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La voz del Seminario San Carlos y San Ambrosio de La Habana

Servir a Dios es entregarse por entero

Yosvel Rodríguez Ordaz  (II de Filosofía, La Habana)

El pasado 28 de febrero, en Mantua, la Iglesia pinareña de Nuestra Señora de las Nieves acogió a fieles, sacerdotes y obispos de distintas diócesis del país para agradecer al Señor los 60 años de vida sacerdotal del obispo emérito José Siro González-Bacallao. Sus entrañables palabras en la celebración  eucarística, por él presidida, fueron espontáneas, según le fue dictando su corazón de pastor agradecido. En esta privilegiada ocasión de su sexagésimo aniversario, él ha querido regalarnos una preciada lección sacerdotal, de la cual compartimos aquí algunos destellos. Llegue desde el Seminario San Carlos y San Ambrosio nuestra gratitud a monseñor Siro, quien desde la punta de nuestro archipiélago irradia para todos el valor profundo de un sacerdocio probado por tantos años de experiencia.

Queridos hermanos obispos, queridos sacerdotes, hermanas religiosas, laicos comprometidos, hermanos y hermanas todos. Dice un documento del Concilio Vaticano II llamado Presbyterorum Ordinis que se dirige especialmente a los sacerdotes: «tarea dificilísima, -dice así- dificilísima, la del sacerdote: anunciar al mundo de hoy el Evangelio». Y por eso es lindo, necesario, es justo que nos reunamos así, con una casi representación de la Iglesia cubana para celebrar no mis 60 años, sino para celebrar las glorias del sacerdocio. Muchas gentes, antes y ahora quizás más, se preguntan: ¿en esta sociedad para qué sirve un cura? No hemos escogido nosotros al Señor. Tú no lo escogiste, él te escogió y nosotros solo podemos decir: «Aquí estoy, Señor, envíame para hacer tu voluntad». A mí me tocó vivir 60 años de sacerdocio, yo diría 10 años antes de la revolución de una forma, y después con la revolución de otra, pero siempre tuve presente que el Señor me había llamado. Me escogió a mí, siendo un pobre chiquillo en Candelaria. Me llevó al seminario un día y así comencé a subir esa misteriosa escalera del sacerdocio: estudiando en el seminario humanidades, filosofía, teología. Dejamos en cambio cosas que son legítimas, que son buenas, pero no miramos atrás. Todo eso nos pide el Señor y lo vamos dando así, sin mayor esfuerzo cuando nos apoyamos en tres cosas que para mí han sido muy importantes en la vida.

El sacerdote tiene que mirar siempre al sagrario, el amor a Jesús Sacramentado que es fundamento de nuestra vida, de eso se nutre nuestra existencia, nuestra oración, nuestros anhelos. Después, el amor a la Virgen. El amor así, amor de verdad, amor tierno, afectivo y efectivo. Conjuntamente con ello y sin separarlo, la devoción, el amor y la amistad a un santo. La amistad sacerdotal, la amistad con un sacerdote, así: ese es mi amigo, ese es mi socio, ese es mi colega, ese es el que sabe todos mis secretos. Con ese nos reunimos una vez por semana para pasar un rato bueno con él y mientras, contándonos las cosas.

No es una homilía, ni es una clase de pastoral, no; son los consejos de un obispo viejo que ha vivido mucho y que no deja de aprender, siempre se va aprendiendo y que quiere mucho al clero cubano, al clero que viene de otros países a ayudarnos. Todo eso teje una red en la Iglesia de Cuba que es la que mantiene nuestra devoción, la esperanza en el pueblo, la confianza de que la Iglesia no falla. Que siempre está apoyando al pueblo, ayudando y buscando resolver sus problemas. Y no pueblo en una forma demagógica, no. Es mi pueblo, es mi rebaño, del cual no me aprovecho sino con el que me voy gastando. ¡Qué lindo es eso! Gracias hermanos. El Señor nos bendiga y nos conceda así la alegría de poder reunirnos de vez en cuando para compartir estos misterios y estas satisfacciones.

  

Revista Cenáculo - Publicación seriada del Seminario San Carlos y San Ambrosio de la Habana

Arquidiócesis de san Cristóbal de La Habana

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