Get Adobe Flash player

Juliana de Norwich
1343-1416


Por: Jesús Bayo Mayor, fms.


Juliana nació en Inglaterra y recibió una esmerada educación en su familia, conforme a las tradiciones de aquella época. Desde joven se destacó por su piedad e interés por las cosas de la religión cristiana. Fue una mujer laica piadosa y sencilla. Pidió a Dios tres gracias, que le serían concedidas: la visión de la pasión de Cristo, una enfermedad para poder adherirse al sufrimiento de Jesús y tres llagas espirituales (contrición perfecta, participación en la pasión del Señor y un deseo ardiente de Dios).

Al parecer, Dios escuchó su oración: a los treinta años se enfermó gravemente. Recibió la unción de los enfermos pero no recuperó la salud nunca más. La enfermedad y el sufrimiento le acompañaron durante el resto de su vida junto con abundantes visiones y revelaciones. Escribió sus experiencias místicas en el “Libro de las revelaciones”, que consta de ochenta y seis capítulos. Está escrito con estilo sencillo, como si fuera una conversación. En estos documentos se reflejan las características de una espiritualidad determinada por la confianza en Dios, la que se llamará en el siglo XIX “infancia espiritual”, cuyo ejemplo más nítido es Santa Teresita de Lisieux o del Niño Jesús (1873-1897). Las revelaciones de santa Juliana se refieren a temas de carácter místico: “la habitación del alma en Dios” (cap. 54), “la maternidad de Dios” (cap. 58, 60 y 61) y el “feliz término de todo para quienes buscan a Dios” (cap. 32). Sus escritos revelan un profundo conocimiento de la Biblia, de los Padres de la Iglesia y de la literatura mística medieval. Cita frecuentemente en sus escritos a los grandes maestros espirituales: San Agustín, San Bernardo, Dionisio el Areopagita y San Gregorio Magno.

Juliana se destacó por la profundidad de sus escritos y por la santidad de su vida. Murió en 1416, hace 600 años, pero sus enseñanzas siguen teniendo vigencia.

Breves escritos

Por el gran amor eterno que tiene hacia toda la humanidad, Dios no hace ninguna distinción en el amor entre el alma de Cristo y la más pequeña alma que será salvada. Es fácil creer y tener certeza de que el alma de Cristo habita en la altísima y gloriosa divinidad; pero también es cierto, como comprendí de la revelación que Dios me hacía, que donde está el alma santa de Cristo, allí está también la estancia de todas las almas que serán salvadas por el mismo Cristo.

Deberíamos gozar intensamente el hecho de que el Dios-Trinidad habite en nuestra alma, y aún más deberíamos gozar de que nuestra alma habite en Dios. Nuestra alma ha sido creada para ser morada de Dios, y la habitación de nuestra alma es el Dios increado. Es una gran intuición ver y conocer interiormente que Dios, nuestro creador, habita en nuestra alma, y es una intuición aún mayor ver y conocer más interiormente que nuestra alma -que ha sido creada-, habita en Dios, en la sustancia divina, y por esta sustancia divina nosotros somos lo que somos (hijos de Dios, imagen suya).

Yo no vi diferencia alguna entre Dios y nuestra sustancia, sino que era como si todo fuese Dios; sin embargo, mi mente comprendió que nuestra sustancia está en Dios, es decir, que Dios es Dios y nuestra sustancia es una criatura en Dios. De hecho, la omnipotente verdad de la Trinidad, que es nuestro Padre, porque él nos ha hecho y nos guarda en él. Y la profunda sabiduría de la Trinidad, que es nuestra madre, en la que somos recogidos. Y la alta bondad de la Trinidad, que es nuestro Señor, pues en él somos recogidos, y él en nosotros. Habitamos en el Padre, y en el Hijo, y en el Espíritu Santo. Y la misma Trinidad habita en nosotros, con toda su potencia, toda su sabiduría, toda su bondad, un solo Dios, y un solo Señor.

Nuestra fe es una virtud que viene de nuestra sustancia natural y baja a nuestra alma sensual por obra del Espíritu Santo, y con esta virtud vienen a nosotros todas las demás virtudes… Y esta virtud, junto a todas las demás que Dios nos da, cuando entra en nuestro ser, obra en nosotros grandes cosas: Cristo actúa misericordiosamente en nosotros, mediante la gracia estamos en sintonía con él por los dones y la fuerza del Espíritu Santo. Esta acción hace que nosotros seamos hijos de Dios.


(Libro de las revelaciones, cap. 54).