJM Unzueta en su viaje a La Habana”, conocido en su versión final como “A Elpino”, es uno de los más notables de esta época. En sus mejores momentos recuerda al Fray Luis de León de las odas “A Felipe Ruiz” o “Noche serena”. En sus estrofas hay una cualidad esencial: la adecuación de un lenguaje sencillo y despojado de oropeles a la sinceridad del sentimiento. La evocación del paisaje insular, mezclado con el humano produce una sensación de calidez y cercanía, tan elocuente como las que logra el poeta salmantino cuando recorre los caminos del cielo. Heredia parece anticiparse a las experiencias de lejanía que el exilio le hará vivir pocos años después:

Las dulces costas de la patria amada
Saludara afectuoso,
Que cual faja azulada
Al horizonte embovedado ciñen,
Y al fin llegado al anchuroso puerto
De mil naves poblado,
Corriera a mis amigos,
Y lleno de placer los abrazara,
Y sus cuellos asido
De las pasadas penas me olvidara.13

Sobre el Heredia adolescente o en la juventud temprana pesan más las lecturas que las vivencias directas, pero estas lecturas son un modo peculiar de vivir y de mirar la realidad. Aunque haya llegado a esos textos a través de cierto orden y jerarquización didáctica, la división por etapas de las influencias recibidas por Heredia, realizada por José María Chacón y Calvo14, tiene que ser tomada con reservas: no hubo un período de formación clásica pura, salvo en la muy temprana infancia, el lector adolescente de los poetas griegos y latinos además se ha sumergido en el Siglo de Oro español y a la vez ha mirado a la poesía francesa de fines del siglo XVIII y a la española de la escuela neosalmantina. Sus jerarquías son confusas, conoce a Fray Luis y a Garcilaso pero parece gustar a la vez de Meléndez, Cienfuegos y Quintana.


Una tarde de diciembre de 1820, a poco más de un mes del fallecimiento de su padre, el joven que está por cumplir diecisiete años, visita el Teocalli de Cholula. Sentado sobre su remate, entre la tierra y el cielo, revive las historias que conoce del antiguo imperio azteca. Así surgen los “Fragmentos descriptivos de un poema mexicano”, incluidos en la edición de sus poesías en 1825, que luego, en su versión definitiva, titulará “En el Teocalli de Cholula”. Ha brotado el primero de los poemas dignos de su talento.


No era la primera vez el escritor se entregaba a estas meditaciones. Entre sus “Ensayos poéticos” se encuentra “Las ruinas de Mayquetía”, escrito entre 1815 y 1816 - texto que, a su vez, parece también un fragmento de la ruina de un intento mayor:

Pasajero, cualquiera que tú seas,
Que a Mayquetía veas,
No pongas tu atención, no tu cuidado
En este lugar triste y arruinado,
Ni en esos frontispicios,
Restos de sus caídos edificios,
Que antes fueron hermosos y habitados,
Y ahora ya derribados
Sirven de madriguera
Al sapo horrible, a la culebra fiera.15

Al trabajar con el clásico tópico del ubi sunt no puede sustraerse a los modelos tradicionales. Cuando eleva las modestas ruinas de la villa neogranadina a la dignidad de los restos de antiguas civilizaciones, gracias al ingenuo fervor de su pluma, está rindiendo homenaje a una larga tradición de poesía reflexiva hispánica. En este caso el referente mas cercano es la “Canción a las ruinas de Itálica” de Rodrigo Caro (1573-1647). Es evidente que este repaso de la demoledora labor del tiempo se hace conservando frescos en la memoria pasajes del autor hispano como este: “La casa para el César fabricada/¡ay! yace de lagartos vil morada”16 y también: “mira mármoles y arcos destrozados;/mira estatuas soberbias, que violenta/ Némesis derribó, yacer tendidas,/y ya en alto silencio sepultados/ sus dueños celebrados”17 Podemos intuir que el adolescente Heredia no pretende tanto ser “original” sino imitar adecuadamente un modelo antiguo, como reclaman los preceptistas de su tiempo, para elevar su vivencia personal a la dignidad clásica.


Cuando se habla del despertar de la mirada latinoamericana hacia su propia Naturaleza, es usual referirse a Andrés Bello (1781-1865) en cuyas Silvas americanas se describe la flora del Nuevo Continente, como afirma Pedro Henríquez Ureña con “una curiosa mezcla de detalles realistas y alusiones clásicas”18. En ellas, si bien la actitud apuntaba ya hacia la emancipación romántica de la literatura de la antigua apegadas a los moldes clásicos. Nutrido de Horacio y Virgilio, marcado por la poesía didáctica española del siglo XVIII, Bello llama en su “Alocución a la Poesía” a una “vuelta a la naturaleza” contrapuesta a la “culta Europa” y en la célebre “Agricultura en la zona tórrida” invoca la fecundidad natural del Nuevo Mundo como garantía de prosperidad para las nuevas naciones, sólo que el modo de hacerlo está signado por el ordenamiento mental y verbal de una tradición demasiado poderosa para poder ser echada a un lado.


Las Silvas se dieron a conocer en Europa: primero la “Alocución...” en Londres, en 1823, en la Biblioteca Americana, dirigida por el propio Bello y el colombiano Juan García del Río, “La agricultura...” en 1826 en el Repertorio Americano que sustituyó en la ciudad del Támesis a la efímera Biblioteca. Sin embargo, Heredia había precedido ambos poemas con su “Fragmento descriptivo...” donde la meditación propiamente dicha está encabezada por una introducción dedicada a la tierra mexicana, destinada no sólo a retratar el escenario donde se levantarán las sombras de otro tiempo, sino, sobre todo, a ensalzar la dignidad de un paisaje, completamente distinto del que puebla las odas europeas.


Quien redacta estos versos, de todos modos signados por la elegancia virgiliana, es un descubridor que no retrocede ni ante la inserción de toponímicos aztecas que pudieran poner en crisis la prosodia clásica. Por primera vez el paisaje americano, no en forma de enumeración e inventario, ni como detalle exótico, sino como síntesis y poderosa imagen, es lanzado al mundo:

¡Cuánto es bella la tierra que habitaban,
Los aztecas valientes! En su seno
En una estrecha zona concentrados,
Con asombro se ven todos los climas
Cubren a par de las doradas mieses
Que hay desde el Polo al Ecuador. Sus llanos
Las cañas deliciosas. El naranjo
Y la piña y el plátano sonante,
Hijos del suelo equinoccial, se mezclan
A la frondosa vid, al pino agreste,
Y de Minerva el árbol majestoso.
Nieve eternal corona las cabezas
De Iztaccihuatl purísimo, Orizaba
Y Popocatepetl, sin que el invierno,
Toque jamás con destructora mano
Los campos fertilísimos, do ledo
Los mira el indio en púrpura ligera
Y oro teñirse, reflejando el brillo
Del sol en occidente, que sereno
En yelo eterno y perennal verdura
A torrentes vertió su luz dorada,
Y vio a Naturaleza conmovida
Con su dulce calor hervir en vida.19

Heredia es simplemente un joven poeta, escribe un texto sin esperar del él, como hiciera Bello, derivaciones prácticas. Su mezcla de lecturas, su sensibilidad, agudizada por la pérdida familiar y su temprana emancipación como individuo, le hacen abrir los ojos al entorno y procurar definirlo pronto, de modo totalizador: su poema, desmedido en los propósitos iniciales -lo concebía como un “poema mexicano” del que el texto subsistente era sólo un “fragmento descriptivo”- abarcaría el Todo: paisaje, historia, filosofía. Se anunciaba ya el hombre de los proyectos inconmensurables, el que quiso escribir una Historia Universal e inclusive sumergirse en la cosmología y la astronomía.

Asistimos al tránsito del adolescente aprovechado en estudios clásicos al poeta tempranamente abocado a la poesía meditativa que abre el romanticismo:

Hallábame sentado en la famosa
Choluteca pirámide. Tendido
El llano inmenso que ante mí yacía,
Los ojos a espaciarse convidaba.
¡Qué silencio! ¡Qué paz! ¡Oh! ¿Quién diría
Que en estos bellos campos reina alzada
La bárbara opresión, y que esta tierra
Brota mieses tan ricas, abonada
Con sangre de hombres, en que fue inundada
Por la superstición y por la guerra...?20

El escritor desde su privilegiado observatorio, asiste al crepúsculo y a la aparición de las primeras estrellas: “¡Yo os saludo,/ Fuentes de luz, que de la noche umbría/ Ilumináis el velo,/ Y sois del firmamento poësía!”21. Bajo esta luz, sale de su propio tiempo para entrar en el de la historia. Mira el Popocatepetl y le parece “fantasma colosal”, mas el volcán dormido ya no le interesa como paisaje, sino como testigo:

¡Gigante del Anáhuac! ¿cómo el vuelo
De las edades rápidas no imprime
Alguna huella en tu nevada frente?
Corre el tiempo veloz arrebatando
Años y siglos, como el norte fiero
Precipita ante sí la muchedumbre
De las olas del mar. Pueblos y reyes
Viste hervir a tus pies, que combatían
Cual hora combatimos, y llamaban
Eternas sus ciudades, y creían
Fatigar a la tierra con su gloria.
Fueron: de ellos no resta ni memoria.

Marcado tanto por el pesimismo del autor judío del Eclesiastés como por el ubi sunt clásico, ve el hervor de las guerras pasadas: los imperios cayeron, las ciudades ya no son. Mas estas sangrientas luchas no son simplemente un referente del pasado, cumpliendo un terrible ciclo, se han hecho presentes en los tiempos del poeta.
Lezama ha reflexionado, a propósito de este poema:

La melancolía, las ruinas, las severas meditaciones ante las civilizaciones que desaparecen son expresadas en el poema en una forma de evocación y de grandeza. Ese poema es como la llave mágica de un cubano para penetrar en el imponente recuerdo de los aztecas, penetra en esa civilización con la magia de un adolescente, como entre sueños. Es una manera cubana de penetrar, de llegar, de ir, como despertando en el centro inefable de las cosas. El vapor, la emanación de la naturaleza se unen al sopor que va ganado al poeta para sorprender la metamorfosis de la ruina, todo se desliza como la sombra que abandona al cuerpo. Luego la misma sombra errante descubre un cuerpo, se apoya.23

La idea podría completarse con otra de María Zambrano: la visión de las ruinas como metáfora de la esperanza. La pensadora andaluza, célebre por ese humanismo en el que hay una poderosa síntesis del antropocentrismo clásico y la teología cristiana, escribió en su ensayo “Una metáfora de la esperanza: las ruinas”, luego incluido en El hombre y lo divino:

Las ruinas son una categoría de la historia y hacen alusión a algo muy íntimo de nuestra vida. Son el abatimiento de esa acción que define al hombre entre todas: edificar. Edificar, haciendo historia. Es decir, una doble edificación: arquitectónica e histórica.

Y al edificar realizar sus sueños. Y bajo los sueños alienta siempre la esperanza. La esperanza motora de la historia. Y así en las ruinas lo que vemos y sentimos es una esperanza aprisionada, que cuando estuvo intacto lo que ahora vemos deshecho quizá no era tan presente; no había alcanzado con su presencia lo que ahora logra con su ausencia.24

El ejercicio de transposición que realiza Heredia, es un acto, en última instancia, de optimismo: la pirámide sólo gana sentido en tanto es un texto que habla del hoy a partir de la imagen de ayer. El poeta se afirma en su propia circunstancia en la misma medida en que levanta e interroga las sombras del pasado.
La primera versión del texto, tal y como apareció en la edición de 1825, bajo el título de “Fragmento descriptivo de un poema mexicano”, concluye apenas se enuncia la “ley universal”. El poeta cae en una especie de trance sibilino propio para la visión poética y todo queda en suspenso:

En tal contemplación embebecido
Sorprendióme el sopor. Un largo sueño
De glorias engolfadas y perdidas
En la profunda noche de los tiempos,
Descendió sobre mí...25

El escritor volvió sobre su texto más de una vez: en su papelería se conserva una versión inédita26 y por fin, aparece transformado en la edición de 1832, ya con el título “En el Teocalli de Cholula”. Entre las dos redacciones publicadas median siete años. La diferencia esencial entre el “Fragmento descriptivo...” y la oda en su estado final, son los cincuenta versos añadidos a aquel, que corresponden, en sucesivas estrofas, al completamiento de la visión que el poeta tiene durante su sopor, su comentario y un pasaje conclusivo.

Es indudable que Heredia ha perfeccionado en pocos años su habilidad para las descripciones sintéticas. Hay una fastuosidad casi cinematográfica en ese desfile de los dignatarios aztecas que se convierte en una imaginaria reconstrucción de toda su sociedad. El equilibrio clásico ha cedido ante la romántica voluntad del contraste: el colorido de metales preciosos y plumajes se contrapone con los tintes siniestros de los sacrificios, y el pueblo, gris, polvoriento, es como un zócalo pisoteado por los déspotas, vistos con una amplia gama de colores:

La agreste pompa
De los reyes aztecas desplegóse
A mis ojos atónitos. Veía
Entre la muchedumbre silenciosa
De emplumados caudillos levantarse
El déspota salvaje en rico trono,
De oro, perlas y plumas recamado;
Y al son de caracoles belicosos
Ir lentamente caminando al templo
La vasta procesión, do la aguardaban
Sacerdotes horribles, salpicados
Con sangre humana rostros y vestidos.
Con profundo estupor el pueblo esclavo
Las bajas frentes en el polvo hundía,
Y ni mirar a su señor osaba,
De cuyos ojos férvidos brotaba
La saña del poder.27

El autor, sin embargo -esa es quizá la gran frustración de este texto escrito en dos épocas muy diversas de su vida- no logra establecer una relación profunda con la antigua historia y el mito americanos. Así como el paisaje logra calar profundamente en su poesía, el pasado precolombino sigue visto, como sucede también en Bello y Olmedo, como envoltura, como máscara, sin una sintonía honda con él. De hecho, en los tres, la síntesis ejemplar es la del paisaje americano como espacio abierto a la historia contemporánea que integra la tradición del clasicismo europeo: de allí nace nuestro Romanticismo.

Al repasar los primeros ejemplos de poesía cívica en Heredia desde el punto de vista estilístico, es evidente que la fascinada lectura de las odas de Manuel José Quintana ha dejado en él huella indeleble. Lamentablemente, del poeta español no sólo ha tomado el largo aliento y el vigor de sus composiciones, sino, sobre todo, la elocuencia asociada con el énfasis oratorio, la prolijidad del discurso, la ampulosidad verbal causada por los excesos en la adjetivación y especialmente por la adquisición de un conjunto de lugares comunes que lastrarán su trayectoria poética y la de varias generaciones en América. Llama la atención cómo talento tan singular se fascina con esa grandilocuencia que una y otra vez apostrofa, como desde un escaño senatorial, al “pérfido tirano”, exalta a los “héroes sublimes” y clama al cielo contra la “ignominia fatal”.

El joven poeta no desdeña imitar pasajes sumamente conocidos de la obra de Quintana. Así sucede en su oda “España libre”, escrita en 1820, con motivo del movimiento constitucionalista de Cádiz:

¡Oh vergüenza! ¡Oh dolor! ¡oh patria mía!
¿Eres la misma acaso que algún día
Tu nombre excelso en alas de la gloria
De polo a polo resonar hiciste?
¿La que tras sí arrastrara la victoria?
¿La que a tus leyes fuerte sometiste
Al árabe feroz, al italiano,
De Lusitania a los valientes hijos,
Al bátavo, al francés, al otomano
De la Europa terror, del orbe asombro?28

Está prácticamente calcando un pasaje de la oda “A Juan de Padilla” de Quintana, en ella, la sombra del héroe, en un airado discurso, describe la voracidad imperial de la corona española:

Y aquella fuerza indómita, impaciente,
En tan estrechos términos no pudo
Contenerse y rompió; como torrente
Llevó tras sí la agitación, la guerra,
Y latigó con crímenes la tierra.
Indignamente hollada
Gimió la dulce Italia, arder el Sena
En discordias se vio, la África esclava,
El Bátavo industrioso
Al hierro dado y devorante fuego.
¿De vuestro orgullo, en su insolencia ciego,
Quién salvarse logró?29

Sin embargo, en este poema se produce la eclosión del yo poético de Heredia. Con una notable fuerza expansiva, el joven abandona el terreno del himno de ocasión y el complaciente canto alegórico, para probar sus fuerzas en la oda: va de la mano de Quintana, aún está lejos de haber hallado su propio tono, pero su endecasílabo se ha hecho resistente y fluido, la expresión de las ideas ha ganado en vigor y altura y va encontrando una adecuación entre el asunto y su propio temperamento, entre los desbordamientos de la expresión, que anuncian el romanticismo y el cuidado de los moldes formales concebidos como muros de contención del oleaje verbal. En este decisivo 1820, Heredia pasa de ser un versificador culto a la condición de poeta.

En 1821, escribe y publica la oda “El dos de mayo” que consta de una introducción de veintidós endecasílabos blancos y una canción fúnebre compuesta por seis octavas italianas. El texto, escrito con más fervor y apresuramiento que cuidado, viene a reiterar los mismos tópicos que había empleado en “España libre”. Está marcado esta vez por otro modelo notorio: la oda “El dos de mayo” de Juan Nicasio Gallego, escrita en 1808. Si el poeta zamorano dice en sus complicadas silvas:

Ya el duro peto y el arnés brillante
visten los fuertes hijos de Pelayo
Fuego arrojó su ruginoso acero:
“¡Venganza y guerra!” repitió en su tumba;
“¡Venganza y guerra!”, repitió Moncayo;
y, al grito heroico que en los aires zumba,
“¡Venganza y guerra!” claman Turia y Duero.
Guadalquivir guerrero
Alza al bélico son la regia frente,
y del Patrón valiente
blandiendo altivo la nudosa lanza,
corre gritando al mar: “¡Guerra y venganza!”30

El poeta cubano retoma, del otro lado del mar, el eco:

¡Cual corrió vuestra sangre vertida!
¡Cuál Iberia se alzara furiosa,
Y a la muerte, a la liza gloriosa
A sus hijos hiciera correr!
“Libertad”, vuelve el eco en Pirene;
“Libertad”, el Océano retumba,
Y se sume en la cóncava tumba
La falange opresora cruel.31

Los poemas divergen en su factura: el de Gallego, lleno de plasticidad y movimiento, es un alegato contra la barbarie napoleónica que parece derivado de los sombríos lienzos que por aquellos días de la sublevación pintara Goya, el de Heredia, que poco tiene de “canción fúnebre”, es una especie de himno o llamada marcial en que convoca a imitar a los héroes. Ambos, sin embargo, coinciden en el propósito último, el patriota hispano, quien llegó a sufrir prisión por sus ideas liberales, exige para los mártires “solemne y noble monumento” donde se jure “rencor de muerte”32 al déspota, el joven cubano reclama que ante el templo de la gloria se procure imitar a los héroes en: “Libertad, noble amor a la patria,/ Odio eterno a la audaz tiranía”33.

Sólo que el tirano no es el mismo: Gallego en 1808 clama contra el Corso, invasor de su tierra, encarnado en la figura de Murat y los mamelucos que la muchedumbre ataca en las calles, Heredia, trece años después, no necesita clamar contra un Napoleón que en ese mismo año muere, ya completamente fuera del panorama político, en Santa Elena, sino que está traduciendo los subterráneos anhelos de libertad que encuentra en la Isla y ve como tiránico a un gobierno colonial que, bajo el lenguaje liberal, frustra las más fecundas iniciativas de los criollos.

Es evidente que los propios azares de la existencia abrieron en él la vena romántica, a la que inicialmente oponía tantas reservas como un Quintana o un Gallego. No hay literatura sin una dosis de mixtificación: comenzó por mezclar en su existencia las obsesiones de un Werther, con el heroísmo algo misantrópico de un Guillermo Tell, el resultado fue, sin embargo, auténtico. Si el Heredia conspirador resultó insignificante, el Heredia poeta, en el desesperado borde del clasicismo al romanticismo, fue el fundador de la imagen de la Patria.

Así lo demuestra su poema “A Emilia”. Se ha producido allí la hipóstasis de eros, paisaje y opción política. Si en el Heredia a punto de partir al destierro, la Patria sólo vive en la voluntad casi aniquiladora del sacrificio cívico, alimentada por las implacables sombras de los patricios romanos y los mártires de América, en aquel forzado a la lejanía, la Patria es encarnación del concepto político en la Naturaleza, a partir de la voraz fuerza conectiva del amor. La opción del poeta ahora no es morir, sino evocar la Isla distante, construir con ella una nación libre de las manos del tirano, purificar sus estructuras axiológicas, de modo que pueda recuperar su primitiva condición idílica.

Heredia, que va entrando en la madurez de su estilo y librándose de muchos mimetismos clásicos, acude al amparo de la tradición para escribir este texto, redactado en un género caro a los poetas de linaje horaciano: la epístola. Muy cercana, dada la afinidad de circunstancias, debió resultarle la de Nicasio Álvarez de Cienfuegos “Mi paseo solitario en primavera”. El vate hispano, conspirador contra la invasión francesa, llevado como rehén a Francia, escribe a sus amigos en la Península y el texto, además de nostalgia por la mujer amada, trasunta un riguroso juicio moral sobre las bajas pasiones que se han apoderado de su patria y, de modo muy didáctico, reclama como antídoto “por nueva senda nuestro bien busquemos/ por virtud, por amor”,34 de manera que una hermandad universal, devuelva la inocencia a la tierra y la felicidad a los mortales.

Este modelo, de manera consciente o no, debió influir en el texto herediano. A la identidad de género se suman la equivalente fluidez del endecasílabo y la afinidad del tono de ambos poemas, que fluctúa desde la nostalgia amorosa hasta la indignación por los horrores que afean el rostro de la Patria, así como el final optimismo por la espera de su redención, bien que buscada por vías distintas -la reconciliación fraternal en el español, la lucha armada en el cubano-. Pero afines estrategias comunicativas, producen, por la marca personal, textos esencialmente disímiles y sin una marcada relación de dependencia.

Heredia se dirige a Pepilla Arango, hija de José de Arango y Castillo, quien le brindó protección en su hogar matancero contra las autoridades españolas, cuando se le perseguía como miembro de la Conspiración de los Caballeros Racionales, hasta que pudo escapar del país. La jovencita que lo trató con fraternal dulzura en la semana de encierro, se ha convertido en la “Emilia deliciosa” del poema, una especie de alma grande y noble, capaz de comprender y compartir los más altos conceptos morales y por la que el poeta parece sentir, no una atracción marcadamente erótica, sino una especie de amor intelectual. La joven e ingenua Pepilla ha sido trasmutada en una especie de rigurosa virgen romana, guardiana de la virtud y de las más nobles causas.

Es esta figura la que sirve hilo conductor de la epístola, ella une los cuatro momentos esenciales que en él pueden distinguirse: la introducción, donde se mezclan los recuerdos de la persecución por las autoridades y el encuentro con la joven; la segunda, cuando el autor está ya en el exilio y el clima invernal sólo le sirve para despertar su nostalgia; la tercera, destinada a evocar el paisaje de la Isla, unido estrechamente a la imagen de la familia y amistades distantes y donde el ambiente idílico está ensombrecido por la esclavitud -no sólo la de los africanos, sino la de todos los habitantes- y, por fin, la cuarta, donde el poeta medita sobre el destino de Cuba y profetiza su regreso para vencer o morir en la lucha armada.

El tono, adecuado al discurrir de una comunicación privada, procura cierta contención clásica, obtenida a partir de la elegancia de los endecasílabos yámbicos sueltos, molde idéntico al del poema de Cienfuegos. Libre de los artificios estróficos, percibimos un discurso más natural, donde el componente afectivo está menos aherrojado y permite un tono más íntimo:

Desde el suelo fatal de su destierro
Tu triste amigo, Emilia deliciosa,
Te dirige su voz; su voz que un día
En los campos de Cuba florecientes
Virtud, amor y plácida esperanza
Cantó felice, de tu bello labio
Mereciendo sonrisa aprobadora,
Que satisfizo su ambición. Ahora
Sólo gemir podrá la triste ausencia
De todo lo que amó...35

El poeta desterrado no puede sino asociar la inclemencia del invierno extranjero con el rigor de la represión en su patria. Su huida sólo le permitió una “mudanza cruel”. El rigor de su condición está personificado en el fragor de los elementos:


Desnudos gimen
Por doquiera los árboles la saña
Del viento azotador. Ningún ser vivo
Se ve en los campos. Soledad inmensa
Reina, y desolación, y el mundo yerto
Sufre de invierno cruel la tiranía.36

En inmediata antítesis, la Isla se le presenta entonces como un verdadero edén:

Mis ojos doloridos
No verán ya mecerse de la palma
La copa gallardísima, dorada
Por los rayos del sol en occidente;
Ni a la sombra de plátano sonante
El ardor buscaré de mediodía,
Inundando mi faz en la frescura
Que espira el blando céfiro.37

Allí podría haber encontrado Chacón un auténtico ejemplo de la marca horaciana en la poesía de Heredia, en la que tal vez no reparó, por estar la descripción tan cercana a la enunciación de las miserias morales del país, que el investigador juzgaba como un lastre en el poema. Consideraba que se trataba de la influencia nefasta de la poesía política del grupo neosalmantino quienes: “cantaron las grandes conquistas; pero no vieron los matices de esos hechos, ni aspiraron a una interpretación espiritual de los mismos: de ahí lo monocorde y lo oratorio de su poesía”. 38
Empeñado este estudioso en demostrar que los méritos fundamentales del cubano están en lo que ha llamado “lírica civil interna”, condena lo que considera una poesía política externa y utilitaria. Por una parte, es demasiado parcial en su juicio sobre los neosalmantinos y su poesía política: lo que afirma es aplicable a Meléndez y a Jovellanos, no tanto a Cienfuegos -el ya citado “Mi paseo solitario en primavera” es un ejemplo de espiritualización de las circunstancias políticas y de algún modo es también “lírica civil interna”. Tampoco Quintana puede ser culpado totalmente de estos defectos, en sus momentos mejores como en la “Oda a una importante reflexión espiritual sobre las raíces del problema español. Al parecer, Chacón considera que el énfasis oratorio está indisolublemente atado al tratamiento directo de temas políticos, con lo cual desecha un volumen considerable del legado de Heredia.

No puede acusarse al poeta porque su vida no tradujera exactamente lo que enunciaron sus versos. Cuando aún eran pocos los mártires del separatismo, forjó la imagen del patriota que otros, en su momento, procurarán encarnar. En ese mismo año ha muerto Byron en Grecia, su aliento parece embargar al joven que promete a su adorada Emilia:

Tu amigo, Emilia,
De hierro fiero y de venganza armado,
A verte volverá, y en voz sublime
Entonará de triunfo el himno bello.
Mas si en las lides enemiga fuerza
Me postra ensangrentado, por lo menos
No obtendrá mi cadáver tierra extraña,
Y regado en mi féretro glorioso
Por el llanto de vírgenes y fuertes
Me adormiré. La universal ternura
Excitaré dichoso, y enlazada
Mi lira de dolores con mi espada,
Coronarán mi noble sepultura.39

No fue este su destino. Jamás llegó a emplear la espada y la pérdida de su sepultura fue el epígrafe final de una existencia en la que las circunstancias se conjuraron para impedir su acto heroico. Esta imagen del poeta-prócer tocará completarla a José Martí, pero ya la ha anunciado Heredia en 1824, cuando faltan más de cuatro décadas para que comiencen las guerras de independencia. Su poesía se ha anticipado a los hechos, por eso recorrerá, de boca en boca, todo el agónico siglo XIX y acompañará a los patriotas en la emigración. Esa fue su conspiración mayor.

Su “Himno del desterrado” trae la asombrosa maduración de su expresión en un plazo imperceptible, como si las horas del exilio ayudaran a que el poeta pudiera volcarse más en su interioridad, discernir mejor los sufrimientos que le embargan y destilar de ellos una justa formulación poética que es, además, clarificación de su relación con la Patria. Lo asombroso es que el cambio en la escritura parece haber sido introducido por un motivo inesperado: la supuesta entrevisión de las costas de Cuba.

La imagen del Pan de Matanzas -consagrado desde allí para la poesía cubana como el sitio imposible para el desterrado- trae consigo la del amigo, la amante, la madre... Cuba toda, calificada por uno de sus versos más memorables: “dulce tierra de luz y hermosura”40, antes de que este paisaje romántico, a lo Chartrand, reciba sobre sí la mancha oscura de la transgresión ética. Lo que el poeta hasta ahora ha expresado, con más o menos acierto, ha sido traducido en cuatro versos, inolvidables, no por su perfección estética sino por la estricta adecuación del concepto con su sintética expresión: “¡Dulce Cuba! ¡en tu seno se miran/ En su grado más alto y profundo/ La belleza del físico mundo/ Los horrores del mundo moral.”41. Cuba es “la flor de la tierra”, abocada a un misterio, ignorante aún de su “fuerza y destinos”42, pero no es ya el Paraíso de la inocencia, la isla que los poetas durante décadas han cantado como la naturaleza primigenia, es también un lugar lleno de horror. Heredia es el primero en la poesía cubana que logra unir ambas imágenes sin que se le quiebre la estrofa, sin que la acuarela de los cuatro primeros versos se deshaga bajo las subidas tintas de los restantes:

¿Ya qué importa que al cielo te tiendas,
De verdura perenne vestida,
Y la frente de palmas ceñida
A los besos ofrezcas del mar,
Si el clamor del tirano insolente,
Del esclavo el gemir lastimoso,
Y el crujir del azote horroroso
Se oye sólo en tus campos sonar?43

Todo el siglo XIX cubano ha sido retratado de una vez, sin falsos pudores ni compromisos clasistas. Heredia ha logrado situarse en el vértice de esa poesía que aspira a definir a Cuba no sólo a través de la naturaleza, sino más allá, como entidad moral. El propio poeta se ha transformado en el patriota que se siente émulo “de Washington, y Bruto y Catón”44 y su enfrentamiento a los verdugos de la Isla no es un acto de venganza personal, sino la actitud lógica que se desprende del descubrimiento de una radical polarización:

¡Cuba! Al fin te verás libre y pura
Como el aire de luz que respiras,
Cual las ondas hirvientes que miras
De tus playas la arena besar.
Aunque viles traidores le sirvan,
Del tirano es inútil la saña,
Que no en vano entre Cuba y España
Tiende inmenso sus olas el mar.45

La mayoría de los críticos se ha fijado con insistencia en esta delimitación político-cultural que va más allá de la constatación geográfica: la inmensidad del mar ratifica la necesidad del separatismo cubano. Quien apenas un lustro antes, en “España libre”, ha llamado patria a la Península, ahora verifica su insalvable distancia de ella. Cuba, para llegar a la plenitud de su ser tiene que pasar por ese momento de dolorosa escisión. Cintio Vitier se ha referido en Lo cubano en la poesía a esa condición de lejanía, casi de imposible, de esta concepción de patria: “Con Heredia la isla se vuelve, no sólo distante, sino también lejana, porque ha entrado en su intimidad, en su deseo, en el anhelo de su alma. Cuba empieza a ser esperanza a la vez que nostalgia; cielo futuro, que no se gozará nunca, a la vez que paraíso perdido.”46

El logro mayor del romanticismo en Cuba -como lo fue en ciertas naciones de Europa bajo ocupación extranjera: Polonia, Hungría, Bulgaria- fue la definición poética de una patria cuando todavía era imposible su encarnación política. Tocó a Heredia fundar estos esfuerzos. La Patria que para él fue, al principio, la identificación con una lengua y una tradición: la hispánica y luego la elaboración de una comunidad patricia que pretende fundar un país a su medida, es, por fin, unidad de paisaje, afectos familiares y eróticos, valores privados y cívicos. En ella cesa toda esclavitud y destierro y el país, la tierra natal, se eleva a nación, íntegra y respetada en el coro de sus iguales. La Cuba poética de Heredia fue la intuición primera del verbo y la acción independentista y recorrió con su ímpetu vital la cruenta década de la gesta del 68, para fundirse después con la ejecutoria de Martí, quien fue capaz de formular esa interrogación que siguen resonando en nuestros oídos: “¿Cuándo le habremos pagado los cubanos lo que le debemos?”47

Aquél que ante las cataratas del Niágara no pudo sino evocar las palmas cubanas, no fue, sin embargo, un renegado de la mejor tradición hispánica. La España auténtica, la de Fray Luis y otras voces de los Siglos de Oro, del neoclasicismo y del romanticismo temprano, lo acompañaron siempre, hasta su lecho de muerte. Era un diálogo alto y fecundo, más allá de cualquier diferendo político. No era la devoción externa y esteticista de Chateaubriand, sino lo mejor de la poesía religiosa ibérica -Lope, Santa Teresa, Fray Luis- la que iba a pesar sobre su mano en sus instantes finales, cuando, abandonado por todos, menos por su esposa y su fe, escribe sus “Últimos versos”, dirigidos a Jesús Sacramentado.

Aquél que había escrito el 17 de junio de 1824, apenas dos días después de improvisar su oda ante la catarata norteamericana: “¿Veis esas columnas de vapores que, alzándose con un movimiento espantoso de rotación, van a confundirse con las nubes brillantes del estío, que pasan con lentitud sobre este teatro maravilloso? Así suben al Señor las preces de los hombres justos, que en su fervor sagrado unen la tierra con el cielo”48 Postergada ahora su ansia mayor: la libertad de Cuba, se dirige al Redentor con ánimo penitente y voz que presagia la de su contemporáneo Plácido, antes del suplicio:

¡Extiende benigno tu misericordia,
(La misma, Dios bueno, que usaste conmigo)
A tanto infelice que es hoy tu enemigo
Y alumbre sus almas triunfante la fe!
Ojalá pudiera mi pecho afectuoso
Por todos servirte, por todos amarte,
De tantas ofensas fiel desagraviarte...
¿Mas cómo lograrlo ¡mísero! podré?
Permite a lo menos que mi labio impuro
Una su voz débil a los sacros cantos
Con que te celebran ángeles y santos,
Y ellos, Dios piadoso, te alaben por mí.
Mis súplicas oye: aumenta en mi pecho
Tu amor, Jesús mío, la fe, la esperanza,
Para que en la eterna bienaventuranza,
Te adore sin velo, y goce de ti.49

Dice Chacón de estos últimos días: “La soledad le purificaba, acendraba su vivir interior”.50 Todo lo demás estaba ya muy lejos. Años después, Gertrudis Gómez de Avellaneda, una escritora disputada por las literaturas de Cuba y España, escribiría en su elegía a Heredia:

¿Qué importa al polvo inerte,
que torna a su elemento primitivo,
ser en este lugar o en otro hollado?
¿Yace con él el pensamiento altivo?...
Que el vulgo de los hombres, asombrado
tiemble al alzar la eternidad su velo;
mas la patria del genio está en el cielo.51


Notas:
1 Domingo del Monte: “Primeros versos de Heredia”. En: Humanismo y humanitarismo. Ensayos Críticos y Literarios. Biblioteca Popular de Clásicos Cubanos, no.4. Editorial Lex, La Habana, 1960, p. 109.
2 Ibíd.
3 Cintio Vitier: “La crítica literaria y estética en el siglo XIX cubano”. En: Crítica Cubana, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1988, p.32.
4 Fina García Marruz: “Martí y los críticos de Heredia del XIX” (En torno a un ejemplar de Heredia anotado por Martí). En: Temas martianos, Departamento Colección Cubana, Biblioteca Nacional José Martí, La Habana, 1969, p.339.
5 José Martí: “Heredia”. Obras completas. Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1975, tomo V, p. 136.
6 “Mis deseos”, En: José María Heredia: Obra Poética. Edición crítica de Ángel Augier. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1993, p.279. Todas las citas de la poesía herediana se realizarán por esta edición, señalando en cada caso sólo su título, la abreviatura OP y el número de página.
7 “La avaricia”, OP, p.281.
8 “La despedida”, OP, p.284.
9 Garcilaso de la Vega: “Égloga primera”. En: Obras, La Habana, Editorial Arte y Literatura, 1983, p.32.
10 Garcilaso de la Vega: “Égloga segunda”, Ob. Cit, p.39.
11 Francisco de Rioja: “Silvas”. En: F. Saínz de Robles: Historia y antología de la poesía española, Aguilar, Madrid, 1955, pp.703-704.
12 “La ausencia”, OP, p.292.
13”A D.J.M. Unzueta en su viaje a La Habana“, OP, p. 321.
14 Consúltense al respecto los ensayos de José María Chacón y Calvo: “Las etapas formativas de la poesía de Heredia” y “Heredia considerado como crítico” en Estudios heredianos, Editorial Letras 15 “A las ruinas de Maiquetía”, OP, p.280
16 Rodrigo Caro: “Canción las ruinas de Itálica”. En: F. C. Saínz de Robles: Historia y antología de la poesía española, p.695.
17 Ibíd. Heredia debió conocer otro ejemplo de la misma época: el soneto “A Itálica” de Francisco de Rioja (1583-1659) permeado del mismo espíritu del ubi sunt. Cf. F. C. Saínz de Robles: Historia y antología de la poesía española, p.705.
18 Pedro Henríquez Ureña: Las corrientes literarias en la América Hispánica, Fondo de Cultura Económica, México, 1954, Capítulo IV, p.104.
19 “En el Teocalli...”, OP, p.199.
20 Ibíd, p.200
21 Ibíd, p.200
22 Ibíd, p.201
23 José Lezama Lima: Antología de la poesía cubana. Nota introductoria a José María Heredia, tomo II, p.18.
24 María Zambrano: “Una metáfora de la esperanza: las ruinas”. En: Lyceum, La Habana, vol. VIII, no.26, mayo, 1951, p.9-10
25 “En el Teocalli...”,OP, p.201.
26 Según Ángel Augier esta versión se conserva en los manuscritos de Heredia en la Biblioteca Nacional: en sus seis primeras estrofas es idéntica a la de 1825 y en las tres últimas a la de 1832 y la considera un estado intermedio del poema. Cf: “Notas y variantes” en Obra Poética, p.553. Es habitual que los antologadores del poeta empleen, sin aclaración alguna, la correspondiente a 1832, fechándola en 1820, así lo hacen, por ejemplo Lezama en su Antología de la poesía cubana y Cintio Vitier en Los grandes románticos cubanos.
27 “En el Teocalli de Cholula”, OP, p.201.
28 “España libre”, OP, p.100.
29 Quintana: “A Juan de Padilla”, Obras del Excmo Señor D. M. José Quintana. Casa Editorial Garnier y Hermanos, París, 1881, p. 459.
Historia y antología de la poesía española, p.955.
31 Heredia:”El dos de mayo”, OP, p.111.
32 Juan Nicasio Gallego: “El dos de mayo”. En: Saínz de Robles:
Historia y antología de la poesía española, p.956.
33 Heredia: “El dos de mayo”, OP, p.112.
34 N. Alvarez de Cienfuegos: “Mi paseo solitario en primavera”. En: Saínz de Robles: Historia y antología de la poesía española, p.922.
35 “A Emilia”, OP, p.128.
36 Ibíd., pp.128-129.
37 Ibíd.
38 Cf. José María Chacón y Calvo: “Las etapas formativas en la poesía de Heredia”. En: Estudios heredianos, p. 47.
39 Ibíd., p.131.
40 “Himno del desterrado”, OP, p.140.
41 Ibíd., p.141.
42 Ibíd.
43 Ibíd.
44 “Himno del desterrado”, OP, p.142.
45 Ibíd.
46 Cintio Vitier: Lo cubano en la poesía, Instituto Cubano del Libro,
La Habana, 1970, Tercera Lección, p. 89.
47José Martí: “Carta a Enrique Trujillo, noviembre 1889”, OC, tomo 20, p.355.
48 JMH: “Carta desde Manchester, 17 de junio de 1824”. En: Poesías, discursos y cartas, La Habana, Colección de Libros Cubanos, Vols. XLI-XLII, Cultural S.A. 1939, tomo II, p.72.
49 JMH: “Últimos versos”, OP, pp.236-237.
50 José María Chacón y Calvo: “Heredia y su influjo en nuestros orígenes nacionales”. En: Estudios herediano, p.123.
51 Gertrudis Gómez de Avellaneda: “En la muerte del célebre poeta cubano Don José María Heredia”. En: Cintio Vitier: Los grandes románticos cubanos (Antología). Tercer Festival del Libro Cubano, La Habana, Talleres de la Editorial Lex, 1960, p.162.



Volver a la Portada