“Así
debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a
fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está
en el cielo.” (Mt, 5, 16) 1
La luz se manifiesta en las “buenas obras”. Resplandece a través de la obras buenas que hacen los cristianos.
Me dirás: no solo los cristianos hacen buenas obras. Hay también otros
que colaboran con el progreso, construyen casas, promueven la
justicia...
Tienes razón. Ciertamente el cristiano hace y debe también hacer todo
esto, pero no es sólo ésta su función específica. Él debe hacer las
buenas obras con un espíritu nuevo, ese espíritu que hace que ya no sea
él que viva en sí mismo, sino Cristo en él.
El evangelista, de hecho, no piensa solamente en actos de caridad
aislados (como visitar a los prisioneros, vestir a los desnudos o como
todas las obras de misericordia actualizadas a las exigencias de hoy)
sino que piensa en la adhesión total de la vida del cristiano a la
voluntad de Dios, hasta hacer de toda su vida una buena obra.
Si el cristiano hace esto, él es “transparente” y la alabanza que
surgirá por cuanto hace no llegará a él, sino a Cristo en él, y Dios, a
través suyo, estará presente en el mundo. La tarea del cristiano es,
entonces, dejar transparentar esa luz que lo habita, ser el “signo” de
esta presencia de Dios entre los hombres.
“Así
debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a
fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está
en el cielo.”
Si la obra buena de todo creyente tiene esta característica, también
la comunidad cristiana en medio del mundo tiene que tener la misma
específica función: revelar a través de su vida la presencia de Dios,
que se manifiesta allí donde dos o tres están unidos en su nombre,
presencia prometida a la Iglesia hasta el final de los tiempos.
La Iglesia primitiva daba gran importancia a estas palabras de Jesús.
Sobre todo en los momentos difíciles, cuando los cristianos eran
calumniados, entonces los exhortaba a no reaccionar con violencia. Su
comportamiento tenía que ser la mejor refutación del mal que se decía
en contra de ellos.
Se lee en la carta a Tito: “Exhorta también a los jóvenes a ser
moderados en todo, dándoles tú mismo ejemplo de buena conducta, en lo
que se refiere a la pureza de doctrina, a la dignidad, a la enseñanza
correcta e inobjetable. De esa manera, el adversario quedará
confundido, porque no tendrá nada que reprocharnos.”
“Así
debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a
fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está
en el cielo.”
La vida cristiana vivida es luz también el día de hoy para llevar a los hombres a Dios.
Te cuento una anécdota.
Antonieta es de Cerdeña, pero por trabajo tuvo que ir a Francia, a
Grenoble. Es empleada en una oficina donde muchos no tienen ganas de
trabajar. Ya que es cristiana y ve en cada uno a Jesús, para servir,
ayuda a todos y está siempre tranquila y sonriente. A menudo hay
alguien que se enoja, levanta la voz y se desahoga con ella, tomándole
el pelo: “Ya que tienes ganas de trabajar, toma, escribe también lo que
me toca a mí”.
Ella calla y trabaja duramente. Sabe que no son malos. Probablemente cada uno tiene sus cruces.
Un día el jefe se acerca a ella cuando los demás no están y le
pregunta: “Ahora tienes que decirme cómo haces para no perder nunca la
paciencia, para sonreír siempre”. Ella se retrae diciendo: “Trato de
estar calma, de tomar las cosas por su lado bueno”.
El jefe golpea con un puño el escritorio y exclama: “¡No, acá
seguramente Dios tiene algo que ver, de otro modo es imposible! ¡Y
pensar que yo no creía en Dios!”
Unos días después llaman a Antonieta desde dirección, donde le dicen
que será trasladada a otra oficina “para que – explica el director – lo
transforme como lo hizo con el que ahora está”.
“Así
debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a
fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está
en el cielo.”