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La voz del Seminario San Carlos y San Ambrosio de La Habana

Sucesores de Pedro, imágenes de Cristo

Yasser Peña Rodríguez 3ro de Filosofía (La Habana)

Revista Cenáculo - Publicación seriada del Seminario San Carlos y San Ambrosio de la Habana

Arquidiócesis de san Cristóbal de La Habana

Puede reproducir parcial o totalmente esta información, siempre que cite la fuente original 

La emoción, el entusiasmo y la gratitud sin medida se apoderan en estos días de toda la Iglesia y de gran parte de la comunidad universal de los pueblos. Han sido proclamados santos dos gigantes de la fe en nuestro tiempo: Juan XXIII, el Papa Bueno, y Juan Pablo II, el Magno.

Juan XXIII, Angelo Giuseppe Roncalli, nació en Sotto il Monte, un pueblecito perdido en la geografía de Bérgamo, de cuyo seminario salió sacerdote: humilde, sencillo, obediente y dedicado al deber. Por modestos o encumbrados que fuesen los servicios que prestó a la Iglesia nunca dejó de tener por escudo nobiliario la bondad y el amor, y por norma de vida la obediencia sincera que trae la paz a la tierra y al corazón de los hombres.

Al hacer memoria del gran acontecimiento eclesial que fue el Concilio Vaticano II, el cual fue convocado por Juan XXIII bajo la inspiración del Espíritu Santo para que el Reino de Dios creciera y fructificara, enriquecido en todos los rincones de la tierra, es imposible no reflexionar sobre la principal motivación del papa Juan: la puesta al día de la Iglesia, el aggiornamento, como él lo definió.

El anhelo de ser mejor amigo del Señor fue, cada día, una constante en su vida: «No debo ser la reproducción rígida y seca de un tipo, aunque perfectísimo. Dios quiere que al seguir el ejemplo de los santos absorbamos el jugo vital de la virtud para convertirlo en sangre nuestra, adaptándolo a nuestras particulares aptitudes y especiales circunstancias». Así entendió la santidad  el buen papa Juan, a quien ahora le decimos: ¡lo lograste!

El otro modelo de santidad es Juan Pablo II. Ha sido un hombre de Dios y un enamorado de la humanidad. Sus primeras palabras como sumo pontífice, en la tarde noche del 16 de octubre de 1978, fueron un desafío total a la realidad por la que atravesaba el mundo: «No tengan miedo. Abran las puertas a Cristo». Viajó incansablemente por todo el mundo. Sin temor al cansancio, se entregó sin reservas para franquear las puertas a Cristo y abatir las barreras de las que se rodea el hombre. Se empeñó en poner a Dios, la experiencia vital de Dios, en el corazón de cada ser humano.

En su visita a nuestro país, enero de 1998, dijo a los seminaristas: «Anhelen una sólida formación humana y cristiana, en la que la vida espiritual ocupe un lugar preferencial». (…) Afiancen la fidelidad a Cristo y a su Evangelio, el amor a la Iglesia, la dedicación a su pueblo». Y continúa: «Que en esos insignes claustros [del Seminario] se continúe fomentando la fecunda síntesis entre piedad y virtud, entre fe y cultura, entre amor a Cristo y a su Iglesia y amor al pueblo».

Ambos tienen en común el haber respondido generosamente a la llamada del Señor en el sacerdocio, el haber concebido el ministerio petrino como servicio al hombre en todas sus dimensiones, y el tener una profunda devoción a la Virgen Madre.

Damos gracias al Señor por estos dos papas, ahora modelos para todos los hombres de buena voluntad. Sus luces han sido el reflejo de la luz de Cristo en sus vidas. Roguemos para que sus ejemplos y oraciones nos ayuden a ser mejores personas, mejores cristianos, un día, buenos sacerdotes, y desde ya, más santos.

Santos Juan XXIII y Juan Pablo II, rueguen por nosotros