Boletín PJCV, Edición No 4, Iglesia Católica, La Habana, febrero 2009
Opinión

Luchar en nuestros tiempos es amar
Por: Pedro Luis Landestoy Mendez
Comunidad: Parroquia del Cerro
El mundo en que vivimos es único. Unos dicen que peor a todos los pasados, en el cual no tenían temor a una violencia tan generalizada y a un cambio climático, en el que existían normas más claras de convivencia social basadas en el respeto y la moderación. Otros alegan que este es el mejor de los tiempos vividos por la humanidad, sin gobiernos absolutos ni esclavitud, con libertad de credo y palabra, de identidad e ideología.
Lo cierto es que cada mundo es una realidad vivida, con aciertos y desaciertos, todos constituyeron un paradigma y una desilusión al mismo tiempo, en todos convivieron la más dulce esencia de la bondad humana y las más desagradables facetas de degradación de la especie. Este no es la excepción, su originalidad e identidad propia conjugan a la vez todos estos esquemas de mundos pasados, y que seguramente tendrán también los mundos futuros, si no hacemos algo por cambiarlo.
El nuestro nos demanda un análisis urgente de su realidad. Ya no vivimos en el Mediterráneo esclavista, ni en la Europa feudal, ni en los Estados Absolutistas; la libertad y la democracia nos dan testimonio de ello, sin embargo esas dos conquistas aún claman en los albores del nuevo milenio, sangran por los ojos al ver las miserias del mundo que las alza como estandartes, tapan sus oídos desesperadas porque se les invoca para arrasar realidades y utopías.
Lúgubre es la vida de la Señora Libertad y de la Señora Democracia, antes, su nombre era pisoteado por la soberbia y el fanatismo de un mundo gobernado por dinastías de títulos, miles de hombres y mujeres morían en guerras devastadoras para rescatarlas de sus opresores. Hoy, mientras sus nombres son sentados en la presidencia de los tribunales y se les viste de toga y birrete, su esencia es masacrada por el egoísmo y la indiferencia de un mundo gobernado por dinastías de capital.
Se alzan, entonces, nuevamente sus defensores empuñando armas y lanzando proclamas para rescatarlas de estas jaulas, ahora de oro. La sangre que derraman por su lucha abona la tierra de la que germinan nuevas esperanzas y nuevos luchadores. Este mundo, como digno heredero de los otros, reproduce el mismo acto de la obra, dándole con su singularidad, nuevos parlamentos, nuevos actores, nueva escenografía para decir lo mismo de forma diferente.
Muchas veces he escuchado decir: no estamos en una época de cambios, sino en un cambio de época; como frase está encantadora, buen uso del retruécano, bien el discurso racional que ofrece; pero ¿será cierto su contenido, qué tan cambiada será la época que está por venir?. ¿Acaso la función teatral va a acabar su único acto con sus múltiples interpretaciones, y va a presentar uno nuevo? ¿Cómo será la trama? ¿De qué tratará?
No escribo estas líneas para analizar la interrogante inicial, la primera causa es porque no creo tener la madurez filosófica ni la experiencia histórica necesaria para responderla, la segunda es porque no me interesa tanto lo sustantivo como lo adjetivo, más aún lo verbal. Raras veces me pregunto: ¿Cuál será?, prefiero el ¿Cómo será? y el ¿Cómo se hará?. Es por eso que mis reflexiones aquí expuestas giran en torno a las dos preguntas finales.
Qué es necesario hacer para cambiar de acto. Obviamente la respuesta no está en cómo, quién y dónde se actúa, si se mantiene la misma trama axiomáticamente vendrá el mismo cierre y al quedarse sin un nuevo final no podrá haber arriado del telón, ni intermedio ni nuevo acto.
Me da por pensar que la respuesta a la interrogante central de la obra ya ha sido contestada. A Hamlet le respondieron su ¿Ser o no ser?, a Edipo le explicaron la salida de su problema y a Odiseo su ruta de regreso. Pero, si es así ¿por qué no se le ha dado desenlace todavía? será acaso que Claudio, ni Layo, ni Neptuno dejan escuchar la respuesta, o será que nuestros protagonistas son los que no quieren oírla.
Desde el fondo de la historia nace, se hace eco en los recodos de la misma. Cada vez que alguien grita: hay que matar para seguir viviendo, como del fondo de la multitud se alza una tímida voz opacada por los gritos enaltecidos de la muchedumbre: solo el amor podrá vencer.
Y de esa frase nace volando la esperanza, desesperada hace lo imposible porque la vean, agita sus alas gritando: soy yo lo que buscan, solo por mí se hará justicia, pero desconsolada se retira. Nadie le hará caso, le llamarán loca o peor sedicente o la clavarán a una cruz en Jerusalén, la decapitarán en un cadalso en Londres o balearán en un motel de Memphis.
Pero, ahí está, resucita en cada época, en cada función repite su parlamento y muere, dejando tras de sí el legado de la clave que dará con el desenlace del acto único.
SÓLO EL AMOR PODRÁ VENCER
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