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Simone Weil


Por: Jesús Bayo Mayor, fms.


Simone Weil nació en París, el 3 de febrero de 1909 en el seno de una familia judía acomodada y fue educada en el agnosticismo. Desde niña mostró tener una inteligencia brillante, y se entusiasmó con las matemáticas y la filosofía. En su juventud realizó estudios sobre Platón y Pitágoras y sobre cuestiones sociales y políticas, motivada por las ideas marxistas y sindicalistas de su tiempo. Con veintiún años de edad, adquiere la cátedra de filosofía en Le Puy, poblado francés, ejerciendo como profesora desde 1931 a 1938, pero se enfermó y debió dejar la docencia. Se acercó a las ideas revolucionarias de Trotsky en su concepción social, las que después abandonó. En ese período también tuvo contacto con el mundo obrero y se comprometió con acciones sindicales. Ayudó a trabajadores explotados, exiliados, disidentes políticos redactando artículos para diferentes diarios en favor del proletariado. Después quedó desencantada con los totalitarismos de izquierda y derecha pero siguió luchando en favor de los pobres.

En 1937, en el pueblo de Asís, visitó la capilla románica de Santa María de los Ángeles, frecuentada antes por san Francisco de Asís. Por esa época Simone ya estaba interesada en el cristianismo y se dedica a estudiar la vida de pensadores y mártires cristianos. Durante la Semana Santa de 1938, se retiró al monasterio de Solesmes y quedó fascinada por la belleza de la liturgia y el canto gregoriano. Allí tuvo la experiencia de que Cristo se adueñaba de ella y experimentó el amor divino. Recibió ayuda del dominico J M. Perrin y de G. Thibon. Aunque no estaba bautizada, desde 1941 asistía habitualmente a Misa.

Al estallar la Segunda Guerra Mundial, se traslada a Marsella y de ahí a los Estados Unidos. En 1942 se dirige a Londres para trabajar al servicio del movimiento por una “Francia Libre”. A consecuencia de sus privaciones y trabajos se enfermó de tisis. En abril de 1943 se agravó su tuberculosis, fue hospitalizada y murió en el sanatorio de Ashford, el 24 de agosto de 1943.

Se trata de una mujer con extraordinaria espiritualidad cristiana, aunque ella misma no fuera oficialmente cristiana. Podríamos decir que es una mística cristiana atípica. Su búsqueda de la verdad y del bien fue siempre ascendente, siguiendo la luz divina y la honestidad de su conciencia. Aunque no está documentado su bautismo, es verosímil que -durante su enfermedad en Londres-, una amiga católica le bautizase en privado poco antes de morir.

Entre sus obras más significativas se encuentran: El pensador y la gracia, Espera de Dios, La condición obrera, Pensamientos sin orden sobre el amor de Dios, Opresión y libertad, Escritos de Londres y Cartas. Su espiritualidad radica en la profunda búsqueda de Dios y en el compromiso por una sociedad más justa y fraterna. Ella se sentía dentro de la Iglesia Católica y deseaba seguir a Cristo, aunque oficialmente estuviese fuera y sólo recibiera el bautismo al final de su vida. Su experiencia de búsqueda nos recuerda a otras mujeres de extraordinaria honestidad, como fue el caso de Etty Hillesum.

Retazos de sus escritos
“Me parece que Dios no quiere mi entrada a la Iglesia en este momento. De hecho, como ya le dije, la inhibición que me retiene se hace sentir con más fuerza en los momentos de atención, de amor y de oración que en los demás espacios. Sin embargo, he experimentado una grandísima alegría escuchándole decir que mis pensamientos, como se los expuse, no son incompatibles con mi pertenencia a la Iglesia, y por lo tanto no le soy extraña. No puedo menos de seguir preguntándome si, en estos tiempos en los que la humanidad está inmersa en el materialismo, no quiere Dios que haya hombres y mujeres entregados a Jesucristo aunque se mantengan fuera de la Iglesia.

En todo caso, cuando pienso concretamente que podría estar próximo el acto que me introduzca en la Iglesia (el bautismo), nada me entristece más que el pensamiento de separarme de la masa inmensa y desventurada de los no creyentes.

Tengo una fundamental necesidad y una especial vocación de pasar entre los hombres y los diversos ambientes humanos confundiéndome con ellos, asumiendo el mismo color, hasta donde mi consciencia me lo permite, desapareciendo entre ellos, para hacer que se muestren ante mí como son, sin máscaras. Deseo conocerlos para amarlos tal como son, porque si yo no los amo como son, no les amaré de veras y mi amor no podrá ser auténtico”. (Carta al Padre Perrin, 19/01/1942).

“Tú no me interesas. Esa es una expresión que ningún hombre puede dirigir a otro sin cometer una gran crueldad e injusticia. En todo hombre hay algo de sagrado. No se trata de la ‘persona humana’, sino sencillamente de este hombre concreto… Desde la pequeña infancia hasta la tumba, existe en el fondo de cada corazón humano algo que se espera siempre: hacer el bien y no el mal; eso a pesar de cualquier experiencia de crímenes que se hayan cometido, sufrido u observado. Esto es sagrado en cada ser humano antes que nada. La única fuente de lo sagrado es el bien. No hay nada sagrado sino el bien y lo que se relaciona con el bien” . (Escritos de Londres).