Puentes cordiales


 

Lino Novás Calvo y el mundo hispano

Cira Romero

 

La trayectoria literaria de Lino Novás Calvo estuvo marcada siempre por su propio itinerario vital. Un largo y trabajoso camino recorrido hasta llegar a alcanzar pleno reconocimiento, el cual, felizmente, cada vez se hace más patente por el creciente interés que despierta su obra narrativa, mágica y salvaje a un tiempo, subterránea y marginal, impulsiva y fundacional, que atravesó un largo trecho desde que en una oscura revista de Guanabacoa, de corte vanguardistas, titulada Z, publicó en 1929 lo que fue,  presuntamente su primer cuento aparecido en letra impresa, “La furnia”,1 que ya clasifica en su personalísimo cosmos literario. Pero antes habían sucedido muchas cosas….


Un tiempo gris, repleto de nubarrones y desgarros, despide a un niño de no más de ocho o diez años.2 Toma un barco que lo conducirá desde el puerto de Vigo, en Galicia, hasta el de La Habana. Va a conquistar América como un toro peleador, y se asienta en Cuba, isla que sonríe a todos por su aparente bonanza económica. Él es uno más de entre los miles que abandonan la península ibérica.


En su exigua documentación figura el nombre de Lino Novás Calvo, nacido en Grañas do Sor, Galicia, en el año 1903.3 La Habana, los hombres, sus propios coterráneos, no lo trataron bondadosamente, pero con la solemnidad que da la lucha por el pan, hizo su aprendizaje en cafés y fondas. En torno suyo la gente se arremolinaba, pero a puño limpio se elevó a posiciones más libres. Como tenía el ánimo intranquilo, muchas veces durmió en la cárcel. Pero vivió intensamente.  Laboró en islotes carboneros y sentó plaza en pequeños barcos de vela que conducían ron de contrabando a los Estados Unidos. Y también trabó contacto con la literatura. Lector de la Revista de Avance, principal órgano de la vanguardia literaria cubana, sus editores lo acogieron con beneplácito y allí publicó sus primeros (y casi únicos) brotes poéticos, dio a la luz algunos ensayos y hasta una pieza teatral de corte vanguardista: “El ahogao”. Cubrió también la sección “Libros”, donde dedicó alguna atención a obras de autores españoles, la cual se hizo más patente cuando, tras comenzar a trabajar en la librería “Minerva”,4 atendió la sección “Libros importantes del mes” de la Revista de La Habana (1930), a través de la cual reseñó libros recién publicados del más variado carácter: novelas, biografías, filosofía, teatro, ensayos, política y sociología. Así, comentó obras de José Ortega y Gasset, Ramón Gómez de la Serna, Gregorio Marañón, Julián Zugazagoitia, Joaquín Arderius y Luisa Carnés, entre otros muchos, y puso especial énfasis en reseñar novelas de corte vanguardista. En sus notas, por lo general muy breves,  advertimos su interés por la literatura hispánica, diría más, su pasión inevitable, aunque en no pocas señalaba lunares donde consideraba que los había. Pero en este ejercicio dejó patentizada su inquebrantable vocación por esta literatura, con el fin de poner al día a la intelectualidad cubana de los  últimos libros que veían la luz en la península.5 Así, cuando comenta la novela Natacha, de la citada Carnés, expresa: “La historia de la mujer, que vive la tragedia de buscarse a sí misma, de la mujer nueva; la primera novela sobre el alma de la mujer española. Libro, además, lleno de frescor, de sinceridad expresiva, de verdadera trama creativa. Un gran poder narrativo de melancólica lógica interior pudiera cerrar el elogio a la nueva escritora”.6 De El asalto, de Juan Zugazagoitia, comenta:

Novela social a lo Upton Sinclair. Novela colectiva fermentada de reivindicaciones, que no descuida por eso su fin primordial de obra literaria. Sólo que una literatura socialista y radical de historiador nuevo, de hombre de gran talla pública. La prosa erguida que novelara la vida heroica de Pablo Iglesias aplicada a la vida de una clase, de un mundo que quiere levantarse y sacudir el peso despótico del carlismo rezagado de Vizcaya.7

Y como muestra de su valoración de un texto de carácter ensayístico, como La rebelión de las masas, de Ortega y Gasset:

La vulgaridad como una imposición de la masa es el tema central de este libro. Gasset estudia el tipo del europeo a la luz -o contraste- del tipo eslavo del subimiento bolchevique. Y la conclusión es que si Europa persiste en el innoble régimen negativo de estos años, flojos de nervios por falta de disciplina, sin proyecto de nueva vida, el Comunismo -o el Bolchevismo-impondrá su empresa prócer en el mundo. La moral en la masa es negativa, o mejor es  la moral de lo amoral, y concluye proponiendo, como única solución o remedio, a la disolución del europeo actual, la oposición de un nuevo tipo de moral occidental frente a la invasión de aquella moral ‘extravagante’ del Comunismo.8

Volvió a pisar tierra española en julio de 1931, cuando, en calidad de representante del semanario gráfico Orbe, se le dio la responsabilidad de cubrir la corresponsalía desde Madrid. Pero apenas desembarca por el puerto de La Coruña, el terruño natal, donde residían su madre y demás familiares, lo obliga a un fugaz paso por los lares abandonados años atrás. Y se impresiona con lo que ve, al punto de que escribe de inmediato tres crónicas para el citado semanario: “Por la aldea de Galicia”, “Por la aldea de Galicia. Las escuelas” y “Hombres de mar y mujeres de orilla. Instantáneas gallegas”. En el primero no deja de estar presente la nota autobiográfica: “He llegado a la aldea con el traje de a bordo y una muda para pasarme allí dos o tres días. Enseguida comenzaron a zumbar las lenguas, un vicio local. Las palabras de mordaz conmiseración llegaban así: ‘E o pobriño; seique no che trougo outro traje. E tan magro; din que ven quixuoso. E fáltachle un dente d’ lado’ ”.9
De “Hombres de mar y mujeres de orilla”, resulta elocuente el primer párrafo:

Lo primero que advierte el pasajero de América al desembarcar en una ciudad gallega no es el espíritu de la región. Eso, si existe cabalmente recortado, aparecerá más tarde, y sólo al través del lente de gabinete. Lo primero que advertimos al desembocar así, como ante una pantalla, es que un ambiente más cerrado nos envuelve. Que en la zona en que hemos entrado emana algo que entorpece el libre  muscular y mental. Que, en fin, los viejos muertos de Europa nos salen en la tradición de cada cosa como redes de esqueletos que, en lo sucesivo, continuarán gobernando nuestros actos. Cualquier salto de América a Europa, salvo que sea a alguna zona americana del viejo continente, ha de dar forzosamente esta primera sensación.10

Lino es, en primera instancia, un pasajero que viene de América y es necesario admitir que hay en sus palabras una sensación de distanciamiento, como si quisiera saldar deudas con sus orígenes y perfilarse como un hombre insular.  No es el mismo Lino el que regresa a Galicia. Ahora trae olor a  Mar Caribe, olor a mulatas y a ron peleón, sabor de francachelas con los choferes de su piquera de taxis, donde, hasta hacía poco, se había ganado el sustento. Es otro Lino. ¿Acaso menos español? Cuentan los que lo conocieron que no tenía el típico acento de los peninsulares, pero que en su mirada se sentía la nostalgia, la morriña gallega, quizás el sentido del sonido enfurruñado y premonitor de los vientos de la sierra que había conocido de niño.


En España permaneció hasta febrero de 1939, cuando, envuelto en harapos, pudo, tras luchar al lado de las fuerzas republicanas,  cruzar los Pirineos y adentrarse en territorio francés hasta llegar a París y de allí poder regresar, tras no pocos esfuerzos, a La Habana, donde vivió hasta agosto de 1960. Exiliado, se estableció en los Estados Unidos: en Miami por breve tiempo, después en Nueva York y por último se asentó en Syracuse, de cuya universidad fue profesor de literatura hispanoamericana. Falleció en un sanatorio para enfermos en el año 1983.
Ochenta años de vida compartida entre dos continentes y una isla van a marcar el ciclo vital de este hombre refugiado tras las brumas de sus propias angustias existenciales, envuelto entre los hierbazales húmedos en los que se desenvuelven muchos de sus  cuentos urbanos, que se sumergen, por lo general, en los ámbitos de la marginalidad habanera de los años 30 al 50, mientras, angustiado y siempre temeroso, los iba pergeñando tras su Underwood renqueante, tras cumplir, para el diario sostén, la faena periodística, bien redactando un reportaje, un artículo o una crónica, o sumido ante una traducción al español de textos en inglés,11 que bien pudieran ser trabajos científicos o la  traslación a su lengua materna de un libro como El viejo y el mar, de Ernest Hemingway.


La síntesis, por cierto apretada, da cuenta resumida de la fecunda labor de uno de los mayores narradores de la literatura cubana del siglo xx, que se había ido forjando con lecturas autodidactas, y que, quizás sin pretenderlo, creó uno de los mundos narrativos más alucinantes de la literatura cubana, pero cuyas raíces se nutren, necesariamente, del patrimonio hispano, el que pudo conocer a profundidad durante su señalada estadía de casi diez años, pero donde cuentan también sus años infantiles en la aldea de tierra rocosa y mala para el arado, que le sirvieron de fuente nutricia para algunos de sus relatos de juventud, pero, sobre todo, su visión de la Guerra Civil Española:

He estado dentro de aquella sangre y de aquel fuego. No puedo decir que lo vi. Estaba demasiado dentro de ellos para ver/…/ La que allí, españoles e internacionales hemos librado, será siempre la batalla inicial de todas las batallas de nuestra época.12
Pero los años que corren desde que vuelve a España hasta que logra escapar resultan decisivos para la  comprensión de su itinerario como narrador, que en escasa medida había venido forjando en Cuba, amén de la labor periodística en la isla, donde publicó, en la propia revista Orbe, al menos tres artículos donde se entrelazan de forma perfecta la crónica con la imaginación y donde se perfilan recursos que serán constantes en su narrativa posterior.13
Cuando Lino Novás Calvo llegó a Madrid en el verano de 1931, el mundo intelectual madrileño lo decepcionó, y así  se lo confesó a su amigo José Antonio Fernández de Castro, editor jefe de Orbe:

El problema del escritor nuevo o que llega de nuevo es bastante difícil aquí, tanto o más que ahí. Los mismos “consagrados” no están muy bien. ¿Dónde está el “ambiente” literario que nos figurábamos desde ahí? Nada; se reduce a unas cuantas intriguillas. No hay espacio. No hay donde publicar un mal –tiene que ser malo, porque sino es peor-cuento.14

Pero el futuro autor de Pedro Blanco, el negrero tiene la perseverancia de la sangre gallega que corre por sus venas y poco a poco se fue adentrando en el ambiente literario, que en buena medida conocía en la distancia, en virtud de sus acercamientos a través de las notas críticas en la Revista de La Habana, pero también  gracias, en buena medida, a la ayuda que le brindó José María Chacón y Calvo, entonces representante diplomático de la Legación de Cuba en España y persona bien relacionada con el mundo cultural madrileño. Inicia así una labor periodística para Orbe, de carácter interpretativo, sobre la vida política, social y literaria de la España republicana, preferentemente a través de entrevistas y reportajes que, en cifra, alcanzó las cuarenta y seis colaboraciones. En ellas late la vida española, sobre  todo la capitalina. Entrevistó a Luis Araquistaín, Fernando de las Ríos, Antonio Marichalar, Eugenio D’Ors, Ramón del Valle–Inclán, Carmen de Burgos… Se acercó a las plazas y al Manzanares, elogió las discretas modistillas madrileñas, dio sus impresiones sobre el jardín zoológico del Retiro, se refirió a los traperos o buhoneros, al Ateneo de Madrid, a los artistas, a los choferes, a la policía, a la prensa, a los teatros, a la colonización española en el norte de África.15 La intentona golpista del 10 de agosto de 1931 fue vivida y después escrita en crónica memorable:

A la hora de ir al trabajo es cuando las calles comienzan a poblarse, como cualquier día. Frente al lugar de los hechos se agrupan algunos curiosos, fingiendo aguardar el tranvía en cada esquina de Alcalá hay una pareja de asalto con máuser y cartucheras. A la puerta de Correos, un pelotón de los mismos. Frente al Ministerio de la Guerra, nada. Los muros de granito sobre los cuales se levantan las rejas de hierro, están cubiertos de impactos. No se explican estas marcas tan bajas, casi a ras de suelo, cuando el edificio se alza sobre una plataforma a varios pies sobre el nivel de la calle. Por las tres bandas se encuentran pocetas de sangre, y las vitrinas de la calle Barquillo rotas por las balas que partían de dentro. Frente a Comunicaciones hay también sangre. El número de bajas entre los sublevados jamás se sabrá con exactitud. Las puertas de los alrededores se abrían furtivamente para recibir a los fugitivos; algunos llevaban cuerpos colgando al hombro.16
En “Madrid visto de cerca: los traperos”, ofrece la proyección de la España que se abre a su mirada inquisitiva:

Señores míos: en este mundo nadie sabe quién de recambio. Por eso es que un hombre no es nunca ninguna cosa sino a medias. Trapero a medias, fondero a medias, revolucionario a medias, católico a medias. En mi pensión hay un teniente retirado que está loco y dice que él fue el que trajo la República. Todo el mundo dice más o menos lo mismo. Sin embargo, yo creo que fueron los traperos, lo que cada uno tiene de trapero.17

Frecuentó también la tertulia de Ramón Gómez de la Serna, en Pombo, la cual había fundado en 1914 al calor del vanguardismo literario español y a través de la cual se convirtió en un defensor incondicional del arte nuevo. Allí acudían escritores consagrados y noveles. Como  intelectual desenfadado e iconoclasta frente a la literatura y a la sociedad del momento, esta importante figura daba espacio a todo lo nuevo que surgía. Novás, entusiasmado, recogió sus impresiones en el artículo titulado “Ramón el inhumano. Mi excursión a Pombo”, donde expresó:

Voy a ver a Ramón a su caverna española -Pombo- donde lo más viejo y lo más nuevo de España, el este y el aqueste, se dan cita. Ramón es España y España es Ramón. Como antes fue Quevedo o Goya. Pero en Ramón está lo que dura de España: lo barroco y lo popular. Lo esencial en la historia de España es obra del pueblo y lo esencial en el arte español es lo barroco, sea de forma, sea de concepto. Hay que agrupar otro elemento, también ramoniano, destacado por Unamuno a favor de España: quisquilloso y receloso. Recelando de todo, discutiéndolo todo fue como Ramón llegó a ser él mismo. Por eso es Ramón inconfundible, inconfundiblemente español – si por español entendemos aquí lo castellano. En él hay lo rancio del casticismo y la audacia del pionero. Santo y  sacrílego a la vez. Y a la vez también vidente, porque sólo por una especie de revelación intuitiva se puede abarcar como Ramón o Quevedo las más diversas disciplinas.18

La tertulia del autor de Greguerías le brindó la oportunidad de acercarse al mundo intelectual español desde una perspectiva novedosa, pues allí, en esa peña, se veía a los hombres llorar o reír, filosofar, criticar. “Académicos”, no los de la Real Academia Española, sino los pombianos, son los que allí se reúnen, e improvisan, y entonces, como él mismo lo expresa, “las palabras trepan unas por otras y en ese trepar resultan a veces Giraldas, a veces pagodas, a veces arcos de triunfo. Cuando no resulta nada, o resulta un disparate entonces Pombo crece dos palmos”.Y casi al finalizar expresa: “Pombo es el único sitio en Madrid ahora donde se puede ir a templar los nervios. En todos los demás no se dan más que negaciones. Lo contrario de Pombo, que nada regatea a nadie, que su generosidad es de goma y no se gasta. A Pombo se puede ir y a Ramón se le puede tratar sin celos. Ramón es de azogue. Nos falta poco para hacer de él un robot”.


Al desaparecer Orbe en 1933, Lino se vio obligado a vincularse a otras publicaciones españolas como La Gaceta Literaria, La Voz, Mundo Gráfico, Mundo Obrero, Frente Rojo, Diario de Madrid, El Sol19 y, sobre todo, la Revista de Occidente, cuyo director, José Ortega y Gasset, le abrió las puertas. Allí publicó tres de sus mejores cuentos: “En el cayo”, “Aquella noche salieron los muertos” y “La luna de los náñigos”,20 que a él, tan exigente con su personal creación, lo dejaron satisfecho, y así se lo hizo saber a su amigo José Antonio Fernández de Castro en carta de abril de 1932:  Tengo un cuento en la Revista de Occidente21 que me gusta, y gustó mucho. Saldrá dentro de unos meses. Es la tragedia de una partida de carboneros hechos esclavos en un cayo, con un ciclón por desenlace. El ciclón barre, cuando ya todos están barridos por los fusiles. Veremos qué efecto hace. Es lo más hondo, trágico y personal que yo he hecho.  Estoy tratando de patentizar un estilo.

Y en carta al mismo interlocutor, fechada el 11 de mayo de 1933, le expresa: “He sido el primero en escribir puta, nalgas y... otras expresiones crudas, plebeyas y bruscas en la R. de O.22


Ambas apreciaciones son de extrema importancia para poder valorar a Lino Novás Calvo como una figura original de la renovación literaria y, como afirma Anderson Imbert, le “abrieron las puertas del mundo literario y periodístico de la capital de las Españas”.23 Cabría entonces preguntarse si, simultáneamente,  su contacto con la intelectualidad española del momento y con las lecturas que realizaba, no lo inclinaron a revelar al lector español un mundo exótico, perturbador, como el que muestra en estas piezas, que se desenvuelven en zonas marginales de la sociedad cubana (“La luna de los ñáñigos”) o de hombres en circunstancias límites acosados por la voracidad de los mosquitos y por el resquemor entre unos y otros (“En el cayo”). Mundos tejidos por el dolor de la tragedia que Novás muestra, en primera instancia, al lector español, y donde ya se manifiesta la elaboración de un estilo sencillo en el que funde su yo periodístico con su yo poético y autobiográfico. De esta manera, encuentra la forma de combinar la voz del vivir cotidiano (o la anti-literatura) con la expresión lírica, dando como resultado una sintaxis más sintética. La innovación presente en estos cuentos del año 1932 lo muestra como un hombre capaz de asimilar, en primera instancia, la literatura  norteamericana, de la que fue entusiasta conocedor (Hemingway, Faulkner,24 Dos Passos), pero también se patentiza su lealtad a la literatura española, en especial con autores como Federico García Lorca y Pío Baroja, por el que sintió una especial atracción, aunque matizada por cierto rechazo a su obra, el cual quedó patentizado en el artículo “Un recuerdo de Pío Baroja”.25 En el mismo expresa:


Yo nunca hablé personalmente con Pío Baroja. Pero durante mi estancia en Madrid, además de leer sus libros, escuché muchas referencias a su personalidad y lo seguí, a discreta distancia, en algunas de sus peregrinaciones por las librerías de viejos. /…/ Baroja era (y supongo que sea aún) Baroja y nada más. Y era bastante. Él sólo, con su cuadrada humanidad, valía, a mi ver, más, mucho más, que cuanto de destructible o de perdurable haya dicho en sus libros /…/  Por mi parte, puedo afirmar una cosa. A pesar de que me impresionaron bastante en su tiempo, estoy olvidando ya sus libros, y aún sus personajes.26

Fue sincero Lino Novás Calvo -creo que siempre lo fue- y nunca se dejó seducir por las grandes figuras, de las que buscaba, además del valor de sus obras, el valor humano que ellas encerraban, y sus palabras sobre el autor de Aurora roja así lo demuestran.
En el caso del autor de La casa de Bernarda Alba existen condicionantes importantes que lo vinculan decididamente con este escritor y que coinciden, en primer lugar, con el estreno de su obra Yerma, al cual Novás Calvo asistió,27 y en segundo término con la asesinato del también poeta,  que Lino reflejó en el poema titulado “Soneto a Federico García Lorca”:  No lloran, Federico, que estallaron
las cuerdas de tu Sur atormentadlo;
y galopa, de fuga, amedrentado.
el eco del fragor a que callaron.

Las Gracias de tus versos despertaron
y en libros resonancias han mimado,
volviéndose al poeta asesinado,
de piedra calcinada se tornaron.

No llora, Federico, que enrojece,
la entraña que en romanos palpitara
con ardor de cadera estremecida:

por pueblos que tu verso se merece,
ímpune tanta ofensa no quedara,
si a este pueblo costara cara vida.

Repertorio Americano. San José, Costa Rica, 
noviembre 7, 1936.

Años después, ya en La Habana, volvería del nuevo al poeta de Granada en un trabajo excepcional: “Del Lorca que yo vi”.28
Pero volviendo a su texto sobre Yerma sus criterios se tornan verdaderos chispazos de lucidez, cuando aún la pieza estaba en cartelera: “es un ‘poema trágico’, el poema es magnífico; el asunto trascendental; la realización sostenida, cada vez más vibrante, pero la tragedia no se siente bastante: el autor carece de ella en su vida y en su temperamento: así, aún cuando todo se ajuste a las reglas de la tragedia, ésta no se siente”.29 Y antes había advertido: “el poema es bueno; el diálogo poesía pura; la decoración, la disposición de los cuadros, la armonía de motivos y personajes con el tema central: todo es excelente”.30
“Del Lorca que yo vi” bien merecería su completa reproducción, pero veamos solamente un fragmento:

Como tantos españoles, Lorca se vio a sí mismo en el campo de las letras como un nuevo Adán. Lo que se hubiese dicho y que se dijese en los olimpos, no ponía gran cuidado en su mente. Él se sentía quemado por dentro, frente a un mundo que era más rico y pleno en poesía que todas las elucubraciones que hubieran podido salir de los laboratorios literarios. Frente a estos, no sentía ninguna responsabilidad –en realidad, frente a nada, como so fuese su propio gusto. Poned a un ángel malo, como Lorca, en medio de aquella España ruda y sincera (sincera, hasta en sus locuras, hasta en sus injusticias y crueldades); todo en él es porosidad, vibratilidad, temblor; siente como si aquella tierra lo hubiera producido así, para escucharlo un momento y sacrificarlo. No pertenece a ella, porque le falta el vigor y el aplomo… y el sentimiento. Le falta esto: la solidaridad que da el sentirse parte indisoluble e inseparable de un todo. Lorca se sintió suelto, libre, pero luego advirtió que esa libertad era sólo el vuelo del ave herida. ¿Adónde iría? La tierra era su morada, y dentro de esa tierra, una zona determinada. ¡Hasta el lirismo necesita una patria! De ahí lo popular en Lorca. En vez de remontarse a los oscuros retorcimientos de los nuevos “cultos”, buscó savia, motivo y figuras en las capas más bajas del pueblo, no para sacar de allí una impresión falsamente realista, o conven-cionalmente popular, sino para romperlas con furia poética y exponer al asombro, la risa, o la vergüenza sus partes encubiertas. Él hizo también escándalo, a su modo: no el escándalo que sólo escandalizaba a los académicos, sino aquel otro que parecía ir con todos nosotros. Para él no había ningún tabú, nada  prohibido. Si existía, se ocultaba, si tenía una vigencia subterránea, una preocupación oculta, merecía la pena desnudarlo. En este sentido fue Lorca un revolucionario. Él denunció en sus poemas gentes, normas e instituciones. Sus poemas se nos figuran a veces carcajadas dramáticas; otras, sombrías recitaciones; otras, puro juego de ocios. En muchos de ellos hay un afán renovador de sacar a la superficie lo que el velo cubre. Sin embargo, estemos en guardia. Ese era, sobre todo, en él el morbo que necesitaba todo arte genuino. Una denuncia puede resultar, a la larga, casi una exaltación, aunque sea de la risa.31

No cabe duda de que la experiencia periodística que adquiere en España lo condujo a un proceso absolutamente orgánico en el desarrollo de su escritura de ficción. En primer lugar, se forja una conciencia de escritor, con un lenguaje propio, con perspectivas también propias y con técnicas novedosas. Si estando aún en Cuba sus trabajos para la Revista de Avance y la Revista de La Habana tenían un tono más bien informativo, pues se dedicaba, fundamentalmente, a comentar libros de reciente aparición,32 y sus artículos para Orbe poseían la llaneza del buen quehacer periodístico, su obra narrativa escrita en España experimenta, sin embargo, un impulso necesario para consolidar su vocación narrativa, que se pone a prueba de manera determinante cuando, a petición de Antonio Marichalar, se dispuso a escribir una historia de la piratería, devenida, con el transcurrir de breve tiempo, en su espléndida novela Pedro Blanco, el negrero,33 donde reflejó el comercio de esclavos.  La plasmó en apenas tres meses, en una de las mesas del Ateneo de Madrid, cuya biblioteca prácticamente agotó en busca de materiales que le sirvieran para emprender su tarea. Escribirla fue angustiosa, como  le expresa a Fernández de Castro en carta del 10 de junio de 1932:

Lo de la trata. Conozco y tengo los libros que me indicas. No me bastan. Aunque ésta sería una novela con mucha imaginación, es preciso tener datos para saber hasta dónde se puede imaginar historiando – impunemente. El libro que más me interesa (Johnston. The Negro in the World New) está agotado.34 Sin él no podré hacer la novela.  En estos tiempos leí una docena de libros más o menos en torno al tema, pero  no me sirven de mucho. Mi amigo D. Carlos Pereyra35  me dice que no necesito  más nada, que es lícito inventar sobre un personaje que no ha dejado más que dos o tres resquicios por los cuales se ven trazos de un genio  pirático. También leí el muy superficial de Baroja Pilotos de altura. Lo que me propongo no es hacer historia propiamente, ni menos de tierra – sino novela de mar, que valga por intensa antes que por extensa... Unas cuantas escenas de la trata con  Blanco por centro36; algo de antología con unidad sin salirme del personaje ni del tema concreto: la trata, el cómo se hacía.

La novela se publicó en Madrid, por Espasa-Calpe en 1933, y aunque el autor la consideró “una pobre noveluca”, llamó la atención de los círculos intelectuales madrileños y en particular del exigente Valle-Inclán, que la elogió en público. Si bien esta obra, como lo refleja la bibliografía que la acompaña, tiene una gran deuda con escritores, fundamentalmente historiadores, de expresión inglesa, también la tiene con autores españoles como Rafael María de Labra, que aunque nacido en Cuba, se alejó de ella a los ocho años de edad para desde entonces radicarse en Madrid, donde desempeñó una activa vida cultural y  política. De él consultó La abolición de la esclavitud en las Antillas españolas (1870), que le aportó un acercamiento sociológico a este fenómeno. Pero Pedro Blanco… no admite una identificación tópica. Surgida en el momento en que la literatura, en particular la cubana, se incorporaba a los medios expresivospropios de las innovaciones vanguardistas -que si bien en nuestras letras no dejaron huellas profundas, sí llevaron implícitas un espíritu de transformación-, se desmarca de la sensibilidad de la narrativa de los primeros decenios de la república para dar cabida a una exploración trascendente y a una reflexión más abarcadora y  contemporánea de la historia y de los destinos del hombre.


De esta manera, el espíritu intelectual de Lino Novás Calvo se movía en el ámbito hispano sin desentenderse de su condición de español “aplatanado” en la isla que lo había acogido. Pero esa simbiosis, que se dio de modo espléndido en su obra, tuvo expresión patente en contra de todo tipo de nacionalismo de cariz excluyente, de modo que el mundo hispánico no se puede ver escindido en su caso: España por un lado y Cuba por otro, sino que existen lazos de comunión  y de consolidación que determinan un solo contexto, sin olvidar las particulares tradiciones y las prevalencias de gusto personal. “Mis trabajos y andanzas son superiores a mis obras”, expresó en una oportunidad, y también, en frase dolorosa, expresó: “... yo soy hombre estoico, y hecho al revés, y extranjero en todas partes”. Es cierto que fue estoico, y la vida le dio la oportunidad de demostrarlo, es cierto que vivió y murió envuelto en sus propias contradicciones internas, pero ¿acaso fue extranjero en todas partes?, como proclama. No creo que ni en España, aún a pesar de sus dificultades para readaptarse, tras su largo distanciamiento, ni en  Cuba, Lino Novás Calvo fuera un permanente extranjero. Su obra, así como su actuación pública, le dieron la oportunidad de demostrar lo contrario. Pero no hay dudas de que da la impresión de que lo peor de su pasado lo alcanzaba siempre. Reprobó encontrarse a la mujer gallega uncida al arado, como bestia de laboreo, y así lo reflejó en sus artículos,  apenas recién llegado de nuevo a la península, pero también lo molestaba la incuria de los gobiernos cubanos, que desconocían el papel que los intelectuales desempeñan en la vida de un país. O sea, en cada lugar donde sentó plaza se manifestó de acuerdo a las circunstancias y en ocasiones llegó a reconocerlo con dolor. Así, su último y definitivo exilio en los Estados Unidos le provocó una carta a su íntimo amigo José María Chacón y Calvo que es una muestra fehaciente, esta vez sí, de una total inadaptación al país del Norte, a pesar de que manejaba su lengua a la perfección. Esa carta resulta memorable:
Nueva York
17 de agosto de 1963.

Querido Chacón:

¡Cómo me voy a olvidar de usted, el mejor de los amigos! Solamente… no quería perjudicar. Además, con el rebumbio, me olvidé de su dirección, hasta que Félix37 me escribió. Olvidar va siendo, por otro lado, una necesidad para mí. Si eso, ya los recuerdos me hubieran matado. Lo cual, quizás fuera lo mejor.


Sé que está usted sufriendo mucho. Yo también. Y también tantos otros. Para mí la vida no ha sido más que una agonía, y la muerte no vendrá tan callada que no la sienta venir. Ha sido mi destino que las mareas me llevaran siempre al centro de las borrascas. Usted bien lo sabe: yo no las busqué; ellas  a mí me buscaron. Este es el cuarto exilio y Dios sabe si aún faltan otros.


Lo peor es que he visto venir el huracán. Lo vi y lo dije y nadie me hizo caso. Por verlo, pasé años amargos en aquella cueva de víboras, donde estaba, y donde aún estoy un poco, aunque no tanto, pues algunos se fueron para caracas y yo aquí me quedé, como un fleco que no acaba de desprenderse – por necesidad.


Aquí me tiene, pues, tratando de estirar los años por mi familia, Herminia38 ha levantado milagrosamente una revista, que ya es la primera en su clase en América Latina,39 pero aún hay muy pocos anuncios, y la lucha es dura. Mi hija,40 en el Collage, sacando altas notas, pero sigue siendo muy sensible, lo cual para defenderse nunca es bueno. Ya escribe y publica cuentos y reportajes; y son buenos. Tiene 19 años, y gran facilidad para los idiomas.


¡De mí, qué más contarle! El exilio nunca es bueno, sobre todo en la vejez; no tanto por el exilio mismo, como por los exiliados. ¡Qué pequeños lucen aquí algunos que allá se hacían pasar por grandes!


¡Cuántas cosas más podría decirle! Pero termino aquí con este lamento, porque no quiero agravar con los míos sus propios pesares. Hoy sábado, vine a una oficinita que tengo cerca de donde estuvo la de Martí (mi dirección aquí es W 230 Water Street), a escribirle y a terminar unos materiales que envío a Caracas. Luego iré a una librería. iré a ver a Rosario Rexach,41 que se operó, y terminar el día trabajando en casa, para ayudar un poco a Herminia. Y mañana domingo, más o menos lo mismo. Mi única distracción es recorrer a pie, cada semana, un pedazo de esta ciudad, que es un mundo, con todo lo bueno y todo lo malo. Sepa, mi querido Chacón, que nunca lo olvido. Escríbame un poco más de usted. Y si alguna vez se da una vuelta…  Atrás han quedado los mejores días, si los hubo, de Lino Novás Calvo. Como intelectual, tuvo la posibilidad de imbricar, como crisol de culturas, la hispana en el tronco de la cubana, que fue para él decisiva. Pero el mundo ibérico fue para él esclarecimiento de las ideas, escuela de pensamiento literario formativo, que se complementó con las propias visiones del autor de “La noche de Ramón Yendía”. Vivió la premura de los cambios ocurridos en la España de la República, se involucró en la Guerra Civil Española, sufrió por los caídos, en particular la de otro intelectual, Pablo de la Torriente Brau, cuyas pertenencias recogió en la casa de Chacón y Calvo, en Madrid, y a cuyo sepelio asistió, consternado como otros muchos, y que dejó reflejado en artículo memorable: “En el entierro de Pablo de la Torriente Brau”.42


Al abrigo de esos vaivenes exteriores, que sin dudas incidieron en su propio mundo interior, el mundo hispanocubano de Lino Novás Calvo resulta de permanente reconciliación y alberga los mejores rostros de ambas culturas. Tras sus pasos lo mismo visitamos un viñedo que un cañaveral, en una especie de conjuro tónico contra toda posible forma de destrucción, antídoto aún necesario, eficaz y rotundo. En este autor se da una circunstancia aleatoria, de efecto trascendente, que se percibe en una españolidad y una cubanidad asumidas de manera perceptible, y las emplea siempre en las proyecciones, a veces fantasmáticas, de su propia angustia vital. Esa solución, que hemos denominado  de contingencia, se desborda en el drama de sus cuentos, algunos de los cuales asumen motivos autobiográficos, como el titulado “La primera lección”:

El lugar tenía siete casas, todas en línea, todas de piedra en bruto, sin pintura y sin cristales. El  se había llevado la argamasa y algunas paredes aparecían combadas, sosteniéndose como en equilibrio. Ninguna tenía más de un piso, y la última -la de abajo-  era la más pobre y miserable de todas. Delante de cada una había un montón de estiércol y a su lado una especie de alberca que recogía el xurro, formado por el agua de lluvia pasada por él. Al cerrar la noche los vecinos comenzaron a llegar de distintas direcciones; las mujeres vestían sayas y mantelos de lana gruesos, tejidos en casa. Los hombres arrastraban zuecos con pie de madera y caña de cuero. 43

Como podrá advertirse, las palabras en cursiva pertenecen al idioma gallego, que Lino dominaba perfectamente, al cual recurre en muchos otros de sus cuentos con palabras como culler, bidueira, culleres, buxo, cuncas, pradio, zonchos, cativo
Y ya al final del cuento, cuando el niño se ausenta de la aldea, camino de la tierra prometida:

Abuelo y nieto siguieron juntos, bajo el paraguas del tío indiano, hasta la encrucijada donde, en la taberna, esperaba el grupo que se iba, Allí se separaron. Los que se iban siguieron camino arriba, cantando, bajo la lluvia, al amanecer. Detrás de ellos iba el nieto, como un niño perdido, con su saquito al hombro.44

La nota autobiográfica no puede dudarse, aún cuando el autor haya expresado que este cuento está inspirado en una anécdota que le contaron. Es, sin dudas, una de las piezas narrativas más conmovedoras de Lino Novas Calvo, pues cuenta precisamente el momento del desarraigo, abandonar el terruño natal, separarse del abuelo y la tía  que lo habían criado (como fue su caso), portando un trajecito confeccionado por una madre costurera (como fue su caso). Así partió Lino de su aldea gallega. Quizás por eso el regreso, como ya se ha expresado, fue doloroso, fue de extrañamiento, fue de desarraigo, pero todo más aparente que real, pues sufrió y se conmovió ante lo que sus ojos se presentaba, y la angustia le creció en el pecho, como si se preparase a saltar al vacío. La angustia y, sin embargo, más fuerte que ella, ese gusto por las cosas que vendrán, esa espera, curiosidad…


Una vida tiene mucho de insignificante repetición, de acontecimientos que pasan sin dejar huella ni asidero. Por el contrario, los hechos y los recuerdos (¿qué hecho no se percibe a través de un recuerdo?), en determinado momento, se encuentran, se conjugan y cuajan. Cuando se identifican, se retienen y se analizan para comprenderlos, para vivir, morir o sobrevivir. Lino Novás Calvo tuvo la dignidad y la lucidez  del sufrimiento y las sensaciones que forman un cuerpo, en este caso su propia obra narrativa, de la cual emanan profundos vínculos con el hispanismo. Quizás ese cuerpo, en algún momento herido o fragmentado, surgió más pleno cuando el dolor se hizo transparente, pero con su quehacer dio la única forma posible que tenía de inventarse desde sí mismo, desde sus raíces. ¿Acaso le quedaba otra alternativa?

Notas
1 Puede leerse en Angusola y los cuchillos. Compilación y prólogo de Cira Romero. Editorial oriente, Saniago de Cuba, 2003, pp. 28-32.
2 Sobre la edad que Novás Calvo tenía cuando llegó a Cuba continúa pesando el enigma. Él mismo declaró en más de una ocasión que tenía siete u ocho años, pero familiares y amigos entrevistados en la década del 70 del siglo pasado por la profesora norteamericana Lorraine Elena Roses atestiguan que ya había rebasado los quince o diecisiete años de edad.
3 Por razones que se desconocen, Lino Novás Calvo siempre manifestó que el año de su nacimiento era 1905. La documentación bautismal localizada en la parroquia donde fue bautizado, en su aldea natal, consultada por la citada profesora, demuestra que fue en 1903.
4 Su trabajo en dicha librería consistía en mantener actualizado un catálogo donde, brevemente, reseñaba los libros que se recibían.
5 Debe tenerse en cuenta que la librería “Minerva” era una de las mejores que por entonces había en La Habana y por su local pasaban las figuras intelectuales cubanas de mayor valía. Allí Novás trabó amistad con Don Fernando Ortiz y con José María Chacón y Calvo, entre otras figuras prominentes de nuestro mundo cultural.
6 Revista de La Habana. La Habana, número 7-8, julio-agosto, 1930, pp. xiii.
7 Revista de La Habana. La Habana, número 9, septiembre, 1930, p. xii.
8 Revista de La Habana, La Habana, número 12, diciembre, 1930, p. xii.
9 Orbe. La Habana, 21 de agosto de 1931.
10 Orbe. La Habana, Año 1, No. 23, agosto 14, 1931.
11 Se cuenta que entre sus labores como traductor para Bohemia, de la que llegó a ser jefe de información desde 1954 hasta 1960, estaba la de traducir íntegramente la revista Times, para que Miguel Ángel Quevedo, director de la publicación, escogiera qué texto (o textos) incluir. 
12 Prólogo al libro Órbita de España, de Fernando G. Campoamaor. Editorial Proa, La Habana, 1942, p.5
13 Raymond D. Souza. “Two ‘lost’ stories of  Novás Calvo”, en Romance Notes. Pennsylvania, número 9, 1967, pp. 49-52. Nos estamos refiriendo a “Quemando gasolina: confesiones de un botero” y “Arre mula! Confesiones de un carrero”, aparecidos en Orbe, en números correspondientes, respectivamente, al 29 de mayo y al 19 de junio de 1931.
14 Carta sin fecha, pero debe datar de poco después de su establecimiento en la capital española, alrededor de julio de 1931. Archivo Literario del Instituto de Literatura y Lingüística. Fondo José Antonio Fernández de Castro.
15 Estos artículos periodísticos, bajo el título de España estremecida, han sido recopilados por la autora del presente trabajo y serán publicados por la Editorial renacimiento, de Sevilla.
16 “El 10 de agosto en Madrid”. Orbe. La Habana, 11 de septiembre de 1931.
17 Orbe. La Habana, 11 de diciembre de 1931.
18 Revista Bimestre Cubana. La Habana, julio-agosto, 1932.
19 En algunos de estos periódicos, como Diario de Madrid y Mundo Gráfico empezó a narrar sucedidos de gangsters y otros tipos de delincuentes.
20 Al recoger este último cuento en su libro La luna nona y otros cuentos (1942), lo tituló “En las afueras”
21 Se trata del titulado “En el cayo”, que apareció en el número 107 de la citada publicación. Posteriormente lo incluyó en La luna nona y otros cuentos (1942) y con el título “El otro cayo” en Cayo Canas (1946).
22 Revista de Occidente.
23 Enrique Anderson Imbert. “La originalidad de Lino Novás Calvo”, en Simposium. Syracuse, fall, 1975., p. 125.
24 En 1932 tradujo al español, por vez primera su novela Santuario. La calidad que tuvo su difícil trabajo se patentiza en que, aún en la actualidad, muchas casas editoriales de habla española siguen prefiriendo publicar esta traducción.
25 Fue publicado en Bohemia el 17 de diciembre de 1950, p. 20, 224-225.
26 p. 225.
27 Al respecto puede consultarse su trabajo titulado Yerma, publicado en febrero-marzo de 1935 en la Revista Cubana. Como dato curioso podemos señalar que Alejo Carpentier, entonces residente en París, viajó especialmente a Madrid, invitado por Lorca, para asistir a la representación de esta obra.
28 Fue publicado en Grafos. La Habana, octubre, 1946.
29 Artículo citado, p. 267.
30 Idem. p. 266.
31 Grafos. La Habana, número 86, octubre, 1946, s.p.
32 No obstante, publicó también breves ensayos, poemas y una pieza teatral de corte vanguardista titulada “El ahogao”.
33 El título original de la novela es El negrero. Vida novelada de Pedro Blanco Fernández de Trava, pero se le conoce más ampliamente por éste o por El Negrero.
34 Parece que el libro lo pudo localizar, pues está incluido en la bibliografía que anexó a la novela.
35 Historiador mexicano nacido en 1871 y fallecido en 1943. Entre sus obras: La obra de España en América (1926) y  La conquista de las rutas oceánicas  (1926).
36 Pedro Blanco Fernández de Trava, el negrero, fue un personaje real. Nació en Málaga, España, hacia 1795, “con la Paz de Basilea”, como señala  Novás en la primera oración que da inicio a la novela. De origen humilde,  se enroló desde joven en actividades marítimas que lo condujeron a la piratería, al contrabando y a otras aventuras. Llegó a ser uno de los más poderosos tratantes de esclavos de la época. Falleció en Barcelona en 1854, tras habérsele declarado una enfermedad mental. 
37 Félix Lizaso.
38 Alude a su esposa Herminia del Portal, periodista y poetisa.
39 Se trata de la revista Vanidades.
40 Himilce Novás del Portal. Publicista y narradora. reside en los Estados Unidos.
41 Ensayista y profesora universitaria cubana.
42 Fue publicado originalmente en Repertorio Americano. San José, Costa Rica,  23 de enero de 1937, p. 52. Fue reproducido en Mediodía. La Habana, 25 de febrero de 1937, pp. 10-11, 19; y en Evocación de Pablo de la Torriente Brau. La Habana: Letras Cubanas, 1997.
43 “La primera lección”, en Obra narrativa. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1990, p. 126.
44 Idem, p. 139.

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