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¡Buenas vacaciones de verano en la casa común!


 

Por: Hna. Bernardeta Collazo, m.i.c. (Asesora Eclesial)

Íbamos para la misa matutina, cuando el vecino que se ocupa de embellecer los jardines de su cuadra nos dijo: párense para que vean algo muy bello. Y señalaba para un cactus ubicado a la entrada de su edificio. Nos quedamos maravilladas al verlo, tres flores blancas parecían darnos, ellas también, los buenos días.
Durante la Misa, me venía al corazón el vecino y la planta. Fue un regalo para amanecer feliz. El señor, -no conozco su nombre- pero sí su amor por las plantas, hizo que viniera a mi mente la expresión: el árbol se conoce por sus frutos.
Qué calidad de contemplación la de nuestro vecino. Andamos tan de prisa que no reparamos en este maravilloso mundo, en esta nuestra casa común.
Observo los niños que visitan nuestra casa y me preocupa que, a muchos de ellos, no les hayamos presentado esta casa común como suya. El valor de todo lo creado, desde el ser humano, centro de la obra amorosa del Creador, hasta la más mínima planta o animalito. Hay niños que son capaces de descubrir lo más ínfimo: una plantita, un pajarito, un insecto. Observan y se relacionan con lo que van descubriendo, pero también existen muchos, tal vez demasiados para mi gusto, que los hemos instruido mucho más en las técnicas de videos, de computadoras, de mp3, mp4… sin hablar de las “tables”. No estamos contra el progreso; el progreso es muy importante, pero después que les hayamos enseñado la casa común como un tesoro recibido y que debemos cuidar, a tal punto, de dejarlo mejor para las próximas generaciones. Y hasta nosotros, con el agobio diario, hemos perdido la capacidad de darnos cuenta de lo que está a nuestro alrededor… y llegan nuevamente las vacaciones.
¿Qué planes vamos a hacer para seguir redescubriendo la casa común, para poder tomar unas buenas vacaciones de verano? Contemplar la Creación es otro medio de alcanzar paz y gozo para nuestras vidas.
Hace ya algunos siglos, nuestros antecesores en la fe, (libro del Génesis) se dieron cuenta de que teníamos una gran herencia, la que hoy llamamos casa común. También descubrieron que esta casa había sido dada gratuitamente por un Creador que era todo amor, y que pensó hasta en los mínimos detalles para que no careciéramos de nada, para que pudiéramos vivir millones de años en ella, y tan abundante era, que alcanzaría para todos a través de los siglos porque si cada heredero la hacía multiplicar… sería una herencia “equitativa, sostenible, saludable”, entre otras muchas más. Así pensaba el Creador, con visión de presente y de futuro. No hizo un plan quinquenal, como los nuestros, no; su plan era un plan a largo plazo, por años sin término, con rendimiento máximo. Tuvo en cuenta los avatares que pudieran afectar la casa común, pero para ello le dio la inteligencia al ser humano, que “lo hizo poco inferior a un dios”, “lo coronó de gloria y esplendor”, “le dio el dominio sobre la obra de sus manos” y lo “puso todo bajo sus pies” (cf. Salmo 8).
Nuestros antepasados, agradecidos, le cantaron muchos Salmos a Dios: de alabanza, de acción de gracias y hasta de petición; tenían que pedirle que mandara la lluvia sobre la tierra, la que cae sobre buenos y malos, al igual que como sale el sol, para justos y no justos.
Y como toda historia de la vida real, en la casa común hay un techo que abarca a todos, como una gran carpa de circo infinita. Todos estamos viviendo bajo ese cielo de sol y luna y estrellas. Todos vivimos en una tierra que tiene mares, ríos, lagos, océanos; una tierra que puede dar frutos abundantes, donde pastorean diversas especie de animales domésticos y salvajes; en esa casa común estamos viviendo los seres humanos, dotados de un gran corazón, colmados de gloria y honor. A nosotros, que se nos dio el dominio de todo, nos toca acoger la herencia, valorarla y fructificarla. Cuando dice el salmista: “todo lo puso bajo sus pies”, depende de cómo lo interpretemos. Si lo vemos como una gran bota para aplastarlo todo o destruirlo, resulta que hemos mal interpretado el mensaje. Bajo sus pies, debe significar el saber que existo en una tierra -muchos la llaman la “madre Tierra”- y ella existe como una gran casa común.
En estos meses de verano, tenemos la oportunidad de reflexionar, contemplar, agradecer y alabar a Dios Creador por la casa común. El papa Francisco en su encíclica Laudato Si, nos brinda todas las facilidades para descubrir el regalo del Creador, pero también nos hace pensar qué he hecho y que puedo hacer por el bien de la casa. No dejemos concluir el verano sin darnos cuenta de la herencia recibida y la que dejaremos en sucesión a los próximos.
Como cada año, hagamos un proyecto con los miembros de la familia, los que vivimos en casa, bajo el mismo techo. Invitemos al resto de la familia, a los vecinos, a los amigos, a todos aquellos que podamos sensibilizar y compartir un mismo deseo: mejorar la calidad de vida de nuestro entorno. ¿Qué vamos a hacer juntos? Aprovechemos para enseñarles a los niños a amar todo lo creado, a cuidarlo, a protegerlo como los protegemos a ellos. Y nosotros, como ellos, asombrarnos ante todo lo creado, especialmente, frente al ser humano y enseñarles a ver el buen corazón de las personas. Sorprendamos a los demás con novedades, dejen que brote la belleza interior que nos habita y que es una riqueza para la gran casa común.

Qué Dios Padre Creador se sienta orgulloso de sus Hijos amados porque amando todo lo creado por Él, lo amamos a Él y a los otros.

Salmo 37(36)

Confía en el Señor
y practica el bien;
habita en la tierra y vive tranquilo:
que el Señor sea tu único deleite,
y él colmará los deseos de tu corazón.
El Señor se preocupa de los buenos
y su herencia permanecerá
para siempre;
no desfallecerán en los momentos de penuria,
y en tiempos de hambre
quedarán saciados.
Aléjate del mal,
practica el bien,
y siempre tendrás una morada,
porque el Señor ama la justicia
y nunca abandona a sus fieles.

Hagamos realidad las palabras del salmista, manos a la obra.