De lo que viví doy testimonio (II)


Jóvenes de Manzanillo con el P. Rodolfo


A muchos de los que ya éramos católicos (en Manzanillo), los Hijos de la Caridad, sin lugar a dudas, nos evangelizaron y de un modo integral. Un joven de aquella época me decía años más tarde:

“Yo conocí a Jesucristo a través de los Hijos de la Caridad, el Jesucristo al que yo creía conocer no era el verdadero, era un Jesús que no tenía nada que hacer en aquella realidad, era un Jesucristo que esperaba sentado a que las cosas cambiaran”. Y no hace tanto otra persona me comentaba: “Yo no podía imaginarme que en el contenido de la evangelización que los Hijos nos enseñaron, podía ser importante hasta el amor a nuestra tierra, lo cierto es que ellos empezaron por enseñarme a apreciar más lo mío, a mirar hacia adentro, a valorar lo que tengo…”

Decididos a romper aquellos muros que aislaban a nuestra Iglesia de entonces, se proyectaron sin prejuicios ni heridas que no podían tener, y con una gran carga de amor, sobre la sociedad que nos era hostil, y así llegaron al mundo del trabajo como sacerdotes obreros, siendo allí testigos del Evangelio social, dialogando con todos y sirviendo a quienes los necesitaban. Esta misión la compartió el padre Michel con el padre Rodolfo, quien ayudó mucho a los Hijos con su cubanía y su experiencia de haber sido uno de los pocos que se puede decir hayan pasado, casi sin escalas, de la vida de la calle a la vida sacerdotal. Calificados impropiamente de “comunistas” por muchos de afuera (y, lamentablemente, por algunos hermanos de adentro también), ellos supieron desmentir caritativamente, con el testimonio de sus vidas y de su predicación, la entonces imperante crítica marxista de la religión. Yo disfrutaba esto, y no solo yo, sino también muchos de los jóvenes católicos de aquellos años.

Sin descuidar para nada el cuidado pastoral de sus feligreses, las celebraciones eucarísticas, las visitas a los enfermos, los encuentros de jóvenes, de familias, la catequesis, no solo de la Purísima Concepción de Manzanillo, sino de toda la región centro y sur de lo que es hoy la provincia Granma, es decir, desde Veguitas hasta Niquero, que ellos recorrían en sus motores a cualquier hora de la noche o del día, lo mismo bajo la lluvia como a pleno sol oriental, los Hijos de la Caridad se sentían pastores también de esa gran parte del pueblo que no quería o no se atrevía a pisar el umbral de nuestro templo, de los enemigos de la Iglesia, de los que nunca habían oído hablar de Dios, de los comunistas de corazón y de los que simulaban, de aquellos que se habían alejado para poder alcanzar otras metas terrenales, que el Estado aprobaba solamente para quienes declaraban no tener creencias religiosas (Lucas 15, 31-32).

Sin embargo, para mí y para todos los que caminamos al lado de ellos, apoyándolos en su accionar evangelizador, todas estas nuevas realidades, al mismo tiempo que nos estimulaban, nos exigían no pocos sacrificios en lo referente a nuestro compromiso cristiano. Era como un redescubrimiento de nuestra misión, más aun de nuestro ser Iglesia. Teníamos que demostrar con nuestras obras que los católicos éramos capaces de hacer nuestro compromiso social por el bien de nuestros semejantes, de la Patria que ya no sentíamos muy nuestra, que éramos capaces de ver lo bueno y lo noble (Filipenses 4, 8) en aquellas personas que no pensaban como nosotros, y hasta de aprender de ellos, si era necesario. Nos sentíamos caminando sobre una cuerda floja, pero nos parecía que valía la pena. A veces resultaba dura la inserción. Habíamos entrado en el “fuego de la vida”. Jesús también lo vivía con nosotros.

Esta nueva evangelización exigía una mística de reconciliación, que muchos católicos de más experiencia y, tal vez, más sufridos que los que éramos jóvenes en aquellos años, no aceptaron en su totalidad. Algunos teníamos que intentarlo.

No podíamos considerarlo, a priori, como un esfuerzo baldío. De cualquier forma, el Evangelio es reconciliación y la Iglesia ha de apostar por ella, siempre y cuando nada ni nadie empañe el esplendor de su Verdad. El leitmotiv de todo cuanto hicieron los Hijos de la Caridad, incluyendo los errores, o faltas que pudieron cometer, no era otro, a mi juicio, que su obsesión por derribar las barreras invisibles causantes de la marginación, la doble moral, la división de las familias, el odio de clases y otras tantas nefastas realidades que habíamos conocido los cubanos (iba a escribir los cristianos).

Yo creo que fue una etapa muy hermosa aunque a la larga, desafortunadamente (¿o quién sabe?), los Hijos tuvieron que marcharse de Manzanillo, el P. Michel para La Habana y los demás para Holguín, cuando todavía hubieran querido permanecer algún tiempo más. Pero se fueron, y lo hicieron, en mi opinión, con sus frentes erguidas y sus conciencias en paz, porque supieron ser verdaderos pastores, pastores que nunca olvidaron, durante su paso por nuestra ciudad, la frase de Jesús: “Tengo otras ovejas que no son de este redil” (Juan 10, 16). Y además, porque supieron amar y amar a todos…y por eso sufrieron. Y de ello yo doy testimonio, con el único fin de hacer brillar la verdad que constaté.

Todo ha salido atropelladamente de mi corazón y prácticamente lo he dejado tal cual. Espero que mis sentimientos no me hayan traicionado esta vez. Lo escrito aquí es lo que siento y nada por complacer a nadie; es mi punto de vista y después de leerlo varias veces, estoy de acuerdo con todo y por eso lo firmo.


Bartolomé E. Ugalde Ramírez. Febrero 2011

 

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