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Vivir o existir


Por: Mirtha Romero Menéndez


Comenzaré con un tema que es a la vez una sencilla pregunta: ¿Vivimos o existimos? Si nos concretamos a los conceptos diríamos, simplemente, que existir es tener el ser, ser en realidad; como existen en la naturaleza los árboles, las flores, los animales, existe el aire, el sol, el río, la lluvia, existe la sonrisa, la mano amiga, una lágrima… todo lo que nos rodea existe verdaderamente, impresiona nuestros sentidos y expresa nuestros sentimientos; en cambio, vivir va más allá de este concepto, es algo más rico, más abarcador, más íntimo, más nuestro: estamos en vida, vivimos el día, nos conducimos por la vida, llevamos una vida y nos desarrollamos en ella.

Llevo esta explicación a un ejemplo concreto: en la novela cubana -que recientemente concluyó- titulada Cuando el amor no alcanza, aparece “Mariposa”, un bello personaje. Es ella una sensible joven, que dentro de su mundo real-maravilloso, nos entrega el mensaje de las flores; ella habla con sus plantas, les concede el privilegio de que además de existir, vivan y vivan para ella, para sus congojas, sus alegrías y tristezas; es el sencillo lirio blanco el mensajero por donde puede expresar sus más angustiados pensamientos y al mismo tiempo lo convierte en su amigo, su luz y su esperanza. Hay una bellísima alegría en ese amor infinito que le demuestra y desprende hacia las plantas, las flores… Algunos dicen que está “loca” porque no todos entienden lo que es dejar de existir para vivir plena y profundamente la vida.

Nuestra vida es una aventura que arranca en el momento del nacimiento; desde ese instante y hasta que abandonemos el mundo, estamos sometidos a miles de pruebas. Habrá oportunidades para estar felices y satisfechos, pero también nos tocará vivir experiencias duras, desagradables y hasta dolorosas.

Cuando ello sucede podemos escoger entre permitir que lo adverso forme para siempre parte de nuestra vida o, por el contrario, integrarlo y asumirlo, con fuerza, con voluntad, con lágrimas pero logrando que se incorpore armónicamente a nuestra edad.

Muchas son las aristas que tiene la pregunta: ¿vivimos o existimos? Y me place recordar las palabras que pronunciara el cardenal Jaime Ortega pocos días antes de la visita del papa Francisco: “…tenemos que saber perdonar, de cómo el amor siempre tiene que estar entre nosotros…podemos reflexionar sobre cuántos sentimientos como el odio y el rencor que todavía, no se han estudiado con profundidad...”

Rencor y resentimiento. Pero me doy cuenta de que en la mayoría de los casos -para no decir la inmensa mayoría- obramos bajo estos sentimientos, tal vez sin darnos cuenta, llevados por pensamientos negativos, pero sobre todo nocivos, que como paciente albañil, construye ladrillo a ladrillo, lentamente, pero sin descanso, la fuerte pared del odio.

El odio destruye y la razón principal de esta destrucción es el rencor, la ira y el resentimiento acumulado por mucho tiempo en el corazón y en la cabeza; el odio pasa factura a cualquier ser humano, sea cual sea su edad y su condición o nivel y destruye tanto físico, mental, emocional y estructuralmente. ¿Han observado el triste y lamentable estado en que se encuentra quien odia y guarda rencor? Ello ocurre porque al mismo tiempo que ejerce de asesino, tratando de hacer el máximo daño posible, también ejerce de suicida porque mata y aniquila lo poco de lo bueno que le queda en su mente y en su corazón.

Es como el agua estancada de las charcas más podridas, guardar y alentar el deseo de hacer daño a otro ser humano, desearle todas las desgracias y alegrarse de sus desdichas y enfermedades, ello demuestra más que nada la propia miseria humana del rencoroso tenaz, del que odia y refleja en su propio rostro la imagen más patética y miserable de una persona tan pequeña y pobre que no le queda ni tiempo para amarse a sí mismo. Y cito a Víctor Hugo:

“…cuanto más pequeño es un corazón, mayor es su capacidad para albergar odio…”

Debemos pensar en esto. La realidad nos va situando en momentos en los cuales la ira, el rencor y el odio están en carne viva y sin darnos cuenta reaccionamos sin pensar, entonces debemos cambiar un pensamiento por otro: “Vencer el odio en el amor”. Jamás el odio se ha vencido con más odio, sólo un pensamiento de odio se desvanece con otro pensamiento de amor.

No olvidemos que nuestro mayor tesoro, íntimo y personal, es el corazón; él nos permite existir, pero también vivir intensamente, entonces, debemos cuidarlo evitando esos sentimientos que nos impiden ver la vida en su esplendor y su belleza, a pesar de todo.

Deseo que guarden en su corazón porque van del mío a ustedes, estas palabras: “El sándalo es un árbol con una madera muy perfumada. Lo hermoso del sándalo es que deja su perfume incluso, en el filo del hacha que lo corta.”