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¡Feliz día de… Las Madres y de los Padres!


Por: Hna. Bernardeta Collazo, m.i.c. (Asesora Eclesial)

“SON LOS HIJOS REGALOS DEL SEÑOR
Y ES EL FRUTO DEL VIENTRE, PREMIO SUYO,
COMO FLECHAS EN MANO DEL GUERRERO SON LOS HIJOS TENIDOS CUANDO JOVEN.
FELIZ EL HOMBRE QUE CON TALES FLECHAS HA LLENADO SU ALJABA,
CUANDO VAYA A LA PLAZA A LITIGAR
NO PODRÁN HUMILLARLO SUS CONTRARIOS.”

(Salmo 127, 3)

La dirección de la revista Nosotras felicita y da gracias de todo corazón a las madres y a los padres que acogen a los hijos como regalo que les hace el Señor, pues ellos son tesoro para sus vidas y para nuestra sociedad.

Esta reflexión que comparto con ustedes es el fruto de escuchar a algunos jóvenes. De esos jóvenes que quieren vivir coherentemente con ellos mismos, que se van descubriendo personas en proceso de crecimiento, que se preguntan cada día buscando razones y respuestas que respondan a los valores interiores que los van cimentando, caminando hacia una madurez con sentido para sus vidas y la de sus hijos. Les digo, sinceramente, escucharlos me da un gusto enorme pues sus cuestionamientos nos tocan a todos. Y eso es bueno porque así podemos encontrar juntos nuevos caminos de vida.

Hoy les convido a preguntarse: ¿Qué voy transmitiendo a mis hijos? ¿Les entrego miedos o libertades, pasados o futuros, parálisis o proyectos, imposibilidades o esperanzas? En esta dualidad de palabras, resalta enseguida el lenguaje que empleamos más frecuentemente; y pesan más las que limitan que las que les impulsan a recorrer el camino de la vida en esperanza.

Entre los planteamientos de los jóvenes los miedos son los más cuestionados. No nos damos cuenta e incluyo a padres, madres, abuelos, todos nosotros -los que somos de cierta manera sus formadores-, que, en muchas ocasiones, les vamos trasmitiendo miedo, además de inseguridades, temores y añadiría frustraciones también.

Los jóvenes que escucho quieren educar a sus hijos en toda libertad para que sean personas dignas, capaces de dejar un mundo mejor detrás de ellos. Quieren vivir su parte de historia y que les demos los medios para lograrlo.

Nuestros miedos no son los de ellos y no deben serlo. Y esto se entiende porque desde que los niños comienzan a caminar, les decimos con la mayor tranquilidad: si no comes, si no duermes, “viene el viejito del saco o te coge el coco” y otras cosas más. Les vamos pasando informaciones, que ya son formaciones mal enfocadas. Pudiera citar otras muchas que se le van agregando al pasar los años y que todos conocemos.

Cuando ya son adolescentes y jóvenes, narramos lo vivido en décadas pasadas, para que no estén al margen de la historia de padres y abuelos y, generalmente, les trasmitimos los hechos con los miedos inherentes y reales que en nosotros perduran, pero que a ellos no les toca pues nacieron después de todo lo acontecido.

Los jóvenes quieren escuchar las verdades, pero no quieren repetir nuestros errores y torpezas. Quieren narrar a sus hijos otras historias donde ellos sean los protagonistas. No desean seguir anclados en un pasado, que ya pasado es; anhelan seguridad en el presente y un futuro más cierto para ellos y sus hijos. No persiguen narrar cuentos obsoletos que no conducen a buen fin y rememorar el pasado sin las cargas negativas que podamos arrastrar, que no han sido perdonadas, reconciliadas. No los podemos esclavizar ni intentar que sean rehenes del pasado, de otra época. No traslademos nuestros miedos a nuestros hijos.

Ya sabemos que los miedos no construyen, al contrario, van socavando los cimientos de la persona. Educar en seguridades es una tarea enorme, pues nos hace replantearnos las palabras y los modos de vida. El papa Francisco en su visita a Cuba, cuando se encontró con los jóvenes, traía un discurso preparado que no pronunció, lo dejó escrito. Cuando lo leemos salta a los ojos la esperanza como meta. Esperanza que cuenta con la memoria, el discernimiento en un caminar acompañado y solidario.

Junto a los jóvenes, los mayores podemos construir puentes sólidos, transitables. Creamos en una nueva época para la persona.

Los invito a escuchar a los jóvenes, a prepararlos para el dialogo; también nosotros debemos aprender a dialogar con ellos.

“La herencia que da el Señor son los hijos”. Normalmente, cuando se hace el testamento de padres a hijos, los padres han acumulado bienes, con mucho trabajo, para dejarles lo mejor de toda su vida. Pensemos en dejar en herencia esperanzas realizables. Y ya lo dice el refrán: “Lo que se hereda, no se hurta”.

“Un pueblo que cuida a sus abuelos y que cuida a sus chicos y a sus jóvenes, tiene el triunfo asegurado”

Papa Francisco.

(Palabras pronunciadas desde el atrio de la Catedral de Santiago de Cuba).