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Educar: acción que comienza desde la casa


Por: Celia Polledo


La calle es el lugar de obligada coincidencia. Es por ello que se convierte en un lugar de todos. Días atrás, esperaba el P16 y frente a mi dos mujeres jóvenes conversaban muy alegres en alta voz; una de ellas llevaba cargado a un niño que probablemente tendría dos años. En la despedida, la mamá del pequeño lo incitaba para que le dijera a su amiga que esta era una… además de otra palabrota que por su obscenidad es imposible transcribir aquí. Ambas reían por la manera en que el niño, que apenas sabía hablar, repetía lo que su mamá le decía.

Muchos observábamos aquella escena, divertida para algunos y criticable para otros. Y yo pensaba que, seguramente, ese niño, a medida que creciese, incorporaría a su vocabulario esas palabrotas y groserías y en lo desagradable que resulta escuchar a un niño, adolescente o joven expresarse de esa manera.

Días después, en Prado, presencié dos hechos que también hablan muy mal de la educación que algunos padres dan a sus hijos. Uno de ellos es este: dos niños cuyas edades fluctuaban entre los seis y siete años jugaban. En el juego uno de ellos empujó al otro que cayó al suelo. El padre de este niño, un hombre joven, al ver esto se acercó a su hijo y en muy mala forma lo incitaba a golpear al otro niño porque debía comportarse como un hombre.

Este llamado a la violencia estaba, por supuesto, apoyado con las peores palabrotas. La abuela del otro niño se acercó para ofrecer disculpas por lo ocurrido y poner orden, pero increíblemente recibió una andanada de groserías. Aquello terminó cuando el padre del niño se lo llevó casi a rastras mientras lo avergonzaba porque no había actuado como él quería.

Es preocupante la forma en que algunos padres enseñan a sus hijos a comportarse. Si desde pequeños no enseñamos normas de conducta adecuadas, cómo podremos aspirar a que en el futuro nuestros hijos y nietos sean hombres de bien. Entre los logros más encomiados en nuestro país están los obtenidos en la salud y la educación. Pero me parece que ha habido una equivocación con los significados de los términos educación e instrucción. José Martí, con su brillante pensamiento nos aclara que “Instrucción no es lo mismo que educación: aquella se refiere al pensamiento, y esta principalmente a los sentimientos.”

Si consultamos un diccionario veremos que educación es crianza, enseñanza que se da a niños y jóvenes, cortesía y urbanidad mientras que instrucción es el caudal de conocimientos adquiridos. Se puede ser instruido, es decir, poseer un caudal de conocimientos y no ser educados si no somos corteses y no respetamos las reglas de urbanidad, entre otras cosas. Los padres y abuelos estamos obligados a contribuir a la formación moral de nuestros descendientes, independientemente del nivel de escolaridad que tengamos. Recuerdo historias contadas por mis padres sobre personas que apenas habían ido a la escuela y, sin embargo, sus hijos y nietos eran ejemplares personas, respetuosos, corteses y bien educados.

La educación empieza en el hogar y se complementa en la escuela con el desempeño de profesores que no solo sean ejemplo por sus conocimientos sino también por mostrar a sus alumnos buenas normas de conducta.

Ser padres es el mayor regalo que nos hace Dios; por ello, nuestro deber consiste en educar a nuestros hijos para que en el futuro sean, en alguna medida, mejores que nosotros.