Get Adobe Flash player

Miriam, hermana de Moisés


Por: P. Martirián Marbán


Aunque para identificarme tras de mi nombre digan: “la hermana de Moisés”, no por eso dejé de tener mi propia personalidad y, como ustedes dicen hoy, mi propia identidad de género. Se lo demostraré con la Biblia en la mano; soy bisnieta de Levi, tataranieta del patriarca Jacob (Núm. 26,59).

Recuerden que cuando mi hermano Moisés estaba en una canastilla en el río Nilo, yo me quedé a cierta distancia y cuando llegó la hija del Faraón con su séquito, salí de mi escondite y me atreví a proponerle una nodriza para que diera de mamar al niño. Miren qué valentía: una mujer rompiendo el anillo de seguridad de la hija del Faraón; miren mi astucia al proponer, nada menos que a mi madre para cuidar al niñito Moisés. Lean, por favor, el libro del Éxodo 2,1-10.

Cuando Moisés comenzó a reunir a los hebreos para salir de Egipto, yo enseguida me uní a su causa, sobre todo animé a las mujeres para que fuéramos una fuerza importante que animara a los cobardes, sobre todo, si eran nuestros esposos.

Yo me encontraba muy unida al Dios de nuestros padres, por eso me decían profetisa y le agradecía a él que me hubiera dado dones y carisma para el canto y la danza. Esto me sirvió de mucho en las noches, cuando íbamos caminando por el desierto del Sinaí con un grupo de amigas; cantábamos, bailábamos, tocábamos panderetas y animábamos a superar las dificultades del cansancio, un ejemplo lo tienen en Ex: 15,19-21.

Ciertamente tuve mis pecados. No tuve la suficiente valentía para oponerme a las mujeres que con todo entusiasmo se quitaron sus aretes y demás adornos de oro para hacer un becerro al que adoraron como un dios, y rechazaron al verdadero Dios que guiaba nuestro caminar por el desierto. Es verdad que en una ocasión me cegué y junto con mi hermano Aarón criticamos a Moisés porque no podíamos comprender por qué casarse con una etíope habiendo tantas mujeres israelitas hermosas.

Era tanto el cariño y el agradecimiento que Moisés me tenía que rogó por mí al Señor para que me librara de la lepra que contraje, y el castigo se redujo a estar siete días fuera del campamento (Num. 12,1-15). El pueblo no avanzó hasta que me reuní de nuevo con ellos. Me querían tanto que no quisieron irse sin mí. Tuve que reconocer que aunque Dios me inspiraba en sueños, con Moisés hablaba cara a cara (Ex 33,11).

Cuando teníamos sed y no encontrábamos agua, cuando querían comer carne y no era posible, cuando querían volverse a Egipto y les daba miedo entrar en Canaán, mi grupo de mujeres y yo siempre apoyamos las decisiones de Moisés y lo hacíamos bailando y cantando.

Ahí tienen el canto que hicimos en una ocasión:

“¡Brota, Agua del pozo!
¡Cántenle al pozo!
¡Los jefes lo cavaron
con sus varas de mando,
Los nobles del pueblo
los abrieron con sus bastones!


(Núm. 21,17-18).

Aunque ya me fallaban las fuerzas por la edad, ayudé a Moisés a componer el último canto que pronunció ante todos los israelitas poco antes de morir (Dt. 32,1-43). Y en sus brazos y en los de mis hijos y nietos me entregué definitivamente al Señor.

En la memoria del pueblo quedé unida para siempre a mis hermanos Moisés y Aarón como una dirigente del pueblo: “yo envié a Moisés y Aarón y María para que te dirigieran” (Miqueas: 6,4)

NOTA: Para comprender la vida de Miriam es indispensable leer las notas Bíblicas.