Get Adobe Flash player

Marta de Betania
"Tú eres el Cristo el hijo de Dios"


Por: P. Martirián Marbán


Mala fama me han dado algunos predicadores debido a aquella ocasión en que agotada por servir a Jesúsy sus numerosos acompañantes, él me dio a entender que no hacía falta que le dispensara tantas atenciones y me preocupara más de las cosas espirituales. Me perjudicó un poco quien informó a Lucas de este suceso, pues a partir de su relato he quedado mal parada y mal entendida (Lc. 10, 38-48).

Imagínense, nuestra casa era confortable para los tres solteros que vivíamos en ella: Lázaro, María y yo.

De entrada una sala comedor, como dirían hoy, en un rincón la cocina de leña que a veces llenaba de humo toda la estancia y un poco más adentro el cubículo donde dormíamos.

Vivíamos en Betania, a un día de camino de Jerusalén; por ello Jesús pasaba con frecuencia por nuestra casa para descansar, reponer fuerzas, conversar con Lázaro e instruir a sus discípulos en un lugar tranquilo, calmadamente. Mi hermana María, en compañía de Jesús, se sentía encantada, quién sabe si alguna vez soñó con alguna expectativa sobre él, aunque Jesús nunca le dio motivos para ello. Pero se conoce cómo somos las mujeres y la complejidad de nuestros sentimientos y fantasías.

Al llegar Jesús con sus doce apóstoles, debíamos ir a buscar agua para lavarles los pies, en ello Lázaro ayudaba mucho; luego, preparar limonada, buscar comida para aquellos “lobos hambrientos” y limpiar un poquito la sala para que durmieran en suelo limpio. Me agotaba pues algunos eran muy comilones y los más lentos siempre protestaban porque se quedaban con hambre. Yo le pasaba recados a María: ve por agua, busca limones, trae más leña pero María embobada a los pies de Jesús, escuchándole, me decía: “ya voy”, pero nunca venía, y en el otro extremo algunos discípulos poco educados pidiendo, impacientes, agua, limonada, comida. Y ni María ni Lázaro hacían caso. A veces, venían con Jesús algunas mujeres que ayudaban y María se liberaba, pero esta vez no había ninguna.

Así que me armé de valor, una tímida como yo y me atreví a interrumpir a Jesús, delante de Lázaro y sus acompañantes y disparé esa frase, que con la respuesta de Jesús, ha sido tan malinterpretada a lo largo de la historia:

"Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile que me ayude”

(Lucas. 10, 40).

Y por qué no han destacado la frase que recogió el evangelista Juan cuando Jesús llegó a Betania, a la muerte de mi hermano Lázaro y yo salí corriendo a su encuentro y le dije: “Sí, Señor, yo siempre he creído que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios que ha de venir a este mundo” (Juan: 11,27).

¿Quién antes que yo, había hecho una confesión tan explícita de la divinidad de Jesús? Y conociendo la sintonía de mi hermana María con Jesús, fui rápidamente a avisarle y con mi audacia femenina me atreví a decirle: “El Maestro está aquí y te llama” (Juan: 11,28).

No le tengo ningún rencor a mi hermana María, ni quiero un puesto mayor que el de ella, pero sí quiero reivindicar el trabajo doméstico que han hecho, hacen y harán tantas mujeres amas de casa, a veces, silenciosamente y con doble o triple jornada de trabajo.

El Papa Francisco acaba de ensalzar el acompañamiento a los enfermos, ¡cuantas, mujeres lo hacen! “El tiempo que se pasa junto al enfermo es un tiempo santo” Mensaje del Papa Francisco para el Día Mundial del enfermo 2015).

Nosotras también acompañamos cariñosamente a nuestro hermano Lázaro en su enfermedad. Teníamos una pequeña hacienda, herencia de nuestros padres. Lázaro cultivaba viñas, higueras y granados. Nosotras también ayudábamos en tiempos de cosecha. Lázaro se levantaba muy temprano para trabajar y para llevar la mercancía al mercado de Jerusalén. Sobre todo en las grandes fiestas se hacía buena plata, dada la cantidad de gente que acudía. Los inviernos eran muy duros y Lázaro atrapó una severa pulmonía. De nada sirvieron los remedios y las oraciones que hacíamos al Altísimo.

Nuestra última esperanza era Jesús, confiábamos en que hiciera algo por su gran amigo. Por eso le mandamos un recado con esa frase tan elocuente: “Señor, el que tu amas está enfermo” (Juan, 11,3).

Nos desconcertó y nos decepcionó la respuesta que nos trajo el mensajero. Jesús no vino y eso que le enviamos una caballería rápida y cómoda.

Lázaro murió y quedamos desconsoladas y desamparadas, ¿qué íbamos a hacer dos mujeres solas sin la protección de un varón? No habíamos terminado el duelo cuando algunos comerciantes que venían en la misma caravana nos anunciaron que Jesús se acercaba a Betania. Al enterarme, salí corriendo a su encuentro, sobre todo para preguntarle la razón por la que no había venido antes. ¿No amaba a Lázaro, no había pasado infinidad de veces por nuestra casa y había sido acogido exquisitamente, aunque yo hubiera terminado agotada atendiendo a sus acompañantes?

Sin embargo, mi fe en Jesús no se había apagado; por ello, tras el reclamo le dije: “Cualquier cosa que pidas a Dios, yo sé que Dios te la dará” (Juan, 11,22).

Y para que ustedes tomen ejemplo, luego hice una confesión de fe muy difícil de superar: “Sí, Señor, yo siempre he creído que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios que ha de venir a este mundo” (Juan: 11,27). Lo que ocurrió después ustedes ya los saben por el Capítulo XI del Evangelio de Juan.

Cuando nos enteramos de la condena a muerte de Jesús, nos trasladamos rápidamente a Jerusalén aunque cuando llegamos ya le habían enterrado pero pudimos consolar a María, su madre, y a los discípulos que estaban muertos de miedo. Siempre tuvimos una esperanza de alguna intervención del Todopoderoso a quien Jesús llamaba Papá, y todo se nos confirmó con la experiencia de la resurrección.

Pudimos fundar una comunidad cristiana en Betania, donde fallecimos ya muy ancianos. Todo lo que se dice de mí: …que si pude vencer a un dragón en Francia aplicándole agua bendecida, que si con Lázaro y María fuimos a Chipre es imposible de probar.

Qué mi ejemplo les ayude a no dejarse agitar por las preocupaciones materiales. Deben priorizar siempre la amistad con Jesús, lo demás es consecuencia de este encuentro personal y vendrá por añadidura (Mt. 6,33).

Nota: Lo que se dice sobre Marta está en Lucas: 10,38-48; Juan 11: 1-44. 12,1-3.