NOSOTRAS
MOVIMIENTO DE MUJERES CATÓLICAS - CUBA


La mujer:
signo de paz, reconciliación y esperanza

Primer Trimestre 2011

 

Y María Magdalena anunció a los discípulos:


HE VISTO AL SEÑOR...
Texto: DIÁCONO ÁNGEL ÁLVAREZ

Decía San Pablo en su carta a los Romanos (5,20): Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia. Y esto, realmente, sucedió en María Magdalena.

¿Quién era esta mujer de la que nos hablan los Santos Evangelios?

Una pecadora pública originaria de Magdala, ciudad cercana a la costa occidental del lago Tiberíades, en Israel, y así llamada en el Nuevo Testamento. Jesús la libró de los malos espíritus (Lc 8,2); también junto a la cruz estuvo María Magdalena (Mc. 15,40), y Jesús se le apareció tras la Resurrección (Mt. 28,9).

El padre y doctor de la Iglesia, San Jerónimo (345-419), quien fue el primero que tradujo la Biblia del griego al latín, identifica como la misma persona a María Magdalena con la mujer pecadora que ungió los pies del Señor (Lc. 7, 37-38). Pero ni los Evangelios ni los exégetas contemporáneos establecen algún tipo de comparación con respecto a estos dos personajes, que las hipótesis han querido fundir en uno solo.

La primera estación de este camino hacia la Luz de la Resurrección le tocó vivirla a María Magdalena. Nadie debe experimentar temor en reconocer que la vida de Jesús estuvo rodeada de amor; que Él era infinitamente amable y esta mujer lo amó con todo su corazón; pobre de aquellos que no crean que pueda existir otro amor que el de la carne. El de María Magdalena era un amor limpio, y no por limpio menos total.

Por eso, tras la muerte del Maestro amado, andaba como muerta y había perdido la razón de vivir. A ella, que se le había perdonado mucho porque había amado mucho, le era prácticamente imposible saber qué haría con su amor y con su vida. Por eso en aquellos días caminaría muy triste y sin deseos de vivir. Por eso, cuando se enteró de que el sepulcro estaba vacío, fue al encuentro de su Maestro.

Si bien es cierto que el Maestro había dado sus últimas instrucciones a los ángeles, para que comunicaran a los discípulos que les precedería en la región de Galilea, ella rehusó abandonar la tierra en que había muerto su amado.

¿Quién puede asegurarnos que no fue este amor desatado el que hizo cambiar los planes de Jesús para encontrarse cuanto antes, de manera visible, con los suyos? Parecería que la omnipotencia del Dios-Amor era incapaz de resistir la magnitud de ese amor humano.

El mismo evangelista San Juan, quien afirma que Dios es Amor, es el que nos describe ese encuentro. Pedro y Juan, tras comprobar que la tumba está vacía, y sin haber visto a Jesús, regresan a casa, conmovidos e impresionados. Aún no han comenzado a creer en la Resurrección, viven desconcertados.

Pero María, que ha amado mucho, no se resigna, no le basta la tumba vacía, sino que lo busca a Él, el Amor de los amores.

Tampoco ella le imagina resucitado, pero desea ver su cuerpo muerto que es lo único que le queda en el mundo. Y vaga por el jardín cerca del sepulcro (se puede leer Jn. 20, 11-18). Los discípulos se han ido, pero ella se obstina en quedarse allí, en medio de un total desconcierto. Lloraría desconsoladamente sin saber qué decir ni qué hacer. Y con esa falta de lógica, que muchas veces tenemos los humanos, tampoco piensa en absoluto en la Resurrección.

Comienza a metérsele en la cabeza que alguien ha robado el cuerpo de Jesús, y no hace más que pensar en ello. Por eso no ve en los ángeles el resplandor que señala el evangelista Mateo (Mt. 28,3).
Es un corazón que ama mucho, pero que se ha hundido en la oscuridad. No ve. Por eso, cuando a sus espaldas, fuera del sepulcro, siente unos pasos y se vuelve, no es capaz de reconocer a Jesús que vive el misterio de la Resurrección. Y piensa que es el jardinero de José de Arimatea, el dueño del sepulcro.

Jesús se deja conocer entonces. Y la llama por su nombre: María. Y basta ese nombre, que ella tantas veces oyó de los labios del Maestro, para penetrar la oscuridad y las tinieblas que la rodean. Y, de repente, se abre paso entre la tristeza y el miedo una fe llena de esplendor.

Ahora sí siente María que caen todas las barreras y arrojándose a los pies de Jesús comienza a besarlos. Y sólo musita en hebreo Rabbuní (mi Maestro). Y a partir de ese momento, esta mujer formidable se convierte en la primera testigo del Resucitado, así como mensajera de lo que ha visto y oído. No dice simplemente que Él ha resucitado, sino que cuenta que le ha visto y transmite fielmente, y sin exaltaciones, su mensaje a los apóstoles.

En Suma Teológica, su máxima obra en materia de Teología, Santo Tomás de Aquino (1225-1274) comenta:

¿Cómo es posible que Cristo empiece apareciéndose a una mujer si Cristo se muestra a quienes han de convertirse en testigos de su resurrección, y San Pablo parece excluir a las mujeres de este testimonio? Si la mujer -insiste- no está autorizada a enseñar públicamente en la Iglesia, ¿cómo se encomienda a una mujer este máximo testimonio?

Y se responde a sí mismo: Cristo se apareció a mujeres para que la mujer, que había sido la primera en dar al hombre un mensaje de muerte, con Eva, fuera también la primera en anunciar la vida en la gloria de Cristo resucitado.

¡Qué gozo tan grande descubrir que Cristo reserva la primicia de su gran noticia a una mujer y ésta, pecadora, a la que tuvo que arrancar siete demonios, llega a convertirse, para los mismísimos Apóstoles, en Apóstol de la Resurrección!

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