Boletín PJCV, Edición No 4, Iglesia Católica, La Habana, febrero 2009
Opinión

Seguidores de Cristo
Por: Jorge Emilio Marbot Ricardo desde México
Comunidad: Parroquia San José de Ayestarán. Cerro.
El pasado día 1ro de enero nuestra zona Cerro-Vedado y más aún, toda nuestra Madre Iglesia, desbordó de gozo al ver en los votos perpetuos de la Hna. Leticia csd, la presencia viva de Jesús hoy.  Su decir sí al amor y el servicio,  al reto de buscar la realización personal en la sonrisa del necesitado, es un ejemplo a seguir en medio de una sociedad egoísta y violenta como la del siglo XXI.
Sin embargo, complace ver multiplicada la llamada de nuestro Dios en tantos amigos, que hoy, 2 de febrero celebran con júbilo su Día de la Vida Consagrada. Es fiesta para ellos y para nosotros. Es traer a la mente todo el camino transitado, -para algunos corto y para otros ya no tanto - desde aquel, “¿dime, qué quieres de mí,  Señor?”. Desde el andar entre las dudas y el miedo, pero llevando siempre dentro la certeza que Él, y sólo Él, es la respuesta a todas nuestras preguntas.
La vida consagrada en Dios, es consagrar la vida a los hermanos, a colaborar activamente desde cada humilde pedacito de mundo en la construcción del Reino del Amor. Es acción sin duda, es empuje que avanza sin descanso, pero siempre desde la óptica de la colaboración en Su proyecto.  Es el recordar que “es el  Señor quien edifica la casa“, como reza el salmo.  Sólo lograremos aquellos sueños que sean desde y para Dios, todo aquello que presentemos con fe en la oración hecha de corazón.
Ellas y ellos: religiosas, hermanos y sacerdotes, no son seres raros ni vinieron de otro planeta. Son personas valientes y decididas, que renuevan día a día, paso a paso su compromiso, su entrega a esa llamada de amor que sintieron y cuyo eco pueden oír aún con gran intensidad en cada Cristo crucificado, ya sea en una cruz de un templo o en una calle, víctima del oprobio, la ignominia y el desamor. Son seres humanos, con virtudes y defectos, con una historia que contar como cualquier otro; pero eso sí, firmes y convencidos de “quien les fortalece”.
Son los mismos hoy que ayer, aunque con alguna que otra victoria al hombro, que luchan por mejorar su entorno, empezando por sí, ellos quienes iniciaron el duro camino del aspirantado y noviciado.  Son los mismos que con júbilo combinaron teología, oración y espiritualidad con visitas a enfermos y ancianos. Los mismos que sintieron el alma romper, en cada amigo o amiga que marchó fuera del convento o dejó atrás el seminario.
Gracias, por decir sí, como María, nuestra Madre que nos enseñó. Gracias por tenerles cerca en nuestro diario y a veces tortuoso caminar de joven católico de hoy. Gracias por cada acompañamiento espiritual, por cada plática, cada confesión, misa o fiesta. Gracias por apostarlo todo, tiempo, esfuerzo y vida entera en la felicidad de nosotros, en la mía. Gracias porque en vuestras sonrisas contagiosas y manos siempre abiertas, puedo recordar que tengo a Dios que me ama.
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