NOSOTRAS
MOVIMIENTO DE MUJERES CATÓLICAS - CUBA



Segundo Trimestre 2012
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Una fuerza renovadora
Texto: Elsa A. Tosi de Muzio

 

EL Concilio Ecuménico Vaticano II fue en la década del 60 del siglo pasado, un hálito de esperanza renovadora que sopló sobre la Iglesia, instalándose los cambios percibidos como necesarios y, tal vez por demasiado tiempo postergados. Existía ya un laicado comprometido que necesitaba ser reconocido y reubicado en el contexto eclesial y además, un mundo expectante respecto a esta actualización, después de tantos años de críticas hacia una Iglesia que se consideraba estancada en el tiempo. Aquella expresión, que definía a la Iglesia como “pueblo de Dios en marcha” representó la interpretación latente en el laicado, que ya no encuadraba dentro de los márgenes tradicionales de su misión, dependencia y aceptación acrítica. Esta nueva expresión abría nuevos espacios de participación y de acercamiento entre jerarquía y seglares, en una marcha común y dialogal, para interpretar los “signos de los tiempos”. Este pueblo asumía esta marcha, sintiéndose parte del tiempo histórico y, por ende, consciente de la responsabilidad de aportar acciones concretas a las problemáticas existentes.

Con gran entusiasmo esperaba la grey católica este acontecimiento vivido como un reposicionamiento de la Iglesia en el contexto mundial, en su apertura al diálogo con las nuevas realidades.

Hay todo un esfuerzo de renovación para que realmente la Iglesia refleje la Luz de Cristo e ilumine el andar de la humanidad.

No siempre las orientaciones conciliares fueron aplicadas en todas las parroquias y diócesis. Fueron diversos los niveles reales de su práctica, lo que sin duda provocó en muchos casos disparidades de visiones y prácticas. Mientras que, por ejemplo en algunas diócesis se vivió con alegría y total disposición el impulso hacia el diálogo ecuménico e interreligioso abriendo espacios para el encuentro, en otras aún hoy en día, temores y vacilaciones perpetúan la demora en hacerlo.

La reubicación de los laicos -mujer y varón- como corresponsables de la construcción de la realidad temporal impulsó la revaloración de la mujer y coadyuvó a estimular su presencia en los distintos ámbitos de la sociedad incluso en el eclesial, visibilizada con la incorporación, en calidad de auditoras, de quince mujeres -entre laicas y consagradas- a las deliberaciones del Concilio.

Con gran entusiasmo se vivieron los cambios en la liturgia, que desde la celebración de la misa de cara al pueblo, en lengua vernácula, con nuevas tonadas en los cantos, favorecía la participación, enriqueciendo la experiencia de unidad y de integración comunitaria, siempre vivificada por la Eucaristía.

Va consolidándose un laicado “pensante”, en ejercicio de los dones otorgados por Dios, en el uso responsable de su libertad para entrar en diálogo fraterno con la jerarquía, de modo de generar una red de intercambios que permita transmitir con fidelidad y sin miedos las realidades percibidas en la vida cotidiana y aportar las propias perspectivas.

Juan XXIII, el Papa Bueno, captó con mirada sensible, corazón receptivo y pensamiento preclaro la necesidad de “quitar el polvo”, que se fue depositando sobre el rostro de la Iglesia; por ello, su impulso renovador, su estímulo al “aggiornamento”*, para que la Iglesia liberada de formalismos, ritualismos, lenguaje rígido, sacudiera ese “polvo” que podía opacar la Luz y se revitalizara, a través de la reconversión permanente al Evangelio, buscando nuevos modos de expresión que pusieran de manifiesto el amor incondicional del Señor.

Tiempo de esperanza el del Concilio, a pesar de que pocos años después de su concreción se sucedieron muchos hechos que marcaron hitos en la sociedad y que parecían desactualizarlo: el “mayo francés”, la caída del muro de Berlín,  la finalización de la guerra fría, graves contiendas bélicas en distintos lugares del mundo, terrorismo, por citar algunos, que generaban nuevos desórdenes en la vida social. No obstante, la fuerza, el empuje renovador del Concilio, su orientación hacia los pobres, fueron y son acicates permanentes para que no dejemos que vuelva el “polvo” a deslucir el rostro de la Iglesia y siga siempre siendo portadora de esperanza en la transmisión de la Palabra y en el servicio.

La Iglesia se proclama “pueblo de Dios en marcha”, en medio de cualquiera sea el tiempo que nos toque vivir; su fortaleza está en saberse siempre acompañada por Aquél que dio su vida por todos y por el cual tiene su razón de ser.

Hoy a cincuenta años de la convocatoria, además del valioso contenido de sus textos, se mantiene vivo su espíritu impulsor, su llamado a la reconversión personal,  al “aggiornamento”, a la actualización permanente que emana de ellos, para transmitir con fidelidad el mensaje, en el ámbito de las culturas existentes.

Hoy también es tiempo de recibir este llamado a la reconversión y este impulso renovador, y hacerlos visibles en nuestras opciones y en nuestras conductas tanto personales como  grupales e institucionales, como parte de ese “pueblo de Dios en marcha” para que reflejen la Luz del Señor.

Nosotras es un buen testimonio de que es posible.

 

*aggiornamento: puesta al día; hecho de ponerse al día.

 

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DIRECTORA
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