Get Adobe Flash player

Saray, la viuda de Naím


Por: P. Martirián Marbán

Fíjense que ni siquiera Lucas menciona mi nombre en su evangelio. Tal era el desamparo de nosotras, las viudas, en aquel tiempo. Aunque sí le agradezco a Lucas que al narrar este episodio ha proclamado a Jesús como manantial de vida; a mí no me interesa que me haya hecho famosa, pues nadie nunca sabrá quién era yo.

Como deben saber, las mujeres en tiempos de Jesús apenas teníamos derechos. Pasábamos de la dependencia del padre a la dependencia del esposo y si este fallecía, seguíamos dependiendo de algún hijo varón o de algún pariente del marido que quisiera hacerse cargo de nosotras, las viudas. Acuérdense de Melcá, la viuda pobre que solo tenía dos moneditas de cobre y las ofreció al tesoro del gran templo de Jerusalén. (Lc.21,1-4, ver Nosotras N°12).

Mi esposo había muerto, pero teníamos un único hijo varón que se hizo cargo de mí. Sobrevivíamos porque en aquel tiempo Naím tenía un buen manantial de agua, tan escasa en Israel. Nuestra casa tenía también un pequeño terreno con higueras y olivos. Mi hijo la heredó de su padre pues las viudas no teníamos derecho a heredar de los maridos.

En nuestros viajes a los pueblos y ciudades a orillas del lago de Galilea y a Jerusalén, siempre llevábamos higos y aceitunas para los gastos de los viajes y las compras necesarias de alimentos y túnicas. Yo había volcado todo mi cariño y mis ilusiones en este hijo. Confiaba que, aunque se casara, velaría por mí hasta el final. Era mi apoyo y mi defensa.

Pero un día mi hijo se excedió trabajando, sudó mucho, luego se bañó con agua fría y no se abrigó. Adquirió lo que ustedes llaman una pulmonía y en pocos días falleció. En fracciones de segundo pensé: ¡qué locura, querrán hacerme creer en fantasías para que mi frustración y desesperación sean más grandes! Pero antes de terminar mis pensamientos, mi hijo, mi hijo único, mi sostén y mi esperanza, el fruto de mis entrañas, estaba ahí incorporándose y quitándose las vendas delante de mí.

Le apreté contra mi corazón, sintiendo el calor de su pecho y los latidos de su corazón. ¡Mi hijo devuelto a la vida!

Dice Lucas que “Jesús se lo entregó a su madre”. No hubiera hecho falta porque yo ahora, loca de contenta, no cesaba de abrazar y besar a mi hijo, tratando de quitarle las vendas que rodeaban su cuerpo.

Cuando reaccioné para dar las gracias a Jesús, él iba caminando, rodeado de la multitud que venía con él y también algunos de los que me habían acompañado. Solo acerté a escuchar: “Un gran profeta ha surgido entre nosotros y Dios ha visitado a su pueblo”. La chispita de esperanza que yo abrigaba en mi corazón, confiando en que el Dios de nuestros padres no me abandonaría se había cumplido con creces.

Regresamos a nuestra casa y a nuestro huerto. Tiempo después, unos misioneros nos localizaron y nos anunciaron que aquel Jesús que había devuelto la vida a mi hijo había muerto crucificado, pero que había resucitado. No me extrañó que fuera fuente de vida, después de habérsela dado a mi hijo.

En mi pueblo hicimos una comunidad. Mi hijo alcanzó a leer el evangelio de Lucas, donde se nos cita. Por eso nuestras tumbas se hicieron famosas y hasta pusieron lápidas funerarias en nuestras sepulturas. Dicen que se las mostraban a los peregrinos, por lo menos hasta el año 1000.

No olviden que Jesucristo fue y seguirá siendo siempre fuente y manantial de esperanza y vida.

Para comprender mejor este relato lean el Evangelio de Lucas: 7, 11-17.