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Ana, la estéril da a luz siete veces


Por: P. Martirián Marbán

¡Cómo ha cambiado la mentalidad! Mientras que hoy muchas mujeres retrasan la maternidad o quieren solo uno o dos hijos, y, más aún, hasta consideran el embarazo un error, en mi tiempo, la aspiración de todas las mujeres era tener muchos hijos varones. Eso nos daba prestigio social, reconocimiento e importancia ante los varones, la sociedad y las demás mujeres.

Imagínense mi sufrimiento por no tener hijos y las humillaciones recibidas por parte de Peniná, la otra esposa de Elcaná, mi marido, que tenía dos hijos varones.

A pesar de sus preferencias por mí, yo sufría mucho porque mi vocación de madre no la podía realizar con un esposo por muy complaciente que fuera, y me entristecía a pesar de los reclamos de él: “¿Acaso no valgo para ti más que diez hijos?”.

Vivíamos en Ramá. Así se llamaba también la aldea donde había sido enterrada Raquel, la esposa de Jacob, cuya historia era muy parecida a la mía. Aunque era la preferida de Jacob, tenía que sufrir las humillaciones de su hermana Lía, por no tener hijos. También Sara, la esposa de Abrahán y madre de Isaac había pasado por una situación similar a la mía.

Pero si a Sara y a Raquel Dios les había quitado la afrenta de ser estéril, por qué no lo podía hacer conmigo.

Así que en aquel año de 1070 antes de Jesucristo, o de nuestra era, cuando fuimos a Silo, al sacrificio anual ante el Arca de la Alianza, donde se guardaban las Tablas de Piedra en las que el mismo Dios había escrito los Diez Mandamientos, me propuse orar intensamente al Señor pidiéndole, al menos, un hijo varón, prometiéndole que si me lo concedía sería consagrado a Dios de por vida. Tan intensa era mi oración y tan angustiada estaba que movía los labios, pero no lograba articular palabra en voz alta.

El sacerdote Elí que me estaba observando, me confundió con una borracha y me ordenó salir de su presencia. Acopié fuerzas para poder decirle que estaba desahogando mi corazón ante Dios, pues sentía una gran pena y humillación. Elí me creyó y me respondió: “Vete en paz y que el Dios de Israel te conceda lo que has pedido”.

La oración y luego bendición e intercesión del sacerdote Elí me transformaron de tal modo que mi semblante cambió y seguí participando de las fiestas del Sacrificio anual.

Era tal la confianza en el Señor que volví convencida de que al fin concebiría el hijo varón que soñaba. Inmediatamente me quedé embarazada. Las molestias del embarazo me parecieron nada, pues estaba convencida de que la criatura que se movía en mi vientre era varón y llena de alegría daba gracias a Dios constantemente.

Ya antes del parto le dije a mi marido que había que ponerle el nombre de Samuel, que sobre él había invocado el nombre de Dios.

Imagínense las felicitaciones que recibí cuando mis vecinas y parientes se enteraron de que había tenido un hijo varón. Para mí, la preocupación era cumplir la promesa que había hecho a Dios el año anterior: “Consagrarlo al Señor por todos los días de su vida…”

Sé que me iba a costar desprenderme de un único hijo varón tan hermoso, pero si el Señor me lo había dado era lógico que yo se lo devolviera; de alguna forma me recompensaría. Y no volví a Silo, a los sacrificios anuales, hasta que Samuel pudo alimentarse sin necesidad de la leche materna.

Como a los tres años de nacido mi hijo, acompañé a mi marido al sacrificio anual. Ya Samuel caminaba, a ratos. Por un lado, temía la despedida, el desprendimiento de un hijo tan esperado y querido. Por el otro, me llenaba de alegría que nuestro Dios recompensara tanto a los que se fiaban de Él. Así, con la valentía que da la fe, me presenté con el niño ante el sacerdote, que me reconoció y le entregué al Señor. Samuel enseguida se encariñó con los otros niños que jugaban por allí.

Entonces a mí, una guajira iletrada, me invadió el espíritu del Señor y me puse a alabarlo y bendecirlo en voz alta en una oración que luego los redactores bíblicos formularon en forma de poesía y les ruego encarecidamente que la recen a menudo, pues hasta María la madre de Jesús, se la sabía tan de memoria que se inspiró en ella para su cántico de alabanza o Magníficat, que pueden leer en el Evangelio de Lucas: 1, 46-54.

Las dos coincidimos en la alegría, la acción de gracias al Señor y el reconocimiento de que está siempre a favor de los humildes. Merece la pena confiar en él.

No me desentendí de mi hijo Samuel, ¡cómo iba a hacerlo! Todos los años le llevaba una túnica de lino tejida por mí misma con todo el amor de madre, de alguna forma así me hacía presente en su vida.

Y aunque yo no pedía nada más al Señor sino que le daba gracias, en una ocasión el sacerdote Elí me bendijo de nuevo y le pidió al Señor que me concediera nuevos hijos por haberle ofrecido al Señor el único que había dado a luz. Y como Dios es abundantemente generoso tuve tres varones y dos hijas. No en vano en mi acción de gracias yo había cantado que la mujer estéril daba a luz a siete hijos.

Madres, aprendan a dejarse bendecir por el Señor y ofrézcanle lo que les pida. Les recompensará abundantemente.

En tiempos posteriores me reconocieron como poetisa, es decir, la que actúa y obra en nombre de Dios. Mi oración de acción de gracias la llamaron “Cántico de Ana” y ha sido reconocida de tal forma que se incluyó en la Liturgia de las Horas para ser rezada los miércoles de la Semana II en la Hora de Laudes.

Nota Importante: Todo lo que se dice sobre Ana está en el Primer Libro de Samuel, Capítulos 1 y 2. Imprescindible leerlo para comprender este relato.