El corazón de mi fe

 

Testimonio de un Hijo de la Caridad (Joseph Bouchaud, 88 años) que habla a sus hermanos jóvenes reunidos en sesión internacional durante el mes de julio.

“Estando en el seminario de San Sulpicio en París, tuve la suerte de tener como “consejero espiritual” a un sulpiciano que enseñó brillantemente la teología en diversos seminarios y universidades. Era un hombre libre, un sabio y un santo. Hablando de los estudios, me decía: “Ten cuidado y no olvides que hay que “jerarquizar” los estudios, porque si no, las materias se amontonan como en pilas de papel unas junto a otras… El Evangelio de Jesús no es una tabla en la que todo lo que se pone vale lo mismo, ¡no! Es una pirámide que descansa en su vértice. Y ese vértice es: “Dios es Amor, Dios es Padre”. Al tiempo que me ayudaba a descubrir este vértice de la fe, me invitaba a no subestimar las bases intelectuales de la fe… “Sigue estudiando -me decía-, pero cuida de que los estudios no te hagan más poderoso, sino más consciente y más disponible para amar y comprender mejor”.

Y, poco a poco, se fue imponiendo en mí una constatación fundamental: la manera de amar de Jesús. Jesús no inicia nunca sus encuentros con consejos o con órdenes. Jesús empieza siempre admirando a aquel, a aquella o a aquellos que encuentra. Les aborda siempre a través de lo que en ellos hay de presencia o de acción de Dios.

La samaritana es una pobre mujer. Ha tenido 5 maridos. Ya no sabe rezar. Pero es aún una madre de familia que va a buscar agua al pozo para cocinar para su actual marido y sus hijos. Jesús sale a su encuentro y le da pruebas de su amor. “Dame de beber”, es decir, “comparte conmigo ese gesto de amor de ir a buscar agua, en el que Dios está presente hoy en tu vida”.

Ella sintiéndose respetada de manera infinitamente más hermosa que en su vida anterior, exulta de alegría. “¡Vengan, vengan, he encontrado a alguien que me ha dicho todo lo que he hecho! ¿No será el Mesías?” (Jn. 4, 5-42) Y podríamos continuar con Zaqueo, María Magdalena, la mujer siro fenicia,…

Jesús nos muestra así el fondo de lo que es amar: amar es ante todo salir de la prisión de mi egocentrismo para ir al encuentro de los otros y admirar cómo Dios es Dios en sus vidas…, es aceptar que ellos, todos, de cualquier raza edad o condición, me revelen cómo Dios está vivo hoy.


Para Jesús, amar es buscar en toda persona o grupo la imagen de Dios que solo se revela en ellos. Es tratar a todos como un reflejo inimitable de la plenitud de Dios.

Jesús nos revela así que Dios es el Creador y el Padre de los hombres. Nos dice: “Creer que Dios es el Creador y el Padre de todos, es afirmar que ha plasmado en cada persona, en cada comunidad, en cada cultura, una marca providencial y única de su Ser infinito. Por tanto, creer en Dios Padre y Creador, es intentar descubrir y admirar un rostro inédito de Dios en razas, culturas o religiones que me son extranjeras.

En el mundo actual, en el que las razas y las culturas se mezclan por las migraciones y, a menudo, se desprecian, se oponen o se destruyen, una pregunta aparece acuciante: ¿Cómo pasar de un mundo paralizado por el desprecio y la lucha, a una fraternidad universal?

Jesús nos ha enviado a este mundo para ser testigos de la manera de amar de Dios: formidable tesoro, corazón de nuestra fe y esperanza incomparable para nuestro mundo: amar como Jesús amó”.


Joseph Bouchaud

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