Boletín PJCV, Edición No 5, Iglesia Católica, La Habana, marzo2009
Opinión

Carta sin nombres
Por: Laura Domingo Agüero
Comunidad: Nuestra Señora del Rosario. Vedado

Querido K.:

Las frágiles hojas del otoño me susurraron que el amor no es palabra, sino vida, y habita en nosotros aunque lo busquemos en lo externo. Lo supe también en las noches vacías, cuando era mayor la distancia entre los dos y no necesitaba mi cuerpo, ni estas manos. Estas manos que cavaron en lo oscuro, en la soledad. Allí encontraron la compañía del recuerdo, de la paz, del querer estar contigo.
Y aprendí a dejarme morir una y otra vez por el sabor del intento. Por el dolor redentor. Ante las mismas sonrisas y los mismos absurdos. Sin pretender gozos de fama, descubrí que en el silencio, la honestidad deviene convicción. Entendí que a veces es justo respetar la cursilería. Vinieron nuevos fracasos. Esos fueron mis triunfos. Sentí lástima de los tímidos y de los escondidos, y volví a salir con mis heridas a cuesta. No me arrepentí, porque tú lo merecías.
Juntos emprendimos un viaje eterno en el que aún hoy compartimos los temblores, el eco de la risa o un lamento. Y me observas para siempre. Ya me sabes, conoces el peso de mis pestañas cuando cierro los ojos. Has memorizado mi canción favorita y leído mis libros. Miramos fijo el ocaso.
Ahora, no sé si estás a mi lado. No sé si en verdad llegamos a abrazarnos. Nada en mi casa evidencia un rastro tuyo. Tampoco te encuentro en las fotografías. Pero si estoy viva, si escucho tu nombre y sonrío, es porque aún estás conmigo.

L.

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