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¿A dónde fueron a parar, a dónde fueron?



Por: Ifigenia Herrera.


En estos momentos con cierta frecuencia y muchísimo gusto, escuchamos en los medios sobre la reanimación de parques, algunos de ellos exhibiendo hermosas farolas, espacios con fuentes que vuelven a la vida y embellecen el entorno, restaurantes y cafeterías restaurados y edificios adaptados convertidos en hogares de familias. Todo ello, por supuesto, le otorga a nuestra ciudad nuevos aires. Pero ante estas positivas acciones surgen por parte de algunos, comentarios tales como: total, aquí no se cuida nada; pase dentro de tres meses y me dirá cómo se encuentran y otros más que van por esa línea, es decir, prevalece el pesimismo porque un grupo está seguro de que no se velará por el cuidado y mantenimiento de estos lugares y se volverá en algún momento al punto de partida.

Estas manifestaciones pesimistas me hicieron pensar en figuras que ya no existen, al menos yo no las veo, pero que desempeñaron un importante papel porque velaban por intereses comunitarios, evitando desmanes y resguardando la propiedad de un colectivo. Recuerdo la figura del velador del parque, comúnmente denominado guardaparque. Los niños lo respetábamos y los más pequeños le temíamos ya que podía aparecer en cualquier sitio para prohibirnos arrancar las flores, dañar los aparatos de juegos, pintar los asientos y, en ocasiones, evitar alguna de las riñas surgidas por una pelota, unas bolas u otro asunto infantil. Los varones siempre alertas lo vigilaban para tratar de burlarlo pero casi siempre el guardaparque se encontraba atento para dar cumplimiento a su deber, por ello se le pagaba, y todos disfrutábamos de un sitio al aire libre, con bancos -en muchos casos de mármol- para sentarnos y esperar, leer, mirar a los pequeños, respirar aire puro, conversar, u otros fines.

También, en días pasados, una niña ecuatoriana, hija de cubanos que viven y trabajan en ese país, y vienen a Cuba a disfrutar de sus vacaciones todos los años, me hizo recordar debido a uno de sus relatos al encargado de edificio, personaje que, al parecer, existe en cualquier latitud y cuya función es el cuidado y mantenimiento del edificio. Ella me contaba que, al final del mes, cuando cobraban sus padres, lo primero que cuidadosamente guardaban era el dinero del impuesto que servía para pagarles a estas personas, pues ellos hacían posible que su edificio se mantuviera limpio, resguardado, seguro y, por ende, ellos también se sentían confiados. Su relato me hizo pensar que necesariamente, además de restaurar se hace imprescindible la instauración con prontitud de todos los mecanismos y decretos existentes para impedir violaciones y atentados contra la propiedad social, pues, si no somos capaces de mantener por nosotros mismos los espacios públicos y propiedades se torna exigencia implementar sin más dilación los mecanismos necesarios con vistas a que se cumpla lo que debe hacerse.

Desconozco las razones por las que desaparecieron, al menos en La Habana, el guardaparque y el encargado de edificio, pero, sin lugar a dudas, por las funciones que llevaban a cabo, creo que resultan importantes para la convivencia armónica entre nosotros y con la naturaleza. Entonces, ¿por qué no vuelven?