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Matilde de Magdeburgo


Por: Hno: Jesús Bayo, fms.


Siguiendo el criterio de alternancia entre antigüedad y modernidad, reseñamos esta vez en Nosotras la vida y obra de Matilde de Magdeburgo, una mística y escritora medieval. Esta mujer nació hacia el año 1207 en uno de los “burgos” (ciudades) más antiguos de Alemania. Pertenecía a una familia acomodada y noble del siglo XIII, cuando se iniciaba la burguesía en Europa al finalizar el medievo. Balduino, uno de sus hermanos, fue prior del convento dominico de Halle.

No hay certeza de la fecha de su nacimiento, ni sabemos con exactitud la de su muerte, pues en aquel tiempo no se registraban los nacimientos ni defunciones. Además, el antiguo calendario juliano fue reformado por el papa Gregorio XIII en 1580, lo que afectó a las dataciones antiguas, por lo cual, la vida de esta mística medieval está rodeada de cierto misterio. A pesar de todo, se conservan algunas de sus obras escritas que le han dado renombre. En aquel tiempo no era frecuente la educación intelectual de la mujer, pero ella recibió buena formación, aunque no incluyera latín y teología, como podemos deducir de sus escritos místicos.

Hacia 1230, cuando tenía unos veintitrés años dejó su familia y decidió juntarse a un grupo de beguinas (también llamadas “beatas”) en Magdeburgo. Se trataba de mujeres piadosas que vivían en sus casas o en grupo y se dedicaban a la oración, a la catequesis y a las obras de caridad. Hemos de considerar que en ese tiempo solo existían monasterios de clausura para las monjas; no había religiosas de vida apostólica. Las beguinas y las terciarias fueron alternativas para la agrupación de mujeres piadosas por motivos religiosos y apostólicos, sin ingresar necesariamente a un monasterio de clausura.

Durante muchos años guardó silencio sobre las visiones y experiencias místicas que tenía, pero su confesor, el dominico Henrique de Halle, le animó para que las pusiera por escrito y comenzó a escribirlas en 1250, de donde resultó el libro Luz que dimana de la divinidad. Son seis libros, más un séptimo que se añadió posteriormente en Helfta, recopilados por Henrique de Halle.

Hacia el año 1270 se retiró al monasterio cisterciense de Helfta, tal vez para huir de las críticas y las calumnias que sus visiones y sus escritos habían despertado en autoridades civiles y eclesiásticas. Allí prosiguió sus escritos y compartió sus experiencias con otras religiosas. Allí murió, a edad avanzada y después de haber quedado ciega.

Su obra se inspira en visiones acerca de la Trinidad, de personajes bíblicos y santos. Estos escritos en lengua alemana tienen como trasfondo las bodas místicas y el amor cortés entre el gran Príncipe y la pequeña sierva. También tiene alusiones a la Esposa enamorada del Cantar de los Cantares que no puede existir sin el Amado (Dios).

“Señor, tú eres mi consuelo y mi deseo, mi fuente que mana y mi sol que alumbra, y yo solo soy tu espejo”.

La espiritualidad de esta mística medieval tiene ciertos ribetes propios del milenarismo, pero también aparece la fuerza profética que denuncia las injusticias de aquella época y de algunos males que padecía la Iglesia: simonía, nepotismo, nicolaísmo, clericalismo, etc. Tuvo gran influencia sobre otras religiosas del monasterio de Helfta que serían más conocidas que ella como fueron Matilde de Hackeborn y santa Gertrudis

Algunos fragmentos de sus escritos

¡Oh Dios, que te revelas en tu don gratuito, que fluyes en tu amor, que te fundes en la unión con tu amada, que reposas en mi seno; yo no puedo existir sin Ti! (El amor de Dios en cinco puntos, 1,17)

Debes amar la nada,
debes huir de cualquier cosa exterior,
debes estar sola y sin nadie alrededor,
debes mantenerte sin visitar a nadie.
Debes esforzarte sin tregua.
Debes liberarte de toda cosa.

Debes liberar a los presos,
y también animar a los libres.
Debes confortar a los enfermos,
pero debes despojarte de todo sin poseer nada.
Debes beber el agua del dolor y el sufrimiento.
Debes atizar el fuego del amor con la leña de la virtud.

Entonces habitarás en el verdadero desierto.
Cuanto más me sumerjo en la profundidad de la humildad,
más grande es la dulzura del amor que me invade.
(El desierto tiene doce cosas, 1,35).