De lo que viví doy testimonio (I).



Si me he decidido a escribir este artículo es por dos razones; una para honrar al padre Miguel Martín Mayet (el padre Michel, como cariñosamente le decíamos) a propósito de su reciente desaparición física. Además de ser el superior del equipo cubano, para mí él era como una referencia segura del carisma de los Hijos, era como el Hijo por excelencia, un símbolo en el Instituto fundado por el Padre Juan Emilio Anizán. Además fue el Hijo de Caridad que mejor conocía a Cuba por haber sido el primero de los franceses en llegar a la Isla.

La otra razón es que aun queda en la parroquia del Pilar, en La Habana, otro de los sacerdotes franceses que convivieron con él aquí, el padre Enrique, que fue su gran hermano y amigo y que no permitirá que salga a la luz, algo inadecuado de lo que yo escriba sobre esta hoja de papel.

Para valorar con justicia la historia de los Hijos de la Caridad en la Parroquia de la Purísima Concepción de Manzanillo, primero hay que entender, de un lado la vocación de estos sacerdotes religiosos y de otra parte la situación que vivía nuestra Iglesia en esos años.

En el verano de 1977 llegaron los Hijos en sustitución de los padres franciscanos. Yo había recién terminado mis estudios universitarios y así desde mi joven experiencia, al observarlos, me fui dando cuenta de que, con la presencia de estos sacerdotes, estaba comenzando en mi parroquia una nueva etapa. No quiero decir con esto, por supuesto, que los considerara mejores que los otros que habíamos tenido, pero sí se notaba en ellos una peculiaridad. Ya porque eran franceses… o porque vivían como una familia muy unida… o porque se vislumbraba que traían algo nuevo…, algo nuevo para una comunidad tranquila, y feliz de haber sobrevivido los vientos huracanados de los años 60…

En efecto, eso nuevo (que realmente nada nuevo era) se basaba en una mística nacida del Evangelio conforme a aquellos momentos de nuestra historia. La Iglesia estaba cerrada al mundo exterior, por las razones que todos bien conocemos, por lo que apenas había viajes, revistas, libros… (aunque sí podemos recordar aquellos magníficos cursos sobre la Biblia, la Persona de Jesús de Nazaret, etc. mimeografiados en papel gaceta y que aun conservo), pero no solo eso, la Iglesia también estaba cerrada a la sociedad, en el sentido de que no se contaba con la libertad ni los medios para evangelizar (lo cual no significa que no se realizaran acciones concretas, intramuros, si recordamos la exposición “¿Quién eres tú, Jesús de Nazaret?”, las veladas de Navidad y los conciertos … con las que si no tuvimos, tal vez, ese gran impacto en el pueblo, al menos nos hacían sentirnos vivos a los católicos).


Hijos de la Caridad en Manzanillo.1983

Vivíamos en los años 70, por cierto, años aun difíciles en sentido general y también para la Iglesia, como una familia bien llevada, de puertas a dentro, que esperaba una señal para salir. ¿Había llegado esa oportunidad con los Hijos de la Caridad? Me atrevería a responder que sí. Ellos nos mostraron un camino, nos hablaban de las vivencias de otros jóvenes cristianos más allá de nuestras fronteras, nos dieron la posibilidad de contactar con personas de sus propias familias, las cuales a través de postales y cartas nos expresaban su cariño, nos trajeron libros con bellas carátulas en colores que olían a libertad, valiosos libros de espiritualidad. Muchos lo recordarán.

Los Hijos nos abrieron puertas hacia el mundo exterior, nos ayudaron a respirar en aquellos años de aires viciados, nos enseñaron nuevas canciones religiosas, y las cantaban con nosotros con ese acento galo imborrable, recuerdo haber oído por primera vez en aquella época canciones que gustan mucho hoy en día, pero que nadie sabe ni cómo ni cuándo llegaron a nuestra Comunidad, como por ejemplo, María es esa mujer. Nunca nos trajeron de sus vacaciones en Francia nada superfluo, todo lo que traían era para ayudarnos a vivir mejor nuestra fe, a ser mas familia, mas iglesia.

Algunos se acordarán del equipo de música para nuestras fiestas cristianas, de los juegos, de la casa de campaña para las convivencias en la playa, que nos trajo el P. Sánchez de su primer y único viaje a la Patria del padre Anizán, etc.


El autor del artículo, sentado confeccionando un boletín con Andrés y Enrique.

Pero esto no fue todo. Los Hijos de la Caridad nos enseñaron, a quienes aceptamos participar de su espiritualidad, a tener una nueva mirada, primero que todo, de cara a los pobres, a esas multitudes que viven como ovejas sin pastor (Mateo 9, 36), y un poco más allá también hacia aquella sociedad atea, materialista y enemiga de la religión, en la cual los cristianos llegamos a ser ciudadanos de segunda categoría. Esta apertura evangélica fundamentada particularmente en el propio carisma de estos sacerdotes religiosos llamados por Dios para el pueblo pobre y trabajador, jugó un importante papel para algunos de nosotros.

Para comenzar, la primera cosa necesaria era sentirnos más cubanos, amar más nuestro suelo patrio y nuestra historia, de corazón; ellos nos obligaban sin proponérselo, cuando nos hacían preguntas sobre realidades y sucesos que a veces nos daba pena no saber responder. Ellos supieron darnos el ejemplo, se interesaban sobre nuestra vida y costumbres, comían lo mismo que nosotros quizás pudiendo tener una alimentación paralela, vestían con suma sencillez, se esforzaban por aprender los giros de nuestro lenguaje popular, en fin, supieron vivir esa inculturación de la que tanto se habla en la actualidad y tan esencial para la nueva evangelización. Usted me va a perdonar, amigo lector, pero si usted no vivió en Manzanillo a finales de los 70 y a principio de los 80, usted no puede sospechar lo que es un cura francés, venido de la ciudad luz, calzado con botas vulcanizadas y vestido con ropas de caqui, listo para partir para su taller al rayar el sol… ese era el padre Michel. (Continuará).

Bartolomé E. Ugalde Ramírez. Febrero 2011


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