“Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos.”
(Mt. 21, 19)![]()
¿Te causa impresión esta frase?
Creo que tienes razón al quedar perplejo y pensar todo lo que
convendría hacer. Jesús no dijo nada al azar. Por lo tanto, es
necesario tomar en serio estas palabras, sin pretender diluirlas.
Pero intentemos comprender su verdadero sentido desde Jesús mismo,
desde su modo de comportarse con los ricos. Él frecuentaba también
personas de buen pasar. A Zaqueo, que regala solamente la mitad de sus
bienes, le dice: la salvación ha entrado en esta casa.
Los Hechos de los Apóstoles dan testimonio, entre otras cosas, de que
en la Iglesia primitiva la comunión de bienes era libre y por lo tanto
que la renuncia concreta a todo cuanto se poseía no era un requisito.
Jesús no pensaba, entonces, en fundar solamente una comunidad de
personas llamadas a seguirlo radicalmente, que dejan de lado toda
riqueza.
Y sin embargo dice:
“Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos.”
¿Qué es, entonces, lo que Jesús condena? Seguramente no los bienes
de esta tierra en sí mismos, sino al rico que se apega a ellos.
¿Y por qué?
Es claro: porque todo le pertenece a Dios, y el rico en cambio se comporta como si las riquezas fueran propias.
En efecto, con facilidad las riquezas ocupan en el corazón humano el
lugar de Dios y enceguecen, inducen a cualquier vicio. Pablo, el
Apóstol, escribía: “Los
que desean ser ricos se exponen a la tentación, caen en la trampa de
innumerables ambiciones, y cometen desatinos funestos que los
precipitan a la ruina y a la perdición. Porque la avaricia es la raíz
de todos los males, y al dejarse llevar por ella, algunos perdieron la
fe y se ocasionaron innumerables sufrimientos."(1)
Ya Platón había afirmado: “Es iposible que un hombre extraordinariamente bueno sea al mismo tiempo extraordinariamente rico”.
¿Cuál debe ser entonces la actitud de quien posee bienes? Se
requiere que tenga el corazón libre, totalmente abierto a Dios, que se
sienta administrador de sus bienes y sepa, como dice Juan Pablo II, que
sobre éstos grava una hipoteca social.
Si los bienes de esta tierra no son un mal en sí mismos, no hay por qué despreciarlos, pero es necesario usarlos bien.
No es la mano, sino el corazón el que debe estar lejos de ellos. Se trata de saberlos emplear para el bien de los demás.
“Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos.”
Tal vez digas: en realidad, yo no soy rico, de manera que estas palabras no se refieren a mí.
Presta atención. La pregunta que los discípulos, sorprendidos, le hicieron a Cristo enseguida después de esta afirmación fue: “Entonces, ¿quién podrá salvarse?” (2). Lo cual dice a las claras que esas palabras estaban dirigidas de alguna manera a todos.
También alguien que lo dejó todo para seguir a Cristo puede tener el
corazón apegado a miles de cosas. Incluso el pobre que insulta porque
le tocan su bolsa puede ser un rico a los ojos de Dios.