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Madeleine Delbrel


Por: Jesús Bayo Mayor, fms.


Madeleine Delbrêl nació en Francia en el año 1904. Fue una mujer misionera, inserta en el mundo secular pero con destellos místicos. Ella misma afirmaba, hablando del silencio, que este “no es una evasión sino que se asemeja a la obra de Dios”. Su familia le proporcionó una formación cristiana en la niñez. A los quince años se confesaba atea y a los diecisiete años escribió: “Dios ha muerto, viva la muerte”. Sin embargo, buscaba honestamente la verdad y estudió filosofía. A los dieciocho años se enamora de Jean Maydieu, quien después ingresará al noviciado de los dominicos en 1925. Este acontecimiento convulsiona su alma, y escribe: “A los veinte años, una conversión violenta siguió a una búsqueda religiosa razonable”. Su afición a la lectura se nutre de Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Tomás de Aquino, Dante, Psichari, Claudel. Su cualidad de escritora es reconocida por el premio Sully-Prudhomme, que le fue otorgado por la selección de sus poemas La Route.

Por este tiempo, hacia 1925, entabla una profunda amistad con el Padre Lorenzo, que en adelante será su confidente y guía en el itinerario de su vida cristiana. Como es obvio la posibilidad de la vida consagrada se le presenta con fuerza. ¿Será el Carmelo el lugar definitivo dónde concretar sus anhelos más profundos? Sin embargo, de momento, sigue caminando “en la tierra de un evangelio simple”. Descubre que “no me es ya posible fragmentar el evangelio”, separar el amor a Dios y el amor a los hombres. Este evangelio le va enseñando “cómo vivir para contemplar y cómo vivir contemplando”.

De manera muy natural cultiva el deseo de vivir para los demás y su preferencia por servir a los pobres le inclina a los estudios de Asistente Social que inicia en 1931. Al mismo tiempo, un grupo de jóvenes que se halla bajo la influencia del Padre Lorenzo empieza a elaborar un proyecto de vida en común en un medio obrero. En 1933 cristaliza el proyecto de vida, que será el marco definitivo de una existencia rica en lo personal, creativa en lo comunitario y fecunda en la acción y reflexión. Con dos compañeras se instala en Ivry, ciudad del cinturón rojo de París.

Durante la segunda guerra mundial (1939-1945), la comunidad de La Caridad sale al paso del hambre, de la falta de vestidos, de la crisis de combustibles. En 1942, las compañeras ya son doce, repartidas en dos casas. Su objetivo es amar al prójimo “con todas las fuerzas, por el servicio, la oración y la cruz”.

Las relaciones eclesiales de Madeleine se ensanchan. También su influencia, siempre silenciosa y discreta se extiende. Sus artículos Nosotros, gente de la calle (1938) y Nuestro pan de cada día (1941) adquieren una gran difusión. La vemos dando charlas, participando en reuniones pastorales de la misión de Francia, interviniendo en el diálogo y el debate que provocan ciertos acontecimientos eclesiales.

La espiritualidad de Madeleine se basa en el amor, la justicia social, la preocupación por los necesitados, el diálogo y la apertura eclesial. Su mística es de “ojos abiertos y pies puestos en la tierra”. Sus textos revelan la experiencia vivida cotidianamente. Esta escritora y mística contemporánea trata de unir, como siempre han hecho los místicos, acción y contemplación. El Espíritu actúa como quiere y donde quiere, renovando siempre la Iglesia, mediante pobres instrumentos fieles a sus inspiraciones.

ALGUNOS DE SUS TEXTOS

“Ser totalmente para Dios, tanto como un ser humano puede querer pertenecer a quien ama; ser libremente propiedad de Dios, de manera tan plena, tan exclusiva, tan definitiva y pública como una religiosa consagrada a Dios”.

“Para un cristiano no hay modo de amar a Dios sin amar a la humanidad; no hay modo de amar a la humanidad sin amar a todos los hombres; no hay modo de amar a todos los hombres si no se ama a los conocidos con un amor concreto y activo”.

“El amor del prójimo no es un medio para amar a Dios. Es un estado en el que el amor de Dios nos coloca. Si no nos hallamos en este estado, es que no amamos a Dios”.

“¿Dios es un Alguien? es la mejor manera de traducir yo creo en Dios. Esta expresión me dice algo, mientras que las otras palabras que quieren dar una idea de Dios hablan, de hecho, de un Dios que sería una idea, ni vivo, ni activo, ni eficaz; en pocas palabras, de un Dios que no sería Alguien”.

“La única acción que encuentro interesante es poder amar a Dios más que nada, y a cada persona concreta como a un hermano”. “Acoger en nuestra vida el mensaje evangélico es transformar nuestra vida, en el sentido amplio pero real de la palabra, en una vida religiosa, una vida referida a Dios y vinculada a él”.

“Puesto que hallo en el amor una ocupación suficiente, no he perdido el tiempo clasificando los actos en oración y acción. Me parece que la oración es una acción y la acción una plegaria. Pienso que la acción llena de amor está rebosante de luz”.

“Gente que tiene un trabajo corriente, que tiene un hogar corriente, que son célibes ordinarios. Gente con enfermedades ordinarias, penas ordinarias. Gente con una casa ordinaria, con vestidos comunes. Gente de la vida corriente. Personas con quienes nos podemos cruzar en cualquier calle”.


En su libro “Alcide”, recoge las siguientes máximas o sentencias:

“No te esfuerces en callar, escucha”.

“No mires a tus hermanos para juzgarlos, míralos para orar”.

“No te fíes de tu juicio sobre las personas que no aprecias”.

“Practica el arte de la guerra contigo; con los otros, el de la paz”.

“Dios puede querer separaciones, pero jamás divisiones”.

“En el retiro, el sueño es una actividad necesaria, pero conviene tener también otras”.

“Si crees que Dios vive contigo, dondequiera que vivas tienes el lugar para orar”.

“Para hallar a Dios, conviene tener presente que está en todas partes; pero también que no está solo”.

“Dios mío, si tú estás en todas partes, ¿cómo es que yo siempre estoy en otro lugar?”.