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La voz del Seminario San Carlos y San Ambrosio de La Habana

Una vivencia que me llenó el corazón

raúl López Álvarez (I de Teología, Guantánamo)

Tengo por cierto que la experiencia del cristiano es la del que se deja encontrar  y amar por Cristo. Es Dios el que siempre tiene la iniciativa aunque en ocasiones podemos pensar que somos nosotros quienes le “conquistamos” por nuestro empeño, nuestra buena voluntad o nuestros méritos. En el fondo de nuestra experiencia de Dios resuenan las palabras de san Juan en su carta: «Él nos amó primero» (1 Jn 4, 19). Este es el mensaje que comparto desde mi experiencia.

Hace ya cuatro años que tuve la primera experiencia pastoral de Semana Santa como seminarista. Recuerdo que cuando mi obispo me destinó a San Antonio del Sur, junto a la alegría y la expectación de quien se aventura en lo que le apasiona apareció también la duda y cierta preocupación: ¿San Antonio?, nunca antes he misionado allí, no conozco la comunidad. ¿Qué debo preparar? ¿Cómo debo hablar? ¿Me mandará el padre a hacer alguna celebración de la palabra? ¿Lograré llegar a las personas cuando les hable? Les recé mucho a Dios y a nuestra Madre la Virgen. Creo que hasta puedo decir que se les fue la mano. La experiencia fue maravillosa y renovó, afianzó mi vocación. En San Antonio compartí con una comunidad viva y alegre. Tres cosas que ahora comparto me llenaron el corazón de manera especial.

Acogida y cariño. Desde que llegaba hasta que me iba, y luego, cada vez que regresaba todos parecían ponerse de acuerdo para mimarme: el padre Luis, la cocinera Ana Mirta, los jóvenes, los adultos, las personas mayores. Con ellos celebré el viacrucis, visité enfermos y participé de las misas. El padre me ayudó y animó para que preparase las celebraciones en algunas comunidades de la montaña como en Puriales donde me encontré el Jueves Santo haciendo el gesto del lavatorio de pies y escuchando la oración de la comunidad por los seminaristas, por el párroco y por toda la Iglesia.

Experiencia de Iglesia: ¿Qué puede llenar más el corazón que la celebración de la eucaristía sabiéndonos parte de ese pueblo de Dios que es la Iglesia universal? Todos celebramos la Vigilia con la alegría contagiosa de quien se siente en comunión con la gran familia de la Iglesia. El mismo misterio que celebrábamos en un pequeño pueblo del sur de Guantánamo (en un ranchón con techo de guano) era el que se celebraba en la Catedral o en la Basílica de San Pedro en Roma. Este era el misterio que llenaba y llena de alegría a la Iglesia, el misterio de nuestra fe, el misterio pascual.

La subida del “Pan de azúcar” en la víspera del Domingo de Resurrección. En la madrugada de aquel Domingo subimos una montaña desde la cual se ve el pueblo (a la que llaman “Pan de azúcar” por su semejanza a la que en Brasil posee este nombre). Allí tuvimos una pequeña oración y esperamos la salida del sol, signo de Cristo Resucitado, luz del mundo. Luego descendimos hasta la parroquia y celebramos la misa de resurrección, en la que el padre predicó sobre cómo Cristo que también subió al calvario para ser crucificado, resucitó y es luz que vence a las tinieblas.

Así el Señor y la intercesión de María hacen desaparecer la incertidumbre y llenan el corazón de la alegría y agradecimiento de quien se sabe querido. Así Dios nos «encuentra» y nos «ama primero».

Revista Cenáculo - Publicación seriada del Seminario San Carlos y San Ambrosio de la Habana

Arquidiócesis de san Cristóbal de La Habana

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