NOSOTRAS
MOVIMIENTO DE MUJERES CATÓLICAS - CUBA


La mujer:
signo de paz, reconciliación y esperanza

Cuarto Trimestre 2011
Resolución: 1024 X 768 32 bit

 

Este relato presenta la insólita trayectoria de Waris Dirie, una de las mujeres más bellas del mundo de la moda, quien desde una aldea de Somalia fue capaz de llegar a las páginas de la revista Vogue. Al revelar su secreto más íntimo y doloroso, esta  valiente mujer espera ayudar a poner fin a una inhumana tradición que ha dejado   mutiladas a millones de inocentes desde hace mucho tiempo.

 

“Flor del desierto”, de Waris Dirie y
Cathleen Miller para la revista Vogue,
y condensado por Ada Rabelo.

 

 

“FLOR  del  DESIERTO”

La familia de Waris era una tribu de pastores del desierto de Somalia. A los cinco años ya sabía lo que era ser mujer en África: soportar sufrimientos terribles en silencio y sin poder hacer nada. Las mujeres son la columna vertebral de África, realizan la mayor parte del trabajo y, a pesar de esto, carecen de poder para tomar decisiones, no tienen voto ni voz, ni   siquiera para elegir con quien casarse. En una cultura nómada no había sitio para una mujer soltera, así que las madres se sienten obligadas a ofrecerles a las hijas las mejores oportunidades para conseguir marido. Y como en Somalia se tiene la creencia de que los genitales femeninos son malignos, la mujer se considera impura, lasciva e incasable hasta que se le mutilan esas partes: el clítoris, los labios menores y la mayor parte de los labios mayores. Al final, la herida se  sutura y sólo queda la cicatriz y un pequeño orificio.

Se le pagaba a una gitana para que ejecutara esta práctica, llamada infibulación. A las niñas no se les explican los detalles de la infibulación; son un misterio.

Cierta noche su mamá le comunicó que su papá había ido a ver a la gitana. La víspera de ser infibulada, su familia se mostró muy cariñosa y a la hora de cenar le tocó más comida y su mamá le dijo que tomara poco líquido.

Aún no había amanecido, su madre le indicó que se levantara, la llevó entre matorrales; apareció la gitana que le ordenó sentarse sobre una piedra plana.        Su madre la tendió sobre la piedra, se sentó detrás de ella y apretó su cabeza contra su pecho, rodeándole con las piernas. La gitana, con sus dedos huesudos sacó una navaja de afeitar mellada, con sangre aún seca en el filo, escupió en la navaja  y la limpió con su vestido. Sintió que le cortaban las carnes, el dolor era indescriptible, las piernas le empezaron a temblar, a sacudirse sin control, el dolor en la región genital era tan intenso, que deseó estar muerta, antes de      desmayarse. Cuando abrió los ojos, la gitana se había marchado y le habían atado las piernas desde los tobillos hasta las caderas con tiras de tela, para que no se moviera. Entonces vio la piedra: estaba bañada en sangre, como si sobre ella hubiesen sacrificado un animal. Al cabo de unas horas, deseó orinar, la primera gota le ardió como si le hubieran puesto ácido.

Al coserla, la gitana le había dejado un orificio del    diámetro de un fósforo por el cual orinar y más tarde dejar salir el flujo menstrual.

Estuvo semanas acostada y amarrada, preguntándose: ¿por qué? ¿Para qué me hicieron esto?.
Sufrió mucho al ser sometida a este rito brutal, pero tuvo suerte, muchas niñas mueren desangrándose,

o a causa del trauma, las infecciones o el tétanos. Dada las condiciones en que se realiza la mutilación, asombra que haya sobrevivido.

Tenía 13 años cuando se hartó de esas tradiciones. Su calvario empezó cuando su padre le dijo que ya había elegido esposo para ella. Se imaginó viviendo con un viejo en algún sitio remoto y aislado, haciendo todo el trabajo mientras que él se pasearía por la casa, cojeando y aferrado al bastón. Luego, cuando muriera de un infarto, tendría que vivir sola, o criar sin ayuda cuatro o cinco niños. Aquello no era la vida que quería.

Antes de huir de casa, su vida había girado en torno a la naturaleza. Al igual que sus parientes, no sabía cuántos años tenía, su vida estaba regida por el ritmo de las estaciones y los movimientos del sol. Su huída por el desierto estaba por comenzar, sintió que su madre la abrazaba y se esforzó por ver su rostro en la penumbra para grabárselo en la memoria. Llegó a Mogadiscio varias semanas después de haber huido, y localizó a su hermana, que esperaba a su primer hijo, accedió a que se quedara  limpiando, lavando la ropa y cuidando del hijo cuando naciera. Tenían otros parientes en Mogadiscio, se presentó en casa de su tía que la aceptó para que la ayudara en los quehaceres de la casa y las cosas le fueron mejor.

Un día, mientras hacía la limpieza, llegó el esposo de otra tía, al cual habían nombrado embajador de    Somalia en Londres, por cuatro años. Necesitaba encontrar una sirvienta antes de partir para Londres y ella le propuso la llevara, pues hacía muy bien la limpieza. Aceptó y al día siguiente pasó a recogerla y le dio un pasaporte, era el primer documento con su nombre que veía.
En Londres, le invadió un repentino sentimiento de soledad y tristeza, se hallaba en un lugar totalmente extraño, rodeada de rostros pálidos y demacrados, la nieve cubría todo el paisaje.
Cuando llegó a la casa del tío, quedó boquiabierta: era una mansión de cuatro plantas, y su tía inmediatamente la puso al tanto de cuáles eran sus deberes, con mucha frialdad. Al cabo de una semana ya dominaba sus tareas, que repitió durante cuatro años. Cuando tenía unos 16 años  fue a vivir con ellos una sobrina del tío, y tenía que llevarla a la escuela todas las  mañanas. Una de ellas, notó que un hombre la miraba fijamente, era blanco, de unos 40 años y tenía el pelo recogido en una cola de caballo, una vez que dejó a la niña se le acercó y empezó a hablar, pero como no sabía inglés, no entendió palabra. Un día volvió a acercarse y le dio una tarjeta, se la mostró a una de las hijas de su tía y ésta le dijo que decía fotógrafo.

Cuando su trabajo como embajador estaba por concluir, su tío anunció que regresarían a Somalia. La idea no le entusiasmó, soñaba con ganar dinero para comprarle una casa a su madre, pero debía quedarse en Inglaterra, no sabía cómo, pero tenía fe.

Su plan era simple: sin pasaporte no se la podrían llevar, enterró su pasaporte en el jardín y dijo que no lo encontraba, cuando se marcharon dejándola sola, lo desenterró y empezó a caminar por la calle muy contenta. Entró en una tienda y vio  una mujer alta y atractiva que estaba mirando unos abrigos. Era africana y muy amable, empezaron a charlar en somalí y pronto la puso al día de su situación, a lo que ella le propuso compartir un cuarto en la Asociación Cristiana de Jóvenes. Se hicieron muy buenas amigas. Empezó a trabajar en la cocina de un restaurante y asistió a clases gratuitas de conversación, lectura y escritura en inglés.

Una tarde, sacó la tarjeta del fotógrafo (que había metido en el pasaporte) y se la mostró a su amiga, contándole la historia. La amiga le propuso telefonear y le hizo el favor de hacerlo para poder contactar con Mike Gross. Cuando al otro día fue al estudio y abrió la puerta, penetró en otro mundo, ¡esa era la oportunidad que buscaba! La pretensión de Mike era fotografiarla, ya que no había visto un perfil más bello que el suyo.

Unos días después, la maquilladora la hizo sentar y puso manos a la obra: cepillos, algodones, esponjas  y toda clase de cosméticos, transformando su rostro en algo luminoso. Mike sacó fotos y luego se las mostró, apareciendo ante sus ojos una imagen como por arte de magia, que a penas podía reconocer: una mujer hermosa como las de los carteles del vestíbulo, se había transformado de Waris la sirvienta, en Waris la modelo.

Su carrera como modelo fue en rápido ascenso,    trabajó en París, Milán y Nueva York, donde le fue de maravilla y empezó a ganar más dinero que nunca. Hizo comerciales para joyerías, cosméticos

perfumes, también comerciales con estrellas del cine, el trabajo seguía lloviéndole y al poco tiempo su imagen figuraba ya en las grandes revistas de modas.

Pese a los éxitos de su nueva vida, conservaba heridas de la anterior, el orificio que la gitana le había dejado hacía que tardara unos diez minutos en orinar. También la menstruación era un tormento, cada mes quedaba incapacitada durante varios días en que se iba a la cama, esperando que pasara el terrible dolor. Empezó a comprender que seguir padeciendo la volvería una inválida diez días de cada mes, y decidió acudir al médico y contarle la verdad que hasta ahora había ocultado ante todos  los reconocimientos médicos. El resultado: era preciso operarla lo antes posible, no sabían cómo había podido sobrevivir. Aplazó más de un año la cirugía, ante las dudas con respecto a su cultura. El doctor hizo un buen trabajo y al cabo de tres semanas pudo por fin orinar normalmente, con una sensación de alivio indescriptible.

En 1995, la cadena BBC le propuso hacer un   documental sobre su vida como modelo y aceptó con la condición de que la llevaran a Somalia y la ayudaran a encontrar a su madre.

Luego de muchas investigaciones, al fin encontró a su madre, al principio sólo hablaban de minucias, pero la alegría de volver a verla cerró el abismo que las separaban. Su padre se había vuelto viejo y necesitaba espejuelos, su hermano menor se iba a casar. Por fin su madre le preguntó, por qué no se había casado, que  quería tener nietos. Antes de llegar la avioneta a recogerlas, le preguntó si quería ir a vivir con ella a Inglaterra o Estados Unidos, a lo que respondió: “¿Y qué voy a hacer yo allí?. Tu padre está envejeciendo y me   necesita. Si quieres ayudarme, consígueme una casa en Somalia donde pueda ir cuando esté cansada. Éste es mi hogar, el único que conozco.” Le dio un fuerte abrazo y le dijo que la quería mucho.

Para entonces ya era bien reconocida en su profesión, era como estar en el paraíso. Le había dicho a su madre que aún no había encontrado al hombre apropiado para ella, pero una noche lo encontró en un club  nocturno en Nueva York, donde se tocaba jazz. Era un baterista tímido que llevaba un peinado afro de los años 70. Desde el primer momento supo que iba a enamorarse de él. Pronto se dieron cuenta que estaban enamorados y querían pasar juntos el resto de sus vidas. Tuvieron un hijo hermoso, de sedoso pelo negro, con su boquita y sus mejillas abultadas que parecía un querubín negro.

Luego de completar su ciclo de vida como mujer -que empezó en forma prematura al ser infibulada a los 5 años de edad y culminó con el nacimiento de su hijo a los 30- sintió aún más respeto por su madre. Entendió que las mujeres de Somalia tenían una   fortaleza increíble.

Pensó en la hija del desierto que tenía que andar  kilómetros a fin de encontrar agua para sus cabras, aun cuando por el intenso dolor de la menstruación apenas podía sostenerse en pie. Pensó en la mujer que, con nueve meses de embarazo, debía salir a buscar comida para sus otros hijos. Pensó en la esposa, a la que volverían a coser con aguja e hilo en cuánto diera a luz, a fin de que tuviera siempre la vagina apretada para su marido. Y pensó también en la recién casada, que debía andar con los genitales cosidos aunque estuviera a punto de parir.

Con el paso del tiempo, aumentó su conciencia de que, por culpa de un rito cruel, muchas mujeres en África tenían que vivir con dolor. Alguien debía alzar la voz en defensa de la niña que no podía hacerlo y pensó que su destino era ayudarlas.

Luego de mucho reflexionar, se dio cuenta de que tenía que hablar de la infibulación, que aparte de los trastornos de salud que aún le causaba, no podía  conocer los placeres de la sexualidad, se sentía     incompleta, mutilada, sabiendo que no tenía remedio. Se sentía obligada a denunciar esa costumbre ante el mundo. Comenzó a dar entrevistas y conferencias en escuelas, asociaciones y donde quiera que podía dar a conocer el asunto.

En 1997, el Fondo de Población de la ONU la invitó a unirse a la lucha contra la infibulación o mutilación genital femenina, como se le conoce hoy en día. La OMS ha reunido estadísticas aterradoras, las cuales permiten apreciar la gravedad del problema. Cuando vio esas cifras, supo que no era la única víctima.

Por otro lado, se sentía obligada a denunciar esta  costumbre ante el mundo.

Con gran orgullo aceptó la invitación de la ONU para integrarse a la lucha, a pesar de las amenazas y riesgos por parte de los fundamentalistas, que consideran esta costumbre sagrada, prescrita por el Corán. Y eso no es verdad, ni en el Corán ni en la Biblia la mencionan siquiera.

Su mayor deseo es que en el futuro ninguna mujer tenga que sufrir esta terrible experiencia y ese es el motivo por el que está luchando.

 

 


DIRECTORA
Sara Vázquez Matar
ASESOR ECLESIAL
Joan Rovira s.j
DISEÑO Y EDICIÓN DE IMPRESO
Adrián Pérez
DISEÑO DIGITAL
Raúl León Pérez
CORRECCIÓN
Caridad Sayas

NOSOTRAS es la publicación, con una secuencia trimestral, del Movimiento de Mujeres Católicas de la Arquidiócesis de La Habana, Cuba.
Su objetivo principal es el de ser un medio de evangelización y promoción de la mujer en todos los ambientes en que ella se desenvuelve.
Se permite la reproducción, total o parcial, de los trabajos, siempre que se indique la fuente.
DISTRIBUCIÓN
Magdalena Moreno
CONSEJO DE REDACCIÓN
Edelma Acosta
María del Carmen Vasconcelos
REDACCIÓN
Casa Laical. Teniente Rey e/ Bernaza
y Villegas. Habana Vieja.
Teléfono: 863-1767.
E-mail:revistanosotras@arzhabana.co.cu