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La Entrevista


Por: Caridad Zayas


El amor a la Virgen María en sus distintas advocaciones deviene motivo que incita a muchas personas al servicio y a la colaboración con la Iglesia. Este es el caso de Elena Fernández Castro quien desde hace un poco más de cincuenta años forma parte de la comunidad de la parroquia del Carmen. Nosotras conversa con esta habanera integrante también del Consejo reducido del Movimiento de Mujeres Católicas para conocer un poco más sobre su compromiso laical.


¿Recuerda cuándo asistió por primera vez a una Eucaristía?

Fui bautizada con tres días de nacida, por ello imagino que desde los primeros meses de edad mis padres me llevaban a la eucaristía. Cuando contaba con cinco años e iba con ellos a la misa, me hablaban de lo que iba aconteciendo sobre la base de lo que yo podía comprender. Mi madre fue siempre una católica con mucha fe al igual que mi abuela y así nos educaron a mi hermano y a mí. En mi hogar, recibí las lecciones de catequesis y aprendí sobre la importancia de asistir siempre a la misa así como su significación.

¿En qué momento de su vida tuvo conciencia de su fe?

Cuando tenía siete años empecé a prepararme para recibir el sacramento de la Comunión. Tenía entonces la percepción, el deseo y la alegría de recibir lo que me habían enseñado y deseaba comulgar, quería recibir a Cristo. También el hecho de la muerte de mi abuelo, a quien yo quería mucho, me hizo comprender, a pesar de mis pocos años -creo que ocho- que en la vida estamos de paso y que precisamente por ello había que ganarse la otra vida y ella nos las da Jesús.

Lleva ya cincuenta años en la comunidad del Carmen. ¿Por qué eligió esta comunidad para vivir su fe? ¿Qué servicios ha prestado acá y qué representa esta parroquia para usted?

Mi abuela amaba a la Virgen del Carmen. Era la advocación de mi familia y yo heredé ese amor, por ello la parroquia del Carmen. Aquí he prestado diversos servicios, entre otros: directora de catequesis, la atención de la biblioteca e integrante del grupo de arte bíblico puesto que hubo un tiempo donde no había estampas y debíamos hacerlas artesanalmente. Ser maestra hogarista me dotó de herramientas y habilidades que pude utilizar en este terreno.

Yo encuentro en el servicio felicidad porque todo es para el Señor. El servicio para mí no es trabajo, es un premio. Servir es mi máxima de vida. Desde hace más de diez años soy sacristana y todo lo que hago lo realizo con amor y entusiasmo. Siempre estoy donde hace falta y ayudo en lo que se necesite.

Esta parroquia es mi segundo hogar, es mi vida. Formar parte de la familia carmelitana me enorgullece. Gracias al testimonio de vida de nuestros sacerdotes, a lo que ellos nos transmiten con su ejemplo hemos logrado esta familia. Mi compromiso con Cristo y con la Iglesia es total.

¿Qué acciones realizaba el grupo de arte bíblico?

En la década de los setenta, no teníamos nada para ofrecerles a los feligreses y decidimos hacer estampas, carteles, anuncios y postales de Navidad, todo ello a mano. El equipo lo integrábamos Graciela Llanes, Zenaida Estorino y yo.

El P. Teodoro nos facilitaba las pinturas y las cartulinas. Cada vez que viajaba nos traía los enseres para trabajar.

Generalmente, cuando transito por áreas cercanas a la parroquia del Carmen percibo el dinamismo que aporta el entrar y salir de niños y jóvenes. ¿Me gustaría que se refiriera a ello?

Aquí existen diversos talleres, entre ellos, danza, música y trabajos manuales. También se imparten clases de inglés y se ofrecen repasos para los jóvenes que desean prepararse para los exámenes con vistas a obtener carreras universitarias. Tanto las clases de idioma como los repasos son totalmente gratis y para asistir no se necesita pertenecer a nuestra comunidad. Pienso que ello, poco a poco, va atrayendo a las personas. Además, la celebración eucarística es dinámica.

Puedo afirmar que nuestra comunidad ha crecido mucho y entre las diversas causas, a mi juicio, se halla todo lo que vamos haciendo.

Un mensaje a los lectores de la revista Nosotras.

Quiero decirles a los lectores de la revista que la fe es lo único que nos puede hacer feliz porque en ella va todo. Sin fe no hay vida, solo vacío.
La fe es esperanza y sin esperanza prevalece la desolación y la ansiedad. Debemos aferrarnos a nuestra fe porque en ella se encuentra la luz que nos ilumina, ahí está Cristo.