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Dina, adúltera obligada


Por: P. Martirián Marbán

Nunca podré olvidar la mañana de aquel día. Mi vida había pasado ante mí, rápida pero real, y en segundos había deplorado mi mala estrella; empezaba a sentir los golpes de las piedras en mi cabeza y en mi cuerpo, confundido con los gritos y aullidos de aquella gente que parecían fieras sedientas de sangre.

Humedecidos mis ojos, que apenas veían, comencé a distinguir a un grupo de hipócritas varones que habían saciado sus desenfrenadas pasiones en mi maltratado cuerpo. Desesperada me preguntaba para qué habría nacido mujer y por qué habría sido el deseo de tantos hombres si yo, forzada por la necesidad de sobrevivir, había tenido que acceder a dejar que hicieran con mi cuerpo lo que quisiesen aquellos brutos. Me poseían pero no en el espíritu, pues yo no era una depravada y confiaba en el Dios clemente y misericordioso. Había oído a mi padre recitar las plegarias cotidianas y hasta le había acompañado a nuestro gran Templo en Jerusalén; claro, solo hasta el atrio de las mujeres. Esa confianza nunca había desaparecido de mi corazón.

En una de tantas revueltas contra los romanos, acaecidas en Jerusalén durante las fiestas de Pascua, los soldados romanos habían confundido a mi padre y a mis dos hermanos que vendían hortalizas por los alrededores del Templo y los habían asesinado. Mi madre había muerto prácticamente de pena y de hambre. Quedé sola. Una chica de diecisiete años, hermosa, sin nadie que me alimentara y defendiese, viviendo en una cabaña, por supuesto, fuera de las murallas de Jerusalén y mendigando para comer, descalza y con vestidos raídos.

Pronto llegaron propuestas de hombres que me miraban con pasión no disimulada, ofreciéndome comida, vestido y cama por unas horas. También en los banquetes de los pudientes había servido de diversión para los comensales. ¿Qué iba a hacer yo en una situación tan sumamente desvalida? A mi pesar tenía que aguantar lo que viniera de aquellos desalmados, que se aprovechaban de mi miseria, y así sobreviví durante un tiempo a base de soportar insultos, golpes y, sobre todo, la invasión de mi intimidad.

Todo esto me vino a la mente en unos segundos, aquel día en que unos hipócritas que habían abusado muchas veces de mi cuerpo vinieron a la casa de uno de sus cómplices en la mañana de abril del año 30 y me sacaron semidesnuda, arrastrándome por las calles por las que pasaban perros, caballos, ovejas… y me tiraron en un rincón llena de polvo y de basura; se pueden imaginar cómo me hallaba toda. Entonces llamaron a un tal Jesús, no sé si para que dictara la sentencia de muerte o para que tirara la primera piedra.

Mis ojos amoratados por haber sido arrastrada sin compasión y haber recibido patadas y bofetadas de aquellas manos que otras veces me habían manoseado, alcanzaron a ver los ojos de ese tal Jesús, cuando llegó acompañado de un grupo de hombres. Entonces pensé: mi muerte será rápida y no creo que existan piedras para tantos hombres.

Aquella mirada tan limpia, transparente y amorosa, me dejó confundida en un primer momento, pero después me invadió una paz asombrosa y me sentí rodeada de misericordia infinita. Casi no alcancé a oír la acusación de aquellos hipócritas abusadores pero sí escuché, con claridad, la respuesta de Jesús porque se había inclinado junto a mí y estaba escribiendo en el suelo.

Como habitualmente las mujeres no sabíamos leer no supe lo que escribió. Pero la respuesta de Jesús no se me olvidó jamás: “El que no tenga pecado, lance la primera piedra”. Y siguió junto a mí escribiendo. Si hubieran lanzado piedras, le hubieran herido a él. Junto a aquel hombre ya no me hubiera importado morir. Pero aquellos abusadores tuvieron un gesto de dignidad y se retiraron.

Entonces fue que Jesús me preguntó: “Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?” Y le contesté llena de asombro porque se había dignado hablarme a mí, una mujer despreciada y abusada: “Ninguno, Señor”. Y en su respuesta cargada de amor desprendido y generoso llegó mi liberación: “Yo tampoco te condeno. Vete y en adelante no peques más”.

Y claro que mi vida cambió y seguí a Jesús y estuve al pie de la cruz acompañando a María, su madre, quien seguramente le insistió a Juan para que mi primer encuentro con Jesús fuera conocido. Formé parte de la primera comunidad de Jerusalén. Después, mi rastro se perdió en el tiempo.

Les animo a dejarse encontrar por Jesús y que ese encuentro transforme su vida, como me la transformó a mí.

Para mejor comprensión es imprescindible leer Juan: 8, 1-11