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MUJER y BUENAS MANERAS

Por: Ifigenia Herrera

Sabemos que la primera escuela de todo ser humano es la familia y ello vale la pena recalcarlo. La familia enseña los hábitos primeros, los principios básicos de la educación y la convivencia, el trato amable que merecemos todos y particularmente la mujer como lo exigen las normas de cortesía y educación; en familia aprendemos la fuerza de la solidaridad y la misericordia, no solo con palabras sino con actitudes y hechos. Luego, en la escuela se va reforzando todo lo aprendido en la casa. El entorno, los medios y la sociedad continúan incidiendo en la formación y sobre la base de lo que hemos recibido nos comportamos según nuestro juicio de valor.

Con relación directa a esta idea, nuestro José Martí con esa amplitud y universalidad de pensamiento que lo caracteriza expresó: El ser se ha desenvuelto al calor del hogar, antes que una atribución del ser se desarrolle con el contacto de los libros. Estos reforman, no forman.

Y también señaló: La niña nace para madre.
Con esa sensibilidad que lo acompañó durante toda su vida, nuestro Apóstol plantea con ello la capacidad de toda mujer de ser fragua, savia, taller donde se esculpe la espiritualidad de todos aquellos que se hallan bajo su abrigo.

Indudablemente, toda mujer deja una huella que de una manera u otra permanece en el medio donde se encuentra. Y ello debemos tenerlo siempre en cuenta ya que por esencia somos educadoras, paradigmas, formadoras y, en muchas ocasiones aquellos que se hallan a nuestro alrededor, fundamentalmente, los más pequeños de la casa, obrarán según nuestras ideas y comportamientos.

Por ello, hoy me preocupa observar cómo algunas señoras cuyas edades pueden oscilar entre los cincuenta años o más, sorprendentemente para mí puesto que no son jóvenes, obvian requerimientos educacionales esenciales y con sus conductas inadecuadas quebrantan patrones de comportamiento que ellas tienen la obligación de conocer, enseñar y practicar debido a nuestro rol en la sociedad. Por ejemplo, al viajar en ómnibus, he advertido en repetidas oportunidades, el disgusto de algunas cuando su compañero le ofrece el asiento que él ocupa a una señora que va de pie y, en otras ocasiones, he contemplado que ciertas féminas obvian la existencia de otras que cerca de ellas no han podido sentarse y en el instante de desocuparse un asiento adecuan su posición de manera que pueda ocuparlo un hombre sin ningún tipo de impedimento físico y mucho más joven que aquellas que no han podido ocupar el lugar. Sorprendida, he visto irritarse a señoras cuando sus pequeños, seguramente imitando lo aprendido en la escuela, le dan las gracias a la dependiente que los atendió y exaltadas han expresado que todo ha tenido que pagarse bastante caro y por ello para qué dar las gracias. Y qué decir de las palabras soeces integradas al vocabulario de algunas mujeres que sin recato y en cualquier sitio escuchamos con desagrado.

Estas actitudes nos empequeñecen, degradan y merecen un llamado de alerta.

Urge revisar nuestro comportamiento pues la sociedad para su equilibrio no puede prescindir de las buenas costumbres. Por ello, en este terreno, las mujeres tenemos mucho por hacer.