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Corina, la cananea que impidió a Jesús caminar


Por: P. Martirián Marbán

Los judíos nos llamaban cananeos en tono despectivo. En realidad éramos descendientes de los griegos.
Quinientos años antes de Jesucristo, se dio una oportunidad para los griegos y empezaron a expandirse por todo el mar Mediterráneo. Si llegaron a las costas de España, cuanto más a las de Israel y Líbano que estaban mucho más cerca, al alcance de la mano, así que, sobre todo los comerciantes se asentaron en las ciudades de Tiro y Sidón, en la costa.
Mis antepasados, pues, vinieron y se quedaron por allí. Ellos comerciaban con la madera y en aquel tiempo había buenos bosques en el Líbano como lo señala la Biblia.
Como cosa normal en la época, mis padres concertaron mi matrimonio con un comerciante de madera. Nuestro negocio iba bien pero una de nuestras hijas desde pequeña empezó a tener reacciones que nos desconcertaban, rebeldías injustificadas, gritos impropios de su edad. Y como nuestros conocimientos en medicina eran escasos todo lo achacábamos a poderes maléficos, al demonio.
Aunque los judíos nos despreciaban, comerciaban con nosotros. Una vez que mi hija estaba gritando descompuesta y yo haciendo invocaciones y sahumerios a nuestros dioses, un comerciante judío nos habló de un nuevo profeta que había aparecido en Galilea que sanaba todas las enfermedades y expulsaba demonios de la gente. Y le llamaban “hijo de David”.
¿Pero, cómo encontrarse con él? Alguna vez mi esposo llevó un cargamento de madera hasta la ciudad de Tiberíades, construida por el rey Herodes, en honor del emperador romano Tiberio, a quien debía su permanencia en el cargo. Preguntó por el nuevo profeta. Muchos le conocían o habían hablado con él. Hasta algunos decían que le habían visto pescando en el lago con otros pescadores. Como profeta itinerante, nadie sabía dónde moraba.
Ni los dioses, ni nuestros sacerdotes, ni los numerosos remedios que tanta gente me recomendó, servían para mejorar la salud de mi hija.
De pronto, llega un comerciante judío diciendo que aquel profeta galileo o judío se dirigía por el camino de Sidón. Inmediatamente preparamos viaje mi esposo y yo y salimos en su busca.
Por los relatos de los que transitaban los únicos caminos que había entonces, dimos rápidamente con su ubicación.
No fue difícil distinguirlo caminando con sus discípulos y alguna gente más entre la algarabía de los niños que jugaban delante o detrás de él.
Mi esposo se acobardó en seguida. Exponerse un “cananeo”, entre tantos galileos no era prudente, así que me armé de valor y yo, una mujer, en aquel ambiente hostil por ser mujer y encima cananea, me puse a gritar detrás de aquella caravana, a conveniente distancia, no fuese que algún pedrusco me cayera encima: “Señor, hijo de David, ten compasión de mí: mi hija está atormentada por un demonio”.
Pero Jesús seguía caminando, jugando con los niños y sin inmutarse; pensé que no me había oído y me acerqué más, arriesgándome a sufrir los insultos de los acompañantes y tal vez algún golpe disimulado. Con mi esposo no podía contar para nada en esos momentos. Estaba paralizado, supongo que por el miedo.
Saqué todas mis fuerzas para gritar más fuerte, por lo menos me tendrá que oír, pensé. No me importaron las miradas despectivas de sus discípulos bien molestos por mis gritos; vi que se acercaron a Jesús y algo le comentaron, no capté la respuesta de Jesús, pero aproveché ese momento en que no tenía a nadie detrás, acopié fuerzas, corrí, me arrodillé delante de Jesús, impidiéndole caminar. Era mi última oportunidad. Si este profeta no cura a mi hija nadie lo podrá hacer. Tal era mi fe en él. Por eso le dije: “Señor, socórreme”.
Y no me desanimé con el “insulto” que salió de la boca de Jesús, claro que no dijo “perros” sino “perrillos”. Después supe que era para probar mi fe. Como estaba dispuesta a todo, y me sentí acogida y valorada por Jesús, y ni sabiendo de dónde venía aquella valentía, me atreví a contradecir nada menos que a un profeta, diciéndole que “también los perritos comían lo que caía de la mesa de los amos”. Años después al formar parte de una comunidad cristiana con mi esposo y mis hijos concluimos que fue el Espíritu Santo quien habló por mi boca ante el ambiente cordial y confiado que Jesús había creado al acceder hablar en público con una mujer y además extranjera.
Y Jesús desarmado por mi fe no tuvo más remedio que decir: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Qué se cumpla tu deseo”.
Nos devolvimos y aunque mi esposo tenía ciertas dudas, yo quedé convencida de que mi hija había sanado. Y así la encontré al llegar, aunque en la cama, amable, sonriente y preocupada de no encontrar en casa a los padres. Nos fundimos en un intenso abrazo, y de ahí me quedé con la inquietud de conocer más sobre ese profeta.
Años más tarde encontré a unos galileos que habían huido de Jerusalén cuando la muerte de Esteban y nos anunciaron la Buena Noticia de que habían crucificado al profeta Jesús, pero que éste había resucitado. Y comencé a creer en él como Salvador.
¿Y la fe de ustedes cómo es? Los discípulos aprendieron la lección. Jesús es el Salvador de todos, no tiene barreras nacionales ni culturales.
Para comprender mejor este relato es imprescindible leer Mateo, 15, 21-28 y Marcos, 7,24-30.
Y se lee en las misas del domingo 20 ordinario del ciclo A, que en 2017 corresponden al 20 de agosto; en las misas del jueves de la semana quinta y miércoles de la semana 18 del Tiempo Ordinario.