Puentes cordiales


 

Juan Ramón Jiménez y María Zambrano en Cintio Vitier: algunos momentos

                                                              Enrique Sainz

La primera etapa en la obra de Cintio Vitier, enmarcada en las décadas que van de 1938 a 1958, consta de diversos volúmenes de poesía y de prosa reflexiva, aquellos reunidos en Vísperas (1938-1953) -integrado por un grupo de cuadernos que habían venido apareciendo desde la primera fecha- y los segundos en Experiencia de la poesía (1944), Poética (1961) -conjunto de cuatro textos de gran importancia que escribió entre 1945 y 1958: “Mnemósyne” (1945-1947), “La palabra poética” (1953), “Sobre el lenguaje figurado” (1954) y “La zarza ardiendo” (1956-1958)-, La luz del imposible (1957) y Lo cubano en la poesía (1958), además de otras páginas no recogidas en el libro hasta más tarde, como su entrañable acercamiento a Rimbaud (“Imagen de Rimbaud”, de 1951) y su valoración de En la Calzada de Jesús del Monte (1949), de Eliseo Diego, escrita ese propio año.1 En ese extraordinario cuerpo de obra que nuestro autor había venido conformando desde su adolescencia (la más antigua muestra de su temprano quehacer fue el poemario Luz ya sueño, aparecido en 1938, el mismo día que cumplía diecisiete años de edad, pues había nacido en 1921), hallamos en todo su vigor las profundas raíces hispánicas que nutrieron su cosmovisión y fructificaron, a lo largo de dos decenios, en esas esplendidas páginas del más alto linaje espiritual. En los orígenes de esta escritura hay dos hechos capitales, decisivos: la ferviente y deslumbrada lectura de la obra poética de Juan Ramón Jiménez y, más tarde, el conocimiento de la obra de María Zambrano, cuyo fecundante magisterio en Cuba dejó en Vitier una huella imborrable, tan profunda y reveladora como la del autor de Diario de un poeta reciencasado (1916). El encuentro con la lírica de Juan Ramón Jiménez fue una posibilidad que le abrió el propio hogar en la biblioteca de su padre, educador y estudioso de la filosofía, autor de varios libros en torno a figuras cubanas y universales, cuyo ejemplo ciudadano y su amor a la cultura nutrieron la sensibilidad del niño. El hallazgo entre los libros de la familia de la Segunda antología poética (1898-1918) (1933) del gran andaluz fue un hecho que transformó la vida del joven y en cierta medida le trazó un destino, le abrió un espacio desconocido, iluminado por la palabra creadora de este poeta inmenso que vino a revelarle presencias, misterios, alegrías, oscuras relaciones, maneras de vivir y de sentir.


En el ensayo de 1944 que citamos anteriormente, Experiencia de la poesía, realiza el recuento espiritual de la impronta juanramoniana en su vida para hacernos un deslinde imprescindible: el de su propia alma, su más encendida y amorosa o angustiada entrada en la realidad desde la poesía, la suya y la de Juan Ramón, entremezcladas sin mucha precisión en los primeros momentos de esa impronta y más tarde distanciándose sin perderse la claridad que le dejara ese diálogo hondo y creador. Ciertamente,  confiesa el ensayista en esas páginas qué significó el gran poeta en su obra, cuyos límites se confundían con su incipiente quehacer en aquellos años en los que las lecturas se volvían sustancia de la propia sangre. Los cuestionamientos de entonces se los hacía Vitier, en aquellos años, al calor de sus lecturas de los poemas del maestro y de las revelaciones que tanto le decían de sí mismo y del sentido último de la existencia, sentida ya como un insondable misterio que él, como poeta, querrá penetrar hasta llegar a un centro inteligible, empresa descomunal que sólo la poesía puede alcanzar. Diríase que la búsqueda del propio centro vital, entendida la vida como totalidad e integración del hombre y lo real, avidez de todo joven que haya sido tocado por el anhelo incoercible del conocimiento y del hallazgo de la Verdad, le venía a Vitier de ese descubrimiento del texto juanramoniano, donde encontró una luminosidad que de inmediato se le reveló como su más secreto anhelo de adolescente. La entrada a ese mundo fastuoso, de fastuosidad íntima, le permitió saber, desde tan temprano, que la realidad poseía una riqueza más adentro, inalcanzable, pero al menos perceptible desde las inolvidables lecciones del gran poeta. Desde luego, era esa una intuición que ya el adolescente había percibido en sí como sustancia primordial de la existencia, como una necesidad que había comenzado a vislumbrar, pero la lectura de un poeta de esas calidades, de un poeta primigenio, no derivado ni hecho por otro creador, le permitió ver la real dimensión de lo que ya había intuido sin mucha precisión. Acerca de lo que vengo reflexionando nos dice Vitier en Experiencia de la poesía, hablando precisamente de Juan Ramón:

Y sin embargo, es menester intentar a cada paso lo más difícil, la extraña aventura de coincidir consigo  mismo, sabiendo que tal remota coincidencia, si de algún modo nos es asequible, jamás se logra segunda vez por la misma vía. Tenemos que ser incesantemente los constructores de una infinitud peligrosísima de caminos que no acaban de conducirnos al centro casi legendario de nuestra persona.2

El hallazgo de la poesía de Juan Ramón Jiménez -y con la suya, el hallazgo de la Poesía toda (sin negar otras escrituras igualmente portadoras de su esencia) y de sus posibilidades de intelección del ser, de lo real, e incluso de la Historia, tema capital en la obra de Vitier con el decursar de los años- era un comienzo afortunado para quien se hacía preguntas trascendentales y quería saberse, reconocerse en medio de lo desconocido. No tuvo que irse abriendo caminos entre múltiples lecturas infructíferas de autores irrelevantes, sino que desde el principio de su despertar se encontró con aquella mirada hecha palabras, hecha poesía suficiente, abarcadora, total, como só1o la encontraría más tarde en otros creadores que lo estremecieron en lo más profundo de su ser (Lezama Lima, Vallejo, Rimbaud, Claudel). El hallazgo de esa palabra deslumbrante, de su propio idioma, le permitió integrar su libro inicial desde una experiencia que ahora no era só1o de las vivencias más o menos lúcidas de su diario vivir y de otros creadores que ya para entonces había leído. Sin dejar de ser él mismo escribió Vitier Luz ya sueño con un estilo que se hizo suyo desde la asimilación de la Segunda antología poética, si bien no puede hablarse, en este caso, de derivación en la relación lectura-escritura. Considero que esa manera de mirar ya estaba en el joven principiante, pero menos consciente de su modo propio, acontecimiento  común en los comienzos de una obra. Y no se trataba só1o de una revelación de la luz y del espacio, de las cosas que pueblan el mundo cotidiano y la intimidad, sino de algo más estremecedor: la secreta belleza de un paisaje que antes no podía ser visto en sus oscuras interrelaciones y con la dignidad de un sentido, búsqueda capital del joven poeta desde siempre. Intensa pasión del conocimiento la que alcanza Vitier en aquellos luminosos años, sumergido como estaba en las inacabables lecturas de los poemas dichosos. Más tarde, cuando el gran poeta vino a La Habana en 1936, lo visitó con su libro aún inédito para mostrárselo, instante en el que sometió a rigurosa prueba sus dones hasta recibir la aprobación del conjunto que poco después vería la luz en una imprenta habanera, con una breve presentación manuscrita del maestro. Esa vivencia inolvidable de ver a Juan Ramón leyendo su libro y aprobando y desaprobando textos, y luego escribirle unas palabras que servirían de pórtico al conjunto, llenó al joven de una plenitud que se traducía en algo en verdad trascendente. Nos dice entonces nuestro poeta veinte años más tarde, al evocar en La luz del imposible el regreso a su casa después del encuentro: “¡Qué nubes! El vistazo en apariencia incidental, entre las nadas de la conversación, abría el todo entrevisto de la hermosura y el destino. ¡Qué nubes! ¡Qué reconocimiento lejano e impedido, del rostro del más, de la verdad!”3


Si comparamos el diálogo de Lezama con Juan Ramón, de 1937, con las vivencias del adolescente que comenzaba a escribir y a hacerse preguntas que lo acompañarían de una forma u otra durante toda su vida, podremos quizás percatarnos de lo que significó en verdad el poeta mayor para el principiante. Lezama entra en la conversación con un extraordinario dominio de los temas, sustentado en lectura y meditaciones que nos permiten afirmar que el  único poeta nuestro capaz, en aquellos años, de sostener semejante intercambio de precisiones con un autor de la jerarquía del poeta español que nos visitaba era el autor de “Muerte de Narciso”, recién publicado en la fecha del encuentro. Si repasamos lo que dicen ambos poetas acerca de la poesía de la insularidad, por ejemplo, comprenderemos que estamos ante dos poéticas ya integradas, hechas de profundos procesos de creación de lo que podríamos llamar la imago fecundante, preocupación fundamental para Lezama, quien habría de desarrollarla a todo lo largo de su obra. Vitier, en cambio, aunque desde muy temprano ya había comenzado una búsqueda del centro irradiador del espíritu, lo que él mismo calificó como “centro casi legendario de nuestra persona”, tenía por entonces una menor disposición para las definiciones conceptuales, cualquiera que fuese su naturaleza, que para el deslumbramiento ante una plenitud verbal que le habría de revelar lo invisible, la otra realidad, la de las penetraciones de sentido de lo visible, experiencia deslumbradora que le sucedería asimismo en su lectura del primer gran poema de Lezama, “Muerte de Narciso”, al que dedica también reflexiones de una hondura inusitada -como puede verse en el propio ensayo Experiencia de la poesía- en un joven de su edad y aun entre escritores con un mayor número de vivencias y lecturas. Ya empezaba a ganar en Vitier, en dimensión y densidad, la “angustia de historicidad”4 que habría de colmar su obra poética reunida en Vísperas, una angustia de raíz metafísica y al mismo tiempo de raíz inmanentista, alimentada por la perentoria necesidad de ser fiel a un destino que para el poeta se cifraba en el conocimiento y la práctica de la justicia, visto ese término en su significado último, más profundo. Desde el paisaje juanramoniano se le revelaban a Vitier los signos  de una armonía universal, secreta, en la que se sustentaba la imprescindible armonía del individuo y sus semejantes. Aquellos poemas le hablaban no sólo de la belleza, sino además de un orden cósmico, vislumbrado por primera vez en los textos que una y otra vez leía con fruición y creciente lucidez. Si Lezama podía discutir problemas capitales de la poesía de tú a tú con Juan Ramón, Vitier vivía sumergido en un éxtasis absoluto cuando se adentraba en las líneas espléndidas de la poesía del maestro.


Ese deslumbramiento le venía, qué duda cabe, de la esencial hispanidad de ambos, asimilada por el cubano desde el tuétano mismo de la lengua y en las semejanzas entre Cuba y Andalucía, rápidamente perceptibles en la Segunda antología poética que venía leyendo hacía tiempo. No se trata, en modo alguno, de similitudes externas, sino, por el contrario, de enormes semejanzas que llegan a conformar un estilo. No estamos tampoco en presencia de una poética costumbrista en estos poetas, pues en ninguno de los dos es posible hallar una estética preocupada por regionalismos ni una mirada atenta a las peculiaridades de una u otra zona de España o de América. Sus respectivas obras, incluso la juvenil de Vitier, carecen de todo rasgo provinciano y mucho más aún de intenciones que pretendan exaltar peculiaridades de un paisaje o de un modo de vivir, sin negar por ello que sus textos se nutran de un tipo específico de naturaleza y de sensibilidad. Esas presencias alcanzan en los poemas un rasgo universal que les permite trascender las circunstancias inmediatas de las que emergen. Los árboles, los colores, las nubes, el aire, el mar, los sonidos, la vida, en fin, los elementos claves de la poesía de Juan Ramón son raigalmente españoles, sin duda, pero al mismo tiempo son modos de una esencia suprema, poseen una carga simbólica que los vuelve universales, por  lo que llegan al poeta joven, quien desde América lee sus versos con indecible fruición, con una fuerza duplicada, como paisaje íntimo que resuena en lo más hondo del cubano, y a la vez como paisaje deseado, sonado, de un paraíso imaginado en la distancia. De ahí las espléndidas páginas que le dedica a la poesía juanramoniana en La luz del imposible, de 1957, donde nos hace esta confesión, refiriéndose a la presencia de la poesía de Juan Ramón en su vida: “Aquello era un paraíso, no una influencia”.5 Su testimonio de lector de esos poemas no es un estudio a la manera académica, sino una indetenible sucesión de impresiones múltiples, luminosas o sombrías, jubilosas o inquietantes, expuestas en una prosa rápida, intensa, vivaz, pletórica de una dicha que brotaba a raudales, con estos temas que había visto, con los ojosreales o con los ojosíntimos, en aquellas páginas inolvidables del librito de tapa azul que había encontrado en la biblioteca de su padre: los parques, la tristeza, las nubes, el otoño, la emanación, los colores, el oro, el agua, el trastorno, la extrañeza, lo leve inmenso, el mar, el espacio, todo ello entrecruzándose como imágenes alucinadas y al mismo tiempo tan reales como el cuerpo de las cosas cotidianas en su simple estar ante nosotros.

Las reflexiones de Vitier cuando rememora sus lecturas juveniles de esos poemas, recuerdos enriquecidos en la segunda mitad de la década de 1950 con las lecturas de los libros posteriores de Juan Ramón, corroboran su aserto de que no estamos ante una influencia más o menos delimitada de un poeta mayor en otro que comienza a escribir, sino ante una verdadera revolución interior, una verdadera revolución del alma, só1o posible cuando encontramos la Verdad, nuestra Verdad, aquella que nos revela el ser en su totalidad. Hay en esa lectura siempre un más, una sobreabundancia que después veremos  como un signo distintivo de la poesía de Vitier -sagazmente señalado por Octavio Paz en carta al poeta en la que le comenta su libro de igual título, de 1964-, poesía siempre anhelante y deseosa de adentrarse más adentro en la espesura, siguiendo el verso de San Juan de la Cruz que podría ser la divisa de su poética desde los mismos inicios de su creación lírica hasta hoy. En los textos de Juan Ramón había tal riqueza de sensaciones y de objetos, de emociones que fructificaban en otras emociones, de vislumbres y de precisiones de la vida cotidiana, que el poeta cubano pudo llegar a la conclusión de que prefiguraban otra realidad, más allá, culminación de aquel más que había visto en el maestro y que él deseaba tanto. Y entre tanta riqueza era perceptible también una extraordinaria sobriedad, un gusto delicado por lo pequeño, conjunción de la que habría de emerger una ética que só1o podemos ver en los grandes creadores. Ello era otra expresión del más que se abría en aquellos libros inolvidables. La fuerza dinamizante de esa obra en la cosmovisión de Vitier se nos revela en la avidez que despertó, en esa sed insaciable de conocimiento, en esa búsqueda de un centro unitivo en lo real, actitud que hermana la poesía con la filosofía y que nutre Vísperas, en cuyo trasfondo inquietante y angustiado, con preguntas sin respuestas, sentimos la presencia de un júbilo austero que viene del mismo diálogo con la realidad, vista entonces desde las lecciones extraordinarias de aquellas lecturas juveniles. En los ensayos de Poética se detiene Vitier en el diálogo entre lo simbólico y lo real, entre el poeta y la realidad, entre la poesía y el conocimiento, reflexiones de las que emergen sus tesis de la poética de la transfiguración, de linaje cristiano, frente a la poética de las metamorfosis, de ascendencia clásica. Esos postulados teóricos tienen su más remota sustancia en  el descubrimiento de la poesía de Juan Ramón Jiménez. Su tesis de la poesía como fidelidad, en la que no podemos detenernos ahora y que fue expuesta asimismo en los textos de Poética, es otra apertura que trajo a su pensamiento la obra juanramoniana. Ese anhelo temprano de fidelidad del poeta que empezaba a mirar y sentir la vida, visto más tarde, en La luz del imposible, como la sustancia de sus inquietudes fundamentales de aquellos años ya lejanos en 1957, había tenido un preludio extraordinario e imprescindible en los hallazgos del poeta magistral. Dice entonces Vitier, en 1957:

No era fácil ni alegre abandonar aquellos paraísos, aquellos libros preciosos, exactos y fragantes, donde la vida cotidiana y la poesía eterna realizaban las nupcias más bellas de su historia. ¿Y qué buscábamos afuera, en los extramuros de las transparentes “eternidades”? ¿Una penetración más oscura y desgarrada, un deseo que rompía sus esfinges, una absorta memoria inalcanzable, un no saber dónde se está, un oculto delirio clandestino, un espacio vacío que no se puede atravesar, un árbol deslumbrante goteando y destellando, un guijarro, una lámpara, un jinete: la interrogación entrecortada, y feliz, y amarga, y remota, de la vida? ¡Qué sé yo! Era todo esto y más, y más.
[...]
Queríamos coger las cosas con las palabras, y las palabras se nos volvían cosas herméticas, inapresables. [...]

Hoy que he vuelto a repasar sus libros, Juan Ramón Jiménez (y perdóneme si en estas páginas de testimonio, arrastrado por una íntima devoción, me he permitido tutearlo), qué nostalgia de aquel mundo que dejé, que tenía que dejar, como un  pobre una joya prestada. Y sin embargo cómo veo que usted iba también, por su camino distinto y más alto que todos, a un concentrado frenesí abierto, a un delirio insaciable de posesión que le atormenta la palabra, tan lejos ya de sus predios deleitosos. América y el sufrimiento hicieron de usted otro poeta, ejemplo áureo de vitalidad creadora, continuador diferente de su único destino. Y ahora veo que su semilla cierta en nosotros fue la sed, el deseo, la ambición de una fama del ser que está siempre, despedazada y fiera, en los límites del idioma, a las puertas de la humana, gloriosa e indecible Realidad.6

Era necesario, imprescindible, salir de aquel ámbito, pero también era imposible continuar por otros senderos que no condujesen al poeta al centro deseado y vislumbrado, pues ahí había encontrado su manera, distinta sin embargo de la del clásico. Por eso al final se encuentran de nuevo ambos creadores, cada uno con su historia personal, que no es otra que la historia de sus respectivas trayectorias poéticas. Otras lecturas esenciales vendrán más tarde para decir lo mismo, pero de otra forma, para que volvamos a experimentar la unión indisoluble de lo inmediato y lo trascendente, lo feo y lo bello, el abajo y el arriba, el orden y el caos, la angustia y la dicha, la historia personal y la historia de la nación, el misterio y la revelación, el conocimiento y la ignorancia. España estaba en el sustrato de esas experiencias íntimas y de la palabra de estos poetas, España con su estoicismo y su cristianismo, con su mística y su realismo extremo, como ninguna otra cultura ha logrado sintetizar.
Esa hispanidad esencial de Vitier que le permite hacer semejante lectura de la poesía de Juan Ramón Jiménez  es el centro germinativo de su pensamiento poético y de su obra lírica. La más vigorosa raíz hispánica está en su tesis de la poesía como “umbral de un advenimiento mayor e inabarcable”7, la poesía como un amoroso adentrarse en lo que vemos y se va, en lo que tiene, además del sentido inmanente, otro trascendente. En la interpretación que hace Vitier de lo que él llama “sustancia española de la poesía”8, percibimos definidoras semejanzas con su propia poética, similitud cuya más alta cima está, creo, en la tesis de la poesía como transfiguración, de obvias raíces cristianas, elemento nutricio fundamental de esa sustancia española que el autor ve en los grandes poetas del idioma desde Jorge Manrique hasta Juan Ramón Jiménez. Esa sustancia está, desde luego, en los poemas, pero esencialmente en la concepción toda del mundo, en la humanidad misma del español, en ese amor suyo a las cosas perecederas. Apunta entonces el ensayista lo siguiente:

[...] porque se llama España la conciencia poética que mejor ha comprendido y vivido esta grave realidad del sueño que soñamos a la solera de la muerte. [...] Y es que a España le ha sido dado, más que a ningún otro pueblo, el terrible don de la poesía. Ninguno se ha encarado como ella, desde su parto, con la sustancia mayor de la vida humana en tanto pasión y poesía, en cuanto sueño y polvo enamorado, asumiendo tan profundamente esa sustancia que ya nos parece, y quizá en cierto modo lo sea, hija suya.9

Más adelante, continuando esas reflexiones, observa Vitier que “Lo que tiene de esencial el Cristianismo es la redención por el Hijo de Dios encarnado en hombre. Al español eterno lo que más le impresiona es ese papel de intermediario divino que así se le asigna al polvo, y luego la promesa de que la carne resucitará como Cristo”.10 Ahí se sintetiza, en ese modo de ser cristiano en el que se fusionan lo transitorio y lo eterno, lo mortal y la inmortalidad, esa sustancia de la poesía que el propio poeta ha asumido como su concepción del fenómeno poético. Así como el español eterno del que nos habla Vitier encarna como nadie “lo verdaderamente poético”, que no es otra cosa, según nuestro ensayista, que “amar el polvo en cuanto polvo (menester vedado al místico), con un frenesí, con una locura que se alimenta de sí mismo y que le da siempre al poeta, en cuanto tal, ese aire de desvarío radical e insalvable [...]”11, en Vitier hay una irrenunciable sed de conocimiento que quiere adentrarse en las cosas perecederas para desentrañar su sentido último, su verdad eterna, deseo imposible, inalcanzable, porque las palabras son sólo un umbral de esa realidad otra, trascendente. En esa idea fundamental de la cosmovisión que nos entrega Vitier en los ensayos que compi1ó en su Poética está el centro más profundo y fecundante de su hispanidad, desde la que pudo establecer un dialogo de tanta estatura espiritual con Juan Ramón Jiménez y más tarde con Maria Zambrano, la española universal que nos visitó y convivió con nosotros durante varios años, y cuyo magisterio vino a coincidir, en resumen, con algunos de los hallazgos sustantivos del pensamiento de Lezama y de Vitier, quienes, por diferentes pero semejantes caminos que ella, habían entrevisto varias de las verdades que traería a Cuba en sus conferencias y conversaciones con aquel grupo de poetas que se reunió en torno a Lezama en la revista Orígenes.


La presencia en La Habana de María Zambrano, la gran discípula de José Ortega y Gasset, fue de enorme importancia en la etapa inicial del pensamiento de Vitier.

Los dos primeros libros de la filósofa española, Pensamiento y poesía en la vida española y Filosofía y poesía, publicados ambos en México en 1939, ejercieron una influencia decisiva en la cosmovisión del joven cubano, aunque en realidad ya él había llegado a ciertas conclusiones tempranas desde su propia experiencia y con la lectura de la obra poética de Juan Ramón Jiménez, cuyos textos le abrieron una nueva dimensión de la vida y de la realidad. Continuando por esos senderos ideoestéticos, de una raigal hispanidad, integrada en Vitier por otras lecturas paralelas, entre ellas algunos textos capitales de Unamuno, conoce nuestro autor esas enjundiosas páginas de una pensadora que ha caracterizado todo un modo de ser y de sentir, de vivir y de morir, todo un estilo frente a la Historia, trasfondo espiritual nuestro, sustancia de nuestro estar en el mundo. De inmediato se estableció un fecundo diálogo entre Vitier y las ideas fundamentales de ambos títulos, temas que habían venido preocupándolo desde muy temprano y sobre los cuales escribiría extraordinarias meditaciones, en las que pueden apreciarse las inolvidables lecciones de los libros de la exiliada que poco después dictaría cursos y conferencias en La Habana. Acaso la más significativa problemática tratada por la autora en Pensamiento y poesía en la vida española sea la que aborda en el acápite titulado “El realismo español como origen de una forma de conocimiento”, donde hace afirmaciones que tuvieron una inmediata y esclarecedora resonancia en el autor de Luz ya sueño, en especial en su conferencia Experiencia de la poesía, en uno de cuyos pasajes nos dice, al hablar del estoicismo: “La Sra. María Zambrano, en quien halla madura fruición y fruto casi todo lo que en agraz llevo apuntado, dedica sencillas páginas inolvidables a esa «Epístola Moral» en que culmina la savia estoica de su patria”.12 Obsérvese que  se refiere a “casi todo lo que en agraz llevo apuntado”, es decir, el cuerpo fundamental de las tesis que ha venido exponiendo a lo largo de su lección como parte de su pensamiento. Para María Zambrano, “el realismo español no es otra cosa como conocimiento que un estar enamorado del mundo, prendido de él, sin poderse desligar, por tanto”13, aserto que retoma Vitier para fundamentar sus apreciaciones acerca de lo que llama “la actitud poética”, caracterizada por é1 como un “furioso amor de lo perecedero y la necesidad de creación que lo encarne y lo trascienda”14, definición que volveremos a encontrar en los momentos más importantes de ese trabajo en diferentes formas, de manera más o menos explícita. Otra tesis de Zambrano expuesta en este libro, íntimamente relacionada con el realismo, es la presencia de las cosas en la cultura española, su enorme presencia, su estar en la vida y en el centro de la creación artística, incluso en los místicos, cuyo ejemplo más alto es San Juan de la Cruz, para quien, a diferencia de los místicos germanos, por ejemplo, nos dice la autora, la naturaleza alcanza una belleza que la hace digna del canto, del canto que quiere revelarnos el conocimiento de Dios. El realismo de la poesía de Vitier desde su cuaderno inicial, de 1938, hasta sus más recientes entregas, guarda estrechísima relación con ese rasgo definidor de la cultura española y viene a constituirse en un elemento clave de la hispanidad de nuestro poeta. En los ensayos sobre poética, especialmente en sus consideraciones en torno a poesía y realidad, donde despliega un pensamiento de gran coherencia y nitidez desde los presupuestos realistas que lo sustentan, vemos fructificar esas raíces hispánicas que nutren esas prosas. No se trata de una influencia, sino de una pertenencia ontológica, de una identidad, de un destino que nos ha  conformado y esclarece nuestro ser en el mundo, realidad radical de nuestra vida, como diría Ortega.
Partiendo de esos criterios y de esa poética realista de la poesía de Vitier podemos detenernos en otra problemática de su obra que muestra igualmente la pertenencia de este autor -pertenencia absolutamente orgánica- a la España eterna y universal, a la que se integra desde una cubanía no menos esencial que nutre igualmente sus creaciones y su sentido reivindicados de la vida. Si atendemos a la evolución de su obra lírica veremos con total claridad el paso de una poesía angustiada, cuestionadora, de un barroquismo que alterna con la necesidad de lucidez (Vísperas, 1953), hacia una poesía del afuera y de la cotidianidad, exaltadora de la voz antes que de la escritura, distendida en el plano conceptual y en busca de un diálogo más íntimo y fructífero entre el individuo y su entorno inmediato, entre el poeta y su historia patria y su vida personal (Testimonios, 1968, La fecha al pie, 1981), para derivar luego, en su tercera compilación (Nupcias, 1993), hacia una aleccionadora síntesis entre la materia y el espíritu, plenitud armoniosa de contrarios, fusión de aquella escritura interrogante y de raíz metafísica y la otra, vuelta hacia las cosas sencillas, del diario vivir, canto a la realidad iluminada ahora con una luz más intensa, despojada de sombras e inquietantes preguntas, consecuencias ambos rasgos de una avidez insatisfecha de conocimiento. Esa voluntad cognoscitiva de la poesía y la ensayística de Vitier emerge en toda su fuerza desde lo que podríamos llamar su filosofía realista de ascendencia cristiana. En efecto, como ya señalamos en páginas anteriores de este mismo trabajo, la concepción cristiana de la poesía, basada en el misterio de la encarnación como núcleo central de la fe, se alimenta a sí mismo de ese realismo de ascendencia  hispánica del que nos habla Zambrano y está en el centro generador del pensamiento de Vitier. El cristianismo hispano, exaltador de la realidad como ninguno otro, incluso en el caso de los místicos según los criterios expuestos por la discípula de Ortega, halla una gratificante armonía conciliadora entre la fugacidad de lo que el poeta canta y la resurrección a vida eterna prometida en las Escrituras. No olvidemos en ese sentido la tradición de la cultura hebrea del Antiguo Testamento, antecedente del Nuevo, según la cual el Paraíso recobrado posee una existencia material glorificada, síntesis magnifica de realidad y espiritualidad, de la que el cristianismo es el heredero mayor.
Si volvemos ahora a examinar la transformación de la poesía de Vitier desde su primera etapa, de poemas en los que se plantea una intelección de la realidad, de su esencia íntima, desconocida, con un lenguaje y un estilo ávido de conocimiento y de claridades, de gran densidad conceptual, hacia un lirismo que se abre a la realidad inmediata, cotidiana, con un estilo menos elaborado y de mayor nitidez, podemos afirmar que esa transformación se sustenta en una ética consustancial con el pensamiento poético y filosófico del autor, del que habrá de derivarse más tarde un acendrado pensamiento político cuyas fuentes están en el cristianismo, en el estoicismo español, en los postulados primordiales de las ideas martianas y en el drama histórico de la nación, uno de los centros creadores de esta poesía, como se expresa, unas veces de manera explícita y otras más veladamente, en muchos de los textos reunidos en Vísperas. Aquella “angustia de historicidad” de su poema “Noche intacta: Hojas”, de Capricho y homenaje, es uno de los testimonios primeros del conflicto que experimenta el poeta en su doble condición de ciudadano y de escritor, una y la misma, en las circunstancias nacionales de la década de 1940. Se trata conflicto en el que percibimos, leyendo aquellos poemas, la búsqueda del sentido de la realidad, entendida esta en su doble condición de naturaleza e historia, profunda incertidumbre que se traduce en extrañeza, conciencia de la escisión del yo y caos de lo real, dramas que habrán de atenuarse años después, como podemos observar en los últimos poemas de Vísperas y en todos los que reunió en Testimonios y en La fecha al pie. Sentimos un fuerte sabor hispánico en todo ello, al menos de una de las líneas de la hispanidad, representada por una figura como Unamuno, autor de un libro clave de ese desasosiego antológico: Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos. La entrada de Vitier en el mundo de la fe como experiencia íntima, preludiada de diversas maneras en el cuerpo central de Vísperas y en los ensayos reunidos en Poética, años en los que la concepción cristiana del mundo era para él un hecho de la cultura antes que una vivencia, transformará aquella mirada a la Historia y a la realidad en un diálogo diferente, tocado por un sentimiento de solidaridad y de reconocimiento hacia el prójimo, el otro, abandonada ya a un segundo plano la indagación del yo en su relación con el afuera. Ha pasado el poeta de la indagación en el yo a la comprensión del nosotros, y con ello de la nación, próxima a experimentar transformaciones capitales en el plano social y político, con las consecuentes derivaciones en el plano filosófico. Esos cambios cosmovisivos de Vitier tienen, como ya dijimos, un fuerte sabor estoico, un ethos que habrá de sustentar su prosa y su poesía de los años sesenta hasta hoy, actitud preludiada en La luz del imposible y en sus magnificas lecciones de Lo cubano en la poesía.
Las reflexiones del segmento titulado “Raíz diaria”, del primero de esos libros, y las páginas del segundo dedicadas a Martí y a Lezama, nos revelan, en la herencia hispana  que dejan ver como trasfondo, una ética que tiene su más acabado fruto en la radical cubanía y universalidad que nos entregan. Esos dos rasgos, hispanidad y cubanía, en el caso de nuestros dos poetas mayores son asumidos y enriquecidos en sus respectivas obras, verdaderos paradigmas de la cultura de la que derivan por la monumental asimilación creadora que realizan en el idioma, del que han llegado a ser verdaderos clásicos. El estoicismo de Martí, muy evidente en la entrega de su vida a la causa de la libertad, entrega esta que diferencia sustancialmente su estoicismo de sus más antiguos exponentes, con los que se identifica sin embargo en el espíritu de sacrificio que la caracteriza, viene directamente de su españolidad, exaltada por Vitier en su justa dimensión, valoración que nos habla, sin duda, del estoicismo hispano del propio Vitier, del cual habrán de derivarse las posiciones políticas asumidas en los últimos años por nuestro autor. Si atendemos a su historia espiritual, contada por él en su conferencia “El violín” (1968) -recogida en Poética, edición citada-, se nos evidenciará que su pensamiento caminaba en la dirección que tomó finalmente en su libro Ese sol del mundo moral. Para una historia de la eticidad cubana (1975), en cuyas páginas vemos, con toda claridad, el devenir de su obra toda, de una gran coherencia y sin las aparentes rupturas que algunos quieren ver en las diferencias estilísticas y temáticas de sus primeros trabajos poéticos y ensayísticos al compararlos con los de etapas subsiguientes.


La propia asimilación de la filosofía como praxis social, no como reflexión pura, creadora de grandes sistemas, en la obra de Vitier, posición con la que da continuidad a la línea fundamental del pensamiento cubano desde sus mismos orígenes, entronca perfectamente con la historia  de las ideas en España, caracterizadas por la ausencia de sistemas al modo germánico, rasgo en el que se detiene María Zambrano en el análisis de la cultura española que expone en el libro que hemos venido mencionando en estas consideraciones. Los grandes poemas y ensayos de Vitier poseen un vigoroso sustrato filosófico de enorme significación ética, páginas empeñadas, con su lucidez de siempre, en iluminar el suceder y en conocer el secreto orden jerárquico de la realidad, una axiología que descansa en el sentido de la justicia que el autor ve como fundamento del trascendentalismo evangélico, piedra angular de la labor redentora del cristianismo. En los ensayos de la década de 1940 insiste Vitier en el diálogo del individuo -el diálogo del propio poeta- con la realidad, relación angustiosa o feliz, en busca siempre de una intelección que nos permita ascender en el plano espiritual hasta alcanzar lo que podríamos llamar la plenitud de la justicia. De ese núcleo de pensamiento emergerá después, consecuentemente, una ética de la redención en la que se entremezclan el cristianismo y los postulados sociales marxistas, síntesis que tiene en la Teología de la Liberación -asumida por Vitier en toda la significación de sus alcances humanistas- su momento más alto. Esa cosmovisión de nuestro poeta se nutre, qué duda cabe, en los más ricos veneros de la cultura española, con la figura de Don Quijote como símbolo imperecedero.

La locura del ingenioso hidalgo nos recuerda la del cristiano, a la que se refería el apóstol San Pablo, subyacente en la fidelidad a la propia escritura que hace a Vitier continuar su obra a pesar de la profunda soledad del poeta en la sociedad cubana de los años cuarenta. El imposible, tema capital de las reflexiones de la poética lezamiana, es también tema esencial del corpus de pensamiento de Vitier, signo asimismo de su condición de  español que hereda, desde su espacio y su historia cubana, una indoblegable esperanza de redención.
La concepción de la poesía como posibilidad de conocimiento, centro generador de la poética de Vitier, es uno de los rasgos definitorios de la cultura española, según la tesis de María Zambrano, como ya vimos. La obra ensayística que Vitier realiza en los años cuarenta y cincuenta busca, en la multiplicidad de reflexiones y de conflictos en torno al poeta y la realidad, el poeta y la palabra, el ser y el tiempo, el espíritu y la materia, una definición de la existencia. La materialidad en la que se sustentan los textos de aquella etapa revelan su pertenencia a una tradición de extraordinaria riqueza, uno de cuyos núcleos fundamentales es la meditación libre, emergida de circunstancias muy concretas, vistas y analizadas desde y hacia sí mismas, aunque sustentadas a la vez en un idealismo de enorme fuerza y creatividad. En una entrevista que le realizara el poeta y narrador Rolando Sánchez Mejías en 1991, dice Vitier en respuesta a la primera pregunta:

La materia, en sí misma, es el misterio. [...] Y las páginas centrales de mi Poética están dedicadas a “la zarza ardiendo”. Ahí está el misterio mayor de la revelación judeocristiana, para la cual el espíritu no es lo contrario de la materia, sino su energía, la combustión que la hace eterna sin salir de la caducidad. [...] Si el espíritu en el mundo só1o puede existir como materia, la materia tiene que resucitar, o más bien, la materia es, ya, el anhelo de resurrección que la poesía oscuramente recibe de las cosas, de las criaturas. Una eternidad de la caducidad, la zarza que no se consume, un amor inconsumible, ¿no es la materia misma de la poesía?15

El diálogo con la vida, con las cosas y con el Hombre lo realiza el español con entereza estoica y esperanza cristiana, dos elementos constitutivos de la obra de Vitier. La duda y el cuestionamiento de la fe no aparecen en los grandes textos hispanos como en los de otros escritores, y cuando sucede, como en el caso singularísimo de Unamuno, percibimos de inmediato, rebosando de sus páginas, una piadosa pasión que no deja espacio para el escepticismo radical, absoluto, desesperanzado, en el borde de la nada. Cuando Vitier lee Pensamiento y poesía en la vida española y Filosofía y poesía ya ha bebido en la obra de Juan Ramón y ha encontrado su propio camino, si bien aún dando los primeros pasos. El hallazgo de esas reflexiones y de la prosa en que están expuestas lo iluminan en la misma dirección por la que él transitaba. Más tarde, durante los cursos y conferencias de la pensadora española en La Habana, continuó ahondando su mirada a la realidad desde esos presupuestos formadores. Su poesía y sus ensayos se iban sustanciando desde una concepción del mundo que integraba lo inmanente y lo trascendente, la materia y el espíritu, lo visible y lo invisible, escritura siempre anhelante de un destino y de un sentido último de la realidad, pletórica de un más y de la sobreabundancia de los dones que Dios nos entrega.

Ese destino no podía ser otro, en esta concepción de la vida y de la cultura, que la redención por la justicia, siguiendo la lección de Mateo 25 y de la obra de Martí, el más grande heredero entre nosotros de esa hispanidad nutricia que nos formó y nos abrió hacia el porvenir. Cuando leemos sus poemas inspirados en paisajes españoles (“Demonio de Toledo”, “Visión de Salamanca”, “La Mancha”, de Sustancia, 1950, yEn Ávila” y “El Escorial”, de Conjeturas, 1951)comprendemos que no pudieron haber sido escritos por un poeta que no  perteneciese a lo que podría llamarse el espíritu, de la hispanidad, evidente en esas páginas por el contraste entre la conciencia de la muerte y la vitalidad que brota de un barroquismo lúcido y angustiado, por la rápida sucesión de sensaciones y la gravitante presencia de lo que el poeta contempla, por las dimensiones de la realidad y las meditaciones que se entremezclan de manera vertiginosa, verdadero fulgor del paisaje dilatado, inmemorial, sin tiempo, nuestro. Imaginemos a un poeta como Francis Jammes o como Paul Claudel, católicos y de gran riqueza expresiva, o a otros de otras lenguas y culturas, frente a esas mismas imágenes reales: sus textos serian muy diferentes de los que escribió Vitier, diferencia que viene en todo un estilo de mirar y de sentir, más allá de los rasgos personales de cada creador. En estos cuatroversos de la tercera parte de “En Ávila” están unidos el corazón de España y el corazón del poeta:

Oigo un tiempo que rompe
sus redondos paraísos. Mira:
el polvo y la gloria
se están mirando en Ávila.

Notas:
1 Todos esos trabajos en prosa, menos Lo cubano en la poesía yla reseña al poemario de Diego, conforman el tomo I de sus obras completas, titulado Poética (La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1997), con prólogo de mi autoría. Por esa edición haremos las citas pertenecientes a los libros que contiene.
2 Poética, ed. cit., pp. 28-29.
3 Poética, ed. cit. p. 143.
4 Frase de su poema «Noche intacta. Hojas», de su libro Capricho y homenaje (1946), en Vísperas Prólogo de Enrique Sainz. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2007, pp. 175-194.
5 Poética, ed. cit, p 144.
6 Poética, ed. cit., p. 162
7 Vísperas, ed., cit., p. 26
8 Así titula uno de los segmentos de Experiencia de la poesía, en el que se detiene a caracterizar lo que denomina con esa frase.
9 Poética, ed.cit., p.36
10 Poética, ed.cit., p.37
11 Poética, ed.cit., p.36
12 Poética, ed.cit., p.37
13 Pensamiento y poesía en la vida española. Madrid, Ediciones Endimión, 1996, p.35
14 Poética, ed.cit., p.34
15 Poética, ed. cit., p. 249. La cursiva es del autor.

 

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