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Ruth, entre los antepasados de Jesús


Por: P. Martirián Marbán

Algunos habrán leído mi historia en la Biblia. Si no lo han hecho, les invito a leerla pues es muy atractiva, al igual que la de Esther y Judith. De los setenta y dos libros de la Biblia, son los tres únicos dedicados exclusivamente a nosotras, las féminas; representamos un poquito más del cuatro por ciento del total pero no se corresponde con la importancia que las mujeres tenemos en la Biblia.

En otros libros, ciertamente, nos dan un puesto relevante a las mujeres y ello lo podemos ver repasando las figuras femeninas que se están publicando en esta revista cuyo nombre es Nosotras.

Sin mujeres y más aún, sin madres, no habría humanidad, ni historia de la salvación, ni Biblia. Ya lo dice el Génesis, primer libro de la Biblia: “Creó Dios al ser humano a imagen suya, varón y mujer los creó” (Gen. 1,26). Somos tan imagen de Dios como el varón.

El Hijo de Dios quiso venir al mundo como todos los humanos, a través de una mujer excelente: María. Pero no voy a hacer ahora un discurso reivindicativo. Eso ya se hace desde otras instancias.

Humildemente, quiero que se fijen en mi testimonio para que su fe en el único Salvador, del que soy su antepasada, sea más firme y coherente en su vida. Porque en una sociedad tan machista como la de mis antepasados hubo un autor que me puso como ejemplo, precisamente para los israelitas y yo era de otra nación; luego mi historia se incluyó entre los libros sagrados de la Biblia para que las generaciones posteriores la siguieran leyendo.

Vuelvo a insistir que para comprender lo que digo ahora, deben leer mi biografía que es muy amena. Y conste que yo no la escribí. Fue un varón mucho tiempo después de haber fallecido yo.

Bueno, mi importancia radica en que fui muy fiel como esposa y sobre todo como nuera. No quise abandonar a mi suegra Noemí cuando quedé viuda, por más que ella insistía en que volviera a mi pueblo con sus costumbres y sus dioses, su cultura, dirían hoy. Pero yo le dije: Donde tú vayas iré yo, donde tú vivas viviré yo, tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios. O sea, yo acepté al Dios de Israel, siendo moabita, es decir, extranjera. Ya en aquel tiempo, hacia el año 1100 antes de Jesucristo, había extranjeros que aceptábamos al Dios de Israel, entrando a formar parte del pueblo de Dios. Con nuestro testimonio ayudábamos a liberar a Israel de un nacionalismo cerrado y celoso, tan peligroso en todos los tiempos.

Dejándome guiar por el Espíritu de Dios, fui a recoger espigas al campo de Booz, un pariente de Noemí; él me trató exquisitamente y, siguiendo los consejos de mi suegra, acepté el matrimonio con este hombre mayor en lugar de un joven como era lo natural en las viudas de mi tiempo. Gracias a ese “sacrificio”, tuve el honor de ser parte de los antepasados de Jesús. Lean el evangelio de San Mateo, capítulo 1, 5. Yo fui la madre de Obed, el abuelo del gran rey David, tan importante en la historia de la salvación y de cuya descendencia nació Jesús. Este honor lo comparto con otras mujeres también extranjeras que figuran entre los antepasados de Jesús: Tamar, la cananea; Rahab de Jericó (la abuela de mi hijo Obed) y Betsabé, la esposa de Urías, el hitita.

En las genealogías de aquel tiempo, solo se mencionaban a los varones, para que vean cómo somos potenciadas las mujeres en la Biblia en medio de una sociedad eminentemente machista. Fíjense, cuando nace mi hijo Obed, las vecinas felicitan a mi suegra Noemí y dicen: “A Noemí le ha nacido un hijo”, y no mencionan a Booz, el padre, que hubiera sido lo lógico.

En mi biografía descubrirán también cómo vivíamos en los pueblos guajiros en aquel tiempo: el trabajo del campo, las costumbres tradicionales, los intercambios de propiedades, etc. Un estilo de vida que vivió también Jesús en su pueblo, Nazaret.

Pero la intención de mi libro es, sobre todo, ayudar a descubrir la dimensión universalista tanto de la fe de Israel como ahora de la católica: es una fe donde caben todos los pueblos y todas las culturas. Den gracias a Dios que conocen a Jesús y sean coherentes con la mentalidad aperturista y universal de la fe católica.

No me he extendido en más detalles de mi vida porque están maravillosamente expuestos en mi libro; se lo recomiendo con insistencia, pues se lee como una novela encantadora: Ruth, que, por cierto, mi nombre significa: “amiga”.

Para comprender mejor esta figura femenina es indispensable leer en la Biblia el libro de Ruth. Y la genealogía de Jesús en el evangelio de San Mateo, capítulo 1,5. Este evangelio se lee en las misas del 17 de diciembre y en la misa de la vigilia de Navidad, el 24 de diciembre. El libro de Ruth se lee en la primera lectura del Año 1, viernes y sábado de la semana 20.