NOSOTRAS
MOVIMIENTO DE MUJERES CATÓLICAS - CUBA


La mujer:
signo de paz, reconciliación y esperanza

Primer Trimestre 2011

 

A propósito de

Jesús y la mujer judía (II)

Texto: P. PEDRO GONZÁLEZ-LLORENTE, SJ
(Adaptación del capítulo 8, Amigo de la mujer, del libro Jesús, aproximación histórica, de José Antonio Pagola)

¿Cómo mira el hombre a la mujer en Cuba?
¿Cómo se siente mirada la mujer cubana?

 

HAY muchas miradas diferentes, pero no cabe duda que predomina una muy cargada de erotismo y de lujuria, que ve en la mujer un objeto sexual y la evalúa por sus formas y medidas.

No es que todas las miradas sean así, pero cuando uno se fija un poco, esto es lo que descubre. Esa mirada degrada a la mujer y es hiriente. Aunque a algunas mujeres les gusta, y hasta las provoca, otras se sienten agredidas y acosadas por ciertas miradas.

Posiblemente el hombre judío también miraba con lujuria a la mujer. De ahí la frase de Jesús: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón (Mateo 5, 28-29).
¿Cómo miraba Jesús a las mujeres de su tiempo, a las que participaban en sus predicaciones, a las que caminaban con Él y le seguían?

Jesús mira a las mujeres de otra manera. Ellas lo perciben enseguida. Jesús las descubre entre sus oyentes, discretas, calladas, cubiertas siempre por un velo. Y, además, las incluye en sus palabras.
Una mirada diferente

Por lo pronto, Jesús hace “visibles” a las mujeres y pone de relieve su actuación, cosa extraña en una sociedad patriarcal, donde las mujeres son casi invisibles.

Siempre que Jesús cuenta una parábola donde el protagonista es un varón, uno puede rastrear otra parábola en que la protagonista es una mujer. Su auditorio está compuesto de hombres y mujeres.
Por ejemplo, en Lucas 11, 5-8, Jesús cuenta la historia de un amigo impertinente, que despierta a su amigo a medianoche para pedirle prestados tres panes, y por su insistencia hace que el amigo se levante y se los dé. Más adelante, en Lucas 18, 1-8, Jesús cuenta la historia de una viuda insistente, que reclama con tal fuerza sus derechos a un juez indiferente, que este termina por hacerle justicia, para quitársela de encima y que no le moleste más.

En ambos casos, ilustra las actitudes de la oración, la insistencia, la perseverancia, la oración constante. Si el amigo durmiente o el juez indiferente acaban complaciendo, ¿no hará Dios justicia a sus hijos que claman día y noche? Y utiliza como ejemplos, primero un hombre, luego una mujer.
En otro momento, Jesús cuenta la parábola de un sembrador, un hombre de trabajo que sale a sembrar la semilla (Marcos 4, 3-8). Todos los agricultores presentes en el auditorio se sienten gratificados de que Jesús se haya fijado en ellos, en su trabajo. Y se sienten honrados de que Jesús compare la palabra de Dios con la semilla. Pero Jesús también cuenta la parábola de la mujer que introduce levadura en la masa de harina para hacer el pan (Mateo 13, 33). Ahora son las mujeres que escuchan las que se sienten gratificadas. Jesús se ha fijado también en su trabajo. Y compara a Dios con una mujer: Dios introduce un nuevo fermento en la vida de los seres humanos y en el mundo, una levadura nueva. Y crece el Reino de los Cielos, como el pan en el horno.

En otro grupo de parábolas (Lucas 15), Jesús cuenta sobre un padre conmovido, que ve a lo lejos a su hijo arrepentido, se le conmueven las entrañas, se levanta, corre, lo abraza, lo besa y lo colma de regalos. Dios es como ese padre capaz de comprender y perdonar. O cuenta la historia del buen pastor que es capaz de abandonar al rebaño en lugar seguro y salir a buscar la oveja perdida. Dios es un pastor de buen corazón con el perdido.

Pero Jesús también cuenta la historia de la mujer angustiada, que barre con sumo cuidado toda la casa hasta encontrar la moneda de plata que se le había perdido. Dios es como esa mujer cuando busca a uno de sus hijos perdidos. Nadie había comparado a Dios con una mujer.

Y esta actitud de Jesús no aparece solo en las parábolas, sino que aprovecha cualquier situación para presentar a las mujeres como modelo de fe o de generosidad o de entrega desinteresada. Veamos tres ejemplos.

Jesús observa cómo la gente echa limosna en las alcancías del templo. No le llaman la atención los ricos que alardean de su generosidad, sino la viuda pobre que echó una moneditas de muy poco valor. Les aseguro que esa pobre viuda ha dado más que todos los otros. Porque todos han dado de lo que les sobra; pero ésta, en su indigencia, ha dado cuanto tenía para vivir (Marcos 12, 41-44). Jesús la hace visible como ejemplo de generosidad y confianza en la Providencia.

Una mujer, enferma de hemorragias desde hacía 12 años, se acerca a Jesús, y en medio de un apretado gentío, logra tocar apenas la orla del manto con mucha fe. La mujer queda curada. Al confesarle a Jesús con mucho miedo y vergüenza lo que había pasado, la mujer escucha que Jesús la exalta por su gran fe: Hija, tu fe te ha sanado (Marcos 5, 24-34). Jesús la hace visible en medio de aquella muchedumbre, como un ejemplo de fe valiente.

Al caminar por tierra pagana, una mujer siro-fenicia le cae atrás al grupo de Jesús, se postra y pide a gritos un milagro: liberar a su hija de un demonio. La primera respuesta de Jesús es chocante, por ser evasiva y ofensiva. No está bien quitar el pan a los hijos para echárselo a los perritos. Los hijos son los judíos, a los que Jesús se siente enviado. Los perritos son los paganos, que vienen después. Así entiende Jesús su misión, recibida del Padre. Pero la mujer pagana no se ofende, más bien, con humildad y cierta astucia, recupera las palabras de Jesús y las transforma en una humilde súplica de petición: Señor, también los perritos, debajo de la mesa, comen de las migajas que dejan caer los niños.

Esta oración conmueve a Jesús, que ya no se puede resistir. Lo que le pide es una migaja. Esta mujer le ha iluminado con su fe terca y tenaz, mayor que la fe de muchos judíos. El Padre le descubre, desde esta mujer, que los paganos son destinatarios de la salvación ya desde ese momento. Por eso que has dicho, puedes irte, que el demonio ha salido de tu hija. Otra vez una mujer es ejemplo de fe tenaz, de humildad, de aceptación. Esta mujer ha enseñado algo a Jesús y le ha hecho crecer en la conciencia de su misión.

Así mira Jesús a la mujer. No de manera interesada, para aprovecharse de ella, sino con hondura y ternura, descubriendo, en su profundidad, valores de vida. Haciéndolas visibles en medio de un mundo que las relega a un segundo o tercer planos. Toda una lección para los ojos de los hombres, que fueron enseñados a mirar de manera incorrecta y agresiva.

 

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