NOSOTRAS
MOVIMIENTO DE MUJERES CATÓLICAS - CUBA


La mujer:
signo de paz, reconciliación y esperanza

Segundo Trimestre 2011

 

En torno al Espíritu Santo
P. Joan Rovira sj.

    ¿Por qué será  tan común considerar que el Espíritu Santo sea el gran desconocido? Jesús tenía rostro, un rostro humano. El Padre no tiene rostro, pero se nos ha revelado como aquel que nos ama como un  padre, como el padre por excelencia. ¿Y el Espíritu?  El Espíritu sólo aparece  como el agua que da vida, como el fuego que enardece, como el viento que impulsa. Y ni el agua, ni el fuego ni el viento nos sugieren ningún tipo de rostro humano, aunque sí afirmamos de él que es “persona”. Es una persona que se une a nuestro espíritu, es decir,  se identifica con nosotros. Y, más todavía, su misión es hacer presente a Cristo en nuestras vidas, es recordárnoslo, es trabajar pacientemente en nosotros para convertirnos en otros Cristos. Así como en la intimidad de la Trinidad él es el amor que unifica al Padre y al Hijo, en nosotros es el amor mismo de Cristo que nos arrastra hacia el Padre.

    Podríamos también decir que así como el Hijo de Dios se anonadó (se hizo nada) al encarnarse en Jesús, así también el Espíritu se anonada para que Cristo se encarne en nosotros. No es extraño, pues, que tengamos la impresión de que le desconocemos. Está tan inmerso en nosotros, está tan identificado con Cristo que nos resulta difícil situarlo frente a nosotros y, por decirlo así, adjudicarle un rostro distinto del rostro de Cristo. A los cuatro Evangelios los podemos llamar “los libros de Jesús”. ¿Quién podría dudarlo, si de quien se habla en esos escritos, de la primera a la última página, es precisamente de Jesús? Ahora nos atrevemos a afirmar que el libro de los Hechos de los Apóstoles  puede ser llamado “el libro del Espíritu”. Y no porque él ocupe el primer plano de las acciones que allí se narran, sino porque él es la clave, el secreto, la fuerza misteriosa que explica en profundidad lo que allí sucede.

En sus primeras páginas el Resucitado  promete el Espíritu; los apóstoles, junto con María la madre de Jesús, oran insistentemente pidiendo su venida; en la fiesta judía de Pentecostés el Espíritu crea, hace aparecer al nuevo Pueblo de Dios, convocado en  torno al Resucitado, y los apóstoles se lanzan a la “vida pública” como Jesús, después de recibir el bautismo del Espíritu.  Concentrémonos ahora en todo lo que tiene que ver con el acontecimiento de Pentecostés.

Pascua judía y Pascua cristiana. Pentecostés judío y Pentecostés cristiano.

    Los judíos celebraban en tiempos de Jesús dos fiestas principales: Pascua y Pentecostés.  La Pascua judía recordaba la noche de la salida de Egipto y el paso del mar Rojo. Pascua era la gran fiesta de la liberación.

En efecto, la noche de la salida de Egipto cada una de las familias hebreas tuvo que sacrificar un cordero: la sangre serviría para liberarles del paso del Ángel Exterminador y la carne sería la comida  sagrada de aquella última cena antes de partir hacia el desierto. Pero, además, el paso a través del mar Rojo les liberó de la persecución del ejército egipcio, de tal modo que escaparon  de la esclavitud y entraron en la libertad.

La Pascua cristiana nos habla también de la sangre de un cordero, pero ahora se trata del Cordero de Dios que libera con su sangre no sólo a las tribus de Israel  sino a toda la humanidad; Cordero que da a comer su carne para la vida del mundo. Pero al mismo tiempo la Pascua cristiana celebra que Jesús a través de la muerte nos libera del pecado y de la muerte definitiva y nos conduce a la gloria de la resurrección, es decir a la libertad plena y total de los hijos de Dios.

Podemos, pues, establecer un claro paralelismo entre la Pascua judía y la Pascua cristiana, de tal modo que esta última viene a ser la consumación de aquélla.

Lo mismo podemos decir de la fiesta de Pentecostés.

El marco histórico escogido por Lucas en el libro de los Hechos para hablarnos del Pentecostés cristiano tiene mucho que ver con el significado teológico que nos quiere transmitir. ¿Y cuál es ese marco histórico? El Pentecostés judío.

Originalmente se denominaba “fiesta de las semanas”y tenía lugar siete semanas después de la fiesta de los primeros frutos que coincidía con la Pascua. Siete semanas son cincuenta  días; de ahí el nombre de Pentecostés (cincuenta) que se le dio más tarde.  Al comienzo fue una fiesta agrícola que tenía que ver con la recolección y la ofrenda de los primeros frutos a Yahvé. Pero desde el siglo II antes de Cristo y, por tanto, en tiempo de Jesús y los apóstoles, Pentecostés, entre los judíos, adquiere el carácter de aniversario litúrgico de la Alianza en el Sinaí, 50 días después de la salida de Egipto, es decir de la Pascua judía.

    Pascua y Pentecostés son, para los judíos, dos acontecimientos que se complementan. Sin la libertad conseguida gracias a la sangre del cordero y el paso de Mar Rojo, que constituyen el contenido de la Pascua, no se hubiese podido dar la alianza,  al pie del Sinaí, celebrada en Pentecostés.  Era necesario pasar de la servidumbre al servicio; de la esclavitud de Egipto al pacto con el Dios de la libertad.

Lucas  sitúa la venida del Espíritu Santo en la fiesta judía de Pentecostés, con lo cual nos trae a la memoria el acontecimiento de la Antigua Alianza.

¿Qué elementos cabe destacar en la Alianza del   Sinaí?

    La Alianza convierte a Israel en el Pueblo de Dios. Moisés es su único mediador. Y la Ley, que el pueblo recibe de parte de Dios,  de manos de Moisés, son enseñanzas de vida, de las que el pueblo no puede prescindir,  si quiere ser de verdad,  el Pueblo de Dios. En realidad,  las repetidas infidelidades de Israel a las cláusulas de la alianza harán necesaria una alianza nueva , anunciada por los profetas y realizada por Jesucristo, que es el  mediador de esta nueva alianza, como Moisés lo fue de la antigua.
La Nueva Alianza empieza en el Calvario (la sangre de Jesús es la sangre con la que se sella la nueva y eterna alianza), pero en la interpretación de Lucas esta nueva alianza culmina el día de Pentecostés  porque el resucitado, único mediador entre Dios y los hombres, envía su Espíritu sobre sus discípulos que se convierten en el núcleo del nuevo Pueblo de Dios. Y el Espíritu es la Nueva Ley que va a regir la vida del Nuevo y definitivo Israel.

Pero ya desde el mismo día de Pentecostés,  el Nuevo Israel surgido de la efusión del Espíritu no queda reducido al pequeño grupo de los apóstoles, sino que el relato de Lucas al decirnos “se encontraban por entonces en Jerusalén judíos piadosos venidos de todas las naciones de la tierra” destaca expresamente,  el carácter universal que iba a adquirir este nuevo pueblo de Dios,  desde el comienzo.

Lucas señala, además, con insistencia el hecho de que cada uno de los judíos, que se concentraron en masa a donde se hallaban los apóstoles, “los oía hablar en su propia lengua” y se sorprendían y admiraban por ello. Y enumera las diversas nacionalidades: “partos, medos, elamitas, y los que vivimos en Mesopotamia, Judea y Capadocia, el Ponto y Asia, Frigia y Pánfila, Egipto y la parte de Libia que limita con Cirene, los romanos que estamos de paso, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las grandezas de Dios. Y  desconcertados preguntaban: “¿Qué  significa esto?”

La fuerza que los apóstoles han recibido los mueve a proclamar las grandezas de Dios ante gentes venidas de todo el mundo. Es como si despareciera  la confusión de Babel que provocó la dispersión de los pueblos (Gn 11, 1-9). Y  todos los hombres pudieran reunirse de nuevo en una única y    misma familia.

Y aquel día, después del discurso de Pedro, se les unieron unas tres mil personas. La Iglesia crece y se convierte en un pueblo universal.

    Y a partir de entonces -nos viene a decir el libro de los Hechos-, gracias a la presencia del Espíritu, los discípulos de Jesús reviven en sus propias vidas las  actitudes, los gestos y las reacciones más profundas de su Maestro  y la Iglesia se hace una comunidad misionera en medio del mundo.

 

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