Mi Adiós a Michel Martín


El P. Rolando, primero a la izquierda, con otros hijos de la
de la caridad


En ocasión del encuentro intergeneracional de la Congregación, efectuado en París entre los días 15 de enero al 15 de febrero, tuve que viajar de Madrid a París durante ese tiempo; y fue la ocasión y la oportunidad de encontrarme con mi referente como sacerdote y como Hijo de la Caridad y al mismo tiempo; de un modo paradójico fue nuestro último Adiós. Encuentro y El P. Rolando, primero a la izquierda, con otros hijos de la
despedida. de la caridad

Michel Martín me recibió en la casa San José, residencia de Los Hijos mayores en París; y entre la actividad mía propia del encuentro que me llevó a Paris; y la actividad de él, que nunca cesó del todo, nos encontramos en cuatro momentos en esos días, él me había expresado su deseo de que fuéramos juntos a Lourdes, nunca se pudo realizar, yo deseaba decirle cosas que nunca le había dicho, nunca se las pude expresar, lo que si me narró experiencias espirituales vividas en Cuba inéditas para mi y que yo agradecí profundamente en medio de nuestras “prisas”, porque en Francia la puntualidad es muy importante. Luego Michel ingresó en un hospital cercano donde no se admitían visitas y no volví a verlo vivo. Pues nos devolvieron su cuerpo ya sin vida.

Pero aun así, debo de agradecer a Dios, porque pude verlo con su mismo entusiasmo de siempre a pesar de la edad y la enfermedad y así lo recordaré siempre, nunca escuché de sus labios ni una queja por nada ni contra nadie, siempre optimista, cercano, amigo, fraterno. Nunca oyó de mis labios lo que siempre he dicho de él; pues es y será mi modelo como sacerdote y como Hijo de la Caridad, es mi referente, sus gestos y actitudes serán siempre una referencia obligada para mi a pesar de que somos tan distintos, pero también soy muy distinto, diferente de Jesucristo y a él he consagrado mi vida.

Michel, sé que nunca me pareceré ni remotamente a ti, pero has sido y eres para mi una frase, tal vez dos palabras sacadas del evangelio de Jesucristo, que considero y medito como en una jornada de retiro espiritual a lo largo de mi vida.

Te agradezco muchas cosas, pero te agradezco hoy a ti y a tu familia, sobre todo, los símbolos elegidos para tu sepelio.

La estola cubana con la palma real que reposo sobre tu féretro, la imagen bendita de la Virgen de la Caridad del Cobre que siempre te acompañó y que finalmente sobre tu féretro quedó, la música cubana tradicional sinfónica y cantada que acompañó tu funeral mientras la Asamblea rociaba tu cuerpo con agua bendita; te agradezco tu filial cariño por Cuba y tu especial cariño y amistad por mi persona que siempre me expresaste y no solo con palabras. Nunca tu juicio pesó sobre mi, al menos, nunca lo sentí, pero muchas veces me envolvió tu masculina y paternal mirada, con aquella picaresca sonrisa que solías esbozar, acompañado por un gesto de cariño. Yo te quise y te quiero mucho.


Michel, Rolando, Andrés

Michel, tu eras uno de los pocos que conocías mi particular preferencia por aquella cantante francesa ya fallecida, gusto que herede de mi madre, Edith Piaf. Sobre ella he oído decir muchas veces, que su mejor función fue el día de su sepelio. Michel, por lo visto y oído, vivido y celebrado, en aquella mañana fría de tu último Adiós, ahora te digo yo <Esa fue tu mejor eucaristía concelebrada en este mundo>. Tu vida ha sido el mejor servicio a los hombres y mujeres de este mundo. Hasta luego amigo. Te seguiremos queriendo hasta nuestro fin.

P. Rolando Daniel (H. C.)


 

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