Testimonios de nuestros seminaristas

 

 

Otros testimonios

 

Salmo 1

¡Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni en la senda de los pecadores se detiene, ni en el banco de los burlones se sienta,
mas se complace en la ley de Yahveh , su ley susurra día y noche!
Es como un árbol plantado junto a corrientes de agua, que da a su tiempo el fruto, y jamás se amustia su follaje; todo lo que hace sale bien.
¡No así los impíos, no así! Que ellos son como paja que se lleva el viento.
Por eso, no resistirán en el Juicio los impíos, ni los pecadores en la comunidad de los justos.
Porque Yahveh conoce el camino de los justos, pero el camino de los impíos se pierde.

 

 

Ricardo Rodríguez Gómez

Primer año de Filosofía

En mi adolescencia me gustaba mucho ayudar en la Misa, y pensé que podría tener vocación al sacerdocio. Pero también pensé que no era motivo suficiente para algo tan serio y todo quedó ahí. Con el tiempo aquella idea desapareció y yo hice mi proyecto de vida pensando en estudiar, trabajar, casarme y formar una familia.

Cuando tenía 33 años había estudiado, estaba trabajando, pero nada del casamiento y la familia. Una tarde mi párroco me preguntó que si quería ser ministro extraordinario de la Eucaristía. La idea me gustó y le dije que sí, pero que primero me preparara bien.

A los pocos días estaba pensando en el asunto; cómo ayudaría al padre visitando a los enfermos y llevándoles a Jesús Sacramentado. De pronto me vino a la mente una idea: «¿Y por qué no ministro ordinario?». Ahí fue cuando me asusté, porque el ministro ordinario es el sacerdote, y a los 33 ya eso no estaba en mis planes. Aquella idea no se me quitaba de la cabeza, y menos cuando supe que con 33 años –incluso con más- se podía entrar al Seminario.

Entonces decidí hablar con el párroco y él me dijo que no tuviera miedo, que si esa inquietud venía de Dios y era su deseo que yo siguiera ese camino, Él mismo me lo iba a mostrar. Y lo hizo. En la misa de despedida del cardenal Jaime Ortega, cuando él estaba leyendo su discurso de agradecimiento, se salió de lo que tenía escrito y dijo: «Seguir a Cristo, joven, eso es algo maravilloso; se lo digo a los jóvenes que estén por aquí, que si alguno tiene la inquietud, no esperen años» -yo no sé a los demás, pero a mí me estremeció-. Otro día estaba orando con el Salmo 139, y al llegar al versículo 5, que dice: «Por todos lados me has rodeado, tienes puesta tu mano sobre mí», quedé sobrecogido. Al día siguiente le comuniqué al párroco que estaba decidido a comenzar el proceso vocacional.

En septiembre de 2016 comencé en el grupo vocacional con mons. Rodolfo Lois y el padre Eloi, y en septiembre de 2017 dejé mi trabajo y entré al Seminario.

Ya está finalizando el curso y sigo descubriendo lo que significa ser sacerdote y entuciasmándome; convencido de que Cristo me invita a seguir este camino; y agradecido por semejante regalo que no merezco. Y sí, el sacerdocio asusta un poquito, pero todo se puede con la gracia de Dios, confiando en Él, sabiendo que no llama a los capacitados, sino que capacita a los que llama.


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