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La Sencillez

Por: Mirtha Romero.

Hablando con una buena amiga -nos conocemos desde nuestros juveniles años en la universidad- recordábamos al escritor, músico y sabio poeta hindú Rabindranath Tagore, nacido en Calcuta en el lejano 1861 del siglo XIX; Tagore nos regaló páginas que aún hacen reflexionar y pensar sobre el diario vivir. De él escojo este pensamiento sabio y profundo para empezar el tema que quiero compartir con ustedes; él señaló: “La raíz escondida no pide permiso alguno para llenar de frutos, las ramas”.

Y a mi juicio, la sencillez es precisamente eso: pureza, simplicidad divina, discreción, humildad en el mejor sentido de la palabra; la sencillez enaltece a quien la tiene, porque ante una persona sencilla nos sentimos más cómodos, más a gusto y ello nos permite comunicarnos más llanamente y de forma más relajada. Mayormente nos identificamos más con aquellos cuyo comportamiento es auténtico y espontáneo que con esos que miran con el ceño fruncido, orgullosos desde su falso pedestal.

No hay una situación que resulte más difícil que tener una relación -cercana o no- con una persona complicada y que se cree siempre superior a los demás con sus gestos, su voz y su conducta.

Para hacerse presente no hace falta alzar la voz, ni gesticular, ni reír de forma altisonante, ni envolverse en adornos o hacer alardes delante de los más pobres, de cuánto dinero se tiene porque cuando llega la soledad y el silencio, los adornos caen uno a uno y, sin dudas, nos encontraremos con una pobre alma desolada.

Esta vida puede ser muchas cosas, ahora bien, cómo la disfrutas no depende de la cantidad de cosas que poseas. Captar los pequeños detalles, su sabor y su textura, requiere que nos relacionemos en la vida con sencillez; es necesario desprendernos de lo que nos impide oír, ver y comprender el verdadero valor de lo que nos rodea porque como dijo José Martí, siempre mi gran referencia, “la sencillez es grandeza”, como también es confianza, franqueza, naturalidad.

De todas las acepciones de la palabra, destacan dos que quien las posea merece respeto y admiración; estas son:

La sencillez no engaña a los demás

La sencillez carece de falsos adornos


Quisiera nuevamente volver a Martí y lo hago con un fragmento de una de las más bellas cartas escritas a María Mantilla que ejemplifica y resume estos pensamientos al mismo tiempo que educa a la juventud y les enseña el verdadero camino de la virtud; ella es:

“Es como la elegancia, mi María, que está en el buen gusto y no en el costo…
La elegancia del vestido -la grande y verdadera- está en la altivez y fortaleza del alma…
Tener alma honrada, inteligente y libre da al cuerpo más elegancia y más poderío a la mujer, que las modas más ricas de las tiendas.
Mucha tienda, poca alma…
Quien tiene mucho adentro, necesita poco afuera. Quien siente su belleza, la belleza interior no busca afuera belleza prestada:
Se sabe hermosa y la belleza echa luz”


Reflexionemos seriamente estos preceptos que marcan una ética en el ser y el vivir, donde la sencillez en cada uno de nuestros actos sea nuestra tarjeta de presentación y característica esencial de nuestra personalidad.