BOLETÍN MENSUAL No 6, IGLESIA CATÓLICA LA HABANA, ABRIL 2009
El gozo de contemplar
la verdad
Por: Gadiel Hernández Samper
Com: Siervas de María. Vedado
Vista angular del Convento
Vista del Convento desde la actual esquina de 23 y Paseo
Vista del Templo desde 25 y Paseo
Fachada del templo de Sta. Catalina durante la construcción del edificio
Tarja de Marmol de fundacón del Convento del 1914
Tarja de fundación del Convento
Vista frontal del Sagrario del templo grande
Sagrario del Templo de Santa Catalina de Siena
Al caminar por las calles del Vedado, es posible que se oiga todavía a alguien preguntar por “las Catalinas”. ¿A qué se refieren con este apelativo plural?. Se trata de un lugar de significativa importancia arquitectónica, en el barrio que debe su valor, en gran medida, a la silenciosa presencia de las consagradas que lo habitaron hasta los 80’.
Deberíamos remontar nuestro recorrido hasta el siglo XVII, y un poco lejos de “las alturas del Vedado”. Melchor de Las Casas, notable hombre de la colonia, dotó abundantemente a su hija Doña Manuela, que terminó casada con el Tesorero de la Corona. De ese matrimonio resultó el nacimiento de tres hermanas que decidieron ser religiosas, aunque debieron esperar 10 años para que les fuera concedido el permiso Real Y Pontifical. Así, en algún punto muy cercano a la muralla en construcción, se fundó, con el apoyo y beneplácito de las autoridades y del obispo Compostela, el 29 de Abril de 1688: Vísperas solemnes de Santa Catalina de Siena.
Durante más de 200 años las hermanas de la segunda Orden de Santo Domingo desarrollaron su vida en los predios de la parte vieja de la urbe, hasta que en 1915, debido al crecimiento de la ciudad,  deciden el traslado del convento hacia algún sitio más acorde al recogimiento de la vida monástica. La llegada de las hermanas se produjo en el conocido barrio de Medina, entre 1916 y 1918. Es oportuno decir que la colaboración de Monseñor José de Palma Beloz, el cual donó cuantiosos bienes, fue esencial en la construcción del Convento. Al finalizarlo, el Superior de los Predicadores se atrevió a asegurar que se trataba de “el mejor convento de América”.
La actual ubicación urbanística del edificio, situado en la intersección de las calles Paseo y 23, no es posible concebirla en los años de la llegada, cuando no existían ninguna de las dos calles. Fue justamente la presencia de una institución de este tipo lo que hizo convencer a muchos de que se podía considerar al Vedado un sitio de importancia en la Habana.  Pronto la casa experimentó un crecimiento notable debido a las guerras de América, en especial la revolución Mexicana, que consolidó la tradición de que una parte importante de la población del convento fuera de ese cercano  país.
Se hace imprescindible decir que el convento de Santa Catalina de Siena no sólo fue de la más correcta observancia, elogiada por el padre Francisco Vázquez O.P. antes de salir de Cuba, sino por el ejercicio del carisma dominico que fue expresado pronto en 1924, con la fundación de una Escuela abierta a los vecinos en el ala A de la construcción, que luego fue incluso ampliada con otra sección de la casa.
No es noticia para nadie que el lugar de recogimiento al que aspiraban las hermanas, al huir del bullicio de la ciudad, pronto se convirtió en un próspero barrio de clase media, entre los que se encontraban muchos intelectuales de los primeros años de la República, que encontraron un sitio ideal de desarrollo en tan moderno y refinado reparto. La fundación de la Tercera Orden y de la Cofradía de Santa Catalina de Siena, responsable de su culto y devoción, hizo que un buen número de los jóvenes de los alrededores del convento quedaran asociados al carisma dominico, y por tanto, al evangelio especificado en la labor de esta Orden, que sin dudas ha marcado para siempre la raíz cristiana de esta parte de la ciudad.
Una generosa labor caritativa fue desplegada por esta institución, al llenar las manos de muchos necesitados de una bolsa semanal de víveres, que de seguro son recordadas todavía con agrado por muchos. Alguna Madre se atreve a asegurar que con “determinadas ayudas” del convento, a más de uno le dio para construir algo, que luego pudo ampliar en un mejor momento económico, siendo hoy algunas de esas casas a las que nos referimos, los de ahora, con estas palabras: - mira cómo vivía nuestra burguesía-.
En la década de los 50´, Santa Catalina de Siena alcanza su momento de mayor auge espiritual, con 32 hermanas, de las cuales algunas eran de México, Costa Rica y Colombia. Un buen número de novicias, que siempre osciló con los años, nutrió el convento con la juventud femenina de la diócesis. Hasta 1961 las tensiones exteriores no fueron tan influyentes en el interior de los claustros monacales, pero en esa fecha el intento de las milicias de intervenir la casa, durante 15 días, provocó el envío de las novicias a estudiar a Colombia; pudieron regresar sólo 19 años después. Las órdenes del comandante Ernesto Guevara, a través de las Oficinas de Justicia, salvó para las hermanas el edificio que sería pronto depurado.
En 1980, debido a las gestiones de Monseñor José Paupini, nuncio en Cuba,  regresan las novicias del 61, que habían ido a estudiar por unos meses. De las 13 hermanas que habían quedado en el año de la salida sólo había 7, de las cuales al menos tres no podían valerse por su cuenta. De una absoluta confianza en la Divina Providencia salieron los esfuerzos para subsistir en un edificio ruinoso, sin casi ningún sostén económico. La ayuda de la cercana Comunidad de las Siervas de María,  con las hermanas más enfermas, les permitió  dedicarse a las labores de la Orden. La ayuda del padre Méndez Boán y de Monseñor Jaime Ortega, arzobispo de la Habana ya por aquel entonces, permitió a las hermanas poder salir de la casa hacia Nuevo Vedado, donde fundaron el convento de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, en 1983.
Así terminaba el período del convento de clausura más grande que tuvo el siglo XX cubano, pero del cual la historia cristiana del Vedado y de la Arquidiócesis de la Habana no puede dejar de hacer referencia permanente.