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La voz del Seminario San Carlos y San Ambrosio de La Habana

La revelación como Palabra, encuentro y testimonio

Joan Ernesto Bonet Espino  (I de Teología, Santa Clara)

Siglo XXI: nuestra sociedad parece vivir sin Dios y sin Cristo, descartando por absurda la posibilidad de que Dios llegue a mantener una relación personal con los hombres. Lamentablemente, por otro lado, nos hemos acostumbrado a que se nos ofrezcan sistemáticamente los principios de la religión, quizás hayamos pensado que Dios nos los ha revelado de modo similar a como nos los enseñan. Nada más lejos de la verdad. Nuestra religión no es un sistema filosófico, aunque haya sido sistematizada. Tampoco es una colección de cánones, dogmas o principios morales. Trascendiéndolo todo, Dios por su infinito amor ha querido revelársenos. A Dios no podemos conocerlo por teorías sino por vivencias. Y son precisamente las vivencias humanas, los aconteceres de cada día, los que nos van revelando todo el contenido de nuestra fe.

Hace unos meses el santo padre Francisco insistía en este tema en su Exhortación apostólica Evangelii Gaudium (La alegría del Evangelio). En ella nos invita a anunciar con alegría la Buena Nueva y nos exhorta a los cristianos del siglo XXI a encontrarnos con Cristo, a ser sus testigos en un mundo que carece de sentido, viviendo la Palabra revelada pues: «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son li­berados del pecado, de la tristeza, del vacío inte­rior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría… »1.

Precisamente, al mirar nuestro contexto cubano y motivado por las palabras del Obispo de Roma, creo que nuestra reflexión como futuros pastores de este pueblo debe ir encaminada a cuestionarnos: ¿qué entendemos por Revelación?, ¿cómo nos encontramos con Cristo, plenitud de la Revelación?, ¿cómo daremos testimonio de él en medio de nuestro pueblo? Estas son las interrogantes que abordaré viendo a la Revelación como Palabra, Encuentro y Testimonio. De esta manera, podremos descubrir el verdadero sentido de la manifestación de Dios en su infinito amor, al cual debemos corresponder  por medio de la fe. Solo así podremos entablar una relación de amistad con Aquel que nos amó hasta el extremo y vivir con gozo la tarea de una nueva evangelización.

El término Revelación, sin dudas, resulta ser  una constante en todas las religiones que han pretendido tener un origen divino a lo largo de la historia. Si analizamos el término desde un punto de vista etimológico vemos que tiene su raíz en los vocablos latinos revelare, revelatio que significa ʽretirar el velo, desvelamientoʼ. Sin embargo, la Revelación cristiana tiene una novedad: se constituye a partir de la experiencia histórica de la acción de Dios, es decir, en nuestra revelación Dios mismo ha retirado ese velo y se nos ha manifestado. En este sentido, el Concilio Vaticano II, nos dice: «Dios invisible, movido por su gran amor, habla a los hombres como a amigos, entre ellos habita, a fin de invitarlos y recibirlos en su compañía»2.

Efectivamente, la Revelación se enmarca en la amistad que Dios ofrece al hombre y que este puede acoger con su ayuda. En otras palabras, la Revelación cristiana es diálogo con Dios, es una  invitación que Dios nos hace a los hombres y a la cual podemos  responder  por medio de la fe. ¿Cómo lograr esto?

Considero que en nuestra pastoral podríamos presentar, en primer lugar, la Revelación como Palabra y tener claro que esta alcanza su plenitud en Cristo. Se trata de descubrir que Dios se dirige a nosotros por medio de una relación interpersonal de comunicación y diálogo entre un yo y un tú. En un mundo en el cual ya no se valoran las palabras, es necesario tomar conciencia de que, para el hombre, ¡hablar es vivir!; en efecto, por la palabra nosotros damos sentido a las cosas y al mundo. En el transcurso de  nuestra vida, los hombres nos arriesgamos a hablar de lo que vivimos, de lo que sentimos y de lo que somos, sin llegar nunca a agotar la palabra capaz de expresar la totalidad de nuestra existencia. Análogamente,  para Dios ¡hablar es vivir! Desde el principio, Dios existe hablando: Palabra del Padre que, desde siempre, engendra una palabra que responde a su ternura, Verbo nacido en el seno mismo de Dios, Hijo único porque es la Palabra que responde perfectamente a la ternura ofrecida. En esto consiste la Revelación como Palabra: percatarnos que Dios nos habla continuamente por medio de su Hijo que se hizo hombre por nosotros, y quiere que le hablemos, quiere ser nuestro amigo. Es necesario, como cristianos, escuchar y hablar  “a” y “de” la Palabra; como hombres de fe debemos distinguirnos por nuestra sensibilidad para percibir, en medio de los ruidos del mundo, la voz de Dios y hablar palabras de verdad, que canten la alabanza del Señor y proclamen su nombre en medio de este pueblo cubano que tiene tanta sed de Dios.

Dado este primer paso podemos avanzar y ver la Revelación como Encuentro. Efectivamente, Dios por amor nos ha dirigido su Palabra, se ha hecho carne, es necesario, por tanto, tener un encuentro con él. Es importante volver a señalar, que la Revelación cristiana no consiste primariamente en la comunicación de un saber, sino en la autocomunicación de Dios mismo, que se manifiesta al hombre en un encuentro personal e histórico, como don totalmente libre y gratuito3.

En el horizonte de nuestra historia acontece la Revelación de Dios como invitación al hombre. Su comunicación libre, amorosa y la entrega confiada del ser humano son los dos aspectos de una realidad: el Encuentro, en el que la palabra, como elemento esencial del diálogo, posibilita la apertura, el reconocimiento, la comunión, desentrañando e interpretando el sentido profundo de los acontecimientos de nuestra vida. Es decisivo señalar  y ayudar a nuestras comunidades a tomar conciencia de que este encuentro personal con la Revelación tiene lugar en una comunidad creyente, que mantiene la fidelidad a la Palabra de Dios que resuena en su seno a través del tiempo. Esta comunidad eclesial es la mediación del encuentro con Dios y el ámbito humano, donde se concretiza la responsabilidad de la fe al servicio de todos los hombres. Es, por tanto, de suma importancia  tomar conciencia de que nosotros somos cristianos porque hemos sido  “encontrados” por Alguien que ha transformado nuestra vida: Cristo; y esto tiene que movernos a vivir de forma diferente. Es aquí donde encontramos la Revelación como Testimonio. Si Dios nos ha dirigido su Palabra de amor, si ha salido a nuestro encuentro y nosotros hemos reconocido su rostro, entonces estamos llamados a ser sus testigos, para así invitar y ayudar a los demás hombres a encontrarse con Jesús, plenitud de la vida.

La Sagrada Escritura nos describe la Revelación como una historia de testimonios: Dios elige a hombres para que den testimonio de la verdad y de la luz y en la plenitud de los tiempos Cristo se nos presenta como el Testigo por excelencia y nos deja al Espíritu Santo para que seamos sus testigos en medio de este mundo. Por esto, como nos exhorta el papa Francisco en La alegría del Evangelio, es una prioridad ser conscientes de que estamos llamados a ser testimonios vivos de la Palabra hecha carne, es decir, de Cristo.

El testimonio no puede verse como una tarea más para los cristianos, sino como una dimensión fundamental de nuestra vida, que resume en cierto sentido toda nuestra misión y  que hunde su raíz en el conocimiento y la vivencia de Cristo. El ser testigos implica, por tanto, la manifestación de la fe y la vida en Cristo, es dar testimonio de su inmenso amor a la humanidad; en definitiva, afecta a todas las edades y ámbitos de los cristianos y de la vida eclesial. En este sentido Benedicto XVI nos ilumina:

Cristo resucitado tiene necesidad de testigos que se hayan encontrado con él, que le hayan conocido íntimamente a través de la fuerza del Espíritu Santo. Hombres que, habiéndole tocado con la mano, por así decir, puedan testimoniarle. Fue así como la Iglesia, familia de Cristo, creció desde ‘Jerusalén… hasta los confines de la tierra’ (…). A través de testigos se construyó la Iglesia, comenzando por Pedro y Pablo, por los Doce, hasta todos los hombres y mujeres que, llenos de Cristo, en el transcurso de los siglos, han vuelto a encender y encenderán de nuevo de manera siempre nueva la llama de la fe. Todo cristiano, a su manera, puede y debe ser testigo del Señor resucitado. Cuando leemos los nombres de los santos, podemos ver cuántas veces ante todo han sido –y siguen siendo– hombres sencillos, hombres de los que surgía –y surge– una luz resplandeciente capaz de llevar a Cristo4.

En síntesis: primero, la nota fundamental de la Revelación contemplada como Palabra, Encuentro o Testimonio es siempre una: «Dios es Amor» (1Jn 4,8-10), y su Palabra por tanto es palabra de Amor; su Encuentro es encuentro con y en el Amor; y el Testimonio consiste en ser testigos de ese Amor que se nos ofrece. Segundo, todo hombre está llamado a tener una relación de amistad con él, mediante la fe, o sea, reconociendo su plan amoroso que nos invita a compartir su vida. Tercero, hoy estamos llamados a fomentar  una pastoral donde se promueva el Encuentro verdadero con Jesús, y este nos mueva a ser sus testigos en medio de nuestra sociedad. Este es el camino. ¡Arriesguémonos a crecer en la fe!


Notas

1 Evangelii Gaudium 1.

2 Cf. Dei Verbum 2.

3 Cf. Vadillo, E., «¿Qué es la Revelación?», Conferencia pronunciada en Valencia el 26 de febrero de 2007.

4 Benedicto XVI, «Homilía en la toma de posesión de la cátedra de san Pedro», en la Basílica de San Juan de Letrán el 7 de mayo de 2005.

 

  

Revista Cenáculo - Publicación seriada del Seminario San Carlos y San Ambrosio de la Habana

Arquidiócesis de san Cristóbal de La Habana

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